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Frutos de mayo

El autor de este artículo analiza los 50 años del Mayo del 68, desde sus años adolescentes hasta el momento actual. Un análisis profundo y clarificador de lo que nos pasa como sociedad. 

 

Este año se celebra el cincuenta aniversario de la revolución de Mayo de 1968. Hace diez, el entonces presidente de Francia, monsieur Sarkozy, llegó al poder prometiendo hacer borrón y cuenta nueva de la herencia de aquel convulso mes. Que un líder político considerase ya en pleno siglo XXI que cargar contra Mayo del 68 podía darle réditos políticos da idea de la transcendencia que aquella revolución ha tenido en nuestra sociedad. Por eso quizá merezca la pena ver cuáles han sido los frutos de aquella primavera revolucionaria.

"Los recuerdos de toda la década de los sesenta se funden en mi memoria en un solo y dilatado curso escolar en el que pasó de todo"

Lo primero es señalar que el movimiento de protesta de aquella primavera fue mundial y se vivió tanto en Europa y en Estados Unidos como en Latinoamérica. Pero en mi opinión lo sucedido en Latinoamérica y sus consecuencias tiene grandes diferencias con la experiencia europea y estadounidense. Por ello, muchas de las reflexiones que voy exponer son difícilmente aplicables al caso latinoamericano o, cuando menos, necesitan de largas y detalladas matizaciones. No es mi propósito entrar en el análisis de esas diferencias, creo que otros podrán hacerlo mejor que yo. Quede pues constancia de esta voluntaria autolimitación.

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En 1968 yo tenía 11 años de edad. Ya se sabe que la percepción del tiempo de los niños es muy diferente de la que tienen los mayores. Para mí, los recuerdos de toda la década de los sesenta se funden en mi memoria en un solo y dilatado curso escolar en el que pasó de todo: la Unión Soviética y Estados Unidos estuvieron a punto de embarcarnos en una guerra nuclear a cuenta de los misiles de Cuba, el presidente Kennedy fue asesinado en Dallas y el Ché Guevara en Bolivia, los tanques rusos entraban en Praga, los bombarderos norteamericanos masacraban a los vietnamitas y el hombre pisaba por primera vez la Luna.

Recuerdo a mi madre llorando porque el mundo se iba a acabar en una nueva guerra, atómica por supuesto (en mi casa siempre se hablaba de la guerra, de mi abuelo encarcelado tras la guerra civil y de mi tío el aviador que había estado en Rusia).

Recuerdo la melena y la boina del Ché Guevara y que, una vez muerto, en casa se decía que parecía un Cristo yacente.

Recuerdo lo bueno que era Kennedy (lo decía todo el mundo) y que por serlo, como les sucede siempre a los buenos, lo habían asesinado.

Recuerdo la imagen siniestra de los tanques rusos recorriendo las calles de una ciudad y a la gente que gritaba y corría, y que los vecinos de nuestra casa decían que los comunistas querían invadir España.

Recuerdo las imágenes de las bombas cayendo sobre la selva del Vietnam y todos aquellos campesinos con sus sombreritos cónicos y el miedo pintado en la cara.

Y recuerdo aquel astronauta que, después de una larga noche de insomnio ante el televisor, dejó una huella en el polvo lunar y se dedicó a andar por un paisaje frío y gris con gestos lentos y pasos de pato mareado.

Pero no recuerdo nada del Mayo Francés. ¿Y del supuesto mayo del 68 español? Menos aún.

"Para quienes vivieron los sucesos de Francia, Mayo del 68 sobrevive como mito"

Mayo del 68 ha sido para mí un relato heredado, una historia que la anterior generación me entregó cuando tuve edad para entenderlo o, mejor, para admirarlo. En cualquier caso, una historia que hoy me parece adornada con ribetes de irrealidad.

Para quienes vivieron los sucesos de Francia (es decir, para quienes tenían edad para comprender y seguir, aunque fuera en la distancia, aquellos acontecimientos), Mayo del 68 sobrevive como mito. Y aquí conviene recurrir al diccionario: “Mito: Leyenda simbólica de carácter religioso”.

Para mí (supongo que para muchos otros miembros de mi generación también, pero dado que no ostento cargo representativo generacional alguno, prefiero hablar tan sólo de mi experiencia), Mayo del 68 no sobrevive como mito sino como simple leyenda. Y aquí conviene de nuevo volver al diccionario: “Leyenda: Narración de sucesos fabulosos que se transmite por tradición como si fuesen históricos”.

La diferencia esencial entre ambas definiciones estriba en que el mito es también una leyenda, pero de carácter religioso. Es decir, cumple un papel fundacional en una visión espiritual del mundo.

"Mayo del 68 fue la revolución de las pintadas: la partida de nacimiento del graffiti entendido como una de las bellas artes y como rama del pensamiento filosófico"

Desde hace algo más de una década, la generación que ha accedido al poder en España y en buena parte de Europa es la generación de Mayo del 68, y ha sido por tanto la visión del mundo conformada en aquellos sucesos la que ha regido y sigue rigiendo nuestras existencias. De modo que analizando los elementos del mito de Mayo del 68 probablemente averiguaremos bastantes cosas sobre el presente.

Como todo el mundo sabe, Mayo del 68 fue la revolución de las pintadas: la partida de nacimiento del graffiti entendido como una de las bellas artes y como rama del pensamiento filosófico. Aparte de lo que pueda tener de pasión inequívocamente francesa por la lírica (en Francia hay verdadera pasión por lo que llaman “trouvailles”, es decir, por los hallazgos expresivos, por las chispas de ingenio verbal), aquellas pintadas, vistas en la distancia, también pueden ser reveladoras no tanto de un supuesto pensamiento filosófico revolucionario sino de la expresión de los deseos vitales que latían en los estudiantes que hicieron el Mayo.

Una de ellas, aparecida en el hall del gran anfiteatro de la universidad de La Sorbona, decía: “No reivindicaremos nada. No pediremos nada. Tomaremos. Ocuparemos”. No puedo evitar pensar que bajo esas palabras de una juventud disconforme con el mundo atemorizado que le habían legado sus mayores (el mundo nacido tras la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, el mundo de las guerras de Corea, Vietnam y Argelia, de la Guerra Fría) late la voluntad de desplazar a sus padres, el deseo de un relevo generacional.

Ese deseo se acompañó de un esfuerzo colectivo para echar en el olvido los valores del mundo que les precedía y por instaurar los valores del mundo nuevo que querían construir. Unos valores que están en la raíz misma del mito de Mayo del 68. La revolución estudiantil, más que derrotada, se disolvió en las inmensas tragaderas del mundo moderno, pero sus valores la sobrevivieron. Con ella quedaron instaurados como nuevas divinidades de la vida social (y de ahí el matiz casi religioso que adquiere el mito del Mayo del 68) la juventud, la novedad y un moderno carpe diem (disfruta el presente) que bien podría resumirse en otra de las pintadas de la revolución que rezaba: “Ya son 10 días de felicidad”.

"El cultivo de la desmemoria ha alcanzado rasgos apoteósicos: se ha vivido en una especie de presente perpetuo en el que cada fenómeno nuevo aparecía como una epifanía, como algo incomprensible, misterioso e inquietante."

Con la imposición de dichos valores, otros conceptos como la vejez, la experiencia o la memoria cayeron en un descrédito que ha durado hasta nuestros días. Baste echar una mirada a nuestro alrededor para comprobar cómo vivimos al dictado de “lo nuevo” (ya sea un coche, un escritor, un dirigente político o un detergente) y de “lo joven”. Más aún, el mismo concepto de juventud se ha estirado como un chicle, sin que se sepa bien dónde acaba (hay por ejemplo jóvenes escritores que corren el riesgo de seguir siéndolo hasta los sesenta años de edad). Por otra parte, el cultivo de la desmemoria ha alcanzado rasgos apoteósicos: se ha vivido en una especie de presente perpetuo en el que cada fenómeno nuevo aparecía como una epifanía, como algo incomprensible, misterioso e inquietante. Durante estos últimos años, la mayoría de los ciudadanos asistía a las matanzas de las guerras de Yugoslavia o al genocidio en la guerra de hutus y tutsis con perplejidad, espanto y desconcierto, pero en general sin ir más allá de la fatalidad que encierra la frase popular “el mundo se ha vuelto loco”. Una actitud que evidenciaba hasta qué punto la actualidad se vivía desligada del pasado, del curso histórico que conducía hasta ella. Afortunadamente, se empieza a apreciar una cierta tendencia a combatir esa desmemoria, al menos en el terreno de la prensa y de la literatura, volviendo a dar un protagonismo a la Historia dentro de la información y de la creación. Aunque ese empeño también tiene sus riesgos, pues hay auténticos reinventores del pasado, pero, en fin, ese es otro asunto que merecería quizá un tratamiento aparte.

Lo que me parece evidente es que hoy día vivimos bajo una mentalidad que es hija directa de los valores impuestos por el Mayo del 68.

El mundo de hoy no es sustancialmente mucho mejor que el que denostaban los jóvenes del 68: es simplemente el mundo que algunos de aquellos jóvenes han sido capaces de crear cuando han llegado al poder.

Desde la izquierda, se ha sacado la revolución de la política para enviarla al terreno de la cultura (el Mayo fue sin duda una triunfante revolución cultural y una fracasada revolución política). Eso explica cómo algunos pueden añorar aquel mes de amor libre y lucha y, al mismo tiempo y sin el menor remordimiento, haber llevado a cabo la reforma del mercado laboral recortando derechos sociales, haber entrado en la OTAN o haber apoyado entusiastamente la gran y trágica impostura de la Guerra de Irak o las guerras civiles en Libia y Siria.

"Desde la derecha, se ha inventado un novedoso anarquismo conservador alentado en el caso de la prensa española por figuras como Vargas Llosa o Jiménez Losantos"

Desde la derecha, se ha inventado un novedoso anarquismo conservador que, alentado en el caso de la prensa española por figuras como Vargas Llosa o Jiménez Losantos, ha encontrado en el neoliberalismo la posibilidad de llevar a cabo el mito de la desaparición (o cuando menos la reducción a mínimos, siendo esos mínimos los que se encargan de arreglarle la vida al capital privado cuando a éste se le ponen las cosas feas, como sucedió con la crisis financiera) del Estado dentro del sistema capitalista, sin que, según parece, el precio social que haya que pagar por ello venga a perturbarle la conciencia. No en vano se ha llegado a hablar de una Revolución Conservadora en la que muchos de los hippies de ayer se convirtieron en los nuevos yuppies. El caso del líder del 68 norteamericano, Jimmy Rubin, es paradigmático: famoso entonces por sus quemas de billetes de dólar, veinte años después era agente de bolsa en Wall Street. Y Daniel Cohn Bendit, martillo rojo del mayo parisino, hoy no pretende acabar con el capitalismo sino, en sus propias palabras, “dinamizar la economía de mercado”.

Como todas las leyendas religiosas (como el cristianismo, por ejemplo, que alienta tanto a los teólogos de la liberación como a los curas integristas), el mito del Mayo del 68 inspira contradictorias actitudes y da pie a toda suerte de situaciones. Hay numerosos ejemplos de ello, pero quiero exponer aquí sólo tres que me parecen significativos:

Primero. La iconografía juvenil surgida del Mayo se ha incorporado como elemento esencial a la sociedad del espectáculo en que vivimos (una sociedad asentada sobre la apariencia y no sobre la realidad; prueba de lo cual es que a un político, más que honestidad o coherencia, se le pida credibilidad, que es una virtud teatral). Pero de las filas de los revolucionarios del 68 han salido también algunas de las reflexiones más certeras y ácidas sobre dicha sociedad del espectáculo, como la llevada a cabo por Guy Debord y los situacionistas.

"¿Y en los dominios estrictamente culturales? Literariamente hablando, no queda mucho del 68"

Segundo. Con la revolución de Mayo, las nuevas generaciones aprendieron a reconciliarse con el placer, liberado del negro sello del pecado impuesto por la tradición religiosa, y hoy día el sexo se vive con una libertad hasta entonces desconocida. Pero la puerta abierta por el consumo de las drogas ha llevado a muchos desde el prometido paraíso hasta unos infiernos de los que nunca han podido regresar y la aparición del SIDA ha venido a poner coto a la promiscuidad.

Tercero. La denuncia de la hipocresía y la explotación en las sociedades democráticas europeas, realizada por el Mayo del 68, ha cuajado en nuevos movimientos políticos como los ecologistas o los de liberación de la mujer y de los homosexuales, pero también ha permitido una lectura paranoica de la realidad que ha conducido a la existencia de grupos terroristas, como ETA o las Brigadas Rojas italianas, que reforzaron con su actuación a los poderes más negros y represivos del Estado desde los años 70.

¿Y en los dominios estrictamente culturales? Literariamente hablando, no queda mucho del 68.

La poesía combativa de los cantautores sobrevive, a pesar del paréntesis conformista de los años 80, aunque ya no goza de la pujanza de antaño.

La psicodelia literaria y musical ha quedado en el recuerdo y en el anecdotario clínico de la cultura.

"Vuelvo a repasar mis recuerdos de aquellos años 60 que en mi memoria infantil no son sino un solo y sobresaltado año. Y me pregunto qué queda de todo ello"

El experimentalismo formal que se dio, paralelamente al Mayo, en el terreno de la novela con el Nouveau Roman hace ya tiempo que dejamos de leerlo y la idea de que un texto es mejor cuanto más oscuro (no por profundo sino por difícil de entender) ha quedado en mera boutade.

Hoy la novela, como precursoramente apuntara Gabriel García Márquez con Cien años de soledad, que se publicó en España precisamente en 1968, retorna a su principal propósito que, como señalaba Wilkie Collins en su prólogo a La dama de blanco, no es otro que “narrar una historia”. Pero a riesgo en muchas ocasiones de caer en la banalidad.

Las vanguardias literarias, cuya poética inspiró en cierto modo a los jóvenes del 68, han jugado su papel experimental, desbrozando caminos formales del lenguaje, pero siempre con el riesgo (y a veces más que el riesgo) de caer en el mero formalismo.

Por seguir con el símil militar, si las vanguardias despejan el terreno y proporcionan información, los cuerpos de ejército son los que ganan las guerras. Y estoy convencido de que la guerra para devolver a la literatura su dignidad perdida en esta era audiovisual, como señaló hace ya un tiempo el escritor español Julio Llamazares, sólo puede ganarla una literatura narrativa capaz de incorporar las novedades formales de las vanguardias, pero reconciliada críticamente con su tradición.

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Vuelvo a repasar mis recuerdos de aquellos años 60 que en mi memoria infantil no son sino un solo y sobresaltado año. Y me pregunto qué queda de todo ello.

"Ya no pasean tanques rusos por Praga. De hecho, ni siquiera existe ya un país que se llame Checoeslovaquia"

No hay misiles en Cuba y la guerra fría ha terminado, pero la isla sigue suspendida entre la amenaza y las promesas incumplidas, pendiente de una revolución que no ha sido nunca capaz de salir del estado de excepción y que con la llegada a la presidencia de Trump, tras el breve paréntesis del restablecimiento de relaciones negociado por Obama y Raúl Castro, ha vuelto al punto de mira de los Estados Unidos como recuerdo de que, desaparecido en sus aguas el imperio español hace más de un siglo y esfumado hace veintiocho años el imperio soviético, que sostenía económicamente al régimen cubano, en el mundo sigue habiendo un imperio, como ha señalado el escritor norteamericano Gore Vidal: el imperio de los Estados Unidos de América. Y, por lo tanto, una mentalidad imperial.

Ya no pasean tanques rusos por Praga. De hecho, ni siquiera existe ya un país que se llame Checoeslovaquia. Pero con la desaparición del sueño hecho pesadilla de los llamados países del Este, parece haber desaparecido también toda esperanza de alcanzar una auténtica justicia social.

Ahora Estados Unidos y Vietnam mantienen cordiales relaciones diplomáticas, pero en Irak se reprodujo el horror en una versión aún más temible, pues al choque de ideologías racionalistas le ha sucedido el de la violencia por intereses de mercado o por intereses político-religiosos, que a estas alturas del milenio son ya, ambos, sinónimos de irracionalidad.

La muerte del presidente Kennedy se ha convertido en éxito de cine y sus pertenencias en objeto de subasta, pero hoy sabemos que la trama que condujo a su asesinato fue una de las primeras manifestaciones de una corrupción del estado democrático que ha dejado recientes y dolorosos ejemplos no sólo en Estados Unidos sino en todo Occidente.

La elevación del Ché Guevara a los altares laicos y no tan laicos (hasta el papa Juan Pablo II llegó a elogiarle) ha convertido su figura en referente ético para los pueblos más oprimidos, pero sirvió también en Europa para sustentar una mitología guerrillera con que encubrir nuevas formas de totalitarismo.

"¿Y en España? Aquí la leyenda de un Mayo del 68 español contra el franquismo ha tenido una vida corta"

Y, por fin, tras largos años de olvido, ahora dicen que la vieja Luna, cuya piel en blanco y negro guarda todavía la huella del primer hombre que llegó a pisarla, puede revelar su secreto mejor guardado: el agua que atesora, congelada, según afirman los científicos, en algunos de sus cráteres. Quizá otra quimera más de las muchas con que la imaginación humana adorna a su satélite desde que Luciano de Samosata imaginó el primer viaje a la Luna.

¿Y en España? Aquí la leyenda de un Mayo del 68 español contra el franquismo ha tenido una vida corta. Sirvió para justificar algunas biografías políticas carentes de lustre, rescató del olvido las pocas movilizaciones estudiantiles que, pese a la represión de la dictadura, trataron modesta y vanamente de imitar a las francesas. Pero es una leyenda con mucho más de ficción que de realidad, un pálido eco de lo que se vivió en Europa.

El balance del Mayo del 68 es agridulce, desde luego. El mundo de mañana, como ha sucedido siempre, está aún por inventar, y es importante limpiarse los ojos de las telarañas de mitos y leyendas para poder ser conscientes de cuál es la calidad de los materiales con que hemos de intentar edificarlo, y de cuáles son los riesgos que semejante tarea entraña.

"Emilio Zola, de cuya lucha por la verdad en el caso Dreyfus se han cumplido ya más cien años, decía al contemplar las injusticias del mundo: 'Hay que vivir indignado'. Suscribo."

De todos esos materiales (ideas, experiencias, errores, atrocidades), el más útil, el más precioso, también parte de la herencia del 68, quizás sea esa cultura del malestar, esa conciencia de la injusticia, que en muchos de nosotros es el precipitado de los sueños de aquel mes legendario. Una cultura que tiene sus riesgos: es muy fácil caer en el tremendismo cerrando los ojos  a los avances que poco a poco se producen; o dejarse llevar por la paranoia antipoder y acabar calificando de fascismo a todo aquello que nos disgusta; o simplemente hundirse en la amargura. Claro que incluso esos riesgos siempre serán mejores que andar por la vida con el gesto de pánfilo satisfecho, de nuevo Cándido, con que van los que afirman, ciegos al sufrimiento de los otros, que vivimos en el menos malo de los mundos posibles.

Emilio Zola, de cuya lucha por la verdad en el caso Dreyfus se han cumplido ya más cien años, decía al contemplar las injusticias del mundo: “Hay que vivir indignado”. Suscribo.

Otra frase resume quizá mejor ese mandato moral que nos ha legado el Mayo del 68: “Me repugna ser más feliz a costa de un procedimiento que aborrezco”. Sólo que no se escribió en una de las paredes de La Sorbona, sino en las páginas de un libro publicado en Lovaina en el año 1516. Su autor se llamaba Thomas More y su título era La mejor forma de comunidad política y la nueva isla de Utopía.

Y es que, al fin de cuentas, conmemorar los 50 años del Mayo del 68 viene a recordarnos que en realidad llevamos cinco siglos a vueltas con los mismos sueños insatisfechos.