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Sombras y sortilegios desde el valle inquietante

Sombras y sortilegios desde el valle inquietante

Unas palabras antes de comenzar a hablar de esta obra: qué buen gusto y qué belleza, qué llenos de sentido, los libros publicados por esta joven editorial, La Biblioteca de Carfax (y qué nombre más evocador y adecuado para una colectánea de libros de terror). No es sólo que adopten el tamaño perfecto para la palma de la mano, ni que sus páginas tengan la tonalidad hueso exacta que a uno le hace pedir el reflejo de una llamita arrojada por una antigua bujía, con su caprichosa lucecita ambarina. Y tampoco que sus perspicaces editoras estén descubriendo (que ya es mucho) un muy interesante abanico de autores de los que en España se sabía poco o nada. Es, junto con todo eso, la pasmosa riqueza de unas portadas entendidas —sin exageración— como obras de arte, creadas por un ilustrador excepcional llamado Rafael Martín Coronel, que en el curso de unos cuantos libros ha brindado una personalidad única y, como suele decirse (pero es que es justo decirlo), inconfundible, a un sello editorial que tiene en su talento imaginativo no sólo su rostro sino también su alma.

"El valor principal de Pugmire se encuentra justamente en su habilidad para hacer respirar a los lectores el aire de un mundo que es a un tiempo reconocible y profundamente personal"

De W. H. Pugmire, que por primera vez se publica en español, voy a decir lo más obvio: se trata de un continuador de H. P. Lovecraft enormemente personal con el que se sentirán más identificados los lectores de Clark Ashton Smith que los de August Derleth, aunque, en palabras del especialista S. T. Joshi (que firma el prólogo de esta colección de relatos), lo que le diferencia de la mayoría de los continuadores es que no sólo reconoce, “despectivamente”, serlo, sino que ese reconocimiento tiene la ventaja de alejarlo del pobre y desapasionado “pastiche mecánico”. Parece ser que a Pugmire —un hombre excéntrico, “amable y gentil” (casi como un gigante de su admirado Oscar Wilde), que se granjeaba el cariño de cuantos lo conocían— sólo le interesaba que la calidad literaria de sus obras fuera estimada dentro de los límites de su particular parque de juegos, que era el universo creado por Lovecraft, y no en los términos de una valoración más generalista; y eso que en su capacidad para crear atmósferas del todo independientes de su inspiración lovecraftiana Pugmire, desde luego, es enorme. Hay que entender, por tanto, ese “desprecio” aparente (que Joshi hace bien en entrecomillar) como una forma conspicua de presentarse bajo el papel del epígono desinteresado, y también como una manera de disuadir a aquellos que pretendieran pinchar, incluso —como yo— con buenas intenciones, la burbuja en la que vivió rodeado de domesticados pero todavía peligrosos primigenios.

El valor principal de W. H. Pugmire, más allá del talento que los lectores en inglés le reconocen para la prosa poética (yo no lo he leído en inglés, y soy consciente de que a cualquier traductor siempre le supone una tarea muy complicada trasladar ese talento específico a otro idioma), se encuentra justamente en su habilidad para hacer respirar a los lectores el aire de un mundo que es a un tiempo reconocible —los Arkham o los Dunwich de Lovecraft— y profundamente personal. Realmente hay algo mágico en ese descenso a las casitas y los bosques del valle de Sesqua, una sensación —hecha de pura simpatía— de que hemos estado allí antes y de que conocemos a sus habitantes, pero no tardamos en darnos cuenta de que nuestro contacto con esa enigmática tierra concebida por la imaginación de un hombre es esencialmente arquetípica. Todos tenemos nuestros paraísos perdidos, nuestros rincones y tesoros sempiternamente verdes, pero pocas cosas, excepto aquellas que tocan la memoria involuntaria, consiguen devolvérnoslos con su brillo específico. El talento que yo más reconozco en Pugmire, y que sí se trata de un talento de orden poético, es precisamente ese, su don para restituirnos a unos paraísos medio olvidados y medio perdidos a través de una especie de sortilegio, un ordenamiento mágico de las palabras. Cuando Pugmire consigue crear esa atmósfera —quizá con mayor facilidad en los relatos puros que en sus experimentos poéticos, que evidentemente persiguen otros efectos—, uno sólo puede arrellanarse en la cama y dejarse llevar, como si verdaderamente ya estuviera en otra parte, hasta la frase final… y entonces el deseo de permanecer en ese estado de encandilado abandono nos hace pasar al siguiente relato y volver a empezar.

"Su sentido del ritmo y su capacidad para crear con las palabras un extraño encantamiento son tan únicos y despiadados como los del Maldoror al que menciona en un relato"

Bohemios del valle de Sesqua, de las últimas antologías (la última fue An Imp of Aether) en las que Pugmire fue recopilando su abundante producción, consta de cinco relatos y dos poemas en prosa. En los relatos figura con una presencia dominante el siempre camaleónico y bien recibido por los entendidos Nyarlathotep, el Caos Reptante de los poemas y los relatos de Lovecraft. Mis favoritos entre ellos son “Una carta sin voltear”, “La búsqueda de un sueño” y “El extraño oscuro”, por muchas más cosas que su embrujo atmosférico; en otros, que no son de una calidad inferior, se pasean algunas sombras muy reconocibles para los asiduos de Dunwich (Akiva Loveman, Sarah Paget-Lowe). El Tarot de Sesqua que persigue Kaplan consigue resultar tan creíble como el propio Necronomicón o los artículos sobre payasos que se nombran en uno de los mejores relatos de Ligotti —otra costilla de Lovecraft—, “El último festejo de Arlequín”. Y por cierto: qué cantidad de referencias encubiertas se dejan ver ya en este relato con el tarot de fondo. Kaplan es el apellido de uno de los más importantes investigadores sobre el tarot del siglo XX; el “documentado Tarot del Rey de Amarillo” es una obvia referencia a Robert W. Chambers; la echadora de cartas que atesora ese mismo tarot, Madame Sosatris, no puede ser sino una máscara de esa Madame Sosostris, “famosa divina acatarrada… la más sabia de Europa gracias a su diabólica baraja”, de La tierra baldía de Eliot. Otro por cierto: el comienzo de mi párrafo anterior ha envejecido muy pronto. No he podido resistirme a buscar un poema en prosa de Pugmire en inglés —“In memoriam: Robert Nelson”— y confirmo lo que sus admiradores dicen de él: su sentido del ritmo y su capacidad para crear con las palabras un extraño encantamiento son tan únicos y despiadados como los de, por citar un ejemplo a la altura, el Maldoror al que menciona en un relato (otra característica esencial de Pugmire: su comprensible amor a la literatura simbolista europea) pero, lamentablemente, casi imposibles de trasladar a nuestro idioma.

Pugmire, dice Joshi en el prólogo, “tuvo que enfrentarse a algunas críticas de sus relatos, calificados en gran medida como piezas atmosféricas con un impulso narrativo mínimo, a pesar de que esa atención a la atmósfera constituía el principal desiderátum de Lovecraft como escritor weird (“Nada más importante que la atmósfera, pues el criterio final para conseguir autenticidad no es el ensamblaje del argumento, sino la creación de una sensación determinada”), y de haber desarrollado una prosa cuya fluidez, musicalidad y poder de evocación pocos autores han logrado igualar.” Yo no sólo estoy de acuerdo con las observaciones de Joshi sino que subo la apuesta y maldigo a quienes tengan el atrevimiento de criticar (negativamente, se entiende) una capacidad así. De hecho, sólo espero que las editoras de La Biblioteca de Carfax conserven la osadía y nos traigan más obras de este autor tan especial por tantas cosas, que no sólo fue feliz escribiendo sino que supo como pocos transmitir esa felicidad.

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Autor: W. H. Pugmire. Traductora: Érica Couto-Ferreira. Título: Bohemios del valle de Sesqua. Editorial: La Biblioteca de Carfax. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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