Si hay alguien que sabía de familiares encerrados en buhardillas o en los pisos superiores de la vivienda familiar era, sin duda, Shirley Jackson.
En todo ese universo, durante mucho tiempo confinado bajo la injusta etiqueta de ‘escritura doméstica’ y solo reivindicado en su entera complejidad con el ya no tan reciente revival de Jackson, me hizo pensar la lectura de Todos duermen (Tusquets, 2026), la última novela de Rosa Ribas (1963). Con escenas cargadas de gestos que rozan lo hitchcockiano, una ambientación que actualiza las convenciones de la literatura gótica, una cierta capa policíaca —si vemos a Ana, la protagonista, como investigadora de su propio archivo familiar— y algún personaje que puede recordar a los de ficciones como Sharp Objects (2006) —siempre hay que desconfiar de quienes nos cuidan “demasiado bien”—, Ribas —al igual que Jackson— hace algo más interesante que un ejercicio de género: construye, mediante una prosa refinada, una novela sobre el trauma, la superación y el dolor, pero también acerca de la necesidad de desentrañar lo propio como si de un ejercicio de traducción se tratara.
Ana y Elisa son dos hermanas que viven con su abuela en la casa familiar que heredan tras la muerte de sus padres, después de que ambos se ahoguen al caer su coche por un precipicio. Si una de las figuras recurrentes en Jackson es la de la mujer enloquecida y confinada en el ático, en Todos duermen es Ana quien ocupa la parte superior de la vivienda, aquejada de agorafobia desde el accidente. Ribas recrea, tal vez involuntariamente, la estampa jacksoniana cuando Ana, oculta tras las cortinas, sorprende las miradas que le dirigen las vecinas desde la calle. Una mujer apartada en el piso de arriba a la que quienes permanecen fuera han aprendido a mirar como la loca de la casa.
La puerta y el rellano que comunican el primer piso —donde viven Elisa y la abuela— con el segundo —que Ana no es capaz de abandonar— se vuelve un umbral que determina no sólo qué entra en el espacio de Ana sino qué entra en la propia novela. Elisa no solo trae la compra a Ana, sino que se convierte en una especie de aduana por la que entran noticias, personas, objetos, decisiones y versiones de lo ocurrido en el mundo exterior. La dependencia física de Ana produce una dependencia narrativa. Elisa posee algo que Ana no posee, nada menos que el acceso directo al mundo, que Ana ya recibe como narrado. A partir de ahí, Ribas explora la incómoda proximidad que puede existir entre el cuidado y el poder. Si la abuela de Jackson se pasaba horas susurrando a su nieta para que sanara, en la ficción de Ribas es Elisa, la hermana, quien administra medicinas, aparece al lado de Ana cuando se despierta de una convalecencia y vigila con una atención maternal más que fraternal cualquier alteración de sus rutinas. Y, aunque todos esos gestos son inequívocamente amorosos, llega un momento en que la novela empieza a preguntarse, de forma muy dosificada, hasta qué punto Elisa necesita que Ana siga necesitándola.
Para el momento en el que Ana empieza a sospechar que Elisa oculta más de lo que comparte, el lector ya ha averiguado gracias a la abuela —figura desaprovechada desde el momento en el que la autora se deshace de ella ingresándola en una residencia para mayores— que, como en toda novela que explora los recovecos de lo doméstico y lo familiar, los padres se llevaron consigo algún secreto que amenaza con revelarse en cualquier momento. En este sentido, es acertada la decisión de Ribas de convertir a Ana en traductora profesional. Todos duermen está construida en torno a un misterio familiar, pero quizá todo misterio familiar sea, en el fondo un problema de traducción. Ana no está encerrada solo en una casa sino también en una historia familiar cuyo idioma creía conocer. En un momento de la novela, Ana habla del “vértigo de las cosas que conozco y no sé cómo se llaman”. Puede que las historias familiares produzcan un vértigo parecido y que tengan algo de traducciones demasiado libres al eliminar lo incómodo y confiar en que nadie vaya a buscar el original. El problema de corregirlas es que, a veces, el error era precisamente lo que mantenía unido el texto. Y Ana, además de agorafóbica, es una empecinada traductora.
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Autora: Rosa Ribas. Título: Todos duermen. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros.


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