Florencia es una de esas ciudades saturadas de hayques: hayque sacarse fotos delante de las estatuas, hayque visitar la catedral, los museos y los palacios, hayque comer bocadillos de pan toscano con carne de cerdo condimentada, hayque pasear por la ribera del Arno, hayque quejarse de la masificación turística —que son todos menos yo— y hayque despotricar contra las colas interminables. Vemos colas alrededor de la catedral, gente que espera una hora para subir a la cúpula de Brunelleschi o al campanario de Giotto, y nos explican que tendremos suerte porque es junio y solo toca esperar una hora, que en julio pueden ser dos o tres. Pues a mí me parece bien. A los quince minutos de hacer cola ya te has cansado de sacarte fotos y no te queda otro remedio que mirar. Igual hasta consigues ver. Cuando por fin entras, estás obligado a quedarte más rato, a mirar mejor, aunque sea por una razón estúpida de inversión y rendimiento: si has esperado tanto, se supone que la visita es muy valiosa y debes aprovecharla, al menos para no parecer demasiado tonto. Así que mira, mira despacio, acabarás viendo algo. Es curioso: en lo alto del campanario, en lo alto de la cúpula, en el interior del baptisterio, en las galerías de los Uffizi, en los sitios donde hay que esperar horas para entrar, los visitantes no se conforman con sacar unas fotos y marcharse. Serán de los pocos sitios en los que la mayoría de los turistas se quedan un buen rato deambulando, mirando, señalando, comentando.
La oficina de turismo de Florencia vende un pase que cuesta 72 euros y permite visitar todos los museos y monumentos de la ciudad durante 72 horas, en una carrera de locos. También otorga preferencia para saltarse las colas, pero andan todos con el pase colgando del cuello, entrando con prisas a la catedral, recorriéndola al trote, sacando fotos y tachándola de la lista para saltar al siguiente museo. Por eso estoy a favor de las esperas y creo que si algún día no hubiera turistas suficientes para formar colas de doscientos o trescientos metros, el ayuntamiento debería añadir figurantes.


Pura idiozia vedere i musei di Firenze in 72 ore. Il comune di Firenze compie una truffa ai danni del turista. Firenze ( come molte città storiche) non può essere neppure vista in 720 ore. Merita 720 giorni in una vita, magari nei mesi di novembre e dicembre , prima di Natale, gennaio , dopo le feste, febbraio e marzo. Il Comune dovrebbe abbassare i prezzi dei biglietti e proporre itinerari alternativi di cose belle ed a Firenze ce ne sono molte.
Meglio vedere il Museo di S. Marco in una piovosa mattina di novembre che correre per i corridoi degli Uffizi, le cappelle medicee , S. Croce in 3 ore.
Tutti gli spagnoli abbiamo bisogno un altra vita per a nascere, vedere e vivere en Italia.