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Papel, de Mark Kurlansky

La historia definitiva de un material que ha dado forma a nuestro mundo. El papel es una de las tecnologías más esenciales. Durante miles de años, la habilidad de producir este material de una forma cada vez más eficiente ha contribuido al desarrollo de la alfabetización, los medios de comunicación, las religiones, la educación, el comercio y el arte. El papel ha sido el cimiento sobre el que se han erigido civilizaciones, ha avivado revoluciones y ha restaurado la estabilidad en territorios sumidos en el caos. En una sociedad cada vez más digital y enfrascada en un debate sobre la cultura «sin papel», el ser humano se encuentra ahora en una encrucijada histórica. En su libro Papel, Mark Kurlansky sigue los pasos de esta tecnología a través de la historia y nos lleva desde sus orígenes en lugares lejanos hasta la actualidad, pasando por la Grecia clásica y la Edad Media europea, para mostrarnos hasta qué punto este material es clave para las sociedades y por qué perdurará en nuestras vidas. Esta obra es una defensa apasionada del papel y una lectura fascinante sobre uno de los inventos fundamentales de la humanidad.

Zenda ofrece el prólogo a esta obra.

Prólogo

La falacia tecnológica

El honorable y devoto Pierre le Vénérable, Pedro el Venerable, un monje del siglo XII de la abadía francesa de Cluny, observó durante una visita a España que allí los árabes y los judíos, en lugar de usar pieles de animales, escribían, incluso los textos religiosos, en hojas hechas de ropa vieja, lo que los vendedores de papel de la actualidad llaman «100 % papel de trapo». El abad identificó este hecho como un claro indicio de una sociedad depravada.

A lo largo de la historia, la función de la tecnología y las reacciones ante su aparición han sido de una consistencia notable, y aquellos que se preocupan por las nuevas tecnologías y su impacto en la sociedad harían bien en reflexionar sobre la historia del papel.

Tendemos a pensar que la «tecnología» solo hace referencia al desarrollo de dispositivos físicos: mecánicos en el siglo XIX y electrónicos en la actualidad. Sin embargo, esta palabra puede aplicarse, como indica el diccionario estadounidense Merriam-Webster, a cualquier «aplicación práctica del conocimiento».

Las innovaciones tecnológicas siempre han surgido de la necesidad. Hubo muchos inventos anteriores al papel. Primero fue la lengua hablada y el dibujo; luego los pictogramas; luego, los alfabetos; luego, el fonetismo; luego, la escritura, y, después, el papel. Al papel lo siguieron la impresión, los tipos móviles, las máquinas de escribir, las impresoras mecánicas y los procesadores electrónicos de texto y las impresoras electrónicas que los acompañan. Cuando surge una necesidad, aparece una solución. Además, cada idea nueva genera una necesidad nueva. En este caso, los inventos originales —la lengua hablada y, más tarde, la escrita— no son objetos físicos creados por el hombre y, por tanto, no son «tecnología» en el sentido más tradicional de la palabra. Sin embargo, su funcionamiento y su influencia en la sociedad y en la historia son similares a los de la tecnología; son creadores de tecnología. El diálogo fue la rueda que llevó a la carretilla que fue el papel.

El estudio de la historia del papel pone sobre la mesa una serie de errores históricos, el más importante de los cuales es la falacia tecnológica: la idea de que la tecnología cambia a la sociedad. Sin embargo, la realidad es que ocurre contrario: la sociedad desarrolla la tecnología para hacer frente a los cambios que se producen en ella. Por poner un ejemplo sencillo, en China, en el año 250 a. C., Meng Tian inventó un pincel hecho con pelo de camello. Su invento no inspiró al pueblo chino a empezar a escribir y pintar ni a desarrollar la caligrafía. Fue más bien al revés: la sociedad china ya había establecido un sistema de escritura y tenía la ambición de crear más documentos escritos y de desarrollar su caligrafía. Su herramienta anterior —un palo mojado en tinta— no podía satisfacer esta creciente demanda. Meng Tian diseñó un artilugio que hacía que tanto la escritura como la caligrafía fueran más rápidas y de mayor calidad.

Los cronistas del rol del papel en la historia suelen hacer declaraciones extravagantes: la arquitectura no habría sido posible sin el papel; el movimiento renacentista no habría existido; sin el papel, la Revolución Industrial no hubiera sido posible…

Ninguna de estas afirmaciones es cierta. Estos acontecimientos tuvieron lugar porque la sociedad había llegado a un punto en que se hicieron necesarios. Esto se aplica a toda la tecnología, aunque, en el caso del papel, está especialmente claro.

Según los expertos, los únicos que inventaron el papel fueron los chinos, aunque es posible que los mesoamericanos también lo hicieran; sin embargo, debido a la destrucción de su cultura a manos de los españoles, no podemos saberlo con certeza. No obstante, el papel empezó a utilizarse en momentos muy diferentes y en culturas muy distintas a medida que las sociedades evolucionaban hasta desarrollar tal necesidad y las circunstancias exigían un material de escritura barato y sencillo.

Cinco siglos después de que el papel se hubiera normalizado con fines burocráticos en China, los monjes budistas de Corea también tuvieron esta necesidad. Adoptaron el oficio chino de la fabricación de papel y lo llevaron a Japón para difundir su religión. Unos siglos después, los árabes, que se habían aficionado a las matemáticas, a la astronomía, a la contabilidad y a la arquitectura, también lo requirieron, y comenzaron a fabricar y a usar papel en Oriente Medio, en el norte de África y en la península ibérica.

Los europeos no empezaron a emplear este material hasta más de mil años después de que los chinos lo inventaran. Sin embargo, no fue porque lo acabaran de descubrir. Los árabes trataron de comercializarlo en Europa durante años, pero los europeos no lo emplearon hasta que aplicaron el sistema matemático y científico de los árabes y hasta que comenzaron a transformarse en una cultura alfabetizada. En ese momento, el pergamino hecho a partir de piel animal —el medio de escritura empleado hasta el momento— se convirtió en un material de fabricación lenta y costosa frente a las crecientes necesidades.

El incremento de la inquietud intelectual y la burocracia gubernamental, junto con la expansión de ideas y del comercio, fueron factores determinantes para el desarrollo de la fabricación de papel. Sin embargo, su crecimiento internacional fue un proceso notablemente lento. El uso de imprentas, máquinas de vapor, automóviles y ordenadores se ha expandido a nivel internacional bastante más rápido que el papel.

El papel parece un invento poco probable: el hecho de descomponer madera o tejido hasta llegar a las fibras de celulosa, diluirlas en agua y filtrar el líquido resultante por una rejilla de manera que las fibras se entrelacen de forma aleatoria para formar una hoja no es una idea que aparezca de forma espontánea, en especial en una época en la que nadie sabía qué era la celulosa. No es un paso previsible como la impresión, a la que varias sociedades han llegado de forma independiente. ¿Y si nadie hubiera pensado en el papel? Simplemente, se habrían encontrado otros materiales. Había que dar con un material de escritura mejor, ya que era lo que la sociedad necesitaba.

La historia de la tecnología nos ha dado lecciones importantes, así como otras falacias comunes. Una de ellas es que las nuevas tecnologías acaban con las antiguas. Esto no suele ocurrir. El papiro sobrevivió durante siglos en la cultura mediterránea tras la aparición del papel. El pergamino sigue utilizándose a día de hoy. La invención de los calentadores de gas y eléctricos no ha supuesto el fin de las chimeneas. La imprenta no mató a la caligrafía, la televisión no acabó con la radio, el cine no sustituyó al teatro y los vídeos domésticos no acabaron con las salas de cine, aunque todos estos hechos se predijeron. Las calculadoras electrónicas ni siquiera han podido con el ábaco, y más de un siglo después de que Thomas Edison, en 1879, obtuviera la patente de una bombilla de éxito comercial, todavía hay cuatrocientos fabricantes de velas solo en Estados Unidos, con unos siete mil trabajadores y con unas ventas anuales de más de dos mil millones de dólares. De hecho, en la primera década del siglo XXI se registró un crecimiento en las ventas de velas, aunque, por supuesto, su uso ha cambiado mucho. Algo similar ocurrió con la fabricación y el empleo del pergamino. La nueva tecnología, en lugar de eliminar la anterior, aumenta las opciones. Los ordenadores cambiarán sin duda la función del papel, pero es muy poco probable que este desaparezca.

La historia de la tecnología también demuestra que los luditas siempre pierden. Los luditas originales eran trabajadores artesanales de la Gran Bretaña del siglo XVIII y principios del XIX que protestaron por la pérdida de sus puestos de trabajo en favor de máquinas manejadas por trabajadores poco cualificados y con salarios bajos. En un principio, el movimiento actuó en una gran variedad de sectores, incluido el de la imprenta, pero, durante la primera década del siglo XIX, se centró, sobre todo, en la industria textil. Se desconoce por qué sus defensores se llamaban luditas, pero es posible que el nombre provenga de un mítico rebelde antimáquinas del siglo XVIII llamado Lud, del que se decía que, al igual que Robin Hood, vivía en el bosque de Sherwood. Los luditas se oponían a los telares mecánicos y atacaban las fábricas, destrozaban la maquinaria y luchaban contra el Ejército británico. Incluso asesinaron al dueño de un molino, lo que dio lugar a la Ley contra la Destrucción de Máquinas de Punto de 1812, que convertía el hecho de destrozar máquinas en delito capital. Esto llevó a una serie de juicios colectivos que acabaron con el movimiento.

Hoy en día, el término ludita se usa para referirse a los opositores de las nuevas tecnologías. Y aquellos que critican el uso de los ordenadores son verdaderos herederos de los luditas, ya que la máquina a la que estos se oponían originalmente, el telar mecánico, podía programarse para tejer diferentes patrones mediante el uso de tarjetas perforadas, un antepasado mecánico del ordenador.

En su influyente obra Das Kapital, Karl Marx dijo que los luditas cometieron el error de oponerse a las máquinas en lugar de a la sociedad. Hizo esta observación: «El error de los luditas fue que no consiguieron distinguir entre la maquinaria y su empleo por parte del capital, por lo que dirigieron sus ataques hacia los instrumentos materiales de producción en lugar de al modo en que se usaban».

En otras palabras, es inútil denunciar la tecnología en sí. En lugar de eso, hay que intentar cambiar el funcionamiento de la sociedad para la que se creó dicha tecnología. Cada nueva invención tiene sus detractores, aquellos que ven las innovaciones como la destrucción de todo lo bueno que tenía lo viejo. Lo mismo sucedió cuando la palabra escrita empezó a reemplazar la cultura oral, cuando el papel comenzó a sustituir al pergamino y cuando la imprenta empezó a dejar sin trabajo a los escribanos, y todavía ocurre hoy en día con los dispositivos electrónicos que amenazan la existencia del papel. En todos estos casos, los argumentos en contra de las nuevas tecnologías eran similares: que el funcionamiento del cerebro estaba en peligro, que perderíamos el poder de la memoria, que el contacto humano se reduciría y que se perdería el calor de la intervención humana.

Estas primeras protestas se ignoraron de la misma manera que se desoyen las advertencias actuales sobre los ordenadores. Es cierto que cuanta más ayuda recibe nuestra memoria, menos dependemos de nuestro cerebro. Sin embargo, esto no significa que nuestras mentes estén siendo destruidas. La gente analfabeta tiene mejor memoria que la gente alfabetizada, pero muy pocos considerarían este hecho un argumento a favor del analfabetismo. La introducción de la palabra escrita demostró que tales ayudas, si bien nos hacen más dependientes, también nos dan mayor poder.

De nada sirve advertir sobre las consecuencias de las nuevas tecnologías en una sociedad, pues dicha sociedad ya ha cambiado. A esto se refería Marx cuando hablaba sobre los luditas. La tecnología es una mera intermediaria. La sociedad cambia, y este cambio crea nuevas necesidades. Esta es la razón por la que surge la tecnología. La única forma de detenerla sería revertir el cambio de la sociedad. La imprenta no provocó la Reforma protestante; al contrario, las ideas y la voluntad de difundirlas fue lo que llevó a la invención de la imprenta. Los burócratas chinos y los monjes budistas no surgieron como consecuencia de la creación del papel. El papel fue creado para ellos.

Argumentar que una invención ha cambiado de alguna manera la sociedad implicaría una tecnología que alterara radicalmente el rumbo de la sociedad. Pero esto, simplemente, nunca ocurre. Una tecnología que pretenda reorientar la sociedad está abocada al fracaso. De hecho, la mayoría de las empresas tecnológicas no introducen nuevas tecnologías, sino nuevas formas de utilizar ideas que ya existen. Estas empresas invierten mucho tiempo y dinero en la investigación del mercado, es decir, en establecer hacia dónde quiere ir la sociedad. Solo cuando se ha determinado esta dirección se crea un nuevo producto para satisfacer una necesidad concreta.

No toda la tecnología es el futuro. Hay tecnologías que triunfan en una sociedad cambiante y otras que fracasan. E incluso cuando una idea es correcta, cabe la posibilidad de que la máquina que la implanta en la sociedad no lo sea. Cai Lun no inventó el papel, Gutenberg no inventó la imprenta, Robert Fulton no inventó el barco de vapor y Thomas Edison no inventó la bombilla. Sin embargo, estas personas tomaron ideas ya existentes o máquinas que no se adaptaban a las necesidades de la sociedad y las rediseñaron para convertirlas en tecnología que sí lo hiciera. El hecho de que rara vez se recuerde a las personas a las que se les ocurrieron estas ideas y, sin embargo, se canonice a los pragmáticos que las hicieron comercialmente viables dice bastante de nuestro mundo. Ya hemos olvidado a las personas que crearon la mayoría de los conceptos informáticos más importantes y, en cambio, veneramos a aquellas que se enriquecieron con ellos.

Otra lección esencial es que la tecnología suele ser menos costosa con el tiempo, así como más accesible y de menor calidad. Ahora, el papel es mucho menos caro que antes, pero el papel del siglo xviii era de una calidad muy superior a la del siglo xix, que a su vez era mejor que la mayoría del papel que se fabrica en la actualidad.

Durante más de mil años, la fabricación de papel fue el símbolo de la civilización: una civilización avanzada era aquella que hacía papel. Cuando el conquistador español Hernán Cortés llegó al Nuevo Mundo en el año 1504, este quedó muy impresionado por los aztecas. Habían construido la ciudad más grande del mundo y sus conocimientos de matemáticas y astronomía eran muy avanzados; sin embargo, lo que más le sorprendió fue su habilidad para la fabricación de papel. Para los españoles, una sociedad que hacía papel era una sociedad avanzada.

La prueba del papel como símbolo de civilización da paso a una perspectiva sorprendentemente diferente, aunque no inexacta, de la historia. Según esta teoría, la civilización comienza en Asia en el año 250 a. C. y, más tarde, se extiende hasta el mundo árabe. Durante siglos, los árabes fueron la cultura dominante del planeta, mientras que los europeos se encontraban entre los pueblos más atrasados. No leían, no tenían conocimientos científicos y no sabían hacer cálculos matemáticos sencillos; no necesitaron el papel ni siquiera para llevar las cuentas de sus comercios. Los «bárbaros» que destruyeron Roma en el siglo v seguían siendo bárbaros en el siglo XI.

La mayoría de los historiadores actuales hacen hincapié en que los «Años Oscuros» no fueron tan oscuros como se dice, aunque es innegable que los europeos estaban muy por detrás de los asiáticos y los árabes en muchos sentidos. Los cristianos no habían alcanzado el nivel de los musulmanes y los judíos. Esto se hizo evidente cuando los cristianos tomaron el relevo de los musulmanes en España y acabaron con la civilización musulmana de al Ándalus, y cuando destruyeron de forma sistemática una de las civilizaciones más avanzadas del mundo en México al acabar con su lengua, religión y cultura, y quemar sus libros.

Cuando Europa comenzó al fin a desarrollarse, no lo hizo en el orden geográfico que muchos podrían suponer. Italia se desarrolló de sur a norte, empezando por Sicilia. Irlanda lo hizo bastante antes que Inglaterra. Gran parte de Europa progresó también gracias a las ideas árabes, especialmente en las áreas de las matemáticas, la ciencia y la contabilidad. Más adelante, el salto que Europa experimentó hasta situarse por delante de sus competidores árabes y asiáticos estuvo facilitado por los tipos móviles, una invención china. Los europeos aprovecharon este invento porque, a diferencia de los asiáticos y los árabes, tenían un alfabeto que podía adaptarse a esta nueva tecnología. Esto también permitió a los europeos pudieron la historia como ellos querían que se leyera.

 

La importancia de la palabra escrita se hace palpable en el número de religiones que tienen textos sagrados y en la frecuencia con que estas afirman que fue Dios quien los escribió. Los egipcios creían que Thot, una divinidad con cabeza de ibis y escribano de los dioses, otorgó a la humanidad el don de la escritura. Para los asirios, fue Nabu, el dios de la escritura. Los mayas creían que Itsama, el hijo del creador, había inventado la escritura y los libros. Los textos sagrados se distribuyeron en una gran variedad de materiales de escritura previos a la invención del papel y de algunos, como la Torá judía, todavía se conservan manuscritos en piel animal.

Sin embargo, merece la pena recordar que, pese a la importancia de la religión, la cultura, la ciencia y las matemáticas, una de las mayores motivaciones de los inventos tecnológicos, antes y ahora, es el dinero. La lengua escrita, el papel y los ordenadores se desarrollaron para facilitar la expansión de los negocios.

En su famoso libro La pregunta por la técnica, Martin Heidegger afirma que la tecnología es «un medio para un fin» y, luego, determina que, más que un medio para un fin, «la tecnología es una forma de revelación».

Según Heidegger, para comprender esto, debemos preguntarnos qué ha llevado al desarrollo de la tecnología. Toda tecnología comienza con una idea original y brillante que los futuros inventos simplemente ayudan a revelar. En este sentido, el automóvil es una exploración de una gran idea original: la rueda. Y el papel, asimismo, es una evolución de un gran invento primario: la lengua escrita.

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Autor: Mark Kurlansky. Título: Papel. Editorial: Ático de los libros. Venta: Todostuslibros y Amazon

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