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Soy revertiano. ¿Pasa algo?

Soy revertiano. ¿Pasa algo?

Por su desprecio a los timoratos y defensa de los que se decantan, siempre me ha gustado el pasaje del Apocalipsis que dice: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Vivir es una permanente tensión entre elegir y renunciar, llegar a una encrucijada y tomar un camino en vez de otro. Vivir es definirse, descartar, tomar decisiones. Se es de derechas o de izquierdas, aristotélico o platónico, creyente o agnóstico, del Madrid o del Barça, de Star Wars o de Star Trek, de cocina tradicional o de la nouvelle cuisine, de John Ford o de Almodóvar, de Groucho Marx o del Club de la Comedia, de playa o de montaña, de café o de té, de perros o de gatos, de Joyce o de Proust, de Pérez-Reverte o de Paulo Coelho. Así que doy una palmada en la barra, pido que llenen la copa de vino y digo, para que me oigan los parroquianos, que soy revertiano, admirador de la literatura artúrica. No del Arturo de Camelot, sino del de Cartagena.

La mayor gloria literaria de un escritor es cuando uno de sus personajes deja de pertenecerle en exclusiva y pasa a ser considerado patrimonio de sus lectores. A Arthur Conan Doyle le sucedió con Sherlock Holmes. El médico y escritor escocés, harto de su famoso detective, decidió quitárselo de en medio para dedicarse a escribir otros temas que le resultaban más atrayentes. En 1893 publicó El problema final e hizo que Holmes, luchando contra el profesor Moriarty, se precipitara por las cascadas suizas de Reichenbach. Los fieles seguidores del detective de Baker Street se enfurecieron y se negaron a que su héroe hubiese muerto. Para mostrar su desagrado se pusieron brazaletes de luto al pasear por Londres; colapsaron con cartas de indignación o súplica la redacción de The Strand Magazine, la revista mensual que publicaba las aventuras de Sherlock, y cerca de veinte mil suscriptores se dieron de baja como protesta; algún miembro de la familia real inglesa mostró su rechazo e incluso la madre de Conan Doyle recriminó a su hijo haber matado al detective e intentó ablandar su corazón de hierro colado. Ocho años después, Conan Doyle abandonó su cerrazón literaria y publicó El perro de los Baskerville, que con astucia ambientó antes del fallecimiento de Holmes, pero finalmente, en 1903, lo resucitó en La aventura de la casa vacía mediante un ardid. Sus lectores respiraron aliviados. El celebérrimo detective regresaba al mundo de los vivos, a poblar las fantasías literarias de quienes lo consideraban un personaje de carne y hueso. Sherlock Holmes había ingresado en el imaginario de la cultura popular.

"Su literatura, más que española es hispánica, y sus copiosas traducciones la han convertido en universal"

La misma consideración tiene Alatriste, el soldado de Flandes encarnado en la memoria colectiva de los lectores del que, aunque sepamos que morirá en Rocroi, aún nos quedan al menos dos aventuras suyas por leer: La venganza de Alquézar y Misión en París. Aceptamos resignados que el mundo de entreguerras en el que se desenvuelve el detective Falcó ocupe la mente de su autor, y que el capitán habite en un limbo de tinta o en las tripas electrónicas de un ordenador, pero ansiamos volver al Siglo de Oro para que, durante los días de su lectura, caminemos por las calles con gallardía antigua, miremos de soslayo a los cantamañanas y, al pararnos, apoyemos un puño en la cadera, a lo espadachín. Pues no sé si leemos para vivir o vivimos para leer.

Balboa y Alatriste

Al igual que hay música que aquieta o inquieta, a la literatura le sucede lo mismo, con el añadido de que en el terreno literario podemos encontrar autores que, al puro placer narrativo, consiguen que soñemos despiertos los sueños que no tuvimos al dormir. Las novelas revertianas tienen esa cualidad. Ahí radica su chispa, su misterio. Su literatura, más que española es hispánica, y sus copiosas traducciones la han convertido en universal. Plus Ultra, como rezaba el lema del emperador Carlos V, el creador de los tercios.

Existen escritores que novelizan la realidad o su estático mundo interior como un entomólogo que pincha insectos en un panel, de modo que sus novelas son cadáveres exquisitos, están escritas con la precisión de un forense practicando una autopsia. Pérez-Reverte escribe como ha vivido y vive, de modo que sus novelas transcurren en el pasado o en un presente que acude al rescate de la historia. La vida palpita en ellas, y mediante la ambientación, la estructura, los personajes y una voz narrativa rotunda, recrea unas historias en las que las pasiones reflejan lo mejor y lo peor de la condición humana, lo que se repite en cada época con tan sólo cambiar el decorado. Sus novelas son clásicos actualizados, por eso funcionan como relatos y obtenemos tanto placer leyéndolas y releyéndolas. Sus protagonistas y antagonistas, sus argumentos, su larvado sentido del humor, su cosmovisión, su épica y su sentido homérico del héroe crepuscular que siempre retorna a Ítaca o al interior de sí mismo podemos verlos en la cinematografía de Clint Eastwood, Howard Hawks, Ridley Scott, Peter Weir o John Ford. La secuencia final de Centauros del desierto resume buena parte de la novelística revertiana. Hala, y ahora que suene la banda sonora de El hombre tranquilo y que aparezca en la pantalla la pelirroja Maureen O’Hara.

"La tabla de Flandes se adelanta a la moda de los thrillers históricos, introduce la pasión por la historia como hilo argumental y maneja el suspense narrativo con unas hábiles técnicas extraídas de la novela decimonónica"

Era muy joven cuando leí El húsar. Quedé tan prendado que me entraban ganas de gritar Vive l’Empereur! No eran habituales en la literatura española ni la temática ni una narrativa que comenzaba con un tono epopéyico para terminar con uno elegíaco. La gloria devenía derrota. El maestro de esgrima volvió a seducirme por su aire galdosiano y la aparición de una protagonista que, lejos de manifestarse como una pavisosa se revelaba como una mujer fatal. Esos ambivalentes personajes femeninos por su simbiosis de seducción y disuasión frecuentarán la novelística revertiana, serán una especie de matrioskas, de muñecas rusas, por contener dentro de sí sucesivas facetas de sí mismas. Su hermosura es acompañada de una afilada inteligencia que las hace irresistibles, al ser unas supervivientes de la vida, unas resilientes, unas luchadoras que utilizan todo su arsenal experiencial para conseguir sus propósitos, para protegerse de un mundo despiadado o para vivir una historia de amor a sabiendas de que tal vez les dejará cicatrices en el alma. Todas albergan una sabiduría ancestral y unos códigos amorosos de los que los hombres no llegan a coscarse, y por eso a veces recelan de ellas, pues nunca las controlarán a su antojo. De su independencia nace su compromiso con los hombres a los que deciden amar. Serán necesarios hombres muy vividos, desprendidos e inteligentes para comprenderlas a fondo, respetar sus normas y amarlas, como le sucederá al almirante don Pedro Zárate, el académico de la RAE coprotagonista de Hombres buenos. Su historia de amor con una dama francesa será breve, pero tan discreta, interesante e intensa que el marino la recordará —pensamos— los años que le resten de vida.

La tabla de Flandes se adelanta a la moda de los thrillers históricos, introduce la pasión por la historia como hilo argumental y maneja el suspense narrativo con unas hábiles técnicas extraídas de la novela decimonónica y del séptimo arte. Esta aleación de historia, narrativa del XIX y cine será el laboratorio conceptual de la novela revertiana. El club Dumas se convertirá en su obra de consagración, la que lo catapulte a la celebridad literaria y, por su sublimación del amor libresco, levantará el banderín de enganche de un ejército de lectores. Será su novela más genuina y reconocible, la que secuestre el corazón de sus seguidores sin pedir a cambio rescate. El club Dumas, además, confirmará una de las claves narrativas del cartagenero: la estructura.

"De Hombres buenos tengo una duda: es tan fascinante que no sé si me gusta más la parte que transcurre en el siglo XVIII o la que acontece en la actualidad"

Sus novelas descansan en una estructura endiablada no por compleja, sino porque te atrapa sin que te des cuenta y te maneja como una marioneta. El autor toma el oficio artesanal del de un maestro gremial, en el sentido de que la obra se sustenta en una arquitectura impecable. La cocina de la escritura, el ensamblaje de las tramas y de la cronología funcionan como un coche de alta gama, engranan como las piezas de un motor sofisticado que va como la seda. Este magisterio sobresale en Hombres buenos y El tango de la Guardia Vieja. Tanto monta.

De Hombres buenos tengo una duda: es tan fascinante que no sé si me gusta más la parte que transcurre en el siglo XVIII o la que acontece en la actualidad. Los capítulos dieciochescos son una historia autónoma, pero los del siglo XXI no sólo los complementan, sino que cumplen una finalidad metaliteraria al ser una novela dentro de otra, al igual que Velázquez introducía un cuadro en otro: Las Meninas, Las hilanderas y Cristo en casa de Marta y María. Esta doble estructura alterna consigue, por un sistema de vasos comunicantes, crear una atmósfera narrativa que transfiere el pasado al presente, de manera que las aventuras de los dos amigos académicos de la RAE parecen suceder ahora mismo. Es una lástima que no use sombrero chambergo, porque me destocaría.

El tango de la Guardia Vieja es una orfebrería estructural por engarzar tres tiempos históricos y tres historias machihembradas por una relación amorosa de cuyas llamaradas sólo quedarán pavesas. El paso del tiempo y la evolución experimentada por toda persona serán captados, condensados y relatados con abrumadora sencillez. Es una obra de madurez creativa que exige madurez lectora. Un lector demasiado joven, inflexible de mente o poco vivido (virgen en desengaños) no captará la esencia de esta novela que, en mi opinión, es la más lograda del autor, la que mejor retrata las ambiciones, los derroteros del amor y el peso a veces soleado y a veces umbrío de los recuerdos.

"Se me hace imposible creer que Pérez-Reverte sitúe una novela en una ciudad que no ame: Cartagena, Madrid, Sevilla, Cádiz, Venecia, Buenos Aires, París…"

El amargo poso como reportero de guerra, el descreimiento de muchas banderías y el desengaño conforman El pintor de batallas, la novela más personal en palabras del autor, y, para mí, la más experimental. Acometerla debió de suponer una catarsis, un exorcismo de fantasmas propios. Algunos de esos mimbres los utiliza para el tejido de Territorio comanche, una obra que, a pesar de su brevedad (o tal vez por eso mismo), además de su inherente narrativa cinematográfica, es un manual de ética periodística al compilar las grandezas y miserias de dicha profesión en el campo de batalla, tal vez trasplantables a la brega diaria del oficio, donde los morterazos, minas y trazadoras no necesitan estar fabricados con pólvora y plomo.

Las ciudades. Se me hace imposible creer que Pérez-Reverte sitúe una novela en una ciudad que no ame: Cartagena, Madrid, Sevilla, Cádiz, Venecia, Buenos Aires, París… No brujulea por ellas, sino que las reconstruye pasándolas por el tamiz de su memoria (vivida o revivida gracias a la historia), pues para ambientarlas en épocas pasadas recurre a mapas, planos y libros hasta lograr una iconografía urbana táctil por la que paseamos, bebemos, amamos, nos batimos y apuramos la vida hasta la hez. Cuanto leo sobre las ciudades revertianas me recuerda la frase de Goethe acerca de Roma, pues al visitarla después de tantos años esperando ir, el alemán escribió fascinado: “Dondequiera que vaya, veo algo conocido en un mundo nuevo. Todo es como me lo había imaginado y todo es nuevo”.

La historia. Apela a ella para interpelarla, para viajar en el tiempo y vivir momentos históricos fascinantes, para mostrar que España tuvo épocas gloriosas cuyo rumbo se torció, para sacar a pasear los códigos artúricos inscritos en el ADN de su escritura que podemos repetir de memoria: honor, lealtad, amistad, valor, caballerosidad, señorío, sacrificio… La España ilustrada de Carlos III, el Cádiz y el Madrid de la Guerra de la Independencia, Trafalgar, Flandes… “España mi natura, Italia mi ventura, Flandes mi sepultura”. Alatriste.

"Los potentes comienzos de las novelas serán una de las marcas de la casa. Un ejemplo palmario es el de La piel del tambor"

Vivir en vena. Así puede compendiarse el estado emocional al que predisponen sus novelas, en las que siempre hay una historia de amor (o desamor) entre un hombre y una mujer, o una pasión amorosa expresada a una ciudad, al mar, o a un valioso objeto (un libro antiguo, una tabla flamenca, un tesoro oculto en un pecio). Lo tenebroso y luminoso del ser humano es mostrado en unas ocasiones con nitidez y en otras en penumbra. Lo sentimental jamás desemboca en sentimentalismo, los tontos y mediocres son más perniciosos que los malvados, sólo los pringados no tienen enemigos, existen silencios de alto voltaje entre un hombre y una mujer más elocuentes que un torbellino de palabras, la mala leche no está reñida con la fiera lealtad y las caricias… Todo eso vemos en su literatura, en unas páginas que a veces duelen como piel desollada de lo descubiertos que quedan recuerdos, emociones y retazos de vida.

Detalle de la portada de Falcó, la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte

Los potentes comienzos de las novelas serán una de las marcas de la casa. Un ejemplo palmario es el de La piel del tambor, en el que los informáticos del Vaticano dan la voz de alarma cuando un hacker se ha introducido en su sistema informático como un ladrón de guante blanco. En El asedio asistimos a un brutal interrogatorio policial que entronca con el cine negro, aunque en lugar del Chicago de los años 20 esté enmarcado en el Cádiz de 1811. La carta esférica comienza con un homenaje a Moby Dick, y su narración de estirpe oral nos mete de lleno en una subasta de arte, en la que el espectador se tensa con cada puja. Los comienzos revertianos son una declaración de intenciones, pues el autor es, ante todo, un contador de historias. Frente a escritores estilistas, duchos en pirotecnias verbales, desdeñosos de la estructura argumental y del arte clásico de contar historias, Pérez-Reverte reivindica sin tapujos esa tradición que nace en Homero, que Cervantes lleva al Everest con El Quijote y que los folletinistas decimonónicos bordan. Pero es que además su prosa adquiere a golpe de novela más matices estéticos al depurarse, convirtiendo la economía léxica en un elemento definidor al describir paisajes, estados de ánimo, ciudades o acciones. Hay una deliberada búsqueda en la sustantivación y adjetivación exactas, en la construcción de unos párrafos pensados para ser leídos en voz alta en los que nada sobra ni falta. Esto resulta patente en las novelas protagonizadas por Falcó, y también en Hombres buenos —mi debilidad— al describir una reunión en la RAE: “El más joven de los presentes tiene medio siglo: casacas de paño en tonos oscuros, algunas sotanas, media docena de pelucas empolvadas o sin empolvar, rostros afeitados donde arrugas y marcas señalan los años de cada cual. Todo parece adecuarse al modesto escenario, iluminado de cera y aceite”.

"A Arturo Pérez-Reverte le gusta decir que su ideal es pensar como un griego, luchar como un troyano y morir como un romano"

La RAE. El ingreso como académico de Pérez-Reverte quizá fuera por las certeras estocadas alatristescas, pero a partir de entonces su narrativa estará aureolada por el prestigio de un clásico viviente. Hay escritores nimbados por un sector de la crítica pero huérfanos de lectores y otros que son zombis: su obra está muerta aunque ellos no lo sepan, y aún hay quienes aúnan el aplauso de crítica y público consiguiendo la cuadratura del círculo de la literatura. Pérez-Reverte pertenece a esta última especie. Los críticos estudian con interés su mundo literario desde hace tiempo y sus mesnadas de lectores están repartidas por el mapamundi. Como una benigna pandemia libresca.

A Arturo Pérez-Reverte le gusta decir que su ideal es “pensar como un griego, luchar como un troyano y morir como un romano”. Los revertianos pensamos que los libros nos hacen libres, pues luchamos en el barro de Flandes y vivimos las vidas que nos hubiera gustado vivir.