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I can with Kant

Todo el mundo que cursó bachillerato, en mi caso el antiguo COU, con la selectividad en lontananza, se enfrentó a Immanuel Kant. Salían entonces, y aún ahora, en las pruebas de acceso a la universidad, dos filósofos, a escoger uno, y muchos decidíamos abandonar a Kant ante opciones que nos resultaban más transparentes, como Platón, Hume o Descartes, al preparar aquellos exámenes. Abandoné a Kant, lo confieso, como hicieron otros compañeros, tras un encuentro más bien áspero, que sintetizábamos los condiscípulos con aquella burda broma en inglés: I can’t with Kant. Quizá todavía pasa.

En Gracias a Kant, la filósofa Begoña Román va más allá de una mera revisión académica del pensador prusiano. Le homenajea, tras el reciente centenario de su nacimiento, de la mejor manera posible: genera un diálogo vivo con la filosofía práctica kantiana y, en especial, con su ética. Leer Gracias a Kant es una grata experiencia de reconciliación intelectual. Quizá no tanto con Kant, fíjense, sino con los del I can’t, con aquel estudiante que soslayó a Kant en su día. Otros, que no cursaron bachiller, o los que se acerquen a Kant por primera vez, entenderán tras su lectura la ambivalencia del agradecimiento del título: lo que el mundo debe a Kant, y lo que pueden mejorar ellos mismos, gracias a Kant.

"La autora acude a Kant para recordarnos por qué debemos defender la ciencia en la actualidad, cuando los bulos y las paparruchas generativas de la inteligencia artificial campan a sus anchas"

Porque Gracias a Kant no es una introducción escolar ni un manual sistemático, sino una invitación a pensar con Kant desde el presente. Su estructura, que sigue las tres grandes preguntas kantianas (qué puedo conocer, qué debo hacer, qué me cabe esperar), no es solo expositiva, sino pedagógica en un sentido profundo: reconstruye el itinerario filosófico kantiano como experiencia vital, existencial.

Para empezar, Begoña Román vuelve sobre el problema clásico de la posibilidad de la ciencia y los límites de la metafísica. Lo hace sin tecnicismos innecesarios, y sigue así la tradición de sencillez didáctica y conceptual que inauguró Mario Bunge en su Treatise on Basic Philosophy. La autora acude a Kant para recordarnos por qué debemos defender la ciencia en la actualidad, cuando los bulos y las paparruchas generativas de la inteligencia artificial (IA) campan a sus anchas en el universo digital:

“Sigue siendo crucial defender la ciencia, custodiando su método, al menos en dos sentidos: en primer lugar, para combatir las continuas teorías conspirativas que faltan a la verdad o, sencillamente, no les importa (como en el caso de la posverdad). En segundo lugar, porque Kant nos insta a mantener sujeta la ciencia a los límites de lo que se puede demostrar con evidencia, con hechos.” (p.37)

Begoña Román retoma luego, en una segunda parte dedicada a la moral, la noción de dignidad y autonomía. Así, en nuestro día a día, a menudo surge entre la razón y el deber, por un lado, y los deseos y el placer, por otro, un conflicto. El imperativo categórico kantiano no es una fórmula ética rígida, sino una exigencia práctica que interpela a la cotidianeidad: actúa solo según las normas que podrías querer que se convirtieran en leyes universales. Debería ser aplicable a todas las personas, en sus contextos, sin depender de ideologías específicas. ¿Qué intención hay tras nuestros actos o los de los gobernantes?

"Hay en todo el texto una tesis de fondo que me parece muy pertinente: volver a Kant no es un ejercicio de arqueología filosófica, sino una necesidad crítica"

Será en la tercera parte de la obra, tal vez la más sugerente, donde Begoña Román aborde las esperanzas humanas, en tres niveles: personal, político y social. Ese enfoque práctico de Román recuerda por momentos al de Creating Capabilities, de Martha Nussbaum (primera filósofa incorporada al temario de selectividad en España, en 2025, por cierto). Román, como Nussbaum, baja la filosofía a la realidad mundana. Nussbaum desarrolló una concepción de la dignidad humana que ampliaba, de forma pragmática, la exigencia kantiana de no tratar a las personas simplemente como medios. Toda sociedad justa debería garantizar un umbral mínimo de capacidades reales (no solo formales) a sus ciudadanos, en aras del desarrollo de un proyecto de vida propio. Eso implica atender condiciones materiales y políticas concretas. Porque, en definitiva, ambas filósofas pasan a la acción: respetar a las personas exige crear las condiciones efectivas para poder vivir con dignidad, autonomía y plena participación en la vida social.

Hay en todo el texto una tesis de fondo que me parece muy pertinente: volver a Kant no es un ejercicio de arqueología filosófica, sino una necesidad crítica. Como señala la autora, nada está conquistado para siempre, y por eso la Ilustración, entendida como proyecto colectivo de autonomía racional, sigue siendo una tarea pendiente, en un mundo lleno de conflictos y de retrocesos en muchos ámbitos. No la denostemos. Resonará ante todo a los docentes una máxima de la Crítica de la razón pura, que recupera Román: “Los pensamientos sin contenidos son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas”. En la era del atajo destructor del aprendizaje que la IA está causando en muchas aulas, los ideales de la Ilustración navegan a contracorriente en el sistema educativo.

"Se reflexiona, se conecta; no con nuevas tesis, pues no lo son, sino con la manera especial que tiene Begoña Román de situarlas en la actualidad, y con cómo induce a pensar"

Finalmente, en el cuarto bloque, Begoña Román se enfrenta a los tópicos habituales sobre Kant: el formalismo vacío, el rigorismo insensible, su supuesto alejamiento de la realidad. Y aquí su obra se vuelve aún más abiertamente dialógica, polémica, cuando desmonta las caricaturas que muchos —y me incluyo, desde aquel I can’t with Kant del COU del siglo XX— han dado por buenas sin un examen suficiente, desorientados al carecer de unas páginas que, sin duda, resultan un manual excelente para los actuales bachilleres que no deserten de Kant.

Decía Cicerón que la gratitud no es solo la mayor de las virtudes, sino la madre de todas las demás; en este sentido, decir “gracias a Kant” no es una fórmula retórica, sino un genuino gesto de reconocimiento. Al cerrar el libro, se hilvanan muchas ideas sobre las grandes preguntas. Se reflexiona, se conecta; no con nuevas tesis, pues no lo son, sino con la manera especial que tiene Begoña Román de situarlas en la actualidad, y con cómo induce a pensar. Es mediación y seducción intelectual. La pieza de un puzle que finalmente encaja, la chispa que brinca a un territorio ignoto del pensamiento propio. Y eso, en filosofía, no es baladí. Gracias, Begoña Román.

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Autora: Begoña Román Maestre. Título: Gracias a Kant. Editorial: Herder. Venta: Todos tus libros.

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