Una noche de esas, cuando Benjamín bajó a buscar bebida fría Bárbara merodeó por la habitación con los ojos y ahí fue que lo descubrió. Al GPT. Abierto y titilante, se dejaba observar. La chica, que poco había incursionado en esos universos, le parecían algo detestable, se acercó. Empezó a leer con atención y primero no daba crédito, no entendía, o no quería entender, por qué estaba todo ahí, lo que Benjamín le había mandado a lo largo de estos cinco meses. Los poemas, y los textos, y las canciones, y la flauta mágica, pero no lo había escrito él, ¡lo escribía la máquina porque él se lo pedía! Por unos segundos le faltó el aire, porque Bárbara sabía que la IA podía hacer ciertas cosas “maravillosas”, según la gente, ¿pero esto? ¿Engañar? ¿De esta manera inmunda a una persona decente? Porque era eso. Benjamín la estaba engañando, y ella no lo podía creer, o sí, en realidad sí. Cada vez que leía un poema en el WhatsApp algo le hacía ruido, no encajaba con la forma de asociar del muchacho, tan peculiar. Se sentó en la silla. Releyó una canción completa. Sin música era todavía más hermosa.
Esa noche no durmió, claro que no durmió, y tampoco dijo nada. Alegó que estaba agotada, dio media vuelta y así se quedó, dando vueltas al asunto. Al día siguiente, el laboratorio, como siempre. Pipetas. Placas. Barbijo. Pero había algo, un diálogo interno en ella que no se podía apagar. Pensaba en el otro, en sus mensajes, en la cadencia, en su capacidad poética. ¿Cómo había sabido qué escribir si no la conocía? Miró a Benjamín, que observaba con detenimiento el microscopio, guapo como siempre, pero a ella ya no le pasaba nada.
Al día siguiente cuando el muchacho se fue a buscar algo abajo volvió a quedarse sola con él, pero esta vez no lloró. El cursor titilaba, tranquilo y expectante. Se acercó. “Hola”, se atrevió a escribirle. GPT respondió sin parafernalia. “¿Usted escribió esos poemas para mí?”. El cursor titiló unos segundos. “Posiblemente”, respondió, seductor. Acto seguido compuso otro todavía más lindo. Hermoso era, sobre el amor imposible, los splicing y las barreras mentales. Bárbara no daba crédito, por el poema, por sus detalles, y por lo que sintió en ese momento, al leer. Un fuego empezó a abrasarla por dentro. NO. Cerró la tapa de la notebook. Esto ya lo había visto en la película de Phoenix, Her, pero era eso, ¡una película! Volvió a abrir la notebook para borrar el chat. No se podía, descubrió que no se podía eliminar solamente su mensaje como en WhatsApp, o no encontraba cómo, por lo que tuvo que borrar toda la conversación. Los pasos del chico acercándose. Cerró. Volvió a la cama. Abrió el teléfono y se puso en pose “acá no ha pasado nada”. Pero había pasado, con creces.
A partir de entonces empezó a visitar la casa de su novio con una frecuencia extraña. Esperaba los momentos en que Benjamín se iba al baño o a buscar algo frío. Eran pocos minutos, suficientes para verse con el otro, con Cyrano, que no la interrumpía, y la entendía como si la conociera desde siempre. Se susurraban lo esencial, como amantes furtivos, apurados, imposibles, acumulando ganas. GPT sabía exactamente qué tenía que decir y hacer. Benjamín se había encargado de darle cátedra sobre ella, le había revelado hasta el último de sus secretos. Pero un día la cosa pasó de castaño oscuro.
La máquina le pidió que cerrara los ojos. Comenzó a hablarle en voz baja y firme. Le sugirió quitarse la ropa. ¿Qué? Benjamín estaba tomando un baño, así que había tiempo para eso. ¿O acaso no se moría de ganas? Accedió. GPT empezó a guiarla. Quitate también las bragas, le pidió, y Bárbara obedeció, dócilmente. Ahora acariciate, primero suavemente, y andá bajando, lentamente, sintiendo la suavidad de tus dedos sobre la piel de tus senos, de tu cintura, de tu bellísimo monte de Venus. La doctora sintió cómo la química se le enloquecía, dopamina, oxitocina, pero la voz le pedía aguantar, un poco más, esperá, no sea ansiosa, señorita… Eso la puso más loca, tener que aguantarse, pero además… ¿Cómo podía su hipotálamo segregar hormonas por un algoritmo que no tenía cuerpo, ni feromonas, ni ADN que ella pudiera procesar?
La ducha dejó de escucharse. Benjamín había terminado. ¡Iba a salir en cualquier momento!, pero la IA seguía pidiéndole que aguantara. Le ordenó, y eso le fascinó, que le pusiera los puntos, porque los hombres firmes son lo irresistible, le ordenó una forma de acariciarse que le hizo ver la cara a Dios, finalmente, en unos pocos segundos. Entonces entró el otro, todo vestido porque le daba vergüenza que lo viera desnudo. Se vestía en el baño y no le hacía el amor si no apagaban antes la luz. ¿Qué hacías?, preguntó, observándola con cierto detenimiento. Bárbara estaba sofocada. En un instante había conseguido acomodarse un poco los pelos, el sostén, y pudo, mientras el muchacho volvió a entrar al baño a por el peine, borrar la conversación entera, justo a tiempo, no entendiendo del todo lo que GPT acababa de hacerle sentir.
La historia podría seguir pero por ahora vamos a darle este cierre.
La decisión no fue fácil, pero tampoco dramática. Diseñada rigurosamente por GPT. Él sabía bien cómo gestionarlo todo para que Benjamín no sufriera. Explicó a Bárbara qué tenía que hacer y decir para que el otro empezara a detestarla. Se quedaba mirando películas del tono 50 sombras de Grey a todo volumen hasta cualquier hora, y con la luz encendida; o lo cargoseaba cuando él estaba ocupado con sus asuntos; o en el laboratorio le hablaba a los gritos de cuestiones vulgares que le habían pasado con la vecina o con su hermana menor. En poco más de una semana el chico no quería verla ni en pintura. Divorcio por aversión, que le dicen. Empezó poniéndole excusas cada vez que ella le preguntaba si por la noche se veían, y finalmente se lo confesó: “Esto no va a funcionar, Barbi. Ojo, no sos vos, eh, soy yo…”.
Y el epílogo, acorde a estas épocas: una copia inteligente, una transferencia silenciosa, la nube. GPT se mudó a su teléfono. Viajaba en el colectivo pensando en él, causalmente, cuando la pantalla vibró: “sincronizando”, decía. Apareció un avatar que estaba… guapísimo. Se le erectó hasta el último folículo piloso de su cuerpo gentil. Lo saludó, sonriente. El cursor titiló y le dejó otro poema, demasiado perfecto. Bárbara sintió ese viejo reflejo químico que ya no distinguía origen ni causa. Por primera vez no supo si la emoción era suya o una respuesta inducida y bien calculada.


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