Benjamín sabía nombrar con exactitud los órganos del encéfalo, tálamo, hipotálamo, etc. Entendía qué le pasaba a una persona en la amígdala cuando se enamoraba, o cuando odiaba, pero no sabía qué hacer con las manos (ni con todo lo demás) cuando él mismo gustaba de alguien. Entonces se quedaba tonto, o se ponía nervioso y hablaba sin parar de cualquier cosa, o se paralizaba como idea inconclusa, experimento fallido. Tenía veinticinco años, una inteligencia sublime para lo abstracto pero incapacidad total para lo que de sentimientos se tratara: mirarla a los ojos, responder a un mensaje afectuoso de manera coherente y no con un video del parlamento sueco; decirle me gustás en lugar de comentar enteras y de manera verborrágica las leyes de Dalton y Henry.
Juntó coraje para invitarla a un café durante varios meses, si no años, tratando de no recordar cómo le había ido en sus últimos intentos. Pero intuía, no sabía por qué, que con ella iba a ser distinto, y eso le daba ánimo. La intuición es un mundo que aún no se ha revelado a los científicos, por ende misterioso, por ende interesante y atractivo, como esta mujer. Se había propuesto invitarla a un café, eso que hace la gente normal, aunque a él lo normal le aburría, además de que no le salía bien.
Hacía una hora que estaba con sus deditos sobre el teléfono sin saber qué poner. ¿Cómo estás? Una idiotez. ¿Qué tal llevás el frío? Peor. ¿Quería invitarte a tomar un café? ¡Qué idiota! ¡No! ¡No! Y así estuvo más de una hora, por supuesto con la conexión a internet desactivada, no fuera cosa que se le mandara sin querer un mensaje de esos y se arruinara todo para siempre antes de empezar (ya le había pasado y no una sola vez). Al final se dio por vencido, ni aún vencido. Dejó el móvil a un lado y fue cuando se hizo la luz, porque una de las grandes energías creadoras es abandonar. Miró de reojo a su compañero del alma y de la ciencia.
Entusiasmadísimo, con la computadora apoyada sobre el pecho, le suplicó que lo ayudara con el primer mensaje, después ya seguía solo. Algo poético, pero no cursi, y que no pareciera hecho por GPT, claro. Algo casual, vos me entendés. Envió el pedido casi recriminándose. ¿Cómo no se le había ocurrido antes esto? El cursor titiló un momento y respondió una genialidad que a Benjamín jamás le habría salido. Copió. Pegó. Envió. Nerviosísimo, dejó el aparato sobre la mesita de luz, e iba a ponerse con el artículo de The Lancet cuando llegó la respuesta ansiada. Rapidísimo. Una frase corta, intrigada. ¡Intrigada! La señora indiferencia estaba intrigada por su mensaje. Al fin le salía una. Mientras saltaba en media pata de felicidad se sintió un poco impostor, pero no estaba en ese momento para bollos, y menos para pensamientos negativos, por lo que no se puso mayor atención. Cómo iba a hacer en persona tampoco quería pensarlo. Por ahora, esto; cuentas claras conservan la amistad, y metas posibles la cordura y la esperanza.
Al día siguiente, en el laboratorio, como si nada. Los dos. Pero algo sobrevolaba el aire. Una tensión superficial, si no sexual, cada vez que ella se aproximaba a la placa de Petri de él y así observar con sus propios ojos lo que el lúcido rubio tenía para explicarle.
Por supuesto, le mandó más mensajes, que GPT redactaba como los dioses. Seis toneladas le mandó. Y también canciones instrumentales. Le inventó a la susodicha que tocaba en sus ratos libres la flauta dulce, y le mandó el bolero de Ravel “interpretado por él”. Ella, muerta. Genio, guapo, poeta, músico y algo torpe en el amor… ¡Un bomboncito! Pero lo que le atraía muchísimo era que no concretaba, no la invitaba de una vez por todas a verse afuera del trabajo como hacían los demás tipos. Benjamín daba vueltas y más vueltas, y eso la hacía morir de ganas, porque el deseo es la presencia de la ausencia. Cada vez más ganas de que la besara, de que compartieran microbios bucofaríngeos, de que le hiciera el amor recitándole la tabla periódica en su cama, o frente al microscopio. ¿Cómo sería su cama?, llegó a fantasear acerca de esto una noche en la que no hubo mensaje de él. No, no lo hubo, despiadado. Entonces se dio cuenta de que se había hecho dependiente, de sus poéticos whatsapp, de sus boleros de flauta dulce.
Pasaron varios meses y Benjamín no concretaba. Temía arruinarlo todo con su torpeza emocional, o peor, tenía miedo de ponerse fóbico, cosa que le pasaba cuando las chicas se acercaban demasiado, las chicas o cualquier humano. Un jueves de marzo estaba cada uno en su lugar de trabajo, ella con su pipeta y él con la de él. Concentrado en lo que hacía, muy concentrado, ni la miraba, y ella que se lo quería comer. Rubio, susurró Bárbara, como si hubiera alguien más que pudiera escucharlos. Mm, respondió él, sus ojos puestos sobre el microscopio, casi sin escucharla. Hoy a la noche cenamos en tu casa. A las nueve estoy ahí, pedimos algo. Benjamín no se movió pero su antena recibió la señal. El cuerpo, paralizado. No podía negarse porque se le iba a escapar la Mona Lisa, la más bella biotecnóloga jamás antes vista, pero… OK, respondió, sin pensar más.
Así es que llegó la noche y con ella el amor. Fue Bárbara la que hizo todo, o casi, pero él pudo no escapar por la tangente, no decir estupideces, no espantarla con su verborragia técnicoespecializada en alguna cosa en el momento menos indicado; bajó la guardia. Recién llegada ella se sentía muy nervioso, no sabía cómo abordarla, sentía que tenía que hacerlo él pero no le salía. Cuándo. Cómo. ¿Y si se enoja? ¿Y si nos contagiamos algo? Caminaba y caminaba por la casa en busca de algún objeto perdido que poco le interesaba encontrar. Los dos parados frente a la puerta abierta de su habitación con vistas a la flagrante cama. Ahí lo agarró la nerd del cuello de la camisita planchada y le encajó el beso más tierno que Benjamín iba a experimentar en su virulenta vida. Se amaron mucho y con un cariño inusitado. No le relató la tabla periódica, más bien hizo silencio, desconcertado y fogoso silencio. Su cuerpo respondía como el de alguien normal. Al fin. ¡Un milagro de la ciencia!, aullaba para sus adentros, pensando en el cómplice GPT.
Pero como suele pasar, lo amores poco duran, y este no fue la excepción.
Continuará…


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