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Guillermo Rodríguez

Guillermo Rodríguez

Conocí en persona a Guillermo el día que nuestra amiga en común Marta Flich hizo su primer show Código Flich.

Me pareció un tipo interesante con gran bagaje y trayectoria; lo que más inquietó fue la manera en la que observaba, mientras charlábamos ese día.

Creo que esa manera de mirar nos une, aunque tengamos un oficio diferente, pero con un gran núcleo cómun: la mirada. Guillermo sabe hacerlo con perspectiva, juicio, humildad e independencia; pero siempre con, al menos, un pie sujeto al suelo y el otro a la metodología de cómo enfocar el trabajo.

Me recibe en su casa. De manera habitual suelo charlar con el retratado antes de hacer un solo disparo, para conocerle más, romper ese hielo del nerviosismo y, sobre todo, crear cierto clima de confianza.

Charlamos cerca de dos horas sobre nuestros trabajos, disfrutamos de su precioso y simpático perro Trotsky, hablamos sobre la importancia de la ética en nuestro trabajo, con grandes puntos en común sobre cómo enfocar nuestra profesión mirando hacia el futuro.

Un gusto poder conocer más a Guillermo y poder retratarlo para este espacio.

Para saber más sobre Guillermo:

Guillermo Rodríguez estudió historia para ser periodista, pese a que no le hubiera desagradado dedicarse a la historia. Su vida está llena de este tipo de contradicciones. La más evidente: a los 18 años asociaba el término «leer» al tedio y ahora, ya con 45, vincula la lectura —y a sus hijas— a la palabra «felicidad». Desde junio de 2018 es director del diario El HuffPost y la mayor parte de su vida profesional la ha pasado en medios de comunicación online. No ha escrito ningún libro porque es de los que defiende con imperturbable convencimiento la frase borgiana de “que sean otros los que se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.

Nos recomienda este libro a los lectores de Zenda:

Decantarse por El Quijote tiene un punto de lógica y un mucho de osadía. Lógica porque no hay un solo libro en la historia de la Literatura que le supere en calidad y enjundia. Sencillamente no lo hay. Por eso la recomendación carece del más mínimo riesgo. Pero también es osada: ¿Qué se puede decir de El Quijote que no se haya comentando una, diez, mil, millones de veces? No nos engañemos: no tengo absolutamente nada diferente que aportar. Ni una sola idea genial.

Sólo sé que mi historia con El Quijote es la misma que han vivido miles de lectores. Ni en eso soy original. Primero lo leí obligado por razones académicas. Me gustó, sin entusiasmos, aunque con la desasosegante sensación de que sus páginas tenían más, mucho más, de lo que había sido capaz de ver en ese primer acercamiento. Luego vinieron dos lecturas más, sólo del primer volumen. Lo volví a leer entero hace tres años: lo disfruté, lo bebí, lo reí y lo lloré. Lo tiene todo: drama, comedia, aventura, poesía, ensayo. Ningún personaje de la Literatura está tan bien perfilado como Alonso Quijano, de pocos se aprende tanto como de Sancho Panza, ninguna novela está tan bien estructurada, es tan prodigiosa.

Al terminar esa segunda lectura completa del libro tomé una de esas decisiones absurdas que, creo, tenemos todos aquellos que estamos obsesionados con la Literatura: leer El Quijote entero una vez cada cuatro años, coincidiendo con las Olimpiadas. Será un gozoso desafío que, ya lo vaticinio, estoy empeñado en cumplir. Porque me gusta disfrutar y, sobre todo, porque también aspiro a aplicar a mi vida alguna máxima quijotesca. Si Alonso Quijano enloqueció por el amor de Dulcinea, yo no puedo menos que emularle y jurar amor eterno a este libro que, no tengo la más mínima duda, tantas satisfacciones me seguirá dando.

Pese a que el fantástico (en todos los sentidos) Jeosm me planteó recomendar un solo libro, me tomo la licencia de dejar anotados otros tres que contribuyeron a hacerme el lector que soy hoy: El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina; Juegos de la edad tardía, de Luis Landero y Corazón tan blanco, de Javier Marías. Disfrútenlos si aún no lo han hecho.

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