Inicio > Poesía > Hermann Göering en América, un poema de John Dos Passos Coggin

Hermann Göering en América, un poema de John Dos Passos Coggin

Hermann Göering en América, un poema de John Dos Passos Coggin

A continuación reproducimos el poema inédito de John Dos Passos Coggin titulado “Hermann Göering en América” (Noviembre de 2025).

*****

Hermann Göering en América

 

Mejillas encendidas, ojos turbios de vino, el chaleco de cuero

vencido por sus rituales excesos. Enseguida supe que era su fantasma,

sentado como cualquier otro viajero en el metro de Washington.

 

En su cuello la esvástica azul zafiro, montada

en un sol dorado sobre un ciervo de doce puntas, las iniciales

del maestro cazador en letras góticas proclaman «nazi» a gritos.

 

¿Estaba soñando? Él sonreía mientras todo el vagón admiraba sus galas:

los hombres se fijaban en sus gemelos de oro, los niños tocaban sus anillos,

ignorantes de su nombre y legado, pero seguros de que pertenecía a la realeza.

 

Entregado a la farsa ante las cámaras, es el elegido de los selfies del día.

Sin preguntas, solo glamour; sin remordimientos, solo el presente dorado.

Próxima parada: Smithsonian. Su abrigo gris perla avanzó, ondulante

 

como carpa circense envolviendo el cuerpo de rinoceronte, oropeles

con sonido metálico a su paso por el National Mall atraen a la multitud mientras

alardea y se rinde tributo: su infancia jugando al caballero en el castillo

 

inmerso en las profundidades del bosque melancólico de los cuentos alemanes;

su Gran Guerra, persiguiendo el valor en el aire, combate tras combate, matando

a veintidós a cambio de su Pour le Mérite, la cruz azul esmaltada

 

con águilas doradas, antes de retirarse a un charco de champán;

sus victorias junto a Hitler, convocando a los grandes de la Luftwaffe

pese a la jauría de rivales hambrientos de poder,

 

luego refugiado en su finca de caza, trenes de juguete y leones domesticados,

un yate a motor, el botín de arte saqueado, y el resto de las cosas que creía merecer

por haber nacido bávaro, de perfectos ojos azules y un linaje emparentado

 

con Goethe y Bismarck. ¿Estaba soñando? Chicos desfilando

con sus dagas; chicas luciendo sus anillos; hombres y mujeres sobrios condenando

la farsa del juicio en Núremberg. El mal, bruñido por un maestro joyero.

 

Antes de su siguiente acto, tras el coñac, los cigarros y la morfina, Goering

me tomó del brazo y me arrastró con su voz de seda roja: Sí, sueñas.

La democracia es un sueño. Como la escarlatina que conocí de niño, pasará.

 

(Traducción de Rosa Bautista Cordero)

 

 

Hermann Goering in America

Cherry cheeks, wine-drunk eyes, his leather vest bulging

from his ritual gluttony. I knew at once it was his ghost

seated like any other commuter on the Washington metro.

 

His collar pin screamed Nazi: its blue sapphire swastika,

mounted on a golden sun above a twelve-point golden stag,

and the master hunter’s initials in ornate Gothic lettering.

 

Did I dream it all? He beamed as the whole car admired his finery.

Men eyeing his gold cufflinks. Children touching his gold rings.

Ignorant of his name and legacy but confident he was royalty.

 

He monkeyed for the cameras, the darling of the day’s selfies.

No questions, just glamour. No remorse, just the gilded present.

Next stop: Smithsonian. On came his pearl gray coat, billowing

 

like a circus tent around his rhino frame, overstuffed pendants

spilling onto the National Mall, drawing a crowd as he staged

a tribute to himself: his boyhood playing knight in his castle,

 

nestled in the brooding forest wilderness of German fairy tales;

his Great War, chasing valor in the sky in dogfight after dogfight,

killing twenty-two and winning the Blue Max, its enamel cross

 

and its golden eagles, then backstroking in a pool of champagne;

his victories at the right hand of Hitler, summoning greatness

from the Luftwaffe despite his backstabbing rivals for power,

 

then retreating to his hunting estate, his toy trains and pet lions,

his motor yacht, his hoard of looted art, and the rest of the menagerie

that was the birthright of a Bavarian with perfect blue eyes and bloodlines

 

traced to Goethe and Bismarck. Did I dream? American boys parading

his daggers. Girls flashing his rings. Sober men and women condemning

the mistrial at Nuremberg. Faded evil burnished by a master jeweler.

 

Before his next show, after his cognac, cigars, and morphine, Goering

took my arm and pulled me toward his red silk voice: Yes, you dream.

Democracy is a dream. Like the scarlet fever I knew as a boy, it will pass.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios