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Extranjero en todas partes, de Mercedes Halfon

Extranjero en todas partes, de Mercedes Halfon

Foto: Wo Portillo del Rayo.

Mercedes Halfon nació en Buenos Aires, es licenciada en Artes por la Universidad de Buenos Aires y Magíster en Escritura creativa por la UNTREF. Ha publicado poesía, ensayo y narrativa breve. Sus novelas Vida de Horacio, El trabajo de los ojos y Diario pinchado fueron publicadas en Argentina, Chile, México, Bolivia y España. Dirigió en colaboración con Laura Citarella el film Las poetas visitan a Juana Bignozzi, ganador del premio a Mejor Director en el Festival Internacional de cine de Mar del Plata y el Silver Dove Award del Festival DOK Leipzig. Fue curadora del ciclo teatral Invocaciones, realizado en el Centro Cultural San Martin y el teatro Nacional Cervantes. Es docente en la carrera Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes y escribe en el suplemento Radar del diario Página/12 y la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre otros medios. Presentamos una muestra de su trabajo más reciente, el libro de no ficción Extranjero en todas partes: Los días argentinos de Witold Gombrowicz, publicado por Ediciones Universidad Diego Portales en Chile en 2023 y por Anagrama en España en 2025. Una obra que arranca en 1939, en ese instante crucial en el que Gombrowicz decide desembarcar cuando el capitán del Chrobry recibe la orden de regresar a Polonia frente al inminente comienzo de la guerra en Europa. Una propuesta que recorre la vida del autor de Ferdydurke al mismo tiempo que ofrece una serie de claves para acercarnos de otra manera a su obra y a su persona, ambas marcadas de manera profunda e indivisible por sus días porteños y sus viajes por el resto del país, de los que llegará a hacer afirmaciones en su libro Testamento como «nunca he sido tan poeta como en aquella época». Con ese estilo sencillo y claro que la caracteriza, centrado en las cosas más pequeñas para llegar a las grandes alejándose de los convencionalismos y los grandes relatos, Mercedes Halfon construye un perfil a través de breves fragmentos en los que examina en profundidad al misterioso, excéntrico, tierno e insoportable a ratos, personaje que fue Witold Gombrowicz cuando intentaba ganarse la vida a duras penas en el ambiente cultural bonaerense de entre finales de los años treinta y comienzos de los sesenta. Días en los que un autor, desconocido todavía para muchos, frecuentaba cafés, sobre todo su favorito, el Rex, donde jugaba al ajedrez para hacer más llevadera su precaria situación económica, paseaba por librerías y salones y se relacionaba con autores como Carlos Mastronardi, Ernesto Sábato o el grupo tandilense de poetas y artistas jóvenes compuesto por Jorge Di Paola, Mariano Betelú o Juan Carlos Ferreyra con los que tendrá una estrecha relación durante sus repetidas estancias en Tandil entre 1957 y 1960, manteniendo esta amistad hasta sus últimos días ya de regreso en el viejo continente. Un Gombrowicz que se lanza de manera intensa a una segunda juventud redescubierta como quien se tira de cabeza a una piscina vacía, mientras escribe y busca su sitio como autor lejos de su geografía habitual. Mercedes Halfon despliega una biografía personalísima, ambiciosa y certera en la que vuelve a demostrar por qué, sin duda, es una de las voces más interesantes y potentes de la literatura argentina actual. Con la ayuda de su libro Diario, presente aquí como uno de los núcleos literarios centrales para entender la figura del polaco, de otros de sus escritos y de entrevistas a discípulos, escritores y académicos, construye un relato atravesado por un sutil sentido del humor, que cubre un periodo apasionante en el que descubrimos a ese otro Witold Gombrowicz, quizá el más inconformista, polémico, humano y original.

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La escena es medianamente así: en una plomiza mañana de invierno, el Chrobry, un crucero de lujo que zarpó de Polonia y navega hace más de veinte días en el océano Atlántico, se acerca a Buenos Aires. Entre los pasajeros hay diplomáticos, empresarios, políticos y algunos escritores invitados por la compañía naviera para cubrir el viaje que se hace por primera vez. Entre ellos está Witold Gombrowicz, joven escritor de vanguardia, ojos punzantes, boca despreciativa. La ciudad desde el río se ve misteriosa, casi borroneada, sus líneas parecen menos refinadas que las de París, pero más modernas que las de Varsovia. Los pasajeros bajan a conocer este lejano país. Frío, humedad, manos en los bolsillos. Tras el pequeño paseo del puerto nuevo, aparece Retiro, la Torre de los Ingleses, la calle Florida. Algunos vuelven al barco, donde los esperan recepciones múltiples preparadas por embajadores y personalidades de la comunidad polaca y argentina. Pero Gombrowicz no. Sigue caminando. Vuelve a dormir al barco y vuelve a salir. Durante varios días agota esas calles, esas caras, esos rasgos de hombres y mujeres del Sur. Algo se abre. O quizás se rompe. Algo se desprende.

Mucho tiempo más tarde escribió en Trans-Atlántico: «Yo lo miraba todo como por un Telescopio, viéndolo todo tan Ajeno, Nuevo y Enigmático».

Mientras se suceden los agasajos, los tés, las recepciones, llegan noticias del otro lado del océano. La tensión entre los países centrales aumenta. Alemania y Rusia firman el pacto de no agresión. La guerra se percibe inminente. El Chrobry recibe la orden de volver a Europa con todos sus tripulantes. Gombrowicz va al puerto, hace que le suban el equipaje, se despide y embarca. Pero cuando suena la alarma que indica que el barco esta pronto a partir, tiene un impulso. Baja rápido la pasarela con sus dos valijas al muelle. No va a volver a Polonia. A la guerra que posiblemente sucederá. Tiene doscientos dólares y apenas unas mudas de ropa. No habla español. No conoce prácticamente a nadie. Y nadie lo conoce a él.

Algunos dicen que fue el 20, otros el 21, otros el 22 de agosto de 1939. El mismo lo fecho, en su Diario, en el libro de entrevistas Testamento, en la novela Trans-Atlantico, en distintos días. El relato construido incluso oralmente, a todo aquel que quisiera escucharlo durante el tiempo vivido en Argentina, es que el estallido de la guerra lo anclo a este territorio distante. Pero no fue exactamente así. El ancla bajo, por un impulso, días antes del comienzo de la guerra. Mucho tiempo más tarde escribió en su Diario: «No sé si resulta claro cuando señalo que desde el primer momento me enamoré de la catástrofe, aunque a mi también me arruinaba: que mi naturaleza me obligó a recibirla como una oportunidad de unirme en las tinieblas con el elemento inferior».

Esa tarde al bajar del barco, con las dos valijas en la mano, mientras intentaba entender lo que acababa de hacer, dijo que se trataba del momento más trágico de su vida.

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Pero nadie duda de que fue el primero de septiembre de 1939 el inicio de la segunda guerra mundial. Y que comenzó, precisamente, cuando Polonia fue invadida por el ejército de la Alemania nazi. Desde la perspectiva sudamericana esos hechos deben haber parecido aterradores a la vez que lejanos, como vistos a través de un vidrio oscuro. Para Gombrowicz, que había partido de Varsovia casi tres semanas atrás, la guerra era una sombra que caminaba tras sus pies. Jeremy Stempowiski, director de GAL, la compañía marítima por la que el Chrobry llegó a Argentina, fue el encargado de organizar con toda la pompa posible las recepciones de bienvenida. Todo el cuerpo diplomático estuvo presente, hasta el presidente de la Argentina concurrió a una de las reuniones, que por supuesto salieron en todos los diarios. Allí Stempowiski conoció a Gombrowicz, que fue presentado como corresponsal de un diario polaco. En distintos testimonios ha contado como lo vio callejear incansablemente y la enorme curiosidad que le producía la ciudad. Es el testigo más cercano de esos confusos días del arribo, en los que Gombrowicz cursaba un estado de nerviosismo creciente, dudando entre volver a Polonia o quedarse a la espera del fin de las hostilidades. Fue también Stempowiski quien lo recibió en el muelle cuando descendió del barco por última vez, abrumado y solo, antes de la partida definitiva. Gombrowicz temblaba y repetía: «No puedo, no puedo».

El barco zarpó, se sentaron en un banco del puerto y conversaron sobre las opciones que se presentaban. Stempowiski trataba de calmarlo. Lo llevó en un coche de la compañía a una pensión del centro, sencilla y limpia. Se comprometió a ayudarlo en los próximos días: presentarle gente, buscarle algún ingreso moderado. Así lo hizo.

Solo había que atravesar esa primera noche, en la ciudad de Buenos Aires, rodeado de una lengua desconocida que se filtraba por las ventanas, por debajo de la puerta, como el frío invernal. El barco que lo había traído avanzaba por el océano, muy rápido, muy lejos, llevándose tambien su nombre: Chrobry —en honor al rey Boleslaw I Chrobry— que en polaco significa «valiente». No es del todo un pronóstico, por lo menos esa noche de temblores.

Pero la decisión de quedarse en Buenos Aires ya estaba tomada. Lo que no sabe, no hay modo de que intuya todavía, es que la guerra va a empezar, va a terminar y él no va a poder volver a Polonia. Pasará muchas otras noches, muchísimas, poco menos de la mitad de su vida. Le esperan veinticuatro años en Argentina.

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Autora: Mercedes Halfon. Título: Extranjero en todas partes: Los días argentinos de Witold Gombrowicz. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.

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