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Hoy me acordaré de Lola Flores (estampa de Navidad)

Hoy me acordaré de Lola Flores (estampa de Navidad)

A eso de las dos del mediodía, en Caporal, cerca del Retiro, en un pub donde por las noches El Pescaílla jugaba a las cartas, Lola Flores aparecía cada 24 de diciembre. No era un bar al uso. Lo regentaba un representante de González Byass gaditano que solía pellizcarse la mejilla sin venir a cuento. Se murió al filo del nuevo siglo y el negocio lo heredó su hijo; no mucho tiempo porque el muchacho desapareció pronto. El local lleva cerrado hace años, quizá demasiados. Un camarero flaco, rubio, guapo y al que conocíamos como ‘El Pele’, o algo así, y que acabó en matrimonio, lo contaba antes de que las deudas clausuraran aquel chiringuito de tronío, whisky y naipes más allá de los baños, al fondo a la derecha, donde en una habitación sin vistas a la calle se burlaba, pero con piedad.

"La Faraona era la emperatriz de esa esquina del barrio de Salamanca. Lola Flores iba vestida de Lola y de Flores. Todavía mantenía el garbo"

La algarabía de cada 24 de diciembre, a la hora del aperitivo, el ajetreo de una ronda más y otra de gambas estallaba también en la acera y llegaba hasta el parque. A esas horas se confundía el gentío improvisado y la clientela habitual con lo mejor del ropero. Cervezas que se desbordaban, vermuts a medio tirar, blancos, tintos y algún rosado, ‘al fondo hay sitio’ y un grupo de palmeros que esperaban su turno.

La Faraona era la emperatriz de esa esquina del barrio de Salamanca. Lola Flores iba vestida de Lola y de Flores. Todavía mantenía el garbo. Se empezaba con alguien rascando con una cucharilla una botella de anís, pero ay cuando ella se arrancaba: “A Belen va una burra…”. Todos íbamos incorporándonos a un coro improvisado, ramplón y desafinado; todo corazón.  Nos mirábamos los unos a los otros en una coreografía en la que nadie pegaba con el vecino, pero a esa hora y tras dos rondas cualquier imposible era posible.

Terminado el villancico, aquella mujer se acercaba a cada corrillo con un canastillo de anea en la mano derecha y con aquella voz de diciembre y jazmín exigía al personal “¡¡¡Billetes, sólo billetes!!!”. Todos tirábamos de cartera, nadie se hacía el sueco. Era imposible negarse a esos volcanes de brillo y furia que tenía como ojos.

"A todos nos tenía a raya. Cantábamos sin miedo al ridículo, entre el fervor de la Nochebuena y el desenfado de una minúscula muchedumbre apretujada entre paredes con cuadros de caballos de carrera"

Aquella mujer era garbo y descaro, sonrisa y atrevimiento. A todos nos tenía a raya. Cantábamos sin miedo al ridículo, ente el fervor de la Nochebuena y el desenfado de una minúscula muchedumbre apretujada entre paredes con cuadros de caballos de carrera. Fue allí donde en una tarde de burle su marido nos dijo a Txetxu y a mí que acababan de coger a Paquirri en Pozoblanco y que no se sabía más de su suerte. Fue allí donde bebimos lo que fuera tras enterrar, años después, a su padre.

He pasado varias veces por la acera de enfrente en primavera y otoño. No apostaría nada si me preguntaran qué hay ahora allí. Sólo surge, limpia y ronca, la voz de aquel torbellino de mujer, un clavel en la sien, que imploraba como nadie un aguinaldo: “¡¡¡Billetes, sólo billetes!!!”

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