Con una apariencia de novela irrealista, voluntariamente alejada de lo real, Kovacsics ofrece una fábula contemporánea en la que un joven empleado de una farmacia recibe el encargo de atender a un hombre que ha sufrido un derrame cerebral. En la casona donde vive el enfermo, también hay una caterva de personajes vodevilescos que le distraerán.
En Zenda ofrecemos el arranque de Invitación a la casona (Ediciones del Subsuelo), de Adan Kovacics.
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Venía Bodo caminando alegremente, moviendo los brazos a un ritmo regular y majestuoso y también las piernas al mismo compás yámbico y resuelto, respirando contento la dulce fragancia de los abetos que bordeaban el camino, volviendo la cabeza hacia un lado, donde se alzaban las montañas verdes, serenas e inmutables, y hacia el otro, donde jugueteaba un río locuaz y repetitivo, y así llevaba un buen rato, pues había salido a primera hora de la farmacia en la que trabajaba, cuando vio en medio de la carretera a una joven que agitaba los brazos con desesperación, como las aspas de un molino, con los pies apoyados con firmeza en el suelo. Se acercó Bodo a la joven, que no se movía de su sitio, cual si no lo viese, con los ojos mirando intensamente hacia dentro, tanto que parecía ciega, hasta que se detuvo a dos pasos de ella.
Tuvo Bodo tiempo para mirar alrededor y preguntarse incluso cómo había ido a parar allí. Paseaba él a menudo por los parajes de los alrededores de la farmacia, contemplaba sentado en un cómodo banco facilitado por los dignos y nobles señores del ayuntamiento de la ciudad los montes que después de las lluvias se divisaban con una claridad pasmosa y divina, a tal punto que, exagerando un poco desde luego, se llegaba a ver incluso a un diligente escarabajo que a lo lejos cruzaba un amable sendero. Y conversaba con los animales, con los corzos, con los zorros, con los gatos, con algún roedor, con los pájaros, con los perros callejeros. La semana anterior, por ejemplo, con un mirlo.
¿Está ya listo el gel de lidocaína para la señora Irrmann?, preguntó ese día con su voz aflautada el dueño de la farmacia, el señor Kahle.
No, respondió desde la rebotica Bodo, porque me falta el glicerol.
A lo cual intervino una de las empleadas, la señorita Fangl, que estaba al tanto de todo, diciendo que esa misma tarde traerían este compuesto tan necesario para la elaboración del gel.
¡El señor Kahle ha cambiado de suministrador!, añadió la empleada con tono de reproche y a voz en cuello en presencia del farmacéutico, que permanecía en silencio detrás del mostrador, al lado de ella, una mujer alta, huesuda, de nariz aguileña y pelo rizado en el que asomaban ya las canas.
Bodo estaba en ese preciso momento elaborando un jarabe de ipecacuana que había pedido la misma clienta, la siempre esmerada señora Irrmann, para su hijo. El señor Kahle se fiaba en sumo grado de Bodo, un joven responsable, conocedor de las fórmulas magistrales, incluidas las destinadas a animales, pues acudían a la farmacia también muchos dueños de perros y gatos y también granjeros de las inmediaciones.
Acto seguido, la señorita Fangl, desde su puesto detrás del mostrador, explicó a grito pelado sus vacaciones a Bodo, que continuaba atrás, sin moverse de la rebotica, y le habló de las ostras que había comido en una región de Francia.
Al señor Kahle le gustaba saber a Bodo en la rebotica. Cuando pensaba a Bodo en la rebotica una sonrisa se dibujaba en su rostro, la sonrisa de satisfacción que provoca todo progreso. Porque, además, el joven dormía en un cuarto diminuto situado detrás, que era, según el señor Kahle, el sitio ideal para prepararse debidamente para la vida, para no tener la cabeza a pájaros, decía, un cuarto minúsculo sin apenas muebles ni familiares adornos. Lo que había eran frascos y potes de farmacia sobre una repisa, además de la cama, con un colchón, como era lógico, duro. El señor Kahle estaba obsesionado con que Bodo consolidara y mejorara sus conocimientos como auxiliar de farmacia, a pesar de que el joven era ya perfectamente conocedor del polvo de ajo, del aloe, de la cáscara sagrada, de la hoja de gayuba, del aceite de ricino virgen, de la cera blanca de abeja y de más y más plantas y sustancias utilizadas en la medicina. La cáscara sagrada, curiosamente, le hacía pensar en sus padres, de los que, en realidad, no tenía memoria, pues habían muerto en un accidente de automóvil cuando apenas tenía él dos años, de modo que fue a partir de entonces acogido y tutelado precisamente por el bueno del señor Kahle.
A veces, sin embargo, el señor Kahle se ausentaba, debía atender asuntos de calado relacionados con el negocio, acudir, por ejemplo, al despacho del consejero Tischner, un hombre obeso, de barba blanca, poblada y descuidada, de respiración audible y parsimoniosa, dueño de la empresa distribuidora Pharmacom que le suministraba los específicos, para negociar un crédito o una rebaja, y él regresaba alicaído a la farmacia. Y Bodo aprovechaba las ausencias del señor Kahle para huir de la rebotica y del espacio pequeño y oscuro que era su vivienda.
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Autor: Adan Kovacsics. Título: Invitación a la casona. Editorial: Ediciones del Subsuelo. Venta: Todos tus libros.


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