Oído el otro día en la calle: «¿A ti te hubiera gustado vivir en la época de la movida madrileña?». «Buf, supongo que sí», respondía el interpelado a su también joven interlocutora. Al margen de idealizaciones, utopías movidosas y fantasías varias, me asaltó un pensamiento. Y es que a mí no me hubiera gustado vivir en ninguna época pasada. No digamos ya de haber sido mujer. Una de las razones es que, pese a la interminable lista de problemas del mundo actual, jamás había sido posible acceder a tal catálogo de voces fascinantes desde el sillón de nuestra casa. Voces que ponen de manifiesto otras perspectivas, que desafían el statu quo desde todos los ángulos, que dislocan prejuicios y reconfiguran nuestra forma de habitar este planeta. ¡Voces nuevas!
Nos sumergimos en la mente de un profesor universitario de mediana edad, el hombre, otrora celebrado por sus afilados ensayos y hoy denostado por sus pares —en particular, las profesoras— como una rémora del pasado más normativo. Cuando su esposa, la mujer —también docente, unos quince años más joven—, le dé la espalda, nuestro zaherido protagonista tratará de alejarse del mundanal ruido retirándose al campo. Lo que busca no está claro. ¿Encontrarse a sí mismo? ¿Cambiar para contentarla? ¿O solo lamerse las heridas? Será una excéntrica agente inmobiliaria quien le enseñe la que podría ser la casa de sus sueños. La conversación fluirá por extraños cauces y, mientras se nos cuenta acerca de la antigua propietaria —la misteriosa y desaparecida septuagenaria Helena—, nos dirigiremos hacia un final rupturista que podría cambiar para siempre la vida de nuestro bucólico profesor.
Decíamos que en esta novela hay mucho que celebrar, y no es una exageración. La estructura liviana y de corte teatral, por ejemplo. Comienza haciendo un apunte de los cuatro personajes; un brevísimo perfil que parte de su edad, su aspecto, alguna característica definitoria. Y es, justamente, interrelacionando a estas almas perdidas como Goodman ha decidido plantear el libro: seis capítulos titulados, sin más, «Hombre», «La agente inmobiliaria», «Helena», etc…
Si a lo anterior le unimos un estilo directo, actual, nada obscuro ni abstruso, que bebe de la literalidad, que recurre al pensamiento más profundo de los personajes y sabe cuándo introducir preciosas metáforas o elementos descarnados, el acierto es notable. No hace falta inventar la pólvora para lograr que la dosis justa de experimentación contribuya a un flujo comunicativo eficaz, y Goodman lo sabe. Estamos ante una obra muy accesible, que no expulsará a nadie por el lenguaje o la complejidad de su discurso; al contrario: será muy fácil verse atrapado en la corriente de excusas, deseos y miedos de quienes hablan. Otro tanto aquí para la traducción de Ce Santiago, que suma y sigue.
La naturaleza de los temas que se tratan quizás sea más divisiva —y esto es, de nuevo, motivo de alegría. Hay un cuestionamiento directo de los viejos métodos de la academia, predominantemente masculinos, blancos, heterosexuales y conservadores, aun cuando quieren aparentar —o incluso se creen— lo contrario. No está velada la crítica a quienes piensan lo rural como un locus amoenus, un estado primigenio y virginal al que volver para asear nuestra corrupta deriva civilizatoria. Y se señalan sin tapujos muchas de las dinámicas habituales en contextos de pareja: el capital intelectual como mecanismo de influencia, las diferencias de edad, el apego, el egoísmo, el sacrificio de los propios deseos en pro de la carrera ajena, la necesidad de que uno/a mantenga los pies en la tierra mientras el otro flota… y, con todo y con eso, disfrutaremos con el proceso de desbastado moral al que la autora nos obliga, porque ninguno de sus planteamientos es maniqueo, simplón o falto de base.
Por último, su brevedad —apenas alcanza las ciento cincuenta páginas— es de agradecer. Habrá quien se quede con ganas de más, quien le achaque superficialidad; pero quien aquí escribe, disiente: en la limpieza de la prosa, en la elección de los símiles y en los muchos silencios hay espacio de sobra para que un buen par de ojos lectores encuentre cuanto quiera.
Así que celebremos, sí. Celebremos que editoriales valientes como Mutatis Mutandis sigan trayendo a nuestra lengua textos rupturistas, con potencial para convertirse en títulos de culto. Textos que nos descoloquen, y nos remuevan, que escondan simbolismos complejos a plena luz de frases sencillas. Celebremos las voces que gritan alto y claro, como la de Makenna Goodman.
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Autora: Makenna Goodman. Título: Helena de Nada. Traducción: Ce Santiago. Editorial: Mutatis Mutandis. Venta: Todos tus libros.


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