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Palabras más, palabras menos

Palabras más, palabras menos

Vivir para contarlo

Nunca he temido por el futuro de la literatura ni participo de esas teorías apocalípticas que, cada cierto tiempo, pronostican la muerte de la novela, el ocaso de las disciplinas artísticas y la desaparición de todo cuanto conforma eso que, de manera genérica, denominamos humanidades. La razón de mi optimismo al respecto radica, precisamente, en un fundamento etimológico: si «humanidad» viene de «humano», y lo humano es todo aquello que resulta propio de las personas, cabe inferir que mientras haya vida en el planeta seguirán existiendo historias para transmitir, dado que en ellas radica el sentido de nuestra propia existencia. No somos sólo carne y hueso, somos también memoria, y es la narración de esa memoria lo que deja constancia de nuestro paso por el mundo. Durante la Segunda Guerra Mundial, ante el temor a que las potencias del Eje tuviesen espías diseminados por el territorio británico, el Gobierno inglés emprendió una agresiva campaña con la que conminaba a sus ciudadanos al silencio, a fin de que ningún traidor pudiera captar al vuelo frases que dieran información al enemigo. Era una estrategia razonable, pero también tenía su punto de crueldad: al prohibir a la gente que hablara, se le prohibía también que diera cuenta de sus vidas, lo que implicaba, en la práctica, anularlas. Vivimos para contarlo y es en la palabra, no en el silencio, donde somos. El modo de narrarnos, y también la forma de la que nos narran otros, es la que al cabo nos define y nos construye, lo que nos identifica ante nosotros mismos y ante los demás. El nacimiento de la literatura se produjo, justamente, para evitar que se perdieran en el polvo de los siglos las historias que se recitaban a viva voz en las calles y las plazas. Para que no se desvanecieran fácilmente en el olvido las peripecias de Ulises en su regreso a Ítaca, la desgracia de Aquiles en los combates de Troya, el feroz descubrimiento de Edipo y sus consecuencias devastadoras. Leyendas o invenciones que, a su manera, daban cuenta de verdades a las que se revestía con una categoría simbólica para convertir el hecho concreto en enseñanza universal. Desde entonces hasta hoy, el juego no ha parado, y no hay razones para pensar que pueda hacerlo algún día. Ni siquiera en el caso de que ocurra, dentro de unos años, la hecatombe general que empiezan a vaticinar los herederos posmodernos de los oráculos del mundo antiguo. Puede ser que todo se venga abajo y la humanidad quede reducida a la mínima expresión. Puede que se dé una gran catástrofe y desaparezcan los libros, y las obras de arte, y las canciones, y todo lo que ha venido perpetuando el recuerdo de lo que hemos sido. Puede que en todo el planeta queden vivas únicamente quince, veinte, cincuenta o cien personas, pero podemos estar seguros de que, si tal cosa sucediera, cada una de esas personas se echará a andar en busca de sus semejantes; y, cuando algunos de ellos al fin se encuentren, lo primero que harán será contarse quiénes son, de dónde vienen, qué camino han recorrido hasta llegar a la encrucijada donde han coincidido sus pasos. Y en ese momento, sin que ni ellas mismas se percaten, estará renaciendo la literatura.

La pederastia de Nabokov

"Cuando alguien acusa a Nabokov de hacer en su novela una apología de la pederastia, lo único que se demuestra es que el acusador no se ha molestado en leer Lolita"

Hace unos años, una escritora célebre desaconsejó en público la lectura de Lolita porque alegaba que sus páginas encerraban una invitación a la pederastia. Es el mismo debate que vuelve a surgir ahora, aunque más sigiloso que entonces, a raíz de ciertas respuestas a una afirmación controvertida del crítico Rafael Narbona. Es una polémica agradecida, en tanto que permite que cada cual manifieste su posición al respecto y tenga así la oportunidad de delimitar los bandos correspondientes y adjudicarle a cada cual el suyo en función de su postura, pero también estulta porque lo único que denota verdaderamente es la ignorancia de quien la promueve. Lo he dicho varias veces: cuando alguien acusa a Nabokov de hacer en su novela una apología de la pederastia, lo único que se demuestra es que el acusador no se ha molestado en leer Lolita. Ni siquiera hace falta recurrir, aunque también resulte pertinente, a la vieja obviedad de que el narrador de una historia no tiene por qué identificarse con su autor, como tampoco es necesario explicar que, si uno se pone a escribir en primera persona la historia de un violador, la verosimilitud obliga a que adopte la mirada de éste y, por lo tanto, razone y se explique como él lo haría. Nada de eso importa, sin embargo, porque lo que no suelen saber quienes claman contra Lolita es que la novela se abre con un prefacio en el que un profesor de Filosofía alerta de que todo lo que el lector se encontrará a continuación no es otra cosa que la confesión complacida de un psicópata. En uno de sus párrafos, refiriéndose directamente a Humbert Humbert, dice: «Sin duda es un hombre horrible, abyecto, un ejemplo flagrante de lepra moral, una mezcla de ferocidad y jocosidad que acaso revele una suprema desdicha, pero que no puede resultar atractiva.»  Tampoco la última frase deja lugar a dudas: «Lolita hará que todos nosotros —padres, trabajadores sociales, educadores— nos consagremos con interés y perspectiva mucho mayores a la tarea de lograr una generación mejor en un mundo más seguro.» A continuación llega el horror, imputable por completo al protagonista de la novela, pero no a quien lo engendró. Éste, en una entrevista que le hicieron cuando ya su libro —o, más bien, la visión que el imaginario popular había construido de la niña a partir de la adaptación cinematográfica de Kubrick— había desatado más de una polémica, dio ya muestras de su desencanto o de su hastío: «Representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro.»

Semántica y semiótica

"La semiótica nos alerta de que tras esa aparente imparcialidad se esconden connotaciones más siniestras, por no usar términos más gruesos"

La semántica es la disciplina que estudia el significado de las unidades lingüísticas y sus combinaciones. La semiótica, o semiología, es la ciencia que estudia los diferentes sistemas de signos que permiten la comunicación entre individuos, así como de sus modos de producción, de funcionamiento y de recepción. Expuesto de esta manera puede ser difícil de entender, por lo que acaso convenga simplificarlo: la semántica viene a exponer los significados de las palabras; la semiótica enseña que una misma palabra, aun teniendo un significado único e inequívoco, puede expresar cosas distintas en función del contexto en que se emita. Hay un ejemplo meridiano que veo en el periódico. En Oviedo, la calle Maestras de la República pasará a llamarse Maestros Nacionales. Desde el punto de vista semántico, la modificación puede justificarse sin problemas: en vez de homenajear a una parte concreta del personal docente de una época determinada, se distingue a todos los enseñantes de un país a lo largo de su historia, siempre y cuando demos por hecho que el término «maestros» se emplea aquí con género neutro. La semiótica, en cambio, nos alerta de que tras esa aparente imparcialidad se esconden connotaciones más siniestras, por no usar términos más gruesos, si se tiene en cuenta el lugar del que venimos, y también bastante preocupantes, si uno se detiene a preguntarse hacia qué lugar parece que vamos.

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