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Franz Kafka, el inquilino del sótano literario

Franz Kafka, el inquilino del sótano literario

El próximo año se conmemorará el centenario de la muerte de Franz Kafka, uno de los escritores más determinantes del siglo XX, al que en justicia se puede considerar como el más inquietante agrimensor de nuestro tiempo. He escrito la palabra «agrimensor» para evocar a su alter ego de El castillo, aunque en realidad, para definir mejor su personalidad y su escritura, debería haber utilizado el adjetivo “auscultador”.

Kafka era un hipocondríaco que pasaba las noches, cuando no escribía, en permanente vigilancia, auscultando sus vísceras y los sonidos inquietantes de su cuerpo. Esa permanente y obsesiva auscultación le llevó no solo a dilucidar sus miedos, sino a descifrar los ocultos significados de nuestro tiempo. Su cuerpo se convirtió en una gran caja de resonancia, de la que dimanaba, casi como un sismógrafo, su escritura. Comenta Elías Canetti, en El otro proceso de Kafka (1968), «que la hipocondría es la moneda menuda del miedo», pero el autor de La transformación pagó un alto precio por su perturbadora hipocondría, incluso puede decirse que acabó devorado por su miedo.

"A Kafka le estorbaba su familia —y no solo su figura paterna: Carta al padre (1919)—, aunque nunca pudo prescindir de ella salvo en los meses de su etapa final en Berlín"

Kafka solo quería escucharse a sí mismo para poner en negro sobre blanco el registro de sus percepciones. Por eso le molestaba tanto cualquier interrupción que pudiera poner en riesgo su escritura, su oficio (el verdadero) de escritor. A Kafka le estorbaba su familia —y no solo su figura paterna: Carta al padre (1919)—, aunque nunca pudo prescindir de ella salvo en los meses de su etapa final en Berlín; le estorbaba su trabajo, en donde siempre se mostró como un eficiente funcionario; y el compromiso con las mujeres, como puede comprobarse en la sinuosa disolución de sus acuerdos matrimoniales, especialmente el mantenido con Felice Bauer. Quizá por eso, más que un deseo, una de sus ensoñaciones recogidas en el epistolario con FB era la de recluirse «con una lámpara y lo necesario para escribir en el recinto más profundo de un amplio sótano cerrado», a donde le «traerían la comida desde fuera y la depositarían lejos, tras la puerta más externa del sótano», por lo que el «ir a buscar esta comida, vestido solo con una bata, a través de los pasillos del sótano», sería su único paseo. La única interrupción para comer lentamente, reflexionando, y volver de inmediato a escribir en su mesa: «¡Y qué cosas escribiría entonces! ¡De qué abismos las arrancaría!».

En realidad, Kafka siempre vivió recluido en un sótano literario o, si se prefiere, en una doble habitación: la de sus respectivos domicilios —en donde no recibía visitas y prácticamente no dejaba entrar a nadie— y la que tenía en su interior, en su propio cuerpo, que lo aislaba y protegía de los demás.

El miedo, la indiferencia y los sentimientos reprimidos son los principales cedazos con los que urde la telaraña de su escritura. Sabido es que Kafka expresó en varias ocasiones el deseo de que sus páginas se ofrecieran al lector como una abigarrada malla de escritura, sin la utilización de guiones y la proliferación de comillas para sus diálogos, en los que está ausente la figura del narrador omnisciente que reflexiona y comenta, disposición que a veces dificulta, no solo a sus traductores, sino también a sus lectores, la comprensión de algunos de los fragmentos de sus textos. Pero no es esta la única dificultad que presenta su escritura, que en ocasiones puede resultar engañosa, ya que cuanto más diáfana se muestra más herméticos resultan sus significados. Los kafkólogos, para intentar explicar su hipnótico embrujo, suelen destacar los rasgos estilísticos de su estilo funcionarial, a veces con predominio del lenguaje que utilizan los abogados o los leguleyos en sus informes; así como su reformulación de la tradicional parábola, cuyos significados deja abiertos sobre el vacío de sus páginas, sin el lazo de una moraleja o de una cláusula sapiencial.

"Sus perturbadores espacios están trasladados a sus novelas y relatos, cuyas tramas suelen estar surcadas por sus callejuelas estrechas y sus laberínticas casas"

Kafka, aunque dominaba el checo, pertenecía a ese reducido grupo de escritores praguenses aislados de Alemania que escribían en alemán, entre ellos Gustav Meurink, Egon Erwin Kisch, Paul Leppin, Viktor Hadwiger, Max Brod, Oskar Wiener y Rainer Maria Rilke, si bien el autor de El desaparecido siempre se diferenció del acartonado alemán académico del grupo praguense. Recuérdese que Rilke buscaba incansablemente en el diccionario palabras en alemán, que en ocasiones —sobre todo en otros escritores menos dotados— sonaban artificiosamente.

Pero en el imaginario de Kafka —como él mismo reconoce a Gustav Janouch— habita la «vieja e insalubre judería» que «es mucho más real en nuestro interior que la higiénica ciudad nueva que nos rodea». Sus perturbadores espacios están trasladados a sus novelas y relatos, cuyas tramas suelen estar surcadas por sus callejuelas estrechas y sus laberínticas casas, llenas de escaleras y de puertas que conducen a los lugares más insospechados; incluso, como describe en El proceso, a la sala de juntas y a la sofocante secretaría judicial, situadas en un piso y en la buhardilla de un intrincado edificio habitado por la clase más depauperada de la ciudad. Del mismo modo, el sentimiento de culpa que impregna la atmósfera de sus narraciones puede deberse al estigma de ser judío, en una sociedad que ya los señalaba antes de desencadenarse la tormenta del nacionalsocialismo, por no considerarlos alemanes ni checos; como señala Klaus Wagenbach, los judíos de Bohemia «vivían tan a contrapelo que no es de extrañar que les recompensaran sus méritos con palos».

Como puede comprobarse la obra creativa de Kafka, y también la fáctica —a través de sus copiosas cartas—, suscita numerosas cuestiones que desbordan los marcos estrictamente literarios, y que sin duda acapararán a lo largo del próximo año, al menos algunas de ellas, el interés de los críticos y de los divulgadores literarios, así como de sus renovados lectores. La editorial Akal preludia, desde el ámbito hispánico, la universal conmemoración de este genial escritor que trenzaba sus estremecedoras fabulaciones atrincherado como un condenado en su sótano literario. Y lo hace con una sobresaliente edición de El proceso, con impactantes ilustraciones de Fernando Falcone, caracterizadas por su onirismo surrealista, y la traducción de José Emilio González García.

El proceso consta de diez partes o capítulos, todas ellas memorables. El lector que pase por sus páginas difícilmente las olvidará, sobre todo porque contiene uno de los finales más señeros de la literatura: «¡Como un perro!, dijo. Era como si la vergüenza hubiera de sobrevivir a su muerte». Por debajo de algunos capítulos, por no decir de todos, subyacen los enrevesados avatares biográficos de Kafka. Elías Canetti establece una directa relación entre el primer capítulo —«La detención»— y el último —«Final»—, con el episodio de la disolución de su compromiso con Felice Bauer en Berlín, y que Kafka, ya que se ultimó ante la presencia de algunos familiares y amigos, llamaba el «tribunal». Algunos de los trasuntos abordados en el «tribunal» de Berlín se trasladan, solapadamente fabulados, a su enigmática novela; por ejemplo, el personaje de la señorita Bürstner no deja de ser una subrepticia representación fabulada de Grete Bloch, que intermedió en su relación amorosa, a petición de su amiga Felice Bauer, con tanto empeño y eficacia que los dos se acabaron enamorando.

"El proceso es uno de esos escogidos libros que no cesan de incrementar sus significados"

La atracción de Kafka por Grete Bloch puede percibirse claramente en sus cartas, aunque todavía permanezcan oscuros numerosos aspectos de su secreta relación. La propia Grete Bloch llegó a afirmar, como recoge el kafkólogo Klaus Wagenbach, en una carta escrita en 1940, que «ella tuvo en 1915 un hijo varón con Kafka, que murió a los siete años, mucho antes que el escritor», aunque sin otro documento que pueda confirmarlo, por lo que no resulta demasiado arriesgado entrever —en el capítulo número dos: «Conversación con la señora Grubach, después la señorita Bürstner»— la reprimida atracción por Grete Bloch del escritor praguense: «La tomó en sus brazos, la besó en la boca y después por toda la cara, como un animal sediento que persiguiera el agua con la lengua tras haber encontrado un manantial».

El proceso recoge y anticipa muchas narraciones que hoy forman parte de nuestra tradición literaria. No creo que Franz Kafka conociese el cuento de Villiers de L’Isle-Adam «El tormento de la esperanza», pero el penúltimo capítulo de El proceso —«En la catedral»— amplifica significativamente sus respectivas connotaciones. Nos encontramos ante uno de los textos más complejos y deslumbrantes de Kafka, quien, en un escenario sorprendente, nos presenta la última noche de un condenado (aunque la deslocalice en una oscura mañana, aplicándole una sorprendente elipsis, ya que al condenado le quedan todavía algunas noches para cumplir su condena). El diálogo con el sacerdote puede considerarse uno de los momentos epifánicos de la novela y de nuestra literatura, dando lugar a uno de los cuentos más celebrados del escritor praguense, «Ante la ley», un cuento incrustado en la novela del que Kafka se sentía especialmente satisfecho y que ulteriormente independizó, desgajándolo de El proceso, con el título más arriba señalado.

El proceso es uno de esos escogidos libros que no cesan de incrementar sus significados. Quizá porque está escrito por un hipocondríaco que no cesaba, en su sótano literario, de auscultar el mundo a través de su cuerpo.

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Autor: Franz Kafka. Título: El proceso. Editorial: Akal. Venta: Todostuslibros

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