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Historia de Paquito, el del Infierno, creador de Plinio

Historia de Paquito, el del Infierno, creador de Plinio

Llegué a Tomelloso en septiembre de 1991, una tarde calurosa y húmeda de un verano que se resistía a marcharse. En sus calles, anchas, rectas e infinitas hasta no poderse divisar su fondo, se olía a mosto, a licores destilados de sus fábricas. Luego, pasados unos meses, cuando me fui haciendo a la idea de que ese iba a ser mi forzado lugar de residencia durante un tiempo, supe que el coñac Peinado, que allí se fabrica, es uno de los más famosos y apreciados del mundo. Las moscas —los más viejos del lugar me contaban que este fenómeno sólo sucede durante la vendimia— eran gordas y pesadas; de las que no pican, pero empujan.

Un pueblo, a primera vista, algo raro, muy distinto de los de mi tierra murciana. Con gente hacendosa, disciplinada y trabajadora, que siempre va a lo suyo, sin reparar demasiado en lo que hay a su alrededor. Un pueblo grande —de extensión y también en cuanto al número de habitantes—, que siempre se ha disputado, desde tiempos remotos, la fama y hasta la capitalidad de la provincia con Alcázar de San Juan y con la propia Ciudad Real.

"Leer a García Pavón fue mi mayor consuelo. La mejor forma de que pasara lo más rápidamente el tiempo"

Allí fue mi primer destino, mi plaza definitiva —“en propiedad”, como, con tanta prosopopeya, se decía por entonces— de profesor de Lengua y Literatura de Enseñanza Secundaria.

“A este pueblo se viene llorando y, luego, uno se marcha también llorando”. Fueron las primeras palabras que cruzó conmigo Rocío Torres, la encargada de la biblioteca y de la Casa de Cultura de Tomelloso, que lleva por nombre el de “Francisco García Pavón”, hija de Luis Torres, amigo íntimo de Paco, de Paquito el del Infierno, como llamaba, en plan íntimo y algo sentimental, al autor de Las hermanas coloradas. “Ya, ya. Eso se dice en casi todos los pueblos”, le respondí, un tanto incrédulo y sin tener aún una idea clara de a dónde habían ido a parar mis huesos.

Mi aventura tomellosera, como sucede en los buenos embarazos, duró nueve meses bien cumplidos. Durante ese tiempo, pude disfrutar de la amistad de gente del pueblo y, también, de algunos foráneos, compañeros de instituto, que llegaban al trabajo y, unas horas después, regresaban a sus hogares en las poblaciones de alrededor: Alcázar, Socuéllamos, Campo de Criptana, Argamasilla de Alba, Villarrobledo, Manzanares… Mi amigo José Usón y yo a punto estuvimos de irnos a vivir a Argamasilla, donde había pisos disponibles para dos profesores que no arrastraban consigo ninguna familia. La casualidad hizo que encontráramos un apartamento de grandes dimensiones, aunque un tanto destartalado y con unos muebles que parecían como salvados de un naufragio, en la plaza del Arcipreste, a dos pasos de la iglesia de la Asunción, la Posada de los Portales y el Ayuntamiento, en donde cada mañana, desde su puerta principal, como supe unos meses después, con su uniforme impecable, limpio y bien planchado, con el cigarrillo pegado a su labio inferior, como si fuera una protuberancia que le hubiera nacido ahí para toda la vida, mostraba su rostro mañanero a toda la concurrencia Manuel González, alias Plinio, jefe de la policía municipal de Tomelloso, que, tras otear el horizonte como un sabueso en busca de nuevos “casos”, encaminaba sus pasos hacia la churrería de la Rocío, en donde terminaba de fumarse su primer pito del día, para pegar la hebra con su inseparable don Lotario.

Leer a García Pavón fue mi mayor consuelo. La mejor forma de que pasara lo más rápidamente el tiempo. Conocía alguno de sus libros, pero no toda su obra. En Tomelloso descubrí a buena parte de sus familiares —sus hijos y Maribel, su viuda, vivían en Madrid—, como Jaime Quevedo, sobrino de Pavón y editor de sus obras completas, cuya editorial, si no recuerdo mal, estaba ubicada en la calle de doña Crisanta, señora de muchos posibles que, como luego fue uno averiguando, había tenido el privilegio de morir en el naufragio del Titanic. Y tuve una buena relación con Manolo Perona, “el camarero de Plinio”, hombre bueno y entrañable que trabajó, durante casi medio siglo, en el Casino de San Fernando. Manolo y Pavón fueron, más que amigos, confidentes. Uña y carne, que se dice en estos casos.

"Yo ya era profesor de la Universidad de Murcia cuando recibí el encargo de realizar una breve biografía de García Pavón"

Poco antes de morir, visité en Tomelloso a Manolo Perona. Ya octogenario, enjuto como un sarmiento y medio ciego, hasta el punto de orientarse más por el olfato que por la vista, seguía siendo soltero y vivía en una casa enorme en una de las calles del pueblo, algo alejada del centro, en compañía de su hermana, de la que nunca supe el nombre. Manolo, que temía por su vida, que sabía que ya iba a durar bien poco, dejó momentáneamente su habitación de enfermo, con un fuerte olor a medicinas que no curan ni el tedio ni la desesperanza, y regresó con una carpeta azul en la mano. “Son —me dijo, sin soltarla, apretada contra su pecho parecido a un fuelle que pierde aire por todos  lados— las cartas que Paco me mandaba de vez en cuando pidiéndome información sobre el pueblo”. “Pero no se equivoque usted —continuó su discurso, como si fuera don Quijote, y en vez de la carpeta portara unas bellotas apretadas en su puño—. Pavón lo que me solicitaba era que le relatara “casos” de aquí, de Tomelloso, de los que a él le gustaban: infidelidades, fechorías, gamberradas, delitos menores, el apodo de ciertas personas… con el fin de incorporarlos a sus cuentos y a sus novelas”. Ni que decir tiene que Perona llevó siempre en secreto su correspondencia con García Pavón. Estaba en juego el prestigio y la reputación de ambos. De haberse sabido, poca gente del Casino de San Fernando hubiera compartido con él el secreto de los chismes más sabrosos. Unos años después, Rocío Torres me llamó para comunicarme que Manolo Perona, al que Pavón había dedicado uno de sus libros, había muerto. Y que las cartas, conservadas como oro en paño en el interior de aquella carpeta azul, estaban a salvo; habían sido donadas por la familia a la biblioteca de Tomelloso.

En junio de 1992, sin verter ni una sola lágrima, pero sí un tanto meditabundo, regresé a Murcia. Pasaron algunos años, más de una década. Tomelloso había pasado a ocupar un sitio destacado en mi memoria, como uno de esos lugares que uno abandona pero cuyo olor a mosto y a licor recién destilado se lleva impregnado para siempre en el corazón. Fue poco tiempo, pero muy intenso. Y ni que decir tiene que leí no sólo todo lo de Pavón, sino, asimismo, lo de esos otros autores del terreno que no le andaban muy a la zaga: Eladio Cabañero, Dionisio Cañas y, sobre todo, Félix Grande, poeta y flamencólogo que, aunque nacido en tierras extremeñas, había echado allí raíces del mismo modo que esas vides que se agarran a la tierra entre los pedregales. Yo ya era profesor de la Universidad de Murcia cuando recibí el encargo de realizar una breve biografía de García Pavón —no más de 20 páginas, me rogaron con insistencia los editores, aunque, finalmente, se convirtió en un volumen que sobrepasó las cincuenta— que habría de formar parte de una colección dedicada a los escritores castellano-manchegos.

"Los testimonios de aquella gente me devolvieron, de manera impecable, a un García Pavón que había muerto en 1989, por lo que, por tan solo un par de años, no pude conocerle cuando llegué a Tomelloso aquel septiembre de calor y de moscas"

Volví a leer, con más placer que nunca, saboreando cada una de sus páginas, cada una de esas palabras inventadas por él o autóctonas, de su entorno (cicato, acoñizar, guasca, bollisca, varija, pantalonear, etc.), que logró rescatar del olvido, desenterrándolas con sus propias manos, todas las obras de Pavón, recogidas en los  cuatro tomos editados por su sobrino Jaime Quevedo Soubriet, con prólogo de Emilio Alarcos: sus novelas, sus cuentos, sus libros de memorias, sus certeras y casi desconocidas críticas teatrales, sus ensayos, y ese suspiro, apenas unas páginas, como si fuera el último aliento antes de partir al otro mundo, del relato que llevaba entre manos, con Plinio de protagonista.

No hay mejor lugar donde encontrar detalles de la vida de García Pavón como en sus propias obras. Sus paisanos las han utilizado para saber lo que Paco decía de ellos. Y no a todo el mundo le hacía gracia. En sus relatos y, sobre todo, en sus Cuentos de mamá y sus Cuentos republicanos, así como en esas memorias disfrazadas de novela que llevan por título Ya no es ayer, probablemente lo mejor, lo más genuino y depurado de toda su producción, Pavón está presente. Desde aquel niño que pasaba temporadas en el Infierno de su abuelo, la serrería que volvía loco a todo el mundo con el ruido de sus herramientas, hasta ese otro escritor que reflexiona, medita y habla por boca de personajes como Braulio, el filósofo agnóstico que derrocha inteligencia natural, que vive solo, que viste como un campesino cualquiera. Y que guarda una soga, larga y recia, por si algún día, en un ataque de hastío, decidiera poner punto y final a su vida. Pavón da rienda suelta a sus ideas permitiendo que sea Braulio quien las pregone a los cuatro vientos, en novelas como Voces en Ruidera:

“Lo que los demás puedan pensar de nosotros después de la muerte importa  bien poco… como lo que pensaran antes de nacer. El verdadero valor de la obra de arte es para el propio creador. Porque al releerse, mirar sus lienzos o escuchar sus músicas, «ve» sus ideas y sentires pasados, cosa que no podemos los que no trasladamos  nuestras vivencias por el cable del pensamiento escrito o tocado”.

Mientras llevaba a cabo esta biografía, utilizando como material el testimonio plasmado por Pavón en sus propias obras, tuve una idea. El libro podría completarse con un apéndice en el que se recogieran algunas entrevistas a los contemporáneos, familiares, amigos y discípulos del autor de El reinado de Witiza. Desde su hermanillo Isaac, que aún vivía, y con el que me cité un día de verano en la cafetería Europa de la calle del Carmen de Madrid, hasta sus amigos de la infancia y juventud, como el ya citado Manolo Perona, Pepe Pérez, Luis Torres Grueso, doña Carmen Martínez Carretero, la dueña del Alhambra, uno de los principales espacios escénicos de los relatos de Plinio, Pepe y Antonio Bolós, y, entre otros muchos, el pintor Antonio López, que estuvo muy parco —hasta en eso resulta desesperadamente lento, ahorrativo y algo tacaño el conocido artista— en sus declaraciones. Sin olvidar a su propia familia, a los más cercanos, a su cuñada Celia, a los hijos del propio Pavón: Pupi, Javier y Sonia.

"En Tomelloso gustó bien poco la serie sobre Plinio porque, al pensar de más de uno, solo servía para ridiculizar a los habitantes de ese pueblo"

Situé mi cuartel general, durante un par de semanas del verano de 2005, en la casa rural de un buen amigo de Pedro Muñoz, un pueblo desde el que se llega a Tomelloso a través de una recta de varios kilómetros en cuya carretera, a uno y otro lado, reluce el verde de las viñas. Iba y regresaba todos los días. Echaba jornadas completas, desde las nueve de la mañana hasta bien entrada la noche, con las visitas que había concertado el día anterior. La mayor parte de todos aquellos a los que entrevisté y grabé con un viejo aparato que aún conservo, utilizando unas cintas de plástico que ya no se encuentran en ninguna parte, están muertos. Algunos de ellos, de seguir entre nosotros, ya habrían cumplido, con creces, el siglo. Los testimonios de aquella gente me devolvieron, de manera impecable, a un García Pavón que había muerto en 1989, por lo que, por tan solo un par de años, no pude conocerle cuando llegué a Tomelloso aquel septiembre de calor y de moscas.

Pepe Bolós, con quien me encontré en su casa de Madrid, en la calle de San Ernesto, junto al Parque de Berlín, se jactaba de conocer a Paco desde que tenía uso de razón. No en vano sus casas estaban una enfrente de la otra. “Paco —me aseguró— fue siempre distinto”. Y, tras guardar silencio durante unos segundos, añadió algo que ya me columbraba: “A Paco lo parió su madre de escritor. Era un soñador. Se imaginaba dramas, comedias, lo que fuera. Siempre estaba de papeles. Llevaba una vida interior, como un monje”. Su familia, sin embargo, y el propio Paco, por aquello de haber mamado desde siempre el republicanismo, no estaba demasiado bien vista en Tomelloso. Y mucho más después del rodaje de una serie sobre Plinio, dirigida por Antonio Giménez-Rico y con la participación de actores de renombre, como Antonio Casal, Alfonso del Real o María Isbert en el papel de la churrera Rocío, que en Tomelloso gustó bien poco porque, al pensar de más de uno, solo servía para ridiculizar a los habitantes de ese pueblo de la  planicie manchega, en donde, como afirmaba, con mucho retintín, uno de estos personajes de ficción, sólo se asesina cuando es estrictamente necesario.

Hubo algún que otro enfado, insultos y palabras más que recias contra García Pavón por haber permitido que se rodara  la serie. “Fíjese —me refería, con no poca tristeza, como si el asunto aún estuviera en carne viva, su sobrino Jaime Quevedo, el hijo de Celia, la hermana de la mujer del inventor de Plinio— que hasta hubo pintadas en las que se decía «Pavón, al paredón», y otras tontadas. Aquello le hizo mucho daño a mi tío Paco. Pero sabíamos que eso era producto de la mentalidad recalcitrante y arcaica de cuatro idiotas que hicieron unas declaraciones en la revista ¡Hola!…”.

"A Antonio López no debió de sentarle demasiado bien que habláramos de García Pavón y no de él"

A tal propósito, otro de mis entrevistados, Luis Torres Grueso, que aparece con su nombre y apellidos en el Vendimiario de Plinio “con el pelo blanco de galán maduro”, el padre de Rocío —no la churrera, sino mi amiga la bibliotecaria— me aseguraba que siempre ha habido gente a la que no le hacía ninguna gracia las cosas de Pavón. Aunque, a renglón seguido, reconoce que Paco ridiculizó un poco las costumbres de Tomelloso, como cuando, por ejemplo, “cuenta lo de las casas de fulanas; o cuando se refiere al entierro del ciego, que pasa por aquí, por la Plaza, y van detrás del féretro las fulanas con caras de no haberles dado el sol nunca porque, claro, trabajaban de noche y por el día se dedicaban a dormir”. El propio Luis, que se sentía muy a gusto frente a una grabadora, como si no se hubiera dedicado a otra cosa que hacer declaraciones durante toda su vida, tenía aún frescos en su memoria aquellos instantes del último Pavón, atacado por la enfermedad y el cansancio, que caminaba despacio y hablaba con mucha dificultad. “Entre todos —me dice, al tiempo que baja la voz y observa desde la ventana la plaza en donde está ubicado el ayuntamiento, como si fuera a aparecer Plinio por su puerta principal de un momento a otro— procurábamos que su vida, dentro de lo que cabe, fuera lo más dulce posible. Recuerdo que, en broma, alguna vez me dijo: «Luis, ¿tienes el  coche  ahí cerca? ¡Pues  tráetelo que nos vamos de putas!”.

Al pintor Antonio López tuve que pedirle con insistencia que me atendiera tan solo unos minutos. Se encontraba en la localidad costera de Los Alcázares impartiendo un curso de verano organizado por la Universidad de Murcia. No debió de sentarle demasiado bien que habláramos de García Pavón y no de él, que era la auténtica estrella, el objeto de todas las miradas. Comencé por recordarle, un tanto atropelladamente porque el tiempo era oro, que su paisano fue el primero en apostar por él —hay suficientes pruebas en algunos de los artículos firmados por Pavón en la prensa local de aquellos años— y por su arte. Y me consta que fue quien más le insistió en que dejara Tomelloso y se marchara a Madrid para conocer otros mundos y, ya de paso, crecer como artista. “Le hice un retrato durante un verano —se arranca por fin a hablar el hombre—, en las vacaciones de los estudios, y él a veces se cansaba de posar porque yo tardaba, tardaba… Estuve trabajando como un mes”. “¿Y no cree usted —le pregunto antes de que alguien se lleve del brazo al tan solicitado artista— que aún no se le ha hecho a Pavón la justicia que merece?”. “Pues no lo sé, no lo sé —de golpe le entró la prisa y tuve que ir detrás de él a paso ligero, como si nos persiguieran—. Quizá debería tener más… No estoy seguro, no lo sé… La pena es que se muriera joven. Pero García Pavón es García Pavón, y ya estamos hablando de él, aquí en Murcia… Y eso quiere decir algo, ¿no?”.

Pues sí, algo querrá decir; pero él, Antonio López, no quiso o no supo explicármelo del todo.

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