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Hablar de la violencia es como hablar del mar

Hablar de la violencia es como hablar del mar

Esta es la historia de una familia atravesada en lo cotidiano por todos los matices de la violencia. El golpe, el silencio, la manipulación, la complicidad, el grito, la huida… Todo contado desde la ternura y la inocencia.

En este making of Javier Correa Román explica cómo escribió No sé hablar del mar (Demipage).

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Cuando personas que no hemos sufrido mucha violencia pensamos en cómo sería convivir con ella, pensamos la mayor parte del tiempo en la convivencia con los golpes, en lo espectacular de la sangre o en el tamaño de la herida. Pensamos sobre todo en la brutalidad y en el grito. Tendemos a hacer hincapié en nuestros relatos en todos aquellos momentos que parecen capaces de romper el tiempo y hacerlo añicos por su brutalidad.

Y es cierto que la violencia es la agresión pura y dura, pero hay otros fenómenos que la acompañan de intensidades ¿menores? que solemos pasar por alto. Solemos enfatizar esto en nuestros cuentos o nuestras novelas porque es lo que más nos impresiona a los espectadores. Así que, las más de las veces, nos lanzamos a escribir de la violencia haciendo una cartografía de las agresiones, poniendo en el centro preguntas como: ¿hasta dónde llegan los golpes? ¿Qué brutalidades se han cometido y cuáles no? ¿Cuál es la frecuencia entre ellas? ¿A quién se ha pegado y cuántas veces se ha hecho?

"Quería que el lector o la lectora sintiera que le están contando una historia que no se centra únicamente en el golpe, porque el golpe nunca es lo único importante"

Mi sensación (y mi apuesta con mi novela) es que este formato-golpe, formato-sangre no corresponde a lo que escuchamos cuando alguien nos narra la violencia que sufre. En esos relatos en los que somos confidentes, el tiempo siempre está fragmentado, nunca ordenado, y desde luego nunca centrado en el golpe. Sospechamos que algo va mal con la persona que tenemos cerca porque tirita de más, porque siempre tiene frío, porque no sabe escoger bien las palabras o por sus reacciones desmedidas. Lo primero que observamos cuando intuimos que puede haber violencia en alguna persona conocida son pensamientos demasiado tristes, fantasías de huida, cotidianidades rotas. Normalmente, levantamos una ceja y sospechamos que algo pasa porque vemos una grieta en las palabras del otro, y no porque se nos explique el golpe o se nos narre de forma lineal la vida hasta culminar en el golpe. ¿Por qué cuando escribimos una novela, en cambio, ponemos todo el foco en “descubrir” la intensidad del golpe?

En No sé hablar del mar, publicado gracias a la editorial Demipage, quería justamente ser fiel a esta experiencia de escucha de la violencia. Quería que el lector o la lectora sintiera que le están contando una historia que no se centra únicamente en el golpe, porque el golpe nunca es lo único importante. Quería que las personas que la lean empezasen a vislumbrar la violencia por sus efectos, porque las palabras parecen indicar que algo pasa nunca se sabe muy bien el qué. Y es que al principio nadie se atreve a (porque no tiene cómo, porque no puede) nombrar fríamente que esto que se sufre es violencia.

"Tampoco quería víctimas que establecen alianzas naturales y bondadosas entre ellas frente al malo malísimo del padre. Porque cuando vivimos una situación de violencia, muchas veces nos odiamos también a nosotros y a los demás"

La novela, que narra desde el punto de vista de uno de los hijos la historia de una familia que sufre violencia física por parte del padre, se centra por eso en la cotidianidad rota. No me importaba tanto cuántas veces se golpease, o cómo, o cuáles podrían ser los motivos, sino que quería retratar sobre todo el ambiente de aire-lodo que asfixia continuamente a los personajes, la atmósfera que permite que la violencia sea replicable una y otra vez (lo sea luego o no). Y quería hacerlo saliendo de algunos de algunos de los tópicos que hay a veces en este tipo de narraciones. Uno de esos tópicos es el que hemos dicho antes sobre el fetiche del golpe, pero otro es la moral.

En No sé hablar del mar quería desechar completamente una narración en la que la persona violenta fuera retratada como cruel o psicópata. Y peor aún: quería evitar hacer este retrato mientras le rodeo de personajes-víctimas cuyo único motor narrativo es sufrir, cuya vida que podría haber sido perfecta ha sido truncada por la violencia. Quería evitar la pena constante al lector que no puede evitar pensar qué hubiera sido de ellos si no hubiera sido por la violencia. Tampoco quería víctimas que establecen alianzas naturales y bondadosas entre ellas frente al malo malísimo del padre. Porque cuando vivimos una situación de violencia, muchas veces nos odiamos también a nosotros y a los demás.

En No sé hablar del mar no ocurre así. El padre es violento, sí, pero es también un padre que va a buscar a sus hijos al colegio, que les da consejo, que les compra regalos por su cumpleaños. Y estos gestos no los hace de forma violenta. Simplemente los hace. También les pega, pero no se sabe nunca muy bien por qué (¿no es la violencia siempre un resto incomprensible?). Las víctimas de la novela no son tampoco moralmente buenas por el hecho de ser víctimas. Todo lo contrario, la novela plantea constantemente la pregunta sobre cómo estos personajes reproducen la violencia que nace del padre. Por ejemplo, la madre es una madre que utiliza a sus hijos en los juegos psicológicos con su marido y el hijo mediano focaliza todo su malestar en su hermano pequeño.

"Cuando uno sufre violencia no puede pensar que toda su vida es consecuencia de la violencia que sufre. Nuestra vida es más amplia, pero está manchada"

Dos apuntes sobre esta novela (que espero de corazón que os guste). El primero es que el narrador es uno de los niños y la forma de narración es torrencial, sin puntos ni comas, casi un vómito, un recuerdo sin elaborar. Escogí esta forma porque me daba muchas ventajas narrativas, pero la más importante es que acerca al lector a la sensación de estar leyendo «material en bruto» de la memoria, del recuerdo de la violencia. Este torrencialismo me permitía también emular la niñez en el tono y en la forma, sin hacer el relato simple, es decir, acercarme a la forma-niño sin renunciar a la complejidad de la forma. Me permitía, además, añadir un tono poético a la narración que para mí era fundamental porque de esta forma la crudeza de la novela se viste constantemente con cierta ternura poética. Creo que hacerlo así, en vez de con un discurso pausado y ordenado o con una mirada más adulta, hacerlo así me permitía acercarme mucho más a la experiencia confesional de aquello que no se le puede poner palabras.

El otro apunte tiene que ver con lo que decíamos al principio, con la presencia del golpe y la violencia física en la narración. En la novela los cuerpos están rotos, pero viven, hacen su vida, aunque la hacen a medias o con torpeza. Los niños no saben qué dibujar, se les olvidan las cartulinas, apenas duermen ni sueñan y lloran de repente. Me parecía que el reto era explicar precisamente esto sin hacerlo desde una mirada externa que subsuma todos estos síntomas en la violencia del padre. Y es que cuando uno sufre violencia no puede pensar que toda su vida es consecuencia de la violencia que sufre. Nuestra vida es más amplia, pero está manchada. Vivimos rodeados de otros estímulos, habitamos muchos otros espacios no-violentos. Retratar una familia rota tiene como desafío, creo, saber explicar todas esas heridas de cuerpos vulnerados sin recurrir rápidamente a la causa magna. Lo cual es, si lo pensamos, como intentar encontrar el centro del mar. Porque hablar de la violencia, y quizá sea esta la conclusión más importante del libro, es como hablar del mar: algo inabarcable, sin centro, que nos ahoga, y que la mayor parte del tiempo está manso ante nosotros.

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Autor: Javier Correa. Título: No sé hablar del mar. Editorial: Demipage. Venta: Todos tus libros.

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