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Cristina Rentería Garita y Antonio Sancho Villar, ganador y finalista del concurso de historias del Día de Muertos

Día de Muertos en Zenda

Cristina Rentería Garita ha ganado el concurso de historias sobre el Día de Muertos mexicano, patrocinado por Iberdrola y que ha contado con un jurado formado por los escritores Jorge Volpi, Gabriela Guerra Rey, Espido Freire, Élmer Mendoza y Xavier Velasco, con Miguel Munárriz como secretario. Su premio es de 2.000 euros. Antonio Sancho Villar ha quedado finalista del certamen y recibirá un premio de 1.000 euros. Más de quinientos autores han participado este concurso de historias celebrado entre el 26 de octubre y el 11 de noviembre.

Ofrecemos el relato ganador y el finalista. Al resto de historias se puede acceder a través de nuestro foro. Gracias a todos por participar.

GANADOR
1
Cristina Rentería Garita

-¿Juan Preciado? –preguntó Fulgor Sedano- Tengo algo para usted.
Juan Preciado lo miró como si no existiera, sin mostrar respeto por las autoridades de la tierra. Fulgor Sedano puso su cuerpo frente a él y procedió a la lectura del telegrama.

Juzgado No, 401. Comala, 26 de enero.
Por disposición Numeral 32 Fracción 6, Ley México del 14 de febrero de 1915, habitantes de Comala solicitan cese acoso sobre ella y su silencio. Vecinos muy afectados, sin intimidad ni sosiego por visitas intempestivas del Señor Preciado. Impunidad de almas olvidadas vagando por las calles. Dispóngase así, orden de alejamiento de Comala en contra de Juan Preciado so pena de artes, desaventuras y hechicerías negras.

Fulgor Sedano terminó la lectura, enderezó el espinazo y dijo:
-Está usted enterado.
Juan Preciado lo miró a los ojos y, tranquilo, respondió:
-Si alejarme quiero, lo que no hallo es la salida.

***

FINALISTA
El bastardo
Antonio Sancho Villar

Es uno de esos recuerdos infantiles emborronados por el tiempo y la continua reescritura a que los somete la memoria. A veces me pregunto cuánto ocurrió realmente y cuánto es un añadido de mi imaginación pero, al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay? Nuestras vidas enteras las soñamos más que las vivimos. En aquella época, antes del viaje a México, íbamos mucho al pueblo de los abuelos. Yo tendría nueve años, mi prima Clara unos diez. Solo nos veíamos en verano, cuando se juntaba la familia. Luego nos dispersábamos todos de vuelta a la ciudad y en el pueblo quedaban solo los viejos.

Aquel día habíamos salido a pasear con el abuelo. Cuando las casas ya quedaban lejos, Clara me dijo algo, no se el qué, y yo la perseguí. Salimos del camino hasta un campo de hierbas altas que casi nos cubrían enteros. El abuelo nos llamaba con fingida preocupación. Entonces escuché el grito de Clara por detrás de los tallos. La encontré al borde de una acequia que partía la hierba. Tenía entre las manos una especie de sábana transparente y quebradiza: era una muda de serpiente, pero tan grande que nos podríamos haber envuelto con ella los dos. Ya habíamos visto antes muchas mudas y hasta culebras vivas, todas pequeñas e inofensivas, pero aquella piel monstruosa quebraba nuestra seguridad de niños. Unas lágrimas ácidas de terror y madurez nos quemaron las mejillas.

Cuando el abuelo apareció por fin junto a la acequia se quedó mirando la muda áspera, apretó las manos en torno a su cachava llena de nudos. “Vaya hombre, eso es cosa del Bastardo”. Le miramos, pidiéndole la historia completa. Él se giró, observando la hierba que no dejaba ver un palmo del suelo y se mecía a un lado y a otro, como tratando de significar algo. Nos hizo volver al camino, entonces empezó:

“Hará ya cincuenta años de esto. Nos mandaron un cura nuevo a la parroquia, en sustitución de aquel pobre don Marcial que había muerto de una gripe el invierno anterior. Era un muchacho recién salido del seminario, y eso de los curas jóvenes es cosa mala, siempre trae problemas. Deberían ordenarlos solo cuando ya hayan vivido lo suyo. Se llamaba Javier, me parece. En fin, el caso es que el padre Javier era simpático, y por su juventud se hizo enseguida de admirar entre las mujeres que abarrotaban la iglesia los domingos. En particular hizo amistad con Laurita Delgado, recién casada con Eladio, el dueño de la vaquería. Se les veía charlar mucho a la salida de la iglesia y ya estaba todo el pueblo comentándolo, desaprobándolo. Alguien juró haber visto a Laurita entrar en la sacristía después de una misa, y escuchado el sonido del cerrojo cayendo detrás de ella. Otro, que el padre había rondado la casa de Eladio durante la feria de ganado en Oñaque, sabiendo que estaría ausente. Cuando Laurita quedó embarazada, se hacían apuestas en el bar sobre a quién se parecería el niño, si a Eladio o al cura”.

“El día del parto la cosa estaba tensa. Se había reunido una muchedumbre de curiosos a la puerta de la casa, mientras crecían los gritos de Laurita en el piso de arriba. Había mucho trajín de mujeres que entraban con paños limpios y los sacaban afuera empapados de sangre. Cuando por fin se acallaron los chillidos nos quedamos todos esperando el llanto del niño, que no llegaba. El padre Javier daba vueltas en torno a la casa como un perro encelado. Finalmente salió Eladio, muy pálido. Se apoyó en los hombros de un amigo, dijo: ‘que alguien suba a ver y me diga qué es eso’. Yo fui de los primeros que subieron, maldita la hora. Al entrar lo vimos sobre la cama. Era largo y terminaba en punta, con las piernas y los brazos fundidos al cuerpo, los ojos rojos como dos coágulos. No tenía piel sino escamas. Laurita estaba muerta, tan niña que era, y el Bastardo se agitaba entre sus muslos con los espasmos de una culebra. Pareciera que nos miraba”.

“Fue un escándalo: ‘el niño es hijo del pecado y tiene la forma del pecado’, murmuraron las beatas. A Eladio tuvieron que llevárselo a Oñaque con una crisis nerviosa. El padre Javier ofició el entierro de la pobre Laurita, al que no fue nadie. A la semana lo encontraron muerto en un prado cerca de la vaquería, con un tiro en las tripas”.

El abuelo se quedó callado, ensimismado, pero nosotros nos lanzamos sobre él:

—¿Y el Bastardo, qué pasó con el Bastardo?

—Lo tiramos al campo pensando que se moriría —respondió—, pero por aquí sigue desde entonces, y de cuando en cuando se nos lleva alguna oveja.

Ahora dudaría de toda la historia, daría por hecho que el abuelo se la había inventado. Pero entonces, para mí, la verdad era una cosa mucho más amplia.

Clara y yo pasamos el resto del verano buscando al Bastardo entre las hierbas altas, sin resultado. Hasta la última noche, cuando ocurrió esto que todavía me obsesiona. Salimos a despedirnos de las cosas del pueblo. Atardecía. Caminamos hasta el prado en el que habíamos encontrado la muda; corría un viento frío y todo tenía el color naranja del sol. Nos sentamos al borde del camino, cogidos de la mano. El tacto suave y tembloroso de la mano de Clara. Me pareció que había una sombra que no cambiaba con el movimiento de la luz, que permanecía quieta entre las hierbas. Clara me apretó los dedos: no era una sombra sino una silueta grande, inmóvil. Cuando por fin se terminó de ir el día, se abrieron dos pelotas rojas en ella, como goterones de sangre. Recuerdo, pero ya le he dicho que no sé si me lo imaginé luego, que sonó un llanto que era como un silbido largo y angustiado. Luego el Bastardo desapareció reptando entre los tallos.