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Gandumbas

En un episodio de la novela de Arturo Pérez-Reverte Hombres buenos, ambientada a finales del siglo XVIII, dos literatos caminan conversando por Madrid y uno de ellos comenta, a propósito de un tercero con el que se cruzan:

Vaya […]. Nada menos que el autor del Viaje simbólico a la República de las Letras y resurrección de la Poesía Española, completado con recetas morales, por un ingenio cervantino de esta corte, profesor de Filosofía, Retórica y Letras divinas y humanas… Ese que, si mal no recuerdo, empieza el prólogo diciendo: No veo qué mérito tengan el griego Homero o el inglés Shakespeare, sino la mucha invención, y que tras señalar que Virgilio, tan sobrevalorado, era un gandumbas, prosigue: En cuanto a Horacio, aunque sus hexámetros no son los mejores… ¿Me dejo algo del título? ¿O del contenido?… ¿O del personaje?

Desde luego, el título y las citas de esa presunta obra dieciochesca son invención del novelista, pero es evidente la intención de este de que ‘suenen’ a entonces. Pérez-Reverte se ha documentado mucho, como suele, en lecturas de y sobre la época, y así creemos poder afirmar que en el pasaje transcrito hay un eco de una de las muchas polémicas literarias dieciochescas, en concreto de los ataques de que fue objeto don Vicente García de la Huerta por parte de Moratín y sus amigos. Pues, en efecto, el único fragmento conservado de un poema «épico-burlesco» de don Leandro titulado La Huerteida —de hacia 1785—, en el que se mofa de los aires de superioridad del autor de la Raquel, comienza precisamente así: «¿Y Virgilio? Virgilio era un gandumbas».

"Gandumbas vale también, no ahora como adjetivo (sustantivable), sino como sustantivo femenino plural: testículos"

Ese texto moratiniano es precioso para la historia de la palabra, pues es el más antiguo de ella que se conoce. En cuanto al significado, basta para dilucidarlo la consulta del diccionario académico, en el que gandumbas figura desde 1925, como adjetivo, con el valor de «haragán, dejado, apático». No encontraremos de nuevo usos de ella, tras el de Moratín, hasta finales del XIX.

Ahora bien, ese significado mantiene un nexo profundo con otro que el diccionario académico asimismo recoge (desde 1984): gandumbas vale también, no ahora como adjetivo (sustantivable), sino como sustantivo femenino plural, ‘testículos’.

Pero el caso es que ese otro significado es tan antiguo como el adjetivo. Lo confirma el texto de una carta —que ha localizado Noelia García Díaz y publicado Elena de Lorenzo Álvarez— escrita por Francisco de Bruna a Jovellanos el 12 de abril de 1786:

Aquí lo conocíamos [al regente de la Audiencia de Sevilla] por el señor Palomero, por una anécdota que yo conté a los compañeros de un abogado de este nombre muy pesado que había en esa corte: se fue de la casa que habitaba porque tenía duende y, estando en la que se mudó sacudiéndose un día las pulgas del pañal, llegó el duende y, sopesándole con la mano las gandumbas le decía: dos libras bobas, señor Palomero.

Aun a riesgo de deslizarnos un tanto, con permiso del amable lector, por la pendiente de la ordinariez, habrá que hacer notar que en la lengua hay otras huellas del aludido nexo entre —de una parte— la pereza, la desidia, la inacción, la cachaza y —de la otra— la contundencia y consiguiente pesantez de los atributos masculinos. Huevón es, nos dice la Academia, sinónimo de perezoso. Y el Diccionario del español actual dirigido por Manuel Seco explica e ilustra que cojón, en plural, «se usa para simbolizar el carácter excesivamente tranquilo» (por ejemplo en: «Él no se inmuta jamás, tiene unos cojones…»), a lo que añade: «frec[uentemente] en la forma cojonazos».

Pues bien, el amenísimo epistolario de don Leandro Moratín, que tan admirablemente editó René Andioc, nos muestra bien a las claras no solo la afición de Inarco a la palabra gandumbas, sino que él y sus amigos (y otros hablantes de la época, sin duda, pero la existencia de vestigios textuales de lo que sería un uso oral y muy confianzudo ha de tenerse por casi milagrosa) establecían jocosamente la vinculación que hemos explicado. El 1.º de febrero de 1793 escribe Moratín a su íntimo amigo Juan Antonio Melón:

Acabo de recivir la tuya; no sabes qué rabioso he estado en tanto tiempo que no me has escrito; supe por Loche, el chico, pocos días ha, que ni te habías muerto, ni estabas malo, y maldige tus gand[umba]s y tu patria. [En el texto, con abreviatura: «gands»].

No es la única vez en que inicia la carta reprochando al amigo su pereza epistolar. También lo hace en la del 29 de octubre del mismo año:

Mientras he andado corriendo p[o]r Alemania, ya conocía yo que no debía recibir carta tuya ni de alma viviente; pero en qué puede consistir que no me hayas escrito ni a Bolonia ni a Roma, yo no lo alcanzo; y aunque estoy harto persuadido de la enorme gravedad específica de tus g[andumba]s, nunca presumí que llegara su ponderosidad a tal exceso. [En el texto, con abreviatura: «gs»]..

"Me gustaría pensar que el estudio minucioso del léxico puede prestar algún servicio a la historia literaria"

La cosa está bien clara. «Dirás al Galo —escribe en otra carta— […] que estoy persuadido de la pesadez de sus testículos, y por consiguiente no extraño que jamás me escriva una letra». Y en el contexto de la primera de las cartas citadas puede leerse, en algo más oscura frase: «Devolverás al Bretón sus gandumbas y le ofrezerás las mías»; probablemente, el recado que quiere transmitir Moratín para ese «Bretón» —acaso otro amigo llamado Manuel Jiménez Bretón, según conjetura de Andioc— es que, puesto que no le escribe, él tampoco piensa hacerlo.

En 1821 y 1824 vieron la luz, con pie de imprenta de Londres —a todas luces falso, y encubridor probablemente de la ciudad de Burdeos—, dos ediciones sucesivas de las Fábulas futrosóficas o La filosofía de Venus en fábulas. Se trata de una colección de poesías licenciosas cuya autoría se ha atribuido a Leandro Fernández de Moratín, y en las que la voz gandumbas ocurre en dos ocasiones. En la fábula «Los monos médicos» leemos:

Los satélites, dichos vulgarmente
Testículos, gandumbas o cojones,
Acompañan al miembro prominente,
Y aun por eso se llaman compañones.

Y en la titulada «El capador y el cerdo», el pobre animal implora:

Llévate hasta las orejas,
Y cede a mis persuasiones.
De mí no oirás más quejas,
Antes sí mil bendiciones,
Si las gandumbas me dejas.

Un excelente conocedor de la literatura erótica clandestina —y del autor de El sí de las niñas— y excelente amigo mío, el profesor Philip Deacon, alberga dudas razonables acerca de la posibilidad de que las Fábulas futrosóficas (aclaremos que el adjetivo futrosófico, equivalente más o menos de pornográfico, se inventó para la ocasión sobre la base del francés foutre) sean de Moratín. Sin embargo, la presencia en ellas de la palabra gandumbas, a la que, como vemos, tan aficionado era, ¿no es un argumento de peso en favor del acierto de la atribución? Ahí dejo la cuestión. Me gustaría pensar que el estudio minucioso del léxico puede prestar algún servicio a la historia literaria.

"Borao en el Diccionario de voces aragonesas (1884) explica que gandumbas es «hombre de genio blando; carácter poco activo»"

Para seguir la evolución de gandumbas en sus dos acepciones (‘perezoso, dejado, apático’ y ‘testículos’) pueden reunirse algunos textos, más cercanos cronológicamente a nosotros que los de Moratín, y un puñado de repertorios lexicográficos. Dado que la Academia recogió la palabra en 1925 (entonces solo en la acepción que anotamos en primer lugar), algunos diccionarios o vocabularios de distintas regiones de España o de América la han consignado, bien porque aún no estaba en el diccionario común, bien, cuando ya sí constaba en él, por entender que podían aportar un significado no exactamente coincidente. Limitándome a los primeros: Borao en el Diccionario de voces aragonesas (1884) explica que gandumbas es «hombre de genio blando; carácter poco activo». Lamano en El dialecto vulgar salmantino (1915) trae gandumbazas como «pusilánime», y precisa que en Vitigudino se dice «particularmente del casado que, por falta de carácter, se deja dominar por la mujer» (vale decir, con otro aumentativo plural: calzonazos). En el Vocabulario murciano (1919) de Alberto Sevilla gandumba es «hombre negligente, gandul». En Cornago (Rioja) anota Goicoechea gandunga como «haragán, gandumbas».

En cuanto a América, Juan Fernández Ferraz en sus Nahuatlismos de Costa Rica: Ensayo lexicográfico acerca de las voces mejicanas que se hallan en el habla corriente de los costarricenses, registró en 1892 gandumbas como «tonto, idiota, haragán», y disparatadamente la hizo derivar del náhuatl, bien que «dudando». Miguel de Toro Gisbert le replicó en el Boletín de la Academia (1920), señalando que la palabra era también española (se aduce una cita de Manuel Bueno).

Para la acepción ‘indolente’, el primer texto que encuentro posterior al de Moratín es, exactamente, un siglo posterior, y de un autor nacido en Zaragoza: «Nosotros los españoles somos así: los más gandumbas del orbe; nos lo han de dar todo hecho y a la medida» (José M. Matheu, La ilustre figuranta, 1886).

"En Luis Mateo Díez topamos con gandumba en el mismo sentido: «vagos de gandumba, haraganería y holganza»"

La palabra es muy española, sí. Y cabría añadir: muy madrileña. Nótese que Moratín lo era. Aparece en Las tormentas del 48 (1902) de Galdós: «ese gandumbas indecente». Antonio Casero la emplea en ABC en 1907: «Levántese usté, gandumbas». En el sainete «de costumbres madrileñas» Serafina la Rubiales o ¡Una noche en el juzgao! (1914), de Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo Pérez le dice un tipo a otro (por lo demás completamente calvo): «Mírate en ese espejo, so gandumbas; que de vago que eres te se ondula el pelo». En Arniches ocurre varias veces; por ejemplo: «¡Ponte los calcetines y alza p’arriba, so gandumbas!» (La venganza de la Petra, 1917). Seco añade, en su glosario de Arniches y el habla de Madrid, un texto más de López Silva: «¡Pues no se ha vuelto a dormir / otra vez el gandumbazas!». Otro autor madrileño y muy atento a lo madrileño, Alonso Zamora Vicente, también emplea la palabra: «Si yo hubiese sido menos gandumbas, o, por lo menos, hubiese insistido en la tarea…» (El mundo puede ser nuestro, 1976). En fin, muy proclive a lo castizo era Julio Escobar —natural de Arévalo y radicado en Madrid—, que en sus Itinerarios por las cocinas y bodegas de Castilla (1965) habla de un «gandumbas de siete suelas» cuyo lema era: «El que trabaja es porque no sabe hacer otra cosa».

Pero la palabra puede aparecer por cualquier parte. En El camino invisible (1945), del malagueño Salvador González Anaya, gandumbas es ‘pereza’: «¡Qué de ambagiosas triquiñuelas para disculpar tus gandumbas!». Más cerca de nosotros, en Luis Mateo Díez topamos con gandumba en el mismo sentido: «vagos de gandumba, haraganería y holganza» (El paraíso de los mortales, 1998). Y referido a persona también puede aparecer sin –s: «mientras el gandumba de mi amigo huelga y se relame, huevazos» (Juan Guerrero Zamora, El libro mudo, 1999), donde vemos de nuevo explicitada la vinculación entre la holganza y los cataplines.

Para la acepción ‘testículos’ de gandumbas se consultará con provecho el tomo primero del Diccionario secreto de Cela, dedicado todo él, como es sabido, a los derivados de colěo y sus sinónimos. Ahí encontramos, por ejemplo, una seguidilla recogida por Bonifacio Gil en el Cancionero popular de Extremadura y por Antonio Rodríguez-Moñino en el Diccionario geográfico popular de Extremadura:

Por la sierra de Pela
viene un mosquito:
le llegan las gandumbas
a Don Benito.

"¿Y qué hay de la etimología de gandumbas? Corominas la relaciona con el arabismo gandul"

En consonancia con ello, algunos dialectólogos extremeños recogen la palabra, como Francisco Rodríguez Perera en un trabajo publicado en la Revista de Estudios Extremeños en 1959: «Las partes colgantes de los órganos genitales en los burros, toros, etc.». Lo propio hace para el área salmantina M.ª del Carmen Marcos Casquero en El habla de El Maíllo (1992): «Testículos de los toros». Etcétera.

Pero también aflora ese valor en Venezuela. En un raro poema jocoso titulado La guerra Castro-francesa, escrito hacia 1870 por un autor de ese país, José María Reina, se lee: «Pues mira que te voy / Las péndulas gandumbas un metro a recortar». También aparece con el mismo significado en Doña Bárbara (1929) de Rómulo Gallegos: «He hecho la apuesta de aspear [= ‘derribar patas arriba’] veinte bichos yo solo, y las gandumbas serán la prueba». Y, naturalmente, en la novela venezolana del propio Cela, La catira.

¿Y qué hay de la etimología de gandumbas? Corominas la relaciona con el arabismo gandul. Uno, que es un tanto escéptico en materia etimológica, prefiere en este punto, como decía el sabio Feijoo, «suspender el asenso». Que viene a ser como encogerse de hombros. Una actitud, hay que reconocerlo, algo gandumbas.

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Artículo publicado en dos entregas de Rinconete, el 14 y el 27 de octubre de 2016

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