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Fernando Valverde, caminante entre las sombras

Fernando Valverde, caminante entre las sombras

Después de ocho años de silencio en editoriales españolas llega a las librerías el nuevo libro de Fernando Valverde; se trata de Desgracia, publicado por el sello Visor, un poemario que hunde sus raíces en el dolor, en la amargura de lo que somos sin perder la posibilidad de esperanza de lo que podemos ser. Dividido en cuatro partes, existe una unidad en torno a lo que implica ese sufrimiento que trasciende lo físico para ser un daño emocional difícilmente reparable, porque la injusticia y la maldad dan las claves para entender la poética de uno de los autores primordiales de su generación, esencialmente en La insistencia del daño (2014) y este recientísimo, Desgracia.

Dejo de manera consciente al margen América, publicada por la prestigiosa editorial Cooper Canyon en edición bilingüe. ¿La razón de no aunarlo a las dos citadas? Pues que América es una obra que aborda la cultura de la violencia en Estados Unidos de un modo global, esa cultura de las armas, de los francotiradores/lobos solitarios, de cómo puede pervertirse un sistema (se identifica por momentos EE.UU. con los estertores del imperio romano) y ocultarlo debajo de la alfombra de las buenas palabras y las manos manchadas de sangre de unas élites que dominan el mundo desde el cinismo hipócrita. Aquí, en Desgracia, el cinismo es otro y la hipocresía también, y afectan al yo, se identifican con él.

"Una vez descrito y situado el lector ante ese dolor antiguo, tan viejo como el universo, puede empezar la reflexión ante los hechos en La profecía"

Desgracia es una reflexión del cinismo a la española y el análisis de hasta dónde puede alcanzar el odio, la perversión y la maldad, perfeccionados desde la proximidad, desde el conocimiento profundo de la persona a la que se le va a aplicar. En las cuatro partes perfectamente interconectadas de la obra (‘La vida quema’, ‘Poemas para la tumba de Elizabeth Siddal’, ‘Caín’ y el que da nombre al volumen, ‘Desgracia’) se va desprendiendo ese hedor de los personajes oscuros que ambicionan destruir la luz y la inocencia, esos individuos cada vez más frecuentes en este tiempo que, mientras se pudren por dentro, son una lacra para la sociedad y para sí mismos que acabará por destruirlos, aunque todavía no lo hayan descubierto (“ojalá nunca hubiese dejado de ser polvo», dice al respecto de estos individuos en “β”, “η” y “ιγ”, de la tercera parte).

"Ese amor inmenso, el incomparable amor de una madre que esboza la inmensidad de África en unos paquidermos junto al agua limpia, se entrecruza con la Ofelia shakesperiana muerta en el agua estancada de la pintura del prerrafaelita John Millais Everett"

Pero vamos paso a paso. En ‘La vida quema’, que se inaugura con una cita anticipatoria de Raúl Zurita (“Verás que se va / Verás no ver / Y llorarás”), sus nueve composiciones nos sitúan, con el dramatismo que requiere y con un discurso cargado de símbolos ante la situación; empezando por la génesis de la situación; el protagonista poemático se desnuda y cuenta su verdad de triunfo/fracaso: “he caminado solo hasta la cumbre, / he subido a lo alto con esfuerzo, / gasté mi juventud persiguiendo la gloria, / tendí cada poema en una cuerda / esperando que el viento tocara las palabras / como si fueran música. / pero al final, la sombra, / un miedo antiguo al fin me reconoce, / soy apenas la altura / del niño que pedía / será el primero en avistar la costa / en la última noche de la tierra. / ahora puedo decirte / que ha sido prisionero de todas las renuncias, / que avanzar fue alejarme / porque fueron finitas las posibilidades / y las vi deshacerse / y las vi despedirse / vestidas con sus trajes / cada día más pobres y más solas” (pp. 15-16). Una vez descrito y situado el lector ante ese dolor antiguo, tan viejo como el universo, puede empezar la reflexión ante los hechos en “La profecía”: “Te lo han dicho las noches más largas que la vida, / te lo han dicho las sombras, / las ciudades que evitaste en los mapas, / la lluvia deshaciéndose en sus muros /. Deberías saberlo. / Te lo han dicho los grandes diluvios y las arcas, / te lo han dicho las bocas que queman como soles, / te lo ha dicho hasta el cielo” (p. 19). Y, tras la cavilación, las consecuencias: al final solo queda la pena que es el fondo del pozo: “Puedes contar la pena. / Es todo cuanto tengo. / Para llegar aquí la vida es malgastado”, escribe a continuación en “Resta” (p. 21). En ese instante preciso hay un desplazamiento del yo y la historia íntima empieza a ser historia general  y compartida de la infamia, la eterna lucha entre el bien y el mal trazada con la pluma de la tradición y la modernidad que se dan la mano en “Beata Beatrix” (nótese la conexión desde el inicio con Elizabeth Siddal y Gabriel Rosetti), en “Madrigal” o, incluso en “Casas abandonadas”. Pero el yo regresa y se hace fuerte con la pintura inacabada de un elefante en la sabana, que “era tu amor cruzando un laberinto / era tu amor desierto junto al mar / tú lapidado amor que está llorando” (p. 29). Y ese amor inmenso, el incomparable amor de una madre que esboza la inmensidad de África en unos paquidermos junto al agua limpia, se entrecruza con la Ofelia shakesperiana muerta en el agua estancada de la pintura del prerrafaelita John Millais Everett, que tuvo como modelo (retomamos otra vez la misma figura) a Elizabeth Siddal, la poeta, pintora y esposa de Dante Gabriel Rosetti. Esta Ofelia/Siddal yacente en el agua corrompida, con la palidez de la muerte en sus labios y en sus ojos, rodeada de flores y verdor recorre de principio a fin ‘Desgracia’ y es metáfora trascendida de la vida de una mujer hermosa donde todo fue pérdida, desencanto y depresión hasta el último minuto. Los responsables: los hombres que la fueron aniquilando poco a poco, empezando por Millais (la neumonía de la que jamás se recuperó fue fruto del tiempo que estivo posando en una bañera de agua fría como Ofelia) y continuando por su marido, Dante Gabriel Rosetti (aplazamientos continuos de la boda y constantes amoríos extramatrimoniales a la que se suman los fallecimientos de dos bebés, que la conducen a una depresión severa). Luego, con “La muerte de Ofelia” (“flotan las margaritas / como ortigas que rozan a los ciegos, / nada interrumpe el canto, / la desdichada Ofelia es hija de la lluvia, / la corriente se lleva las orquídeas / que señalan al cielo, / nadie acude a su encuentro salvo el agua» (pp. 31-32) se cierra esta parte que, a su vez, conecta con la siguiente como dos piezas de un puzle: ‘Poemas para la tumba de Elizabeth Siddal; de esta sección quiero destacar el torrente que es “Las palabras” (“No pude ser feliz / con tu vida meciéndose / dentro de mis poemas / no pude repetirte / no encontré las palabras / con ellas he pasado todo el tiempo / fue demasiado tiempo / he estado siempre solo”, p. 59). Pero la clave de Desgracia está en ‘Caín’, con sus trece poemas numerados —y esto no es baladí— con grafemas griegos y una rotunda afirmación: “Mi desgracia es igual a la de todos: / el mal triunfa, / la tierra es su escenario”. Desde el Génesis a hoy, marcando la Historia del mundo, Caín sigue vivo, generación tras generación, con sus palabras de serpiente y por ello lo retrata la Literatura (Baudelaire, Hesse, por ejemplo); lo que no cambia sigue siendo el hermano cobarde y traidor que asesina por celos al hermano bueno y luego se esconde de la ira de Dios  (“¿Soy acaso el custodio de mi hermano?, p. 70); ejerce en este bloque como protagonista y su voz es la voz de muchos que actúan como él cumpliendo los rasgos que lo identifican y caminan por la tierra sin destino, entre tinieblas:

El avaro, mezquino y codicioso,
el hijo irresponsable,
el infame, perverso y egoísta,
el despiadado déspota, el maligno,
el ruin, el salvaje sanguinario,
malvado y ambicioso,
el pérfido y grosero,
depravado, brutal y sin escrúpulos. (p. 71).

"El único verso de Nocturno, ¿Podría dibujarme el sitio del corazón?, es un homenaje a José Asunción Silva y su derrota última previa al suicidio"

Este Caín universal (lo vemos en tantos hombres poderosos pero también en otros que son nadie y que destruyen el concepto de familia), que es la mano, la piedra, la sangre, el dolor, la infamia, la metralla, el puñal, el cóctel Molotov y el esputo podrido que destruye lo que toca, en Desgracia se convierte en metáfora precisa del Mal (con mayúsculas), un Mal eternizado que pasa de generación en generación como una sombra negra. Por eso escribe el poeta “soporto un apellido / de musgo y mala hierba” (p. 81). Ese apellido es el que nos conduce a la última parte, la que da nombre al libro “Desgracia”, con nueve poemas (ocho en realidad, porque el único verso de “Nocturno”, “¿Podría dibujarme el sitio del corazón?”, es un homenaje a José Asunción Silva y su derrota última previa al suicidio) de los que destacan “Alguien dice tu nombre en el pasado”.

Vuelve la primera persona para retratar un pasado ya deshecho e irrecuperable (“Yo tenía un hermano y una abuela / y mi madre cantando siempre alegre / dentro de su desgracia, / llenándose las manos de pintura, / haciendo extrañas flores con la pena”, p, 87); conduce a la extrañeza desolada de “Roto”: “nadie podrá entender cómo el desierto/ creció sobre mis manos / y me llené la boca de ceniza / y me rompí los dientes / mordiendo la esperanza” (p. 93) que sólo alivia por un instante el recuerdo la verdad transparente de “Visión del abuelo”:

Miro las viejas manos de mi abuelo,
conozco su textura como el pan,
ahora quiero tocarlas,
pero sé que la casa ya no existe,
que mi abuelo está muerto
y mi madre no puede recordarlo (pp. 95-96).

Es entonces, cuando el dolor traspasa las palabras y las imágenes se convierten en golpes, cuando hay que cerrar los ojos porque “cuando abrimos los ojos no nos vemos” (p. 97). Porque somos otros. Ahí el poeta alcanza la certidumbre del abismo con el poema final, “Una niña camina sobre la oscuridad”, donde “Una niña camina / por la noche más ciega de la tierra / todavía no sabe quién soy yo / pero ya puedo ver mi desgracia en sus ojos” (p. 104).

"El amor es luz en las tinieblas, como se avanza en la dedicatoria de Desgracia. Para lo demás, la justicia que es el tiempo ya se ocupará"

La desgracia es principio y final de este poemario pleno de imágenes, de símbolos, de metáforas rotundas. En medio, la memoria que se pierde, los mundos que se desvanecen, la madre que fue un faro y ahora es fragilidad desnuda, la casa que no existe, el abuelo y su bonhomía que es remembranza, la traición más perversa del alma de Caín, el vacío de una justicia que no llega. O la violencia brutal de la maldad, como una riada enloquecida buscando desembocar en el mar y sus tormentas llevándoselo todo por delante, tratando de ahogar la verdad con palabras huecas y vacías. Pero no puede porque ahí, precisamente ahí, está el límite. En ese momento se cierra “Desgracia”, a falta del tercer libro con el que Fernando Valverde se ha comprometido a cerrar esta trilogía del desamparo.

Y aunque en la vida a veces demasiadas cosas restan, aunque “nadie canta más alto que la muerte” (p. 67) y hay que ser valiente, caminar entre sombras para alcanzar la alborada en la mañana, estamos obligados a seguir siempre, a luchar por la justicia de los débiles, los que no pueden defenderse de los hijos de Caín y sus negros rostros donde la marca es visible. Estamos obligados a rescatar el espíritu de Abel, porque “Abel era brillante como la luz / pero su asesino (Caín) era oscuro como la oscuridad”. Así lo dejó escrito Efrén de Nísibe en el siglo IV y no hay que olvidarlo. Lo que representó en cuanto a bondad y prudencia debe ser rescatado por personas con alma. Para avanzar en estas condiciones adversas, estos hombres y mujeres sólo pueden apoyarse en el amor porque es lo único que nos distingue y nos salva. El amor es luz en las tinieblas, como se avanza en la dedicatoria de Desgracia. Para lo demás, la justicia que es el tiempo ya se ocupará y llegará el momento en que pueda decirse que “se han borrado los nombres / la hierba ha devorado las palabras”. Por eso, Fernando, sólo el amor ha de quedar porque es donde residen todas las respuestas que son verdaderas y no manchan las manos. Lo demás, todo lo demás, por amargo y venenoso que sea, como ya decía Rimbaud, est silence. Quien lea Desgracia con atención lo comprenderá y sabrá de qué lado hay que posicionarse en este mundo perverso que habitamos. Por eso lo recomiendo como brújula para no perder el norte.

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Autor: Fernando Valverde. Título: Desgracia. Editorial: Visor. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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