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Opio y extravagancia para una torre en Fonthill

Opio y extravagancia para una torre en Fonthill

¿Qué mejor manera de regresar a los salones de Eblis, a los cinco palacios erigidos para satisfacer los sentidos, que esta fabulosa edición de Reino de Cordelia? ¿Qué mejor pretexto para hablar, largo y tendido —en una otomana carmesí, con la cabeza recostada sobre los muslos de una doncella de ojos negros y una pipa de opio a los pies—, de la fascinante Vathek?

A Poe le entusiasmaba. A Mallarmé —que descubrió la misteriosa relación entre una torre innumerable y una cueva interminable— le apasionaba. Para Keats supuso el encuentro con una puerta aún desconocida a las visiones del infierno. La inspiración para un nuevo modelo de poesía en el Romanticismo inglés no empieza con Lalla Rookh (que Thomas Moore publicó mucho después de los poemas orientales de Byron, pero la comenzó años antes, y Byron la conocía), ni tampoco con El Giaour, que supone el pago atrasado de una antigua deuda contraída con Beckford: el estilo oriental, que luego tomará una curva hacia el sur y, a través de la influencia de Byron, bañará la literatura francesa desde los mil afluentes que nacen de Victor Hugo —uno de los cuales desembocará en España gracias a la magia de Zorrilla—, empieza en este sueño escrito, según cuenta la leyenda, en “tres días y dos noches”, tras “los sucesos ocurridos en Fonthill durante las navidades de 1781”, por un disipado joven “que no llegaba a los veintidós” llamado William Beckford. Como no podía ser menos, viniendo de un hombre del que sólo cabía esperar lo inesperado, la obra la escribió en francés.

"Poco después de escribir su maravilloso relato de pintores imaginarios, Beckford, con dieciocho años, visitó a un moribundo Voltaire en París"

Beckford nació en el Soho londinense en 1760, y a los diez años (la misma edad que Byron contaba al heredar su baronía) recibió el inmenso patrimonio que dejaba su padre: un millón de libras esterlinas, la finca de Fonthill en Wiltshire y las plantaciones de azúcar que la familia poseía en Jamaica desde hacía tres generaciones, atendidas por tres mil esclavos negros (William North, en la memoria que escribió sobre la vida de Beckford, rebaja la cifra, sin embargo, a mil quinientos). Su profesor de música fue Mozart. Su profesor de pintura Alexander Cozens. En Fonthill vivió su niñez rodeado de cuadros y objetos artísticos, puramente decorativos; su ama de llaves, “habituada por lo visto a edificar a los visitantes de la galería con una descripción de las pinturas, debida principalmente a su muy fértil imaginación, le dio a Beckford la humorística idea de escribir un catálogo de supuestos pintores, contando las historias de cada cual, igualmente imaginativas y grotescas”. Aquel libro, titulado Biographical Memoirs of Extraordinay Painters y escrito a los diecisiete años, no sólo está tocado por la gracia y el encanto; además, su originalidad se adelanta en más de un siglo —desde Schwob hasta Borges— a otras muchas extraordinarias y coloridas vidas imaginarias. “Fue así”, prosigue William North en su memoria, “como la vieja ama de llaves contó desde entonces con una guía impresa a la que recurrir, de forma que podía relatar largo y tendido los méritos de Og de Bashan, de Waterslouchy de Amsterdam y de Herr Sucrewasser de Viena, y hasta hablar de sus esposas y sus estilos. En lo que respectaba a los caballeros del condado, en palabras de Beckford, consideraban todo aquello tan cierto como el Evangelio”. Poco después de escribir su maravilloso relato de pintores imaginarios, Beckford (dieciocho años) visitó a un moribundo Voltaire en París: “Al despedirse de mí”, escribiría más tarde, “dejó caer su mano sobre mi cabeza, diciendo: Aquí le doy, mi joven inglés, la bendición de un hombre muy anciano. Voltaire no era más que un esqueleto, una anatomía hecha de puro hueso. Su rostro”, concluyó Beckford, “es algo que jamás olvidaré”.

"No muy lejos de su domicilio de marfil en Lansdown, y siguiendo el imperativo de aquella vida ascendente, Beckford ordenó erigir una nueva torre, menos imponente en su altura, pero tan barroca en su interior como la torre de Fonthill nunca llegó a ser"

Como todo hombre de genio, Beckford era un enamorado de las torres. En Fonthill hizo levantar una torre fabulosa de 85 metros de altura, una hazaña arquitectónica para la época (teniendo en cuenta que se trataba del capricho personal de un caballero, y no de una obra concebida para la admiración urbana). Beckford se encargó de la supervisión y el diseño de las obras y contrató, casi en condición de mero ayudante, al arquitecto James Wyatt, que abordó como pudo aquella tarea, “de una magnificencia que llamó la atención y despertó el interés de toda una época.” Durante los trabajos de construcción la torre ardió de arriba abajo, y Beckford se limitó a mirar, embelesado, el espectáculo de unas llamas absolutamente reales devorando en aquel retazo de mundo su propia ensoñación. Es posible que en la restauración y en el conjunto de las obras Beckford se gastara la mitad de su herencia, “unas 400.000 libras, según un autor del Athenaeum”, aunque el propio Beckford reducía esa cifra a 273.000. El Times iba más lejos y calculaba que el valor total de las obras arquitectónicas y de los “articles of virtu” de su interior debía rondar el millón. Una bella inversión, en cualquier caso, si tenemos en cuenta el resultado: un defecto en los cimientos terminó por provocar finalmente el derrumbe de la torre, que en su majestuosa caída —¿para qué, si no, levantar una torre?— destruyó buena parte de las edificaciones anexas de la vieja Fonthill, dejando el lugar reducido a “una pura ruina”.

Beckford pasó sus últimos años en Bath. Allí “unió dos casas en Lansdown Crescent mediante un arco que cruzaba la calle, el cual, a su vez, contenía toda su biblioteca, muy selecta y a la vez muy extensa”. (Otro sueño de Beckford, y de todo lector que se precie de serlo: una fabulosa biblioteca colgante). No muy lejos de su domicilio de marfil en Lansdown, y siguiendo el imperativo de aquella vida ascendente, Beckford ordenó erigir una nueva torre, menos imponente en su altura —y aun así alcanzaba los 40 metros—, pero tan barroca en su interior como la torre de Fonthill nunca llegó a ser. Según el testimonio de un visitante, publicado en el Athenaeum,

en todas las estancias de aquella torre elevada Beckford había hecho colgar sus cuadros predilectos, y dispuso muchas de sus reliquias personales. De estilo asiático, con enrejados y postigos dorados, y cortinas de tela carmesí, sus techos a rayas, su minarete y otros accesorios expresaban a las claras que el hombre que había diseñado el lugar, que se había obstinado en aquel empeño, estaba profundamente imbuido del espíritu de soltiaria grandeza y estricta reclusión que impera en los países y en las gentes de Oriente. El edificio se hallaba rodeado por un altísimo muro, que, a través de una puerta de pequeñas dimensiones, permitía la entrada al jardín sobre el que se levantaba la torre. El propio jardín tenía también un aire oriental. Por limitado que fuera su tamaño, en su interior podían encontrarse senderos para un andar solitario y espesas sombras en las que encontrar retiro, como las que sin duda seducirían al magnífico y atribulado Vathek, y entre sus ramas no era imposible escuchar, inesperadamente, los sonidos del címbalo y la dulzaina. El edificio albergaba diversas estancias abarrotadas con los cuadros más hermosos imaginables. En la época en que visité la torre, sus muros acogían por todas partes las producciones del pincel. En mi memoria distingo con claridad algunas obras de los antiguos francos, de Brueghel, de Cuyp, de Tiziano (una Sagrada Familia), de Hondekooter y Polemberg, junto a otros pintores cuyas obras ha inmortalizado el Arte. Ornamentos de las más exquisitas filigranas de oro, taraceados en marfil y madera, porcelanas que hacían pensar en Rafael y cálices conformados por gemas, junto a algunos otros labrados por las manos milagrosas de Benvenuto Cellini, llenaban los numerosos armarios y los receptáculos creados con el único fin de albergar tales cosas. Las puertas de cada dependencia eran de una madera delicadamente tallada; las ventanas, de una sola hoja de cristal cilindrado; las cornisas estaban hechas de plata enrejada. Todos los detalles, ya estuvieran en el interior o en el exterior, eran fiel reflejo de la riqueza, la magnificencia y el buen gusto de quien había levantado aquel templo en homenaje a las artes, la grandeza y el retiro solitario.

A Beckford le bastaron cuatro libros —Vathek, Memoria de pintores extraordinarios, Recuerdos de una excursión a los monasterios de Alcobaca y Batalha, y (traduzco el título, porque no conozco ninguna versión en español) Sueños, Ensueños e Incidentes, en una serie de cartas escritas desde diversos lugares de Europa (otros añadirán también Azemia y El elegante entusiasta, no sin razón)— para ganarse un lugar en la historia que no se limite al tópico del “excéntrico caballero inglés”. Como Rimbaud, como Ducasse, lo mejor de su obra lo realizó al filo de lo que en su siglo constituía la mayoría de edad; lo mejor, al menos, de su obra escrita: porque torres elevadas y bibliotecas colgantes, cada cual con sus mágicos y abigarrados ornamentos, son otros tantos encantamientos que prolongan Vatheks, Pintores Extraordinarios, Excursiones y Sueños e Incidentes hasta nuestro mundo de espejismos y tinieblas por otros medios.

"En verdad, el fantasma del califa Vathek se apareció a Beckford durante las jornadas de una larga fiesta, pero no adquirió su hermoso rostro y sus hermosas prendas hasta que un amigo reciente, veinte años mayor que él, entró en escena"

Vathek, la historia de un hombre que aspira a conseguir un poder inimaginable para cualquier mortal (lo que, naturalmente, llamó la atención de Lovecraft), tuvo una gestación realmente complicada, y ya que está nublado y hace frío voy a entretenerme un rato en ordenar los hechos y dejar unas miguitas al lector que no tenga reparos en abandonar temporalmente el legendario marco de los “tres días y dos noches de duro trabajo”. Beckford dio lugar a esa leyenda cuando, en una conversación con su amigo Cyrus Redding, ciñó toda la tarea de escritura en esos tres días en los que, dijo, ni siquiera se quitó la ropa, y que hicieron que se pusiera muy enfermo (¿es posible que le escucharas mal, Cyrus?). Beckford tenía 75 años cuando recordaba aquella época, pero seguía siendo un tipo muy lúcido y todavía vigoroso —presumía, como Byron, de su endiablada buena vista, aunque Byron tenía casi cincuenta años menos que Beckford cuando alardeaba de leer desde la platea lo que estaba escrito al pie de las estatuas en el teatro de Milán—, de modo que es bastante improbable que confundiera los años de trabajo en el libro con la suma de los días y las noches que rememoraba ante Redding. En verdad, el fantasma del califa Vathek se apareció a Beckford durante las jornadas —¿tres días y dos noches, quizá?— de una larga fiesta, pero no adquirió su hermoso rostro y sus hermosas prendas hasta que un amigo reciente, veinte años mayor que él, entró en escena. Lewis Melville, en The Life and Letters of William Beckford of Fonthill (Londres: William Heinemann, 1910), relata de este modo el comienzo de la amistad entre Beckford y Henley (con el añadido de su posible influencia en la fantasía de Vathek. Ya por eso se le puede perdonar lo que hizo después):

Henley, que había nacido en Inglaterra en 1740, había marchado a América, donde había obtenido una plaza como profesor de Filosofía Moral en la universidad William and Mary de Williamsburg, Virginia. Cuando estalló la guerra de la Independencia, Henley, por lealtad, regresó a su isla natal, y poco después de su llegada se le nombró profesor en el colegio de Harrow, donde se confió a su cuidado a dos muchachos, primos de Beckford por el lado materno. Beckford conoció al tutor de sus primos y le pareció un compañero muy agradable. Ciertamente, Henley era un hombre que había conseguido grandes cosas y de muy buen gusto literario, y se carteaba sobre antigüedades y temas clásicos con Michael Tyson, Richard Gough, Dawson Turner, el obispo Thomas Percy y otros eruditos. Fue su conocimiento del árabe y el persa, sin embargo, lo que le granjeó el especial interés de Beckford, quien por entonces sentía un entusiasmo sin límites por Las Mil y Una Noches; y es probable que las conversaciones que mantuvieron sobre aquella obra, y alguna sugerencia casual hecha por Henley, estimularan la imaginación del joven, que se planteó escribir una Suite des contes arabes.

Semanas después, Beckford seguía tan fascinado por aquella idea que decidió renunciar a cualquier otro placer con el fin de llevarla a cabo. (Esa renuncia, en un tipo como él, implicaba necesariamente algo muy serio). En la carta que envió a Henley el 21 de enero de 1782 escribió significativamente:

Algo dentro de mí me ha llevado a encerrarme en mis habitaciones como tú me aconsejaste, y me he alejado de tonterías y caprichos. No me atrevo a determinar las consecuencias de mi estado.

Y ocho días después, también a Henley:

Eres el responsable de haberme hecho trabajar en una historia tan horrible que tiemblo al escribirla, y no hay un nervio en todo mi cuerpo que no vibre como un álamo.

No voy a seguir con mi tarea hasta que no haya hecho algunas consultas; así que tendré que molestarte con mi presencia en cuanto pueda escapar con cierto decoro de las pestes y las plagas de Londres. Posiblemente durante la semana que viene.

Recordemos que seguimos en enero. En febrero, quizá durante la primera semana, Beckford acude a Henley para aclarar sus dudas, posiblemente relacionadas con elementos históricos y vestuario. De momento ya lleva más de “tres días y dos noches” escribiendo Vathek, algo más de una semana exactamente. Beckford no deja de escribir, los salones de Fonthill, sus doncellas y concubinas, se convierten en fantasmagorías orientales. El 25 de abril, de madrugada, con la ventana entreabierta a una enorme luna llena, escribe una nueva carta a Henley:

Por cierto, mis cuentos árabes avanzan prodigiosamente, hasta el punto de que creo que el conde Hamilton [antepasado de Beckford por la parte materna, que escribió Les quatre facardines, un relato inspirado por la traducción francesa de Antoine Galland de Las Mil y Una Noches] me recibirá con una sonrisa cuando nos presenten en el Paraíso.

Más tarde, en una carta sin fecha, Beckford se refiere por primera vez a su obra con el título (o casi) por el que la conocemos: “La Historia del Califa Vathec”, exclama, “avanza sorprendentemente”. (Cómo lo cambia todo, la supresión de esa k abierta a la extrañeza). Luego, el 1 de mayo (¿cuánto llevamos ya?, ¿cinco meses?), vuelve a mencionar la historia: “Mi califa avanza en su viaje a Persépolis, alias Istakhar: pero creo que la falta de tiempo me obligará a detener sus próximos avances”. Dado que las cartas de Beckford no vuelven a mencionar la escritura de Vathek, desconocemos cuánto tiempo dejó el camello del califa amarrado a una palmera. ¿Una semana? ¿Cuatro? ¿Doce? Ni siquiera estaba cerca entonces de concluir su obra. El 13 de enero de 1783 habla de ella durante el proceso de escritura por última vez, y sólo para comunicarle a Henley (que posteriormente se quedaría con el manuscrito) su esperanza de que “los Episodios de Vathec [todavía con esa espeluznante e impostora “c”] concluyan en pocas semanas”.

"Sabemos que el 18 de noviembre de 1783 Henley ya está en posesión del manuscrito, que en mayo de 1784 ya le ha puesto el nombre por el que lo conocemos y que poco después da permiso a Henley para que le muestre la novela a su nuevo pupilo"

Si Vathek, como parece, fue concluida en febrero de 1783, la leyenda de los “tres días y dos noches” de inspiración sostenida no es la única que se viene abajo, sino también el dato de que Beckford escribió su novela con veintiún años (él mismo, en su conversación con Cyrus Redding, tenía claro que la había escrito a los veintidós). Pero incluso dando por buena la fecha de febrero de 1783, en cartas posteriores (la más tardía fechada en mayo de 1784) Beckford reconoce estar trabajando en otros episodios, de los que prácticamente nada se sabría hasta 1912. (Nada de lo dicho, obviamente, afecta a la apreciación de la novela, pero contribuye a situar unos hechos que cada vez es más frecuente encontrar, tanto en ediciones vernáculas como traducidas, en su aspecto de leyenda).

Después tenemos el extraño caso de la traducción del original de Beckford del francés al inglés. Sabemos que el 18 de noviembre de 1783 Henley ya está en posesión del manuscrito (“prometiste escribirme, igual que me propusiste traducir el Vathec, que dejé en tus manos”), que en mayo de 1784 ya le ha puesto el nombre por el que lo conocemos (“¿ya has terminado de leer Vathek?”) y que poco después da permiso a Henley para que le muestre la novela a su nuevo pupilo, amigo de Beckford:

Te ruego que le presentes a Vathek, a quien de momento apenas conoce más que de nombre. Supongo que a estas alturas estarás sumergido en las Salas de la Perdición, escuchando la melancólica voz de Eblis en las brumas de la noche y observando a Nuronihar entre retazos de luna. Tengo muchas ganas de leer tu traducción, me siento más en deuda contigo por el trabajo que te habrás tomado de lo que puedo expresar.

Henley, sin embargo, guarda un inquietante silencio. El 14 de octubre, Beckford, que bajo las buenas palabras empezaba a sentirse más bien molesto, se vio en la obligación de insistir:

Paso muchas horas soñando con mis infortunados príncipes, e imaginando medios y maneras razonables de enviarlos a todos al diablo. ¿En qué andas ahora? ¿Tienes alguna copia en limpio de tu traducción?

Un fragmento de la traducción llegó por fin a las manos de Beckford el 26 de febrero de 1785 —“repleto del espíritu de los califas y sus demonios”—, y más tarde, el 21 de marzo, escribió felicísimo desde Fonthill con el resto de la traducción (a falta de los episodios) sobre el atril:

Me haces sentir orgulloso de Vathek. Ahora mismo, su resplandor es tan intenso que no le veo ningún defecto, pero puedes estar seguro de que no tardaré en salir diligentemente en su busca.

Por favor, envíame la continuación; no sé cómo ha sucedido, pero ni el original, cuando acababa de venir al mundo, me produjo tanto entusiasmo como tu traducción.

De encontrarme de buen humor correría como un loco entre mis montes y mis bosques para decirle a las piedras, los árboles y las flores lo glorioso de tu acierto. Otra vez siento que mi imaginación se dispara.

He estado haciendo los últimos arreglos a algunos episodios y sembrando las semillas de otro que, confío, terminará por rendir sus frutos.

Tengo muchísimas ganas de que algún día ofrezcas esas plantas en nuestra tierra inglesa. Hemos pasado un penoso invierno, pero no he dejado de empujar a mis príncipes en el infierno con alegre perseverancia.

"Para entonces, Hensley comenzaba a interpretar el libro de Beckford menos como una fábula que como un episodio histórico, y las modificaciones que proponía, al menos para lo que no dejaba de ser un relato fantástico, comenzaban a resultar excesivas"

Henley propuso a Beckford algunas revisiones en el manuscrito y abrir la historia con un prefacio explicativo acerca del “vestuario de Vathek” (a lo que, en un principio, Beckford accedió). El 12 de abril de 1785, desde Rendlesham, Henley le escribió una breve carta para expresarle su “agrado de que apruebes el plan del prefacio explicativo”, y comprometiéndose a leer “Las Mil y Una Noches en busca de referencias, que sin duda habrá muchísimas… He apuntado también otras fuentes, que arrojarán no poca luz acerca del vestuario”. En la misma carta, Henley alude a algunos añadidos “que te mencioné en la anterior. Qué duda cabe de que la superior perfidia de Carathis le abre la puerta a un castigo distinto y más conspicuo que al resto: quizá sea preciso diversificar igualmente el de Vathek y Nuronihar. Digo quizá porque, si pienso un poco en ello, no dejo de tener mis dudas”. Beckford respondió casi dos semanas después anunciando “algunos pequeños cambios” en el manuscrito, “que no creo que desapruebes. Pero no sé cómo introducir las distinciones que aconsejas. Siempre he pensado que Nuronihar había recibido ya un castigo demasiado severo y si supiera cómo hacerlo añadiría a su cuenta un delito más o dos. ¿Qué me dices?” En la misma carta se planteaba documentarse en “las ilustraciones de Las Mil y Una Noches (especialmente las de los necrófagos), pero puedo aprender mucho más de la Bibliothèque Orientale de Herbelot, y las Disertaciones de Richardson”. Hensley, por su parte, ya había recurrido a esos libros “y otros varios volúmenes que tengo a mi alcance, y te sorprendería descubrir lo atinado que te has mostrado en más de un detalle. Pero dime, ¿qué cabe decir de las cucharas de Cocknos, las mariposas de Cachemira?” Para entonces (abril de 1785), Hensley comenzaba a interpretar el libro de Beckford menos como una fábula que como un episodio histórico, y las modificaciones que proponía, al menos para lo que no dejaba de ser un relato fantástico, comenzaban a resultar excesivas:

No encuentro el pasaje donde mencionas la basmala; pero si, como creo, se la menciona como una introducción a los rezos, debemos descartarla, pues no era empleada de este modo hasta el año 341 de la hégira, y Vathek murió cien años antes. Tampoco la mención a las vasijas de agua es correcta; al menos eso me parece. Pero acerca de este asunto puedes encontrar más información en la respuesta de Nieburh a la Pregunta XLI de Michaelis. Supongo que recordarás cierta ilegible rapsodia que me diste en una ocasión: adjunto aquí un fragmento que, con algunos cambios y añadidos, he hecho a partir de ella, y que te propongo agregar como nota. Digo nota porque, creo, para mostrar el Vathek apropiadamente en inglés tendríamos que contar algo del original y de la traducción en un prefacio, y esto debería verse acompañado de un estudio preliminar sobre la fábula y las maquinarias, y en cuanto a la historia, deberíamos adjuntar notas como explicación del vestuario; de otro modo una muy considerable parte de sus méritos se perderían para 999 lectores de 1000. La información que más echo en falta se refiere al sistema interior del palacio del califa: los eunucos, los címbalos, las palmadas, y cosas similares, la mayoría de las cuales (si no todas) sospecho que se pueden encontrar en Ricault; pero tal vez sea mejor localizarlas en Las Mil y Una Noches. Tanto estos como otros dos libros —uno titulado Miscelánea del Saber Oriental y el otro Historia del Eunuquismo— espero cada día recibirlos.

"El 22 de junio ya no se mostraba tan dispuesto a enviarle el resto de episodios: el libro lo había puesto al cuidado de Mr. Thornton, y pedía a Henley que dejase la descripción de esa escena como estaba al principio"

He citado este pasaje al completo porque creo que sólo así es posible tener, poco más o menos, la misma sensación abrumadora que debió de sacudir a Beckford cuando leyó la carta de Henley. El 11 de junio (casi dos meses después de que Henley enviara sus recomendaciones) Beckford respondió brevemente apelando a la prudencia de Henley, que tenía, además, a media familia enferma —“no quiero retenerte más de lo que sea absolutamente necesario con Vathek, la selección de las notas y la explicación de los pasajes dudosos”—; luego, tras la insistencia de Henley en mantener las notas (a pesar de que se comprometía a “responder a los dictados que tengas a bien darme”) y enviar largas interpolaciones al relato de su propia cosecha —“en la página 38 de mi traducción hay una escena que tiene lugar por la tarde y en la que me he encargado de poner un poquito más de color del que ahora tiene”—, parece que Beckford debió de mostrarse bastante más serio. El 22 de junio ya no se mostraba tan dispuesto a enviarle el resto de episodios: el libro lo había puesto “al cuidado de Mr. Thornton”, y pedía a Henley que dejase “la descripción de esa escena como estaba al principio: ya tenemos tantas descripciones que ni vamos a saber qué hacer con ellas.”

Más de medio año después, el 9 de febrero de 1786, Beckford volvió a dirigirse a Henley, dándole instrucciones —tengamos a partir de aquí presente eso de “responderé a los dictados que tengas a bien darme”— para suspender temporalmente la traducción, “al menos durante un año”. Y añadía:

No quiero bajo ningún concepto que la traducción salga antes que la edición en francés. Ya casi he terminado los episodios para Vathek, y la obra completa estará acabada en once o doce meses. Debes entender que, por muchas ganas que tenga de ver Vathek en letra impresa, no puedo sacrificar la edición francesa a mi impaciencia. Así que debo insistir en mi deseo de que no entregues tu traducción al mundo hasta que haya aparecido el original, y tengamos discutido algo más el asunto. Puedes imaginar las ganas que tengo de disfrutar de tus notas y del ensayo inicial, que dudo no sea recibido con los honores que merece un bocado de orientalismo tan sumamente valioso.

Un par de meses más tarde Beckford seguía mostrándose inseguro acerca de la excesiva implicación de Henley en la traducción:

Te juro que le prestas a Vathek mucha más atención de la que merece, ¿y no te da la impresión de que le estamos dando demasiada pompa si lo entregamos al mundo con una disección de su alma y su maquinaria? Las notas son desde luego necesarias, y yo no tendría dudas en aceptar el ensayo, pero me temo que el mundo va a imaginar que me veo como el autor no ya de un cuento de Las Mil y Una Noches sino de todo un poema épico.

Defendía también sus conocimientos del mundo oriental, y lo innecesario (pero también lo pertinente) de algunas notas:

El río Katsimir nunca fluyó salvo en mi mente, los nueve pilares son de mi entera invención.

Creo que en la mayor parte de los detalles he sido preciso en el vestuario.

Las cúpulas de Shaddukian y de Amberabad las encontrarás explicadas en Richardson.

El cocknos es un ave cuyo pico es muy apreciado en Persia por su precioso lustre, y a veces es usado como cuchara; véase los Cuentos Persas, Historia del Luctuoso Visir, y Zulica Begum.

Las mariposas de Cachemira reciben su homenaje en un poema de Menfis en el que me maté a trabajar con Zemir, el viejo mahometano, que me ayudó a traducir el manuscrito de W. Montague. Pero apenas merecen una nota.

Supongo que prepararás una nota cuando menos extensa sobre el simurgh. Ese respetable pájaro se merece todo lo que puedas decir de él. Solimán Raad, Solimán Daki (no Dawmins, por amor de Dios) y otro Solimán apellidado Gian-ben-Gian proporcionarán un amplio abanico demostrativo de las condiciones orientales. La Miscelánea de Elenig y la Historia del Babbalukismo puede que aporten alguna luz a tus investigaciones.

La catástrofe de Carathis es mejor que se mantenga como tú decías inicialmente. La verdad es que no sé qué hacer para ahondar en la perdición de Vathek, y en cuanto al final, donde se menciona a Gul, convéncete de que no vamos a mejorarlo. El ritmo fluye maravillosamente, y por mi parte creo que el contraste entre el tempestuoso califa y el pacífico Gul no está mal imaginado.

"Beckford, devastado por la pérdida de su esposa, escribió a Henley el 1 de agosto de 1786 una breve carta que a éste, sin duda, tuvo que alarmarle, pues Beckford poco menos parecía desentenderse del destino inmediato de su obra"

No se entiende muy bien la impaciencia de Henley por ver publicada cuanto antes su traducción, y su insistencia desde finales de 1785 sólo parece justificarse en que, o bien comenzaba a temer que la falta de prisa de Beckford fuera más bien un indicio de su falta de interés en la publicación de la edición en francés (o al menos su publicación inmediata), o porque consideraba que su traducción y la novela de Beckford cabía entenderlas como embriones con un mismo origen orgánico pero que podían ser separados al nacer. Fuera como fuese, Henley tendría razones para sentirse aún más impaciente a mediados de 1786. Para entonces Beckford se había casado, se había convertido en miembro del parlamento, se había refugiado con su mujer, lady Margaret Gordon, en Ginebra, después de que la prensa publicase algunos rumores sobre “una elegante pareja de amantes masculinos”. Nunca se dieron los nombres, al menos en papel impreso, pero los indicios apuntaban bastante a las claras a William Beckford y el vizconde Courtenay, con quien Beckford supuestamente habría mantenido relaciones desde que el joven Courtenay tenía once años (en un siglo, no lo olvidemos, en que la ley inglesa permitía el matrimonio con niñas de doce años y la ley francesa, desde 1791, las relaciones consentidas a partir de los once). En Ginebra había tenido lugar el nacimiento de la primera hija de Beckford, Margaret. Pero el segundo parto, apenas un año después del primero, resultó mucho más complicado, y lady Margaret murió por infección puerperal —con sólo veinticuatro años— unas semanas después. Beckford, devastado por la pérdida de su esposa (a la que ni siquiera había podido despedir por última vez en el panteón de Fonthill, pues se le “aconsejó” que no acudiera al entierro), escribió a Henley el 1 de agosto de 1786 una breve carta que a éste, sin duda, tuvo que alarmarle, pues Beckford poco menos parecía desentenderse del destino inmediato de su obra:

Te agradezco tu carta del 12 de junio, y los sentimientos que tan profundamente expresas en ella. He visto destruidos mi mente y mi descanso, y sólo a duras penas sostengo la pluma. La fiebre que ha hecho mella en mí casi sin interrupción desde finales de mayo ha alejado muy desagradablemente mi atención de Vathek, pero al releer tu carta pareces dar a entender que habías enviado el manuscrito para que yo lo examinase. Si es así, Dios sabe su destino; desde luego no ha llegado a mis manos, como tampoco lo ha hecho la carta que mencionas haber enviado inmediatamente antes de la última. Te ruego me aclares estas dudas, pues estoy impaciente por recibir tus notas e ilustraciones. Temo que el abatimiento en el que me veo sumido impida que concluya las otras historias, y, por supuesto, que Vathek haga su aparición en idioma alguno… este invierno. Bajo ningún concepto le permitiría ver la luz sin compañía.

Beckford llegaba demasiado tarde. La traducción de Henley, titulada An Arabian Tale, from an Unpublished Manuscript: with Notes Critical and Explanatory (“Un cuento de Las Mil y Una Noches, procedente de un manuscrito inédito, con notas críticas y explicativas”), ya había sido entregada hacía mucho a la imprenta de J. Johnson, de St. Paul’s Churchyard, y había aparecido tres semanas antes de que Beckford insistiese una vez más en retrasar su publicación. Beckford se sintió lo bastante ofendido como para poner el caso en manos de un amigo abogado, Thomas Wildman, ante el que Henley se hizo igualmente el ofendido, en un maravilloso ejemplo de cinismo  —“me dice usted que el desconocimiento de Mr. Beckford acerca de la publicación de mi traducción lo prueba el hecho de que me escribiera para retrasarla; ahora dígame, ¿por qué me iba a escribir para retrasar una publicación que nunca había sido planeada?”—, para terminar poniendo como pretexto la carta desaparecida a la que Beckford alude en la carta del 1 de agosto y en la que supuestamente —si es que existía— Henley le debió de comunicar sus intenciones de entregar la traducción a la imprenta.

Más indignante para Beckford tuvo que ser, sin duda, el prefacio —nada de un “amplio ensayo académico” como el que Henley había prometido— que acompañaba a la traducción, y en el que el propio autor de la narración aparece anónimamente como un mero empleado del servicio postal:

El original de la presente historia, junto con otros de naturaleza similar, recogido en el Oriente por un hombre de letras, le fue entregado al editor hace más de tres años. El placer que le supuso su lectura le indujo por entonces a transcribirlo y, también, a traducirlo. No le toca a él determinar si la copia ha resultado en una justa representación. Confía, sin embargo, en que se tenga en consideración la dificultad de acomodar al árabe nuestro idioma inglés, conservando los correspondientes tonos de una narrativa diversificada, y aislando las mejores pinceladas de carácter por medio de las sombras de las maneras foráneas.

"El cancelado Beckford ya no sólo intervenía en la historia en simple calidad de mensajero sino que su obra, además, únicamente tenía valor como relleno, como una borra que realzaba la exótica tapicería de las notas"

De modo que, atendiendo al prefacio de Henley, Beckford no era más que un fugaz intermediario entre un fabuloso cuento árabe y un traductor apasionado. Y aún peor: Henley, para algunos críticos, era mucho más que un traductor. Pese a que la traducción se había publicado anónimamente, Stephen Weston, reseñador de Gentleman’s Magazine (enero de 1787), atribuyó la autoría de la historia de Vathek a Henley, e inventando para la ocasión un nuevo género de crítica periodística similar a la lectura de los posos del café, llegó al extremo de concluir que el relato había sido construido “con el propósito de darle al público la información contenida en las notas”. Es decir, que el cancelado Beckford ya no sólo intervenía en la historia en simple calidad de mensajero sino que su obra, además, únicamente tenía valor como relleno, como una borra que realzaba la exótica tapicería de las notas. Henley, vanidosamente, se dejó querer: “Viniendo de un erudito tan respetable”, escribió en el número de febrero de Gentleman’s Magazine, “esa suposición, aunque errónea, es enormemente halagadora para este traductor. Primero porque Mr. Weston, al opinar sobre las notas, las considera a la altura de la composición del texto. Segundo porque a Mr. Weston la traducción le ha parecido en realidad el original…”

Beckford respondió a Henley con la publicación casi simultánea en Lausana y París de su novela (1787), encabezada por un prefacio bastante comedido para lo que las circunstancias merecían:

La obra que presentamos al público ha sido escrita en francés por M. Beckford. La indiscreción de un hombre de letras, a quien le había sido confiado el manuscrito hace tres años, ha provocado que la traducción inglesa fuera conocida antes que la publicación del original. El traductor incluso llegó a afirmar, en su prefacio, que Vathek era una traducción del árabe. El autor rechaza de plano esta afirmación, y confía en que el público no la tenga en consideración en las otras obras de ese género que se propone dar a conocer: las obtendrá de la valiosa colección de manuscritos orientales que dejó el difunto M. Worthley Montague, cuyos originales se hallan en Londres en propiedad de M. Palmer, régisseur del duque de Bedford.

Casi medio siglo después, Beckford todavía recordaba el momento en que un joven encandilado y entregado a una orgía soñaba por primera vez con el califa Vathek: “Es casi imposible encontrar nada parecido al Salón de Eblis en la literatura oriental, dado que ese salón era el mío. La antigua Fonthill tenía un vestíbulo amplísimo y despejado en el que se perdían los ecos, uno de los más grandes del reino. Numerosas puertas se abrían desde allí a diversas dependencias de la casa, a través de unos enrevesados pasillos apenas iluminados. Cuando cumplí veintiún años, las escenas que precedieron y siguieron a aquella maravillosa celebración —los salones egipcios y las cámaras abovedadas de Fonthill, aquella gente que no eran sino prototipos de Gulchenrouz y de Nuronihar, sólo visibles, en días y noches consecutivos, gracias al resplandor de las lámparas y de los fuegos, las criadas y doncellas cuyos atributos elevé, exageré y orientalicé para adaptarlas a mis propósitos—, me hicieron soñar con las primeras imágenes del Palacio de Eblis. Yo volaba en las alas del arábigo ruc entre genios y encantamientos, no me movía entre hombres”.

Byron, que adoraba a Beckford no menos de lo que adoraba Vathek —y que, por cierto, poseía la edición de 1787 de Lausana, menos completa que la revisada de París que, pese a todo, incluía algunas notas de Henley—, no encontraba ninguna otra obra “a la oriental” que se le pareciese: “Por la precisión de vestuario, por la belleza de sus descripciones y la fuerza de su imaginación, supera con creces todas las imitaciones europeas; y tiene tantos rasgos de originalidad que aquellos que han visitado el Oriente apenas podrían creer que no se trata de una traducción. Es una obra a la que nunca acudo sin sentir por dentro una renovada gratitud”.

La misma, sin duda, que sentimos todos los admiradores de Vathek ante esta nueva encarnación del califa, que supera a muchas de las ya existentes tanto por la elegante y precisa traducción de Victoria León como por las maravillosas e inquietantes ilustraciones de Raúl Arias, que surgen de la página y nos envuelven —invitados invisibles del orgiástico cumpleaños en Fonthill— con la colorida lasitud de un ensueño de opio.

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Autor: William Beckford. Traducción y prólogo: Victoria León. Iustraciones: Raúl Arias. Título: Vathek. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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