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Ganadora y finalistas del décimo concurso de relatos #cuentosdeNavidad

Ganadora y finalistas del décimo concurso de relatos #cuentosdeNavidad

Más de 1.000 relatos se han registrado en nuestro concurso de cuentos navideños #cuentosdeNavidaddotado con 2.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola. Desde el 9 de diciembre hasta el 3 de enero, hemos recibido historias en las que la Navidad ha cobrado el protagonismo desde todas las miradas posibles.

María Sergia Martín González, con Costumbres, ha resultado ganadora —con un premio de 1.000 €—; y Raúl Clavero Blázquez, con Los Reyes, y Plácido Romero Sanjuán, con El árbol, han sido los dos finalistas—han obtenido 500 € cada uno—.

El jurado ha estado formado por los escritores Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez. A continuación reproducimos el relato ganador y los dos finalistas.

***

GANADOR

COSTUMBRES

María Sergia Martín González

Algunas costumbres llegan con la sangre, sin pedir permiso, como el color de ojos, la calvicie o la mala letra. En mi familia nunca hablamos abiertamente de ello, pero todos sabemos que algo raro, espeso y silencioso nos corre por dentro.

Mi abuelo coleccionaba dientes. Los guardaba en cajas de galletas danesas, bien ordenados por tamaño y estado. Decía que eran pequeñas pruebas de que la gente que pasa por tu vida siempre deja algo atrás.

Mi padre coleccionaba amantes. No las guardaba en cajas, claro, sino en agendas escondidas y mentiras mal contadas. Aseguraba que el amor se multiplica cuando se reparte. Mamá asentía y seguía cortando cebolla, como si no hubiera oído nada.

Yo heredé lo mío sin darme cuenta: colecciono cadáveres. En mi caso, mi afición empezó una Nochebuena en Velahuesos, nuestro pueblo.

La vecina del tercero fue la primera desde que nos mudamos a la capital. Todavía sonrío al recordarla, con su bata floreada y su costumbre de regar las plantas de noche. Nadie la echó de menos durante días; la Navidad se acercaba y todo el mundo estaba demasiado ocupado comprando turrones, lotería y envolviendo regalos. Cuando por fin alguien preguntó por ella, ya era tarde y, además, no estaba entera.

Pronto la familia entera se involucró. No hizo falta hablarlo; simplemente ocurrió, como montar el belén cada diciembre. Mi hermana, que siempre había querido ser esteticien, descubrió que tenía un talento especial para maquillar. Dejaba a los muertos con un aspecto sereno, casi agradecido.

—Para que ganen dignidad —decía.

Mamá empezó a experimentar en la cocina y descubrió un don innato para los estofados. Decía que el frío abría el apetito y que no había nada como un buen guiso para reunir a la gente.

—La carne tierna es un regalo —decía, mientras removía la olla con una devoción casi religiosa.

Papá se ocupaba de las invitaciones y de distraer a los curiosos con su sonrisa encantadora, como si por fin entendiera que cada generación aporta algo distinto al linaje.

Cada uno tenía su pequeña colección, su secreto. El abuelo, ya muerto, nos observaba desde una repisa, convertido en una discreta urna junto al espumillón. Nadie preguntaba demasiado. En casa, la normalidad siempre fue una cuestión de formas.

La comida de Navidad con los vecinos supuso el gran evento del año. La mesa larga, el mantel rojo, las luces parpadeando. Era una tradición en el edificio, una de esas costumbres que nadie disfruta realmente, pero que todos cumplen por miedo a parecer antisociales.

Decoramos el salón con velas rojas y un belén que mi madre insistió en colocar justo encima del aparador donde guardábamos, en ese momento, al vecino del segundo.

—Da ambiente —dijo.

Y tenía razón, porque la casa olía a canela, a pino… y a algo más profundo, más denso, que solo nosotros reconocíamos.
Mamá sirvió su estofado estrella, oscuro y espeso, con un aroma que hizo salivar hasta al más reticente. Alguien elogió el plato con la boca llena.

—Está exquisito.

—Cocina de aprovechamiento —respondió mamá, ruborizada—. Aquí no se tira nada.

Todos aplaudieron. Todos menos el viudo del tercero. Viudo, aún sin saberlo.

Se había mantenido callado durante toda la cena, con esa sonrisa educada que se les queda a los que han perdido algo importante y aún no saben cómo llenar el hueco. Cuando terminó su ración, inclinó el plato para rebañarlo. Se quedó quieto, el tenedor suspendido en el aire y dejó de sonreír. Entre la salsa brillaba algo blanco, demasiado perfecto para ser una patata: el puente dental de su esposa.

El silencio surgió de inmediato, como si alguien hubiera apagado la música de golpe. El viudo levantó la vista. Me miró. Le miré. Me sonrió, como quien entiende el último una broma, y yo le devolví la sonrisa por educación, por respeto a la Navidad, por mantener las formas. En mi familia no nos gustan los escándalos, y menos en estas fiestas.

Luego, dejó el tenedor sobre el mantel, se limpió los labios con la servilleta y dijo, con una calma que solo da la costumbre:

—Está deliciosa.

Hizo una pausa.

—¿Queda un poquito más?

**

FINALISTAS

LOS REYES

Raúl Clavero Blázquez

Es sencillo. Decepcionantemente fácil. Sólo tenemos que bloquear la salida de su garaje con unos cuantos troncos y esperar.

Cerca ya de medianoche la puerta se abre, el Gordo ve los troncos, grita palabras en un idioma que no entiendo y baja de su carro. En cuanto sale al frío cortante del exterior se enfrenta a la figura imponente del Negro, entonces comienza a temblar. Sabe que algo malo está a punto de sucederle, pero no puede hacer nada por evitarlo. Me acerco por su espalda, le doy un codazo en la nuca y cae. Se desploma con el estrépito de un edificio en ruinas. Por un instante temo haberme excedido con el golpe y me inclino sobre su boca. Aún respira, es una enorme masa de carne que respira. Su pecho se hincha y se deshincha de modo desmesurado, similar al de las estúpidas risotadas con las que pasea habitualmente por los centros comerciales, se hincha, se deshincha, como si de su movimiento dependiera el oxígeno del mundo. Algunos gruñidos llegan del interior del garaje y se mezclan con los aullidos lejanos del bosque.

-¡Rápido! – dice el Negro.

Tenemos que cogerlo entre los tres para arrastrarlo de vuelta a su casa. Está vacía, todos sus ayudantes se han marchado ya, dejando en su ausencia el rastro de un olor dulzón a caramelo líquido que nos envuelve en cuanto entramos. He de reprimir una arcada y abro las ventanas.

-¿Qué haces? – me reprende el Colorado -. Nos vamos a congelar.

No me importa, necesito aire limpio. Busco unas cuerdas y atamos al Gordo a su chimenea. Con esto bastaría, con paladear tranquilamente el paso de los minutos hasta más allá del amanecer ya sabríamos que la victoria es nuestra, pero el Negro parece tener otros planes. No es de los que se conforma con un triunfo plácido. No. Le gusta regodearse, siempre ha sido así, un fanfarrón con cadenas de oro. Comienza a abofetear al Gordo hasta que lo despierta.

-¿De verdad pensaste que nunca descubriríamos dónde vives? – le dice.

-¿Qué… qué queréis? – farfulla el Gordo.

Su papada se agita en un balanceo hipnótico. Veo el terror en sus ojos, sus mejillas de borracho encendidas. Intenta incorporarse, aparentar que domina la situación, pero una mancha en la entrepierna lo delata. No me da pena. Nunca debió meterse en nuestro territorio.

Hasta que llegó él, nosotros éramos los reyes. Los únicos. Nos creíamos tan fuertes que pensamos que nada podría afectarnos, por eso, al principio, le dejamos que hiciera sus negocios, pero poco a poco, año tras año, nos fue arrebatando parte de nuestro mercado. Ahora tiene más poder que nosotros, y no nos queda más remedio que eliminarlo antes de que consiga borrar nuestros nombres para siempre.

-Podéis llevaros mi mercancía. Os diré dónde está, hay suficiente para todos – propone en tono suplicante.

El Negro sonríe.

-No es tu mercancía lo que hemos venido a buscar.

-¿Vais… vais a matarme?

-Sólo si nos obligas.

-Entonces qué queréis, ¿qué cojones queréis?

-Pero que sucia tienes la boca – bromea el Negro -. Está muy mal hablar así, ¿lo sabías? ¿Qué pensarían de ti tus clientes si supieran que dices esas palabras tan feas

-Queremos acabar con tu prestigio – le digo -. Eso es lo único que queremos. A eso hemos venido. Hoy no harás tu entrega, y a partir de mañana ya nadie volverá a confiar en ti.

Empieza a comprender. Hunde la cabeza en el pecho. Juraría que en cualquier momento puede romper a llorar. Los gruñidos del garaje son más fuertes y constantes. El Negro se gira hacia nosotros.

-Ocupaos de eso – nos dice -. No podemos llamar la atención.

Yo miro al Colorado. Él me mira a mí, suspira, se encoge de hombros y se marcha. Los gruñidos crecen antes de que escuchemos nueve disparos. Después el silencio.

-¡¿Qué habéis hecho?! ¡¿Qué habéis hecho, hijos de puta?!

El Gordo intenta desatarse, se convulsiona como un pistón enloquecido. Resulta perturbador ver a un hombre de su tamaño luchando por ponerse de rodillas. El Negro detiene su rebelión descargándole un simple puñetazo en los riñones. El Gordo calla, se repliega sobre sí mismo. Ya no es más que un bulto sollozante pero el Negro decide seguir y le hunde la rodilla en el estómago. El Colorado entra de nuevo en la casa y se suma a la fiesta. Con cada golpe el Gordo emite un gemido apagado, un ruidito minúsculo y agudo, irritante, similar al sonido de una fuga en un balón agujereado.

-Vamos – me dicen -, es divertido.

Me acerco. Zurrarle al Gordo es como zambullirse en un mar de gelatina. Un ejercicio desconcertante y adictivo. Pierdo la noción del tiempo, y sólo me detengo cuando noto una humedad viscosa y caliente en mis dedos. Me levanto. Veo como el charco de sangre del Gordo avanza lentamente por el suelo. Hace juego con el rojo de su traje. Diferentes tonalidades de un mismo color. Me recuerda a un cuadro de Rothko, pero me guardo el pensamiento en la punta de la lengua, si se me ocurriera compartirlo con mis compañeros estoy seguro de que se reirían de mí.

-Vale ya – les digo -. Un poco de compasión, joder, que es Navidad.

El Negro y el Colorado se incorporan. Jadean. Son dos leones hambrientos que se felicitan por haber dado caza a la mayor de las presas.

El Gordo se vuelca hacia un costado, escupe varios dientes, tose.

-Los niños… los niños – musita una y otra vez.

Los niños, sí. En pocas horas despertarán. Cuántas lágrimas habrá cuando no encuentren bajo el árbol ninguno de los juguetes que han pedido. Qué más da, pienso, al fin y al cabo dentro de pocos días llegaremos nosotros para resolver todos sus problemas.

Me acerco a la ventana y la cierro. El Colorado tenía razón, hace demasiado frío, pero en el ambiente aún flota el pegajoso hedor a caramelo líquido. No lo soporto.

-¿Alguien se ha acordado de traer incienso? – digo.

**

EL ÁRBOL

Plácido Romero Sanjuán

El vendedor tenía las manos sucias. Tierra bajo las uñas. Ojos minúsculos. También él era diminuto. Me vendió el árbol por veinte euros en una esquina de la calle Millán de Priego.

—Sobre todo —dijo—, no se le ocurra plantarlo.

No pregunté por qué. La gente nunca pregunta lo suficiente.

—Tírelo después de Navidad —insistió.

Asentí. Pagué. Me fui.

Mi hija Clara tiene dieciséis años. Quiere estudiar Ciencias Ambientales. Lleva camisetas con eslóganes sobre el cambio climático. Cuando vio el árbol en el salón, frunció el ceño.

—Es una barbaridad matar un árbol por menos de un mes, papá.

Mi mujer, Elena, asintió desde la cocina. Siempre asienten juntas.

—Deberías plantarlo —dijo Clara—. En una maceta grande. En la terraza.

—El vendedor dijo que no.

—¿Y qué sabe él?
No supe qué responder. Compré una maceta enorme. Costó cuarenta euros. La subí por las escaleras porque no cabía en el ascensor. Clara me ayudó. Su hermano pequeño, Marcos, de nueve años, nos miraba desde el sofá.

Elena lo decoró esa misma tarde. Bolas rojas y azules, espumillón dorado, una estrella en la punta. Quedó bonito. Cenamos mirándolo a través de la puerta corredera de la terraza.

A la mañana siguiente, tres bolas estaban en el suelo.

—Habrá sido el viento —dijo Elena.

No había viento. Colgamos las bolas de nuevo.

Al día siguiente, cinco más estaban caídas. Una guirnalda colgaba rota.

—Marcos —llamé.

—No he sido yo —respondió sin que le preguntara.

Decidí comprar adornos nuevos. Llevé a Marcos conmigo. Fuimos al Jaén Plaza. Eligió unos de madera, con animales tallados. Un reno, un búho, un elfo de aspecto extraño que me recordó al vendedor.

—¿Crees que el árbol está vivo? —me preguntó Marcos en el coche.

—Todos los árboles están vivos.

—No. Me refiero a vivo de otra forma.

No respondí.

Nochebuena. Mi cuñada Teresa y Javier, su novio, llegaron a las siete. Elena dice que Javier es malo para su hermana. Controlador, lo llama. Quizá lo dijo delante del árbol. No lo recuerdo.

Cenamos. Brindamos. Javier contó un chiste sobre ecologistas. Clara no se rio. Teresa miraba su plato en silencio.

Javier salió a la terraza para fumar. Se acercó al árbol. Lo observó con esa expresión de superioridad que tiene siempre.

Una rama se movió. Golpeó su hombro. Él retrocedió, riendo nervioso.

—Casi me cae encima.

Todos reímos. Habíamos bebido vino. Mucho vino.

A la mañana siguiente, Navidad, salí a la terraza. Los regalos que habíamos dejado bajo el árbol estaban… cambiados de lugar. No exactamente movidos. Redistribuidos. El paquete para Javier estaba enterrado en la tierra de la maceta. La caja de Marcos, intacta en una rama baja, como si alguien la hubiera colgado.

Elena me miró desde la cocina.

—¿Tú hiciste eso?

—No.

Volví a colocar los regalos en su sitio antes de que todos se despertaran. No hablamos más del tema.

Los días siguientes, los adornos comenzaron a desaparecer. Uno por uno.

—Es Marcos —dijo Elena—. Está jugando.

Marcos negó con la cabeza cada vez que le preguntamos. Sus ojos decían la verdad.

Dos de enero. El vecino de abajo tocó el timbre a las ocho de la mañana. Se llama Ramón. Tiene setenta años. Antiguo catedrático de instituto. Nunca sonríe.

—Hay una raíz saliendo de mi techo —dijo—. En la cocina.

Bajé con él. La raíz atravesaba el yeso. Gruesa. Oscura.

—¿Qué clase de árbol plantó? —preguntó Ramón.

—Un abeto.

—Los abetos no hacen eso.

Subí corriendo. Elena estaba en la terraza, mirando el árbol. Clara también. Marcos lloraba.

El árbol había crecido tres metros en una semana. Sus ramas se extendían sobre la barandilla hacia el vacío. Las raíces habían reventado la maceta y se hundían en el suelo de la terraza, levantando las baldosas.

—Tenemos que cortarlo —dije.

—No —respondió Clara.

—Clara, está destruyendo el piso.

—Está vivo, papá. No es su culpa.

Esa noche me senté en la terraza con una manta sobre los hombros. No sé por qué, empecé a hablarle al árbol. Le dije que no podíamos permitir que siguiera creciendo. Una rama se inclinó. Rozó mi hombro. Suave.

Elena salió a la terraza. Se sentó a mi lado.

—¿Qué hacemos? —preguntó Elena.

—No lo sé.

Cuatro de enero. El árbol mide seis metros. Sus raíces han atravesado el suelo de la terraza y crecen hacia abajo, invadiendo el piso de Ramón. Una rama atraviesa la puerta corredera del salón.

Ramón llamó a la policía. Vinieron dos agentes. Miraron el árbol. Miraron a Elena. Me miraron a mí.

—¿Cuándo lo plantó? —preguntó uno.

—Hace dos semanas.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

Se fueron. Dijeron que enviarían a alguien de medio ambiente.

Nadie ha venido.

Pasado mañana es Reyes. Deberíamos quitarlo. Contratar a alguien. Una empresa especializada. Sierras industriales.

Pero el árbol es parte de la familia ahora. Yo le cuento cosas que nunca dije a nadie. Que odié a mi padre hasta el día que murió. Marcos duerme junto a él en la terraza, envuelto en mantas. Clara le lee libros en voz alta. Elena le cuelga fotos viejas en las ramas y también le cuenta secretos. Le oí decirle que a veces deseaba no haberse casado tan joven. El árbol parece escuchar.

No sabemos qué ocurrirá cuando pasen los Reyes. Si crecerá más. Si nos obligará a irnos.

Anoche, Elena me abrazó en la cama.

—Quizá debamos irnos nosotros —dijo.

—¿Y dejar el árbol?

—Es su casa ahora.

No respondí. En la terraza, el árbol respira. Sus raíces abrazan la estructura del edificio. Sus ramas sostienen nuestros secretos.

Mañana le contaré otro secreto. Uno que nunca dije.

Quizá así deje de crecer. O quizá crezca más.

Ya veremos.

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Óscar
Óscar
9 horas hace

Si estos relatos han sido los ganadores, puedo afirmar sin miedo al fracaso ni a críticas, que el próximo año puedo quedar en la tercera, segunda y primera posición.

Yanire
Yanire
8 horas hace
Responder a  Óscar

Envidioso. Xon geniales.

Danfre
Danfre
7 horas hace
Responder a  Óscar

Por lo visto, es raro que a alguien le guste más lo que escriben otros que sus propios textos. Con todos mis respetos, te diría que sí no tienes humildad o no crees en las decisiones de los jurados, no partícipes en concursos. O si, como según tú es poco menos que una cuestión de lotería, sigue intentándolo. Con un poco de suerte algún día puede que salga tu nombre premiado.

Elisa
Elisa
8 horas hace

Lo sorprendente de los relatos, excepto el segundo,poco original,es que los puedes ubicar en cualquier fecha. No tiene relación con la navidad, otro año más.

Ana
Ana
26 minutos hace
Esperando aprobación
Responder a  Elisa

La verdad es que cansa un poco tanta violencia, está por todas partes, y últimamente en los concursos de Zenda, la tragedia y lo macabro triunfa, igual que en Netflix, Prime, HBO, etc, etc…

Danfre
Danfre
5 horas hace

Felicidades a los tres.

Lissette
Lissette
5 horas hace

Los relatos están pésimos y no guardan ninguna relación con la Natividad -Nacimiento = Navidad del Señor Jesús = Dios que es lo que se celebra en Navidad. Más bien están terroríficos y sólo hablan de crimen, muerte y homicidio. El 1er premio por un relato sobre canibalismo, el 2do premio un relato de crimen donde tres locos creyéndose a su manera los reyes magos convierten a un cuarto en Papá Noel y lo matan a golpes de la forma más cruel y despiadada y el tercero es un relato sobre un Árbol natural de Navidad donde los personajes le atribuyen un valor desmedido cuya trama no tiene lógica ninguna. Por favor al menos no engañen a las personas. Tal premio no existe.

Lissette
Lissette
4 horas hace

Busqué a los tres ganadores en Instagram y en Facebook y no aparecen, es raro, normalmente casi todo el mundo tiene cuentas en alguna red social.

Danfre
Danfre
2 horas hace
Responder a  Lissette

Sí escribes igual que buscas en internet, no es de extrañar…

Ana
Ana
28 minutos hace
Esperando aprobación

El año que viene podríais cambiar la foto del papá con la niña pequeña, es muy entrañable, pero no sé si representa el gusto por el relato macabro