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Frankenstein del Medio Oeste

Frankenstein del Medio Oeste

Iba a empezar esta reseña de otra manera, pero, pensándolo bien, ¿qué es un maniquí? Lo más sencillo sería definirlo como un modelo a escala 1:1 de la figura humana, un facsímil esbozado, una reproducción. Su reino más conocido se halla detrás de los escaparates, flanqueando las calles concurridas, donde conviven disfrazados de nosotros, inmovilizados ante las sombras que se reflejan fugazmente en su mirada vidriosa. Pero ese no es su único dominio. Sus torsos mutilados también se pueden encontrar en sastrerías, en estudios de cine, en consultas médicas, tirados en algún contenedor. Y aunque no es fácil reparar en ello, se encuentran igualmente en nuestros sueños. Todo ese movimiento que parece suceder en nuestra conciencia suspendida mientras el cuerpo ensaya su cadáver futuro no es más que una treta de la mente que no soporta el vacío, una ilusión. Lo cierto es que soñamos con fotografías, con imágenes fijas, con muñecos rotos que anuncian una felicidad desconocida o una gran desgracia, apostados silenciosamente ante nosotros, irradiando la extraña alegoría de sus mensajes cifrados. Sólo más tarde, en el despertar que va tirando poco a poco de nuestros nervios de punta, la lógica de una vigilia habituada a la sucesión de los instantes les otorga el movimiento, un recuerdo de cópulas o de carreras sobre el hielo, la finalidad de ese mero estar ahí. Pero el hombre o la mujer con que soñamos, la figura cargada de misterio a la que deseamos sin ninguna noción de peligro ni el estorbo de la mala conciencia, no deja de ser un maniquí. De alguna manera, resulta curioso que a esa presencia compañera, inofensiva y aterradora al mismo tiempo, nuestro diccionario la defina de este modo: “Figura movible que puede ser colocada en diversas actitudes.” “Armazón en forma de cuerpo humano.” “Persona encargada de exhibir modelos de ropa.” “Persona débil y pacata que se deja gobernar por los demás.” Y curioso porque las definiciones dejan ver una paradoja inquietante: dos pasos y la figura se humaniza, otros dos y la persona desaparece en poses, en meras articulaciones, en la sustracción de toda voluntad. ¿Existirá un punto de equilibrio entre el maniquí y la persona, entre la postura y el gesto revestido de sentido, entre el estar y el ser? Hace poco tuve a la hija de unos amigos en casa. Acababa de acostarla en su camita, después de leerle un cuento, y me disponía a apagar la luz cuando (ocho años) me dijo: “¿Yo sigo siendo yo?” Le pregunté por qué decía eso. Respondió: “Porque ahora ya todas las caras me parecen la misma cara.” Cuando salí a fumar un cigarrillo junto al río bajo la única ventana iluminada, tras la cual una niñita empezaba a desaparecer entre maniquíes, aquellas palabras me seguían rondando por la cabeza. ¿Y no era verdad que ahora todas las caras se parecían? ¿Y no era verdad que desde hacía dos años no sólo habíamos sido testigos de la desaparición de medio rostro, sino que también los ojos estaban muertos?

"Un estilo que trae de vez en cuando a la memoria (salvando por supuesto las distancias) al querido Holden Caulfield de El guardián entre el centeno"

Pienso en todo esto después de leer La noche de los maniquís, la novela corta (ganadora del premio Bram Stoker del año en que empezaron a borrarse las caras) de Stephen Graham Jones. Mi fobia y mi amor a los maniquíes —¿cuántas veces habré visto El asesino de muñecas, El falso escultor, Los crímenes del museo de cera?— me llevaron a ella, después fue mi interés hacia una trama ideal para una tarde de verano lo que me empujó a leerla con la fruición palomitera del consumidor de slashers de los 90 que nunca he dejado de ser. Quizá despista un poco su trasfondo, en el que no hay ni montes suizos ni hielos sino un pueblecito típicamente americano a la manera de los que Stephen King levanta en sus novelas, explotados por el cine. Sin embargo, se trata en realidad de una revisión de Frankenstein, con una criatura creada pieza a pieza (el monstruo de Frankenstein se creó de otra manera, pero bueno) y la amenaza de la muerte pesando sobre su creador y algunos seres queridos. Cuenta con un par de notitas de color que la hacen más interesante que la novela de terror habitual: la voz de su unreliable narrator —o casi unreliable, porque en realidad de lo que cabe desconfiar es de algo muy distinto a su voluntad para el engaño— y un estilo que trae de vez en cuando a la memoria (salvando por supuesto las distancias) al querido Holden Caulfield de El guardián entre el centeno. La publica una editorial de la que ya he hablado en otra ocasión —la más interesante, dentro de la narrativa de género, entre las de más o menos reciente aparición— y a la que se hace necesario seguir, La Biblioteca de Cárfax. Su natural admiración por Drácula sigue estando patente en el título que han escogido para su colección de novelitas cortas: Deméter, como el barco —con un muerto atado al timón y el único tripulante vivo (es un decir) disfrazado de perrito pardusco— en el que llegaron hasta Whitby los ataúdes repletos de arenilla rumana propiedad del viejo conde. Por el bien de un género que ha pasado demasiado tiempo perdido en la deriva de modas descafeinadas, y que merece mejores escritores y mejores lectores, confiemos en que este barco tan espléndido siga navegando durante muchos años.

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Título: La noche de los maniquís. Autor: Stephen Graham Jones. Editorial: La Biblioteca de Cárfax (2022). Venta: Todostuslibros.

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