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El fútbol antes del fútbol

Mira que no me gusta el fútbol, pero tenía que pasar… Estos días del Mundial en los que parece que no hay otra cosa sobre la Tierra me tenía que venir el típico graciosete a decirme: “Oye, tú que estás muy puesto en la historia de los juegos… ¿Cuando empezó esto del fútbol?”

La respuesta corta es que de manera oficial el fútbol tal y como lo conocemos nace el 26 de octubre de 1863, cuando se funda oficialmente The Football Association, el máximo organismo de fútbol de Inglaterra.

Si quieren la respuesta larga… pues eso, que me tendré que extender algo más.

Sinceramente, no sé qué tiene esto de darle patadas a un balón de cuero (o agarrarlo con la mano y no soltarlo, que de eso también hay), pero al común de los mortales les encanta. Fíjense si no la cantidad de juegos de pelota que se conocen en la Antigüedad.

Que se sepa, los primeros (como en casi todo) fueron los chinos. Ventajas de desarrollar pronto la escritura y tener la manía de reseñarlo casi todo. Hacia el siglo IV aC un tal Fu-Xi (un gobernante legendario, se dice de él que era mitad hombre y mitad serpiente) enseñó a los hombres a cazar y pescar, y aún encontró tiempo para inventar la escritura y ¡la pelota! Según se cuenta, esta primera pelota era bastante dura: estaba hecha con un relleno de raíces que formaban una masa esférica que se forraba con cuero crudo, Olvídense de patadas o cabezazos: con esta primera pelota sólo se podía jugar a pasarla de mano en mano. Tendrían que pasar dos siglos (ya en la dinastía Han) para que a algún iluminado se le ocurriese rellenar la pelota con plumas y pelo. Así nació el «ts’uh kúh», que consistía en meter la pelota de un puntapié en una pequeña red (de 30 o 40 cm, no más) colgada entre dos cañas de bambú. No había portero… pero con el tamaño de la “portería” como que no hacía falta tampoco. Los rivales podían “atacar” al que llevaba la pelota para tratar de quitársela. Se podía golpear la pelota con los pies, pecho, espalda y hombros, pero no con la cabeza ¡y mucho menos con las manos! Lo más curioso del tema es que este juego está descrito en el texto como un excelente entrenamiento marcial para los soldados…

Se supone que desde China, y gracias a los persas, el juego de la pelota llegó hasta Grecia. No se me pasmen, que hasta Homero habla de él: los griegos lo llamaban “episkyros” o “esferomagia”, debido a que se jugaba con una “esfaira” (esfera, pelota) hecha de vejiga de buey.

De Grecia, cómo no, pasó a Roma, donde crearon el juego llamado “harpastum”, que ya se jugaba por equipos en un campo de juego rectangular, bien delimitado y separado por la mitad por una línea. El objetivo del juego era llevar la “pila” o “pilotta” (y de ahí viene nuestra “pelota”) al extremo del campo contrario. Pero se parecía bastante más al rugby o al fútbol americano que al fútbol tradicional, pues darle patadas al balón, aunque no estaba prohibido, era una táctica poco utilizada.

Los romanos llevaron el juego a Britannia, donde arraigó entre las clases populares (y no tan populares, se dice que el mismísimo Ricardo Corazón de León lo practicaba, lo que tampoco me extraña mucho). Un cronista llamado William FitzStephen tuvo a bien reseñar las reglas (o más bien, la falta de ellas) de este curioso entretenimiento, en el que prácticamente todo era válido menos llevar armas y el asesinato (no accidental) de un contrario. Debido a lo violento que podía llegar a ser, el rey Eduardo II de Inglaterra lo acabó prohibiendo en 1314 (aunque siguió jugándose más o menos de tapadillo, claro).

Hijos más o menos bastardos del harpastum romano se dieron también en Francia y en Italia. En el primero lo llamaban “le soule” y se practicaba en prados, landas y descampados en general. Resumiendo mucho, el juego consistía en coger la pelota (una vejiga de cerdo llena de heno, una pelota de tela o una bola de madera, tanto daba), lanzarla a la masa de jugadores, y que alguien la llevase hasta un hogar, chimenea u hoguera apagada, para untarla de cenizas (antes había habido que mojarla en un arroyo, estanque o similar, por cierto). Se podía jugar por equipos o todos contra todos, lo que lo hacía más caótico y divertido aún… También se prohibió el juego, por los “accidentes” que ocasionaba, llegándose a castigar con fuertes multas e incluso la excomunión. En Irlanda se practicaba una variante (si se puede llamar así) que consistía en tratar de atrapar un lechón untado en grasa. No me pregunten cómo acababa el pobre animal…

Por lo que respecta a Italia, se desarrolló una variante, el «calcio”, que se sigue jugando hoy en día (gracias al dictador Benito Mussolini, que lo promocionó como muestra de la “cultura italiana” a partir de 1930). A diferencia de sus hermanos británico y francés, el calcio está reglamentado desde 1580, cuando Giovanni Bardi presentó el primer juego de reglas: se juega con dos equipos de 27 jugadores cada uno, y gana el equipo que anota más puntos que el rival. Estos puntos se consiguen metiendo el balón en un agujero que está en cada extremo del campo, al modo de las porterías del fútbol. El campo en el que se juega tiene unas dimensiones similares a las del campo de fútbol reglamentario. Usando cualquier parte del cuerpo se debe meter el balón en el agujero del campo enemigo, y si se consigue se anotan 2 puntos para el bando propio. Pero si se falla se anota ½ punto para el equipo rival. Un partido dura 50 minutos, sin prórrogas, y está controlado por 8 árbitros. Actualmente se sigue practicando en Florencia, en una liguilla formada por cuatro equipos que representan cuatro zonas de la ciudad. Si están interesados en ir a Florencia (bellísima ciudad, por cierto) a ver un partido en primera fila, se juegan tres partidos cada año en la Piazza Santa Croce, en la tercera semana de junio. Las reglas del juego, actualmente, se han edulcorado. Están prohibidos los golpes a la entrepierna, por la espalda o las patadas a la cabeza. Pero siguen siendo perfectamente válidos dentro del juego los cabezazos, puñetazos, codazos y la estrangulación.

Aunque ilegal en las Islas Británicas, había una época del año en la que el fútbol estaba permitido (más que nada, porque se permitía todo), y era en los días previos a la Cuaresma. Por eso se practicó hasta la primera mitad del siglo XVIII el llamado “Fútbol de Carnaval”.

En líneas generales era una excusa para que los mozos del pueblo (o del barrio) fueran a descalabrar a los mozos del pueblo (o del barrio) de al lado. Divididos en dos bandos de un número “no determinado” de participantes (está reseñado que en una ocasión hubo más de 500 participantes), cada bando tenía su lugar de marca, normalmente ruedas de molino incrustadas en el centro de un muro de piedra. Habitualmente entre una y otra zonas de marcado había una distancia de unas tres millas (casi 5 kilómetros, para entendernos). El balón era, aposta, grande y pesado, para que fuera difícil de agarrar y llevar. No había un tiempo definido para que durara el partido. Hasta que un bando no marcase, y mientras quedasen jugadores en pie, la competición proseguía. Eso sí, como se estaba en Carnaval y todo eso, los participantes solían ir mejor o peor disfrazados (lo cual también servía para reconocerse entre sí).

Y así, finalmente, llegamos al siglo XIX, cuando empieza a practicarse en escuelas y universidades el llamado “dribbling-game” y empieza a reglamentarse el juego. El llamado “Primer Reglamento de Cambridge” está fechado en 1848, fundándose, en 1863, la “Football Association”, separándose definitivamente el fútbol del rugby.

Ya les dije que esta era la respuesta larga…

 

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