Fleur Jaeggy publica en 1989 Los hermosos años del castigo, rescatada ahora por Tusquets junto al libro de relatos El temor del cielo. Esta reedición confirma la vigencia de una autora de escritura pulcra y sobria, cuya traducción del italiano hace esplender el saber poético de Juana Bignozzi. A pesar de su escasísima obra, Fleur Jaeggy es una autora consagrada y no sin motivo, como refleja esta breve, aunque impactante novela.
«Allí arriba me sentía en un estado que podría llamarse malafelicidad. Exigía la soledad, era un estado de ebrio y tranquilo egoísmo, una venganza feliz. Me parecía que esa ebriedad era una iniciación, y el malestar de la felicidad se debía a un aprendizaje mágico, a un rito»
No obstante, este marco natural de belleza sobrecogedora y libertad contrasta con la soledad y la violencia sutil que emana de los pequeños gestos que se hospeda tras los muros de la refinada institución. La historia situada unos pocos años después del final de la II Guerra Mundial arranca con la llegada de una nueva alumna, Frédérique, quien desboca el deseo y la obsesión de la protagonista durante el último año de su estancia en el internado:
«Tenía algo que las otras no tenían; solo me quedaba justificar su talento como un don de los muertos. Había que oírla leer a los poetas franceses en el aula: habían descendido sobre ella, ella los albergaba. Nosotras, quizás, todavía éramos inocentes.»
La fascinación que ejerce y el vínculo platónico que las hermana teje una trama donde lo que importa no es tanto lo que sucede, sino lo se desprende de lo no dicho. Los silencios agilizan un argumento, las descripciones precisas aportan la exactitud para poder situar a los escasos personajes secundarios: la directora y su esposo, la compañera de cuarto alemana, la alumna negra hija de un presidente, Marion y Micheline… La novela no se sostiene en acciones externas lineales ni en un ritmo convencional, sino en el pensamiento, la emoción y la palabra. La serenidad de lo acontecido se mantiene incluso en los momentos más trágicos, desbrozándolos de dramatismo, lo que ha calificado su prosa de “glacial”, no obstante, se aviva con ello una mirada crítica, sin denuncia explícita ni indignación discursiva, que resulta incisiva al construirse desde una observación clínica, de fuerte carga social y psicológica. La contención lingüística indaga en los límites entre lo expresado y lo evocado, y ahí habita una de las grandezas de la escritura de Jaeggy: la capacidad de sugerir a través de una prosa depurada, austera, casi lacónica, pero meticulosa y no exenta de lirismo:
«Parecía no hablar de nada. Sus palabras volaban. Lo que quedaba después de sus palabras no tenían alas. Nunca pronunció la palabra Dios, y casi no logro escribirla por el silencio con que ella la rodeaba.»
Lo oculto en la palabra resplandece como una hoguera. El minimalismo lingüístico tensa la experiencia del lector por medio de frases casi en suspenso, simbólicas y sobrias, punzantes, que evitan adornos innecesarios y se concentran en lo esencial. La limitación de lo narrado acaba en la imaginación del lector. Fleur Jaeggy se atreve en su escritura a desplazar la atención a aquello que late en el envés de lo escrito: la disciplina y la obediencia que esconden una violencia emocional, frialdad afectiva o jerarquías invisibles:
«Allí, con las monjas francesas, se me aparecieron sin atenuantes las diferencias de clases. Estaban las hermanas con hábito oscuro, las humildes, sin dote, las pobres que tenían que hacer los trabajos pesados, a las que nos dirigíamos llamándolas ‘hermana’. Y también podíamos ser despreciativas. Las reverendas las trataban con desdén, con una cándida sonrisa mantecosa. En ese colegio sabíamos quién de nosotras era pobre o huérfana. (…) Ella fermentaba los aromas de la servidumbre, como si fuese una vocación.»
Estos rasgos la relacionan con la escritura de su amiga Ingeborg Bachmann, pues ambas comparten la exploración de la violencia íntima, especialmente en relaciones afectivas y de poder cuyo daño no es siempre visible, es más moral y estructural; también en los cuentos Las iras de Pilar Adón reverbera ese aura. La atmósfera hostil sólo se trunca ante la contemplación y el proceso introspectivo de la protagonista, en la medida en que la novela testimonia un aprendizaje emocional, al que, sin duda, alude el oxímoron encerrado en el propio título, Los hermosos años del castigo, que no remite tanto a un castigo físico como a uno existencial, que desde la perspectiva del tiempo no resulta del todo negativo, pues contribuye a la construcción de su identidad. El tono reflexivo es también el eco de la voz de la narradora, quien desde su presente rememora aquella etapa en una cronología alterada por la memoria:
«Y, sin embargo, no logro encontrar su nombre en el fichero de mi mente; muchachas perdidas en la memoria. (…) Nuestros nadies acuden a la llamada, criaturas voraces se yerguen a veces como buitres en las fisonomías de los que hemos amado. Una multitud de rostros habita en los nichos, rico alimento. La muchacha alemana, mientras escribo, dibuja.»
Desde el presente narrativo la protagonista no sólo recuerda aquel amor y adoración por Frédérique, una relación asimétrica y ambigua que crece en la no definición de la misma, y las vivencias con sus otras compañeras, sino también de su vida tras la marcha del internado de aquella y de sí misma, los encuentros posteriores de las muchachas fuera de las fronteras del internado, que articulaban sus relaciones en aquel microcosmos, pues sin estos nada queda entre ellas, mostrando lo endeble de los vínculos allí forjados, más por la necesidad y obligación de la férrea disciplina —bien expresado en la disparidad del espíritu alemán de la institución y la compañera de cuarto frente al italiano de la protagonista— que por la camaradería sincera.
Tanto en Los hermosos años del castigo como en El temor del cielo el lector se asoma a un universo propio de atmósferas desasosegantes, donde los lazos de sangre carecen de potencia, el rito es la confirmación del orden, la culpa sustenta una cierta indolencia y la palabra exuda una rebelión contra la ortodoxia, que nos obliga a acercar nuestros ojos a un abismo que existe, aunque no podamos verlo. Es indiscutible que nos encontramos ante una autora de estilo carismático, con una prosa tan escarpada como las montañas suizas en las que transcurren sus historias, cuya delicada mordedura perdura incluso después de cerrar el libro.
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Autora: Fleur Jaeggy. Título: Los hermosos años del castigo. Traducción: Juana Bignozzi. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros.
Autora: Fleur Jaeggy. Título: El temor del cielo. Traducción: Flavia Company. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros.



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