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Una forma de no estar

Una forma de no estar

Foto de portada: Pablo Batalla

Se encuentra Pomar de Cinca en la zona alta de Aragón, muy cerca de la línea imaginaria que marca la separación entre la provincia de Huesca y las tierras leridanas. Es una localidad pequeña con una tradición agropecuaria amparada en la fertilidad que le conceden las aguas del río que le da nombre. Tiene algunas casas a las que vale la pena echar un ojo, por aquello de que mantienen las esencias de eso que se conoce como estilo aragonés, y una iglesia del siglo XVI que puede presumir de una delicada portada plateresca y una elegante cabecera pentagonal. Poca más información encontrará quien quiera indagar en los entresijos de este rincón extraviado en un confín interior del mapa ibérico. Sin embargo, hay un aliciente más que no aparecerá reflejado en las escasas guías que incluyan una mínima referencia a Pomar de Cinca entre sus páginas, y es que allí nació y allí vive uno de los escritores más desconocidos, peculiares y brillantes de la narrativa española contemporánea.

"El manuscrito de su primera novela rodó por los despachos de algunas editoriales que nunca emitieron respuesta"

El nombre de Agustín Vidaller (1967) era hace poco más de diez años un misterio para todos. Miembro vocacional de esa estirpe milenaria de escritores secretos que pergeñan su obra al margen de modas y de focos, sólo conocían su existencia los folios que él mismo acumulaba en una esquina de su escritorio si había tiempo y ganas de ponerse a la faena. Cuando decidió que ya tenía entre manos algo lo suficientemente aseado como para buscar fortuna, ésta le dio la espalda. El manuscrito de su primera novela rodó por los despachos de algunas editoriales que nunca emitieron respuesta y por los apartados de correos de otras que exigían dinero contante y sonante antes de entregar nada a la imprenta. Vidaller estaba a punto de dar el intento por perdido, resignado a continuar su obra en el más abisal de los silencios, hasta que uno de aquellos envíos llegó a manos de Álvaro Díaz Huici, director de la editorial Trea. La lectura le impresionó tanto que, antes de tomar ninguna decisión, consultó a algunos ojos amigos para asegurarse de que aquella novelita que apenas alcanzaba los cien folios no era un plagio. Todas las opiniones que recabó coincidieron en un punto: el texto era extraordinariamente bueno. Pocas horas después, Agustín Vidaller contestaba a una llamada telefónica en la que Díaz Huici le anunció que unos meses más tarde dejaría de ser un autor inédito.

Costas perfumadas vio la luz en 2005 y ocurrió lo que suele pasar con las obras de su naturaleza: no tuvo muchos lectores, pero los que tuvo quedaron subyugados para siempre. Dueño de una prosa tan fascinante como difícil, en la línea de aquel grand style que defendió Benet, Vidaller desplegaba tal arsenal de recursos y talento que aquello parecía como si William Faulkner y Joseph Conrad se hubiesen compinchado para escribir al alimón con Jorge Luis Borges. No fue un éxito de ventas, pero tampoco un fracaso rotundo. Paulatinamente, a medida que las lecturas se iban sucediendo y los rumores corrían de boca a oreja, el libro fue desapareciendo de las librerías mientras los iniciados en el misterio se preguntaban qué más podría ofrecer aquel autor ignoto al que nadie entrevistaba y cuyo rostro ni siquiera aparecía en la solapa de su primera novela.

"Oasis volvió a convertirse, como se puede deducir, en un título de referencia para quienes entienden la lectura no como un pasatiempo, sino como una implicación"

Tuvieron que pasar unos cuantos años para que Agustín Vidaller volviese a dar señales de vida. Tan sólo un fragmento de su obra en curso publicado en 2007 en la revista cultural El Súmmum, con el título de «El corazón del infiel», dio noticia fidedigna de que no había descuidado sus trabajos literarios. En el último invierno, al fin, llegó a los escaparates Oasis, también en Trea. Otra vez aparecían en ella los universos orientales como telón de fondo sobre el que desplegar metáforas de la vida, y otra vez el viaje y sus ecos vertebraban una narración hipnótica que atrapaba sin remedio a quienes se decidían a entrar en ella. Para celebrar el feliz alumbramiento (el feliz retorno), Vidaller concedió entonces, en su refugio de Pomar de Cinca, una entrevista a Pablo Batalla que apareció publicada en El Cuaderno. Se reconocía en ella discípulo de Pío Baroja, de Ramón María del Valle-Inclán, de Stendhal, de Rimbaud, de Saint-John Perse, y hablaba sin tapujos de su querencia por la obra de Jorge Luis Borges y por el Gabriel García Márquez de Cien años de soledad, «la imaginación pura». Se refería a esa novela concreta para explicar su querencia a escribir sobre lo desconocido, a ambientar sus historias en unas tierras que desconoce, en las que nunca ha estado y en las que no cree que vaya a estar nunca. África, el oriente mágico que en su pluma se nutre de los imaginarios orales y de las mejores páginas de la literatura universal, es en las novelas de Vidaller el paradigma de la aventura, de la asunción de nuevas realidades, de la atracción por todo lo que ignoramos, y él explora esas grietas con el esmero y la convicción de quien es capaz de hallar un torrente de agua clara en los descampados más áridos. Oasis volvió a convertirse, como se puede deducir, en un título de referencia para quienes entienden la lectura no como un pasatiempo, sino como una implicación, y el nombre de Agustín Vidaller se confirmó como el último eslabón de una tradición literaria que hace de la excelencia su estandarte.

Pocos meses después de la publicación de Oasis, se agotó la primera edición de Costas perfumadas. De ahí que Trea la haya recuperado en su remozada colección de narrativa, para dar un nuevo impulso a esa obra inaugural en la que comenzaba a forjarse un universo. En su contraportada se nos da, además, una feliz noticia: pronto estará en las librerías Exotique, un volumen en el que el escritor aragonés selecciona algunos de los relatos cortos que ha venido escribiendo hasta la fecha en su reducto de Pomar de Cinca, siempre en torno a ese universo mítico conformado en torno a desiertos oceánicos y soles que abrasan. En la mencionada entrevista, Vidaller decía que «para mí, Oriente es una forma de no estar». En esa forma de no estar es en la que sus lectores deseamos que siga estando.

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