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Horca, de Guillermo Barquero

Extraviada en medio del desierto, una mujer lucha contra el territorio descomunal que se extiende ante ella. En una búsqueda continua por escapar de ese espacio inexorable, reconstruye un pasado de viejos tormentos a través de los objetos que va encontrando y que la ayudan a mantenerse con vida. El desierto, así, se convierte en un territorio de soledad, pero también en un terreno donde los recuerdos y las palabras se transforman en una posible salida. Horca nos deleita con un lenguaje poético, filosófico y cargado de metáforas mediante el cual no solo transitaremos por un desierto implacable, sino que acompañaremos a la protagonista en su autoexploración y en la revelación de su intimidad más trágica. 

Zenda adelanta un fragmento de esta obra de Guillermo Barquero, galardonada con el Premio Centroamericano Monteforte Toledo de novela en 2021 y publicada por el sello Punto de Vista Editores.

***

1

Hay algo de homuncular en el desierto. Es una plancha sólida que, sin embargo, no resiste al peso del menor de los pasos. Entonces, para atravesarlo no solo se puede usar el deambular lento de un camello y sus patas resistentes al hundimiento de la plancha. Pero tampoco las plantas de los pies sirven para pasar del punto A al punto B del desierto. Las plantas se hunden, y las temperaturas impiden el avance. Cerca del mediodía es inimaginablemente caliente. Cerca de las dos de la madrugada, indeciblemente frío. Es como estar pisando hielo. Y cuando uno pisa hielo imagina que está majando huesos enfriados después de una quema.

2

Llegué a la mitad exacta del desierto, a la mitad topográfica a partir de la cual hay zonas geométricamente equivalentes por todos lados. Estoy, pues, equidistante con respecto a todos los confines desérticos, si es que estos confines pueden medirse, y si es que en la medición de estos confines se puede encontrar un verdadero límite.

3

Nos depositaron acá de noche, después de pasar carreteras bordeadas, primero, por árboles enormes de fronda redondeada como cabezas enfermas de hidrocefalia y, después, por paisajes cada vez menos prolijos, más tendientes a lo plano, hasta irse transformando en tierras de plantitas y, más adelante, en tierras negras sin ningún tipo de elevación que rodeaban a izquierda y a derecha la serpiente que era la carretera sobre la cual íbamos. Nos depositaron, digo, porque somos varios, aunque no podamos vernos unos a otros. Nos dosificaron como infecciones que entran en un cuerpo comedidamente y escogen para su maduración todos los sitios posibles que entre ellos no tienen contacto, hasta que el estado natural de la enfermedad hace que se junten en una enorme infección que extingue. Adivino, pues, así, de forma poco menos que aproximativa, que nos encontraremos y seremos uno solo, cuando en el desierto nos movamos a rastras o con los brazos abiertos o describiendo eses como hacen los animales marinos que pasan de lo claro a lo abisal.

4

El desierto de noche es una especie de mar que no es ni líquido ni sólido: es un coloide lleno de plancton e inundado de los peces de la fauna pelágica. Pataleo, nado de perrito y avanzo unos centímetros, hasta que el frío hace una coraza en la arena y no puedo seguir, la sensación punzante en la piel es tal que continuar es lacerar, obliterar, desgarrar. Pero el desierto, viéndolo de esa forma, es desgarro. Cuando uno se mueve en línea recta por ese coloide, va perdiendo capas de pellejo y se va entregando a las sangres más diversas, o a la linfa que sale de todos los tejidos blandos. El cuerpo, adivino, tiene una densidad menor que la densidad media del desierto, y por eso parece flotar en ese mar de coloide. De noche, como la noche en la que nos depositaron acá, la densidad parece ser aún menor (la del cuerpo), por lo que se siente un flotar, una desanimación o un ahuecamiento de todas las partes, y después se siente volar, se siente que un peso se arranca de cuajo, se siente la sangre convertida en hoyo, se siente tan poco, pero hay que llamarlo tanto. Siempre, a todo, hay que llamarlo tanto: el desierto, la sangre, el cuerpo, el tiempo. Todo eso se expande. Uno siente que vuela hasta que de nuevo llega al mundo, después de las noches gélidas abarrotadas de hielo.

5

Un día, había tres espejos. No sé, en realidad, si los vi sin haberlos. El calor del desierto produce ciertos sopores que parecen alucinaciones. Parecen, digo, a falta de más palabras. Son, imponen, impelen, obligan. Y muchas palabras más para describir el efecto de esos espejos encima de la superficie del desierto. A veces cuesta percibirlos, y a veces hay (veo que hay) diez, quince espejos. Pero los llamo espejos, aunque están más cerca de ser lagunas. Llamarlos lagunas es una estupidez, eso sí, porque el calor del mediodía secaría una laguna en dos minutos, en cambio los espejos no pueden secarse. Los espejos son objetos que duran milenios en el planeta, que no se pudren, que no se modifican. Los espejos son, en ese sentido inmarcesible, como huesos. Los huesos también parecen lagunas, a veces. Un día me encontré con una osamenta entera. Abría la boca con algo que asocio con el pavor, aunque las osamentas de animales que he encontrado aquí y allá todas llevan ese mismo grito de miedo en sus hocicos. Entonces, puede ser que el pavor se clave en los huesos siempre que llega la muerte, sin importar los mecanismos finales que se efectúan, o puede ser que lo que parece pavor no sea más que un fenómeno configuracional físico, como el acomodo de los átomos en una molécula orgánica, de esas complejas. Puede ser que la boca abierta sea un sello de indeterminación, una marca de anulación, una forma final de obliteración.

6

El desierto es una nieve, dije.

El desierto es una especie de nieve que cubre el mundo, dije. Lo dije porque hacía un calor tremendo de esos que despellejan, y la imagen del desierto como nieve pretendía aliviarme. Claro está, la nieve también quema.

El desierto, entonces, es pantano, dije.

El desierto es uno de los mayores pantanos, dije.

Me fui hundiendo, me dolía la espalda, el pellejo quemado, sentía que los ojos se me iban a salir de las cuencas, pero eso pasa en el desierto, en los pantanos, en la nieve.

El desierto no es pantano, dije.

El desierto lleva su propia muerte en su propia forma, dije, como para empequeñecerlo.

Hablaba sola.

7

Encontré una navaja. Entiendo que una navaja en el desierto solo significa un instrumento para sacarse los ojos y abandonarse a la muerte, pero yo no pensaba infligirme el dolor de soltar esas bolas acuosas y dejarlas secarse y morir encima de la arena caliente. Y tampoco pensaba abandonarme a la muerte en ninguna de las variantes de la agonía: ni la de un cuerpo que yace desangrándose, inmóvil, apenas palpitante; ni la de uno que agoniza a punta de espasmos y se mueve y late y hace toda suerte de volteretas en el aire antes de fallecer, como un salmón o algún otro gran pez de aguas dulces.

La navaja tenía una inscripción: R.M. dos letras grabadas con otra navaja, presumiblemente. ¿R.M.? con toda seguridad unas iniciales, la marca que alguien quiso dejar en el mundo, o bien un enamorado que quiso dar la navaja como una ofrenda de amor eterno a la mujer que le robaba el sueño. O, quizá, una señal de auxilio. Pero, si es una señal de auxilio, ¿es posible que alguien la haya dejado tirada en medio del desierto, para que otro alguien —yo o cualquiera de los que se extravían en estas arenas a lo largo de los meses— la tomase, examinase sus letras desgarbadas, inquiriese en las señales de ese mensaje y coligiese, con todos los significados posibles de la marca, la forma de un rescate? En medio del desierto, digo, pero no sé si esto es una linde, un centro, una marginalidad, una orilla, una tangente. A izquierda y derecha se ven las mismas cosas. Delante de mí, hay unas ondulaciones que se van modificando con el choque del viento. Detrás, otras ondulaciones. R.M. se perdería en la forma de lo idéntico, lo que se repite. Quizá ahora sea solo huesos, quizá haya quedado en una zona del desierto en la que la arena ha cubierto su cráneo, su ropa deshilachada, sus lentes de sol que han quedado adosados a un rostro seco que no es posible rescatar.

8

Alguien dijo que el desierto es ondulado. No recuerdo las exactas palabras que usó para describir la forma, la textura final del desierto: el desierto es ondulado es una de las variantes, la más obvia. Pero pudo haber dicho que era un sitio plano en el que a veces algo telúrico desplaza el punto de vista para terminar semejando una onda o una especie de ola de arena. Para su vastedad, es muy poco lo que se puede decir del desierto: arena, insectos (no he visto ninguno desde que estoy acá), plantas que requieren muy poca agua para vivir (no me he topado con ninguna), viento y silencio. Aunque el silencio no es como uno lo imagina cuando no conoce el desierto de primera mano. Se escucha la arena cuando se desplaza, grano a grano, de un sitio al otro. La arena suena como los párpados cuando uno cierra y abre los ojos fuertemente, en una habitación completamente confinada. Es, entonces, como estar escuchando miles, millones de ojos abrirse y cerrarse en un sitio oscuro, sin puertas, sin cuerpos, sin ventanas, sin esperanza: solo ojos y más ojos que se abren y se cierran. También, pienso, se puede parecer a esas boquitas de las plantas que atrapan moscas, cuando se cierran y presionan un insecto pardo que no puede hacer nada para soltarse. Miles, millones de plantas carnívoras en un bosque artificial que no permite que ese sonido se escape o disminuya el golpe de su impacto.

Está también el sonido que hacen los gritos. A veces tengo fuerza para gritar, incluso para gritar mientras impreco al mundo y a Dios y a todas las criaturas que, de una u otra forma, me trajeron acá. Grito desaforadamente, incluso, solo para distinguir el sonido de mis gritos en el desierto. «Predicar en el desierto», dice alguna gente, como si eso significara forzosamente ver las propias palabras perdidas. Los sonidos de la voz, en cambio, se amplifican y crean toda suerte de repeticiones deformadas, como si se tratase de pequeños organismos que imitan, se burlan y hacen un chiste de existencia paupérrima.

Grité el nombre de Dios la primera vez que se me ocurrió probar los sonidos en el desierto. Dios, Dios, Dios, grité, lagrimeando, con la garganta llenándoseme de arena, con las cuerdas vocales tiesas, chocando unas con otras en el frenesí de lo que no tiene armonía. Y el desierto repetía el Dios, Dios, Dios, y parecía que había un ejército de locos gritando el nombre de su creador y haciendo del nombre de su creador una súplica que apagaría el fuego de la arena del desierto, la imposición del desierto en los cuerpos, el aplastante peso del desierto y de su mano ardida sobre el pellejo.

El desierto no me dio respuesta. Existe, eso sí, el eco en el desierto.

9

Grité R.M., sin orden, sin esperanza.

Blandí la navaja con una expresión que considero temible. Mi sombra en la arena reproducía esa sequedad, ese blandir desordenado, lleno de espasmos y toda clase de comunicaciones nerviosas que mueven mis partes según el arbitrio de los músculos que ya no le pertenecen más que a la muerte. La sombra de las cosas en el desierto es algo que uno no puede imaginar, es algo que hay que ver. La sombra en la vastedad de esta arena se transforma segundo a segundo. Primero una, blandiendo una navaja, parece una mujer blandiendo una navaja: los senos se reflejan negros y se mueven de arriba abajo, el filo se desplaza a la derecha, después a la izquierda, después parece que se está hundiendo en la carne, pero eso solo pasa en la sombra, y una casi que puede oler la sombra de la sangre que no existe, y se percibe el olor a hierro en la sombra, aunque en el cuerpo no haya heridas ni sangre. Los olores tienen sombra, pues, una sombra que reproduce algo que no existe, y así es como se percibe en el desierto. También una, blandiendo una navaja en el desierto, parece, a ratos, en la obnubilación del golpe de calor de ciertas horas, un animal que ha tomado un pedazo de roca y se dispone a quebrar, enloquecido, el cráneo de una bestia de mayor tamaño; ambos libran una lucha desigual, una batalla que en la sombra es el golpe desaforado contra el hueso que craquea, fisurándose y desintegrando su médula. El sonido tiene su lugar en la sombra: algo negro se infla y luego desaparece y el viento lo destruye y lo rearma y hace que todo se vuelva granos de arena ennegrecidos de sombra y luego todo se convierte en ondas de sombra y después vuelve la monotonía del desierto. Y el cuchillo blandido, en esa calma, vuelve a parecer un cuchillo, y después parece un fémur, y después una pata de un insecto descomunal de la prehistoria, y después una mano tomada por otra mano, desmembrada.

El eco me devolvía el R.M. y en esas dos letras, ya hechas cuatros letras (y ocho, y dieciséis), encontraba el alivio de los sonidos que se conocen y que nos son dados por la boca de los otros, como una plegaria, digamos, o como una maldición. Como si de afuera alguien nos impusiera esa voz y esta se sumara a la desesperación de la nuestra y, sin detención, ostensiblemente, con la boca ya cerrada y las palabras ya secas en la lengua, alguien más gritara: alguien de afuera, alguien omnímoda, alguien que conduce nuestra ánima.

10

El silencio de noche es muy distinto del silencio de día. Aunque podría ser perfectamente posible que la percepción del silencio de las noches se enlentezca por las bajas temperaturas. A veces los huesos se sienten como piedras. El cuerpo duele, los músculos buscan distintas formas de la inmovilidad y de la estasis; así, los sonidos llegan lentos, apagados por la inacción, puestos debajo del rechinar de dientes al que obligan las noches. Y, cuando hay completa oscuridad, solo se percibe un siseo en la arena, como si el desierto hablara a baja voz o como si de la superficie del desierto emanara un secreto flujo de voces entregadas a la conspiración: irregulares, anuladas y reanudadas aquí y allá, muertas y luego convertidas en lenguas que fluyen dentro de bocas secas y crean palabras cuyo significado no es posible conocer. Si el silencio en las noches de oscuridad total es distinto del silencio en las noches en las que hay alguna de las lunas que refulgen, puede ser que el sonido sea una función de los ojos; quién sabe, puede ser incluso que el silencio en el desierto necesite de un aparato de percepción que acá está formado no solo por los pasajes que reciben vibrátiles las ondas, sino por todos los nervios unidos, trabajando, dados a la tarea odiosa del movimiento y sonido de lo invisible.

El choque de la arena suena como a dedos, a veces. Como los dedos de un niño que pasan la suavidad de sus huellas en la piel, que acarician la nuca de la madre mientras buscan el pecho y su contenido. A veces hasta se escucha la boca que rodea el seno, la pequeña succión caliente, el golpe de los pies enfundados en medias de lana.

El siseo es la tela que choca contra la carne.

11

¿Rafael Martínez? ¿Rosa Misteriosa? ¿Rosa Mística? El descuido en el grabado de las letras es notable, como si hubieran usado una gubia doblada y condenada a trazos torpes, precipitados. Aunque puede ser que el asunto haya sido la premura, no la herramienta: había que dejar la navaja con una inscripción para que alguien la encontrase en el desierto. Ese alguien —yo ahora, sin proponérmelo— debía, pues, hallar significados, o conducir investigaciones. Pero ¿investigar en el desierto? ¿Usar la energía que va faltando cada vez más, hora a hora, en una maldita pesquisa que no llevará el asunto de la inscripción a ningún lado? Y está lo de la sangre: hay gotas o chorros quebrados en varias partes del filo y del mango, algunas muy cerca de las letras R.M., que forman la figura de alguna violencia, la estela de algo convulso que trato de adivinar en cada mancha. El filo de la navaja refulge intensamente con algunas luces, y las gotas o chorros resplandecen como el óxido de los metales guardados largo tiempo. La navaja adquiere, en esos momentos en los que el brillo embrutece y confunde, la característica inocua de los objetos de museo: una cabeza de bronce de algún prohombre; el cuerpo fosilizado de un cetáceo; el monumento ecuestre principal de una ciudad hundida. Hasta que, llegada la oscuridad, otra vez es una navaja y eso de nuevo se enciende como sangre.

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Autor: Guillermo Barquero. TítuloHorcaEditorial: Punto de Vista. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Guillermo Barquero (Costa Rica, 1979) es fotógrafo y escritor. Autor de los libros de relatos Metales pesados (2009, Premio Áncora de cuento en 2010) y Anatomía comparada (2017, Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la rama de cuento), así como de las novelas El diluvio universal (2009, Premio Áncora de novela en 2010), Combustión humana espontánea (2015), Tierras raras (2019) y Horca, con la que obtuvo el Premio Centroamericano de Mario Monteforte Toledo, en 2021. Compiló, junto con Juan Murillo, la antología Historias de nunca acabar: Antología del nuevo relato costarricense, en 2009. Codirige, con Murillo, Ediciones Lanzallamas. Varios de sus cuentos han sido traducidos al francés, portugués y alemán.

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