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Fútbol y fascismo, de Cristóbal Villalobos

El fútbol es un juego, una pasión, una forma de agregación social, un negocio; y, por todo ello, también una eficaz herramienta de control sobre las masas. Gracias a su inigualable capacidad de crear mitos, a su épica intrínseca, este deporte ha sido explotado desde sus albores como arma de propaganda ideológica y, más recientemente, también comercial. Los primeros en darse cuenta de su inmenso poder de sugestión fueron quizá los regímenes totalitarios del siglo XX, que, en su afán de calar transversalmente en todos los estratos de la sociedad, utilizaron esta popular disciplina como rudimentario pero poderoso instrumento de marketing político.

Las presentes páginas reúnen los episodios más significativos de esta inquietante simbiosis entre el fútbol y las dictaduras fascistas; anécdotas, hazañas —a veces trágicas y otras rocambolescas— en las que el fútbol ha sido empleado como venda para tapar los ojos del pueblo o como vehículo de adoctrinamiento en el marco de delirantes diseños propagandísticos concebidos por megalómanos déspotas de medio mundo.

El libro se divide en tres partes: la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler; la España de Franco y el Portugal de Salazar; y las dictaduras latinoamericanas. Zenda ofrece a continuación el prólogo de la obra.

 

La contradicción de Borges

Borges odiaba el fútbol. Para ejercer un boicot de carácter literario, dictó una conferencia sobre la inmortalidad a la misma hora a la que Argentina debutaba frente a Hungría en el Mundial de 1978. Poco después, ya con el equipo argentino campeón, César Luis Menotti, seleccionador albiceleste, cumplió su sueño de entrevistar a uno de los más grandes escritores del siglo XX, cuando el editor de una revista literaria pensó que sería curioso juntar a dos personajes tan dispares: “Usted debe de ser muy famoso, porque mi empleada me pidió un autógrafo suyo”, le comentó el autor de El Aleph, que había afirmado que el fútbol “es popular porque la estupidez es popular”. A continuación, le dijo a Menotti: “Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo”. Lamentablemente, hablaron poco de deporte. Sin embargo, más adelante Borges sí habló de fútbol en el relato Esse est percipi, escrito junto a Adolfo Bioy Casares, con el balón y sus retransmisiones televisivas como protagonistas.

A pesar de ser despreciado por los intelectuales, el balompié ha ido labrándose un hueco en el mundo de la Literatura y de la Historia a lo largo del siglo XX. Hoy se pueden recopilar textos de multitud de grandes escritores que, de una u otra manera, convierten el balón en el centro de sus reflexiones. Albert Camus, Pier Paolo Pasolini, George Orwell, Mario Benedetti, Ernesto Sabato, Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos, Eduardo Galeano, Javier Marías, Roberto Bolaño o Peter Handke son solo algunos nombres que han dignificado intelectualmente la actividad humana que despierta más sentimientos y emociones en las masas populares.

Para Javier Marías, el fútbol no solo es el circo actual, sino también el teatro de nuestro tiempo: emoción, temor y temblor, desolación o euforia. Algo parecido opina el filósofo, e hincha del Liverpool, Simon Critchley, que ha realizado recientemente un estudio centrado en el juego que nos ocupa. Para él, este deporte es un drama cargado de verdad, en la actualidad es lo más parecido a la catarsis que se producía en los templos teatrales de Atenas o Epidauro. El fútbol comparte con el teatro una característica básica: el destino. Critchley recuerda en su libro En qué pensamos cuando pensamos en fútbol una frase de Hal Foster que resulta clarividente en este contexto: “El fútbol es el escenario donde se resuelven los —en ocasiones— oscuros manejos del destino, sobre todo en lo que respecta al destino nacional”.

Por ese motivo Borges no amaba este deporte: “El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte, porque la gente cree que va a ver un deporte, pero no es así. La idea de que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible”. El periodista Ramón Lobo también coincide con los anteriores: “El fútbol es la teatralización de la guerra, la canalización, no siempre exitosa, de unas (bajas) pasiones universales. Organiza su desarrollo dentro de un campo de batalla: bandos, uniformes, armas, pinturas en el rostro, banderas, gritos, insultos, ansias de victoria y de venganza. Como la guerra, el fútbol tiene reglas”. Y remata: “El fútbol arrastra también letra pequeña: es un catalizador de la estupidez humana, del odio, la envidia, el nacionalismo exacerbado”.

El fútbol es el escenario donde se muestran las diferencias de las identidades (familia, tribu, ciudad, nación…) y en el que, según Critchley, jugadores e hinchas “representan su propio drama supervisados por las fuerzas del destino”, toda una experiencia personal a la que nos rendimos libremente al ver un partido. En la misma línea se sitúa el premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, en su ensayo La llamada de la tribu. Según el hispano-peruano, el hombre ha estado subordinado, desde su origen, a la colectividad, y añoramos esa dependencia porque nos liberaba del peso de las responsabilidades individuales. Esa es la llamada de la tribu, que actualmente se manifiesta, sobre todo, a través del fútbol. El espíritu tribal, fuente del nacionalismo, causante de buena parte de las mayores desgracias de la humanidad, ha sido invocado por los dictadores del siglo XX aprovechando lo que según Vargas Llosa es el irracionalismo del ser humano, un sentimiento que anida en el fondo más secreto de todos los civilizados. No resulta extraño, por tanto, que los dictadores hayan usado habitualmente este deporte para conseguir sus objetivos políticos. El fútbol, uno de los protagonistas más destacados del siglo pasado y del presente, despreciado por algunos, admirado por muchos, considerado una religión laica por Manuel Vázquez Montalbán o por Juan Villoro, hoy empieza a ser tenido en cuenta en estudios académicos por su capacidad para propagar ideales políticos, así como para formar y cohesionar identidades.

Este libro, lejos de ser un ensayo académico, tiene como misión presentar de forma amena un panorama global del siglo pasado en el que se explique la instrumentalización del fútbol por parte de regímenes fascistas y autoritarios para alcanzar objetivos asociados al adoctrinamiento político. La idea surgió tras la publicación de varios reportajes en la revista Jot Down, escritos a propósito de los últimos torneos internacionales, en los que se analizaba cómo estas dictaduras habían manipulado y rentabilizado políticamente varios campeonatos: Mussolini, los Mundiales de 1934 y 1938; Franco, la Copa de Europa de 1964; Videla, el Mundial de 1978. A estos episodios se unen aquí otras narraciones que ilustran de igual modo esas mismas circunstancias históricas. He querido incluir también algunas narraciones que reflejan el reverso de esta situación, la de futbolistas que han usado el poder del fútbol para luchar contra los poderosos.

De esta manera, el libro comienza con un breve ensayo tripartito en el que se dan unas pinceladas sobre la concepción que del deporte rey se tenía en los regímenes fascista, nazi y franquista. Los tres comparten unas características comunes. Avanzado el libro se narran algunas historias que nos sirven de ejemplo de lo ya escrito. Por un lado, se incluyen los relatos dedicados a Alemania e Italia y, por el otro, a España, incluyéndose en este apartado un breve capítulo dedicado a la Portugal de Salazar; dos países amigos y simpatizantes de las potencias del Eje. Un cuarto apartado del libro está dedicado a las dictaduras sudamericanas que, aunque no se pueden calificar en tiempo y forma como académicamente fascistas, sí comparten con la Italia fascista o la Alemania nazi la importancia que le dan al balón como instrumento político, por lo que constituyen una prolongación, a lo largo del siglo, de esos intentos fascistas de controlar el deporte y de convertirlo en una forma de adoctrinamiento de la población.

Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, en pleno Mundial de México, tras declarar, en una de sus últimas entrevistas, que no sabía quién era Maradona. Ocho días más tarde, Diego marcó ante Inglaterra, en el Estadio Azteca, el gol más fabuloso nunca visto, pura creación literaria en su ejecución y en su narración. El hecho futbolístico sobre el que más se haya escrito jamás.

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Autor: Cristóbal Villalobos. Título: Fútbol y fascismo. Editorial: Altamarea. Venta: Fnac

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