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Jacinto Antón: “La gran aventura no sirve de nada si no sabes contarla”

Jacinto Antón: “La gran aventura no sirve de nada si no sabes contarla”

Jacinto Antón. Foto: Javier Ors.

El espíritu de la aventura centra la segunda entrega de la entrevista donde el periodista Jacinto Antón repasa su trayectoria vital y profesional. La primera entrega versa sobre la formación de su imaginario.

—Cobardía y valor. Son dos temas que le gustan.

—Hay una cobardía y una valentía que también pueden ser morales. Uno puede ser cobarde físicamente y valiente moralmente. Y viceversa. Todo este mundo me encanta: explorar la capacidad de la gente por hacer cosas extraordinarias… Esta disyuntiva está presente en el mundo de las exploraciones, como Scott, Shackleton y Amundsen. Ellos han ido más allá y han puesto mucho valor en sus viajes. El coraje de la exploración es diferente al de la guerra, pero no deja de ser una forma de él. La navegación y las gestas tienen que ver con el valor y la cobardía. También la conquista espacial. Eso es algo que se desarrolla y va paralelo al mundo de la guerra. Ahora está denostado el mundo militar, la guerra, pero durante mucho tiempo fue una de las patas esenciales de la aventura.

—¿Qué héroe le gusta menos?

"El valor es un momento puntual y la vida es muy larga"

—Los héroes de una pieza no me gustan nada. Pero también le diré que no hay héroes de una pieza. Cuando ahondas en ellos acaban saliendo personas con muchos defectos. Cuando miras a los ganadores de la Cruz Victoria clásicos, como, por ejemplo, los que estuvieron en Rorke’s Drift, el famoso episodio que refleja la película Zulú, te das cuentas de que acabaron mal: todos alcoholizados. Uno de ellos tuvo un episodio de bigamia y tuvo que devolver la insignia, y otros las vendían. El valor es un momento puntual y la vida es muy larga. Los verdaderos héroes que nos quedan son los que mueren cuando cometen el acto heroico, porque ya no pueden seguir adelante y no percibimos que su vida también falla. Por eso el dicho clásico: “Los que los dioses aman mueren jóvenes”. Esto se puede decir también de los héroes. Hamilton, el teniente de los guías ingleses en la frontera norte de la India, que era un cuerpo de operaciones especiales pero con el glamur de la India victoriana, murió joven, después de ganar la Cruz Victoria en una batalla. Y volvió a ganar otra en el asalto de la residencia de Kabul, porque los guías protegían al embajador británico y allí los masacraron. Él, sin apenas experiencia de la vida, muere en un acto heroico. Pero si hubiera vivido hasta los 60 o 70 años, también hubiera cometido errores en su vida. Habría tenido momentos de miedo y habría sido un héroe más interesante.

—¿Su cobarde preferido?

—Hay cobardes que aprecias. Hay uno que me hace gracia: Marcus Reno, uno de los capitanes en Little Big Horn. Custer dividió el cuerpo en cuatro partes —bueno, esencialmente en tres— y él se fue a por los indios con una parte de la caballería, que fue la que masacraron. Pero, después, había dos unidades que estaban mandadas por dos capitanes. Uno de ellos era Marcus Reno. Él tenía que cruzar el río para cargar contra el poblado indio desde abajo para disolver la presión sobre Custer, que atacaba por el norte. Hay que tener en cuenta que era un poblado inmenso: los disparos no se oían desde una punta a la otra. En el momento de la carga de caballería, alguien disparó al indio que Marcus Reno llevaba al lado. Le volaron la cabeza y la sangre y los sesos le salpicaron a él. Entonces se asustó, se horrorizó, entró en pánico y retrocedió. Eso facilitó que los indios se concentraran en Custer, pero también salvó a esta parte de la caballería a la que, si no, hubieran matado. Fue un cobarde que en última instancia salvó a gente, como reconoció uno de sus  propios hombres cuando le hicieron un consejo de guerra: “Si no nos hubiera mandado un cobarde —señaló—, probablemente estaríamos todos muertos”. Si hay algo irremediable es morir. Está bien morir de una manera heroica, pero morir vas a morir igual. El asunto es que existen cobardes que te permiten continuar viviendo más tiempo, y yo a esos los tengo respeto. Después existen cobardes que son más discutibles. Quizá el ejemplo más notable, y no podamos loarlo, es J. Bruce Ismay, el propietario de la empresa del Titanic, que huyó en uno de los pocos botes que lograron bajar. A este hombre le tocaba hundirse con el barco, porque él era el empresario. Si se hundía el capitán con el Titanic, a él también le hubiera correspondido ese mismo destino. Que hubiera tantos muertos y él escapara con los primeros botes es bastante feo. De hecho, siempre se le criticó por eso. Es uno de los grandes cobardes de la historia.

—Un personaje por el que siente admiración es el conde Lázsló Almásy.

"El conde Lázsló Almásy conjuga muchos aventureros y representa a todos ellos en uno"

—Lo descubrí en la película y la novela. A la vez. Es un personaje que reúne varios arquetipos. Era un explorador del desierto, pero también era piloto. Volaba en hidroaviones y eso me recordó a mi abuelo. Fue oficial de caballería de húsares, y por eso entronca con la Primera Guerra Mundial y el fastuoso mundo centroeuropeo. Luego atravesó el siglo XX de una manera que… En la Segunda Guerra Mundial lo ficha Rommel para que justamente organice la unidad contraria a la que tienen los ingleses, el Long Range Desert Group, que se dedicaban a explorar el desierto con fines militares y hacer operaciones detrás de las filas italianas y alemanas cruzando el desierto desde Egipto. Rommel y él montaron un grupo paralelo para traspasar las líneas inglesas por debajo y llegar a Egipto. Almásy dirigía estos comandos. Así que tienes un hombre que empieza como húsar, que ha sido explorador del desierto, que ha sido cazador, porque encabezaba safaris para la nobleza austriaca en Kenia o Tanzania, vinculándose a la caza mayor, por lo que también conocería el ambiente que aparece en Memorias de África. Conjuga muchos aventureros y representa a todos ellos en uno.

—Otro hombre del desierto fue Lawrence de Arabia.

"En ocasiones el destino pone en determinados sitios a las personas"

—Hay mucho que hablar sobre él. Se solapa mucho con Almásy, aunque es mucho más popular y de mayor trascendencia. En él está presente el tema de la cobardía. No es, como decía antes, un héroe de una pieza. Él reflexiona sobre sus actos y los juzga. Se pone a prueba constantemente. Hay momentos en los que vive situaciones que le tiran hacia atrás, pero se sobrepone por coraje y, también, por la necesidad de demostrare a sí mismo que puede hacer las cosas. Era un hombre muy acomplejado. Nació de una relación  extramatrimonial. Era hijo ilegítimo, aunque después su padre lo reconoció. Esto lo afectó. Además era bajito y se consideraba un enclenque. Le pesaba la homosexualidad, con los prejuicios que existían en esa época sobre este tema. Por no mencionar que padecía un complejo sadomasoquista bastante importante. Poseía una difícil combinación psicológica. En ocasiones el destino pone en determinados sitios a las personas. Él tuvo esa suerte, porque podía haber sido un intelectual, un historiador, un gran arqueólogo, ya que estuvo excavando en Mesopotamia, pero el sino lo coloca en un momento trascendental, y él aprovecha la oportunidad. Reunía todas las condiciones: era políglota y como arqueólogo había recorrido Oriente Medio investigando y conociendo esa tierra. Eso lo catapultó y lo convirtió en una figura legendaria, más por el momento, quizá, que por las condiciones que reunía, porque no era, insisto, un hombre de una pieza.

—Con quien sí fraguó cierta amistad fue con Patrick Leigh Fermor.

—Y es uno de los personajes que más me ha gustado conocer. He tenido la suerte de cruzarme con varios aventureros a lo largo de mi carrera. A Thesiger, por ejemplo, que cruzó el espacio vacío de Arabia. Una de las grandes aventuras. Lo conocí cuando tenía noventa años. Es un personaje que entronca con Lawrence. Él luchó en las patrullas del desierto contra Rommel. Fue un gran cazador y su abuelo fue el hombre que derrotó a los zulús. Era el que mandaba las tropas británicas en Sudáfrica durante la gran campaña contra ellos y, por tanto, por esa parte está vinculado con la época victoriana, la de Las cuatro plumas. Fue un magnífico escritor de viajes y él sí que era de una pieza, aunque les descubres ciertos lados oscuros. Él era un hombre reprimido en cuanto a la época, que le obligó a vivir en una fuga permanente. De mayor se refugió en Kenia, rodeado de chicos jóvenes. La parte oscura es que no podía desarrollar pulsiones sexuales y eso le creaba ciertas minusvalías afectivas… Pero hablaba de Leigh Fermor.

—Sí, justo.

—Él fue un gran seductor, una persona que se inventó a sí mismo y que amaba la literatura. Fue un chico descarriado de entreguerras. En su juventud hizo un viaje, que fue atravesar la Europa de los años 30 que iba a desaparecer con la Segunda Guerra Mundial. Y lo hizo caminando. Era un chico resabiado, con lecturas. Escribió El tiempo de los regalos muchos años después de hacer el viaje. Son las memorias de un joven viajando, pero desarrollada por el hombre mayor, que ya ha vivido mucho…

—Fue un héroe de guerra.

"Todos tienen a alguien a quien se quiere imitar y seguir y ser."

—Estuvo en Creta, primero como oficial en el ejercito regular, y ahí presenció el asalto de los paracaidistas alemanes. Lo vivió al lado de otros grandes héroes de verdad, como John Pendlebury, que era un arqueólogo y también un héroe… En todo esto existe una especie de cadena áurea de unos héroes que le entregan el testigo a otros. Todo el mundo tiene unos héroes de referencia. Es como Alejandro, que tenía presente el ejemplo de Aquiles. Todos tienen a alguien a quien se quiere imitar y seguir y ser. Durante las entrevistas me di cuenta de que alguien que te parece maravilloso, a su vez tiene también su icono. Lo que hizo extraordinario fue estar en la Creta ocupada. Lo introdujeron allí, como a otros ingleses, para montar la resistencia cretense, y como era admirador de Lord Byron pasó de admirarle a hacer de él. En vez de organizar a los griegos contra los turcos, los organizó contra los alemanes. Así se encontró con un mundo de capitanes griegos y pastores armados. Esto le sedujo mucho.

—¿Cómo era él?

—Nos hicimos amigos. Tengo correspondencia con él. Le hice gracia. Debes pensar que todos estos personajes cumplen 90 años y, de repente, se dan cuenta de que han perdido a todos sus amigos o una gran parte parte de ellos. No encuentran el relevo generacional, a nadie a quien explicar sus historias y valoren lo que han escrito. Nos pusimos a hablar. A él le interesaba la historia clásica y se encontró a alguien que también le interesaba Virgilio, Horacio o la guerra con los dacios. Estuvimos hablando mucho de cómo era la espada curva de los dacios… Debió de pensar “qué gracia este español que viene aquí y sabe de esto”. Lo conocí aquí, cuando publicó en España El tiempo de los regalos. Luego te enteras de su historia. Los ingleses tienen muchas, porque han viajado. Todos estos aventureros poseen muchas de tipo erótico. El caso de Lawrence tiene ese lado de que le gustaba que le flagelaran. Patrick siempre tuvo muchas amantes y conoció a muchas mujeres interesantes. Toda su vida está en la biografía de Artemis Cooper, la mujer de Antony Beevor, que descubre muchas cosas. Sus cartas también revelan a un hombre que vivía y bebía la vida intensamente.

—Otra persona por la que siente admiración es Jan Morris.

"A veces los personajes interesantes no son los que nosotros creemos"

—Si tuviera que decir quién ha sido la persona más interesante que he conocido, mencionaría a Jan Morris. No diré que no fuera un militar. Ella fue oficial de lanceros durante su juventud y tuvo vida de soldado. Cuando me encontré con ella todavía se escribía con viejos compañeros del cuerpo. Su mirada del mundo la plasmó en unos libros fabulosos sobre Trieste, Venecia, Hong Kong, que son muy bonitos, en los que ves una mirada culta, de una enorme profundidad y una capacidad emocional maravillosa. Lo curioso es que hizo ese cambio de sexo. Desde pequeña se sintió que era una mujer en un cuerpo de hombre. Yo no entendía nada de la transexualidad. Era un mundo ajeno a mí. Pero a partir de conocerla a ella, leer sus libros y hablar juntos, cambié la apreciación. Me hizo mucho más humano. Cuando se operó, empezó a vivir como una mujer completa, como dice ella, aunque no deja de tener una parte de hombre. Ella se piensa como una especie de quimera, un ser compuesto de varios seres. Y su conocimiento del mundo clásico y las leyendas le da una profundidad a su experiencia vital increíble. Otros transexuales no han tenido la suerte de afrontar su cambio de sexo con un mundo cultural y una sensibilidad tan enorme. Y ella ha fundado una familia, porque ha tenido hijos. De hecho sigue viviendo con la mujer con la que se casó. Lo cierto es que se ha vuelto a casar con ella, porque les obligaron a divorciarse cuando ella se cambió de sexo porque, en esa época, no estaba permitido en Inglaterra que estuvieran casadas dos personas del mismo sexo. Se permitió hace unos años y se volvieron a casar. Es una historia de amor. A veces los personajes interesantes no son los que nosotros creemos.

—¿A qué se refiere?

—Conocí una vez a una mujer que era artista de circo. Era la mujer de un lanzador de cuchillos. Cuando hablas de las personas valientes que he conocido en mi profesión, sin duda ella es la más valiente: ha pasado treinta años dejando que la lanzaran cuchillos en un espectáculo. Y lo ha soportado con sangre fría. Y fue herida varias veces por su marido. Sin embargo, a la noche siguiente salía de nuevo. En el caso de Jan Morris, su mujer, tiene una historia maravillosa: qué afecto gigantesco debes tener para seguir amando a una persona que ha cambiado de sexo. Es que el viaje de Jan Morris es increíble. Pero el viaje de su mujer es un verdadero canto a la humanidad y al sentimiento. Me encantan los secundarios, como Mallory cuando sube al Everest. Lleva consigo a un tío que prácticamente no ha escalado nunca. ¿Por que lo elige a él para la cordada? Pues como Batman y Robin. Son historias bonitas, y me gusta mucho ahondar en estos personajes que a veces complementan al héroe, pero que tienen su historia y, a veces, su historia es más interesante que la del héroe. En el caso de Jan Morris tiene un libro que debería leer todo el mundo, que es esencial, El enigma, donde explica esta transformación y su viaje. Ella, aparte, es una magnífica escritora de viajes, aunque este es un concepto que suena un poco denostado.

¿Por?

"Un escritor de viajes es un escritor que viaja, no es una persona que viaja y escribe"

—Parece que todo el que lleva un diario cuando viaja lo es. Un escritor de viajes, en el sentido clásico, es algo más. Heródoto es un escritor de viajes, si tenemos que arrancar de una tradición. Un escritor de viajes es un escritor que viaja, no es una persona que viaja y escribe. Son dos cosas diferentes. Es gente con una preparación literaria y una gran capacidad de apreciación y visión del mundo, de experimentar lo que es, a la vez de poseer la capacidad literaria para transmitirlo. De nada sirve la experiencia, como vemos ahora, con todas estas personas que tienen experiencias tremendas, saltan desde una montaña, nadan entre tiburones o escalan montañas, si no tienes capacidad de transmitirlo. La gran aventura no sirve de nada si después no sabes contarla. Si eres un soldado que no sabes escribir, que no tienes sensibilidad para eso, tu historia no tiene interés.

—La preparación intelectual es esencial

—Si no reflexionas sobre lo que haces, lo que haces no tiene demasiado valor. Es la reflexión sobre la experiencia lo que te permite comunicarla, difundirla y valorarla. Los grandes personajes son los que tienen esa doble capacidad de vivir y de experimentar. Esto tiene que ver con la preparación. Antiguamente la gente que vivía esta clase de aventuras eran individuos muy preparados, que conocían perfectamente a los clásicos. Hoy el aventurero medio es una persona que se ha alimentado de documentales.

—De hecho, muchos habían salido de Eton.

—¡Sí! Donde les habían enseñado a apreciar la belleza del mundo y también a conquistarla. Pero tampoco debemos idealizarlos, sobre todo a los antiguos viajeros, porque algunos de ellos eran tremendamente racistas o grandes depredadores de la cultura a la que iban. Conviene distinguir unos personajes de otros.

—De todos los aventureros, ¿con cuál se identifica más?

"En las flaquezas de los aventureros encuentras puntos de contacto"

—Mucho con Shackleton, con el que no tengo nada que ver, porque no soporto el frío y era de una pieza. Con el tiempo he aprendido a apreciar a Scott. Shackleton tenía un objetivo y prefirió salvar a sus hombres. Scott persiguió el objetivo y murió con ellos. Releyendo las cartas de Scott he percibido un lado humano, unas flaquezas que te lo hacen más cercano. ¿Con quien te identificas más: con el éxito o el fracaso? Yo me identifico más con el fracaso. Scott intentó darle a una vuelta al suyo, convirtiéndolo en una muerte heroica que dignificara su aventura y ese intento de manipulación te hace identificarte, pensar: “Bueno, ya que voy a morir y nada de esto sirve para nada, salvemos los muebles y hagamos  lo que nos queda con cierta grandeza”. El lado malo es que con él murió gente, pero si vas a una exploración ártica tampoco puedes pedirle responsabilidades al cabo. Scott, en una de sus ultimas frases en las cartas que escribió antes de morir, le dice a la mujer que procure que el chico se interese por las ciencias naturales. No le dice que sea empresario. Y, de hecho, su hijo se convirtió en un zoólogo importante. Me parece muy bonito. Yo diría algo parecido. Hay algo ahí que te acerca. En las flaquezas de los aventureros encuentras puntos de contacto.

—¿Qué batalla le hubiera gustado ver?

—Cualquier batalla que viéramos es una salvajada tan grande… Para hacerse una idea de lo que fueron las batallas de la antigüedad no hay que acudir al cine, ni a los mapas. Hay que ir a una carnicería y escuchar el ruido que hacen los cuchillos de los carniceros al cortar la carne. Eso es una batalla de la antigüedad, Cannas, las Termópilas… En cualquier batalla debías oír la carne hendida por las lanzas, los sables… Un horror. En el cuerpo a cuerpo, sajabas al a gente y los intestinos caían al suelo. La guerra es un espanto. Por eso existe ese contraste entre el espanto que es y cómo hemos llegado a sublimarla en unos relatos de aventuras. Entiendo a la gente con sensibilidad moderna que dice que todo esto de la historia militar es una equivocación, porque entienden que la dimensión de la guerra.

—¿Entonces?

—Dentro de ese horror reconocemos unos valores, la valentía y la cobardía, y nos preguntamos qué haríamos en esos casos. Es lo que dicen Beevor o Hastings. Escriben una historia militar que te permite entender la historia, porque sin las batallas y las contiendas no se entiende, pero también te permite preguntarte qué hubieras hecho tú. Los hombres, por lo menos los de mi generación y anteriores, hemos pensado que la piedra de toque de la virilidad era el valor. Incluso sabiendo que no lo tienes, fantaseas con eso. Por eso la historia de Las cuatro plumas tiene tanto enganche, porque es la narración de una cobardía redimida. Se pueden hacer cosas fuera de la masa, del ejercicio militar, pero también a través de la inteligencia y el espionaje, y salvar a tus amigos y redimirte delante de tu padre y tu novia. Quizá eso es más importante que ganar una medalla.

—Los libros de aventuras tradicionales reflejan ese mundo.

"Quizá lo que se puede valorar más de las historias de aventuras, imaginadas o reales, es que el destino personal se encarama sobre el colectivo, y eso es lo que nos atrae"

—Pero no glorifican el militarismo. Beau geste, de Percival Christopher Wren, es una novela que te presenta el espanto del servicio militar. Unos ingleses que se escapan, que van a la legión extranjera por abnegación fraternal, para ayudar a sus hermanos y buscarlos. Estas dos últimas hablan de la amistad y en ellas se habla mal de la vida militar. Cuando las lees te das cuenta de que hay otras cosas ahí. Ivanhoe es una obra compleja. En ella está el caballero aristócrata sajón que se encuentra con los normandos y consigue el amor de su novia de siempre, pero por otro lado, ¿no es la historia del amor torturado entre el caballero templario y la judía? Él sabe que nunca estará con ella, porque es la enemiga de su religión y ha hecho los votos como templario y tiene que luchar con Ivanhoe, porque él es el paladín de la chica judía y la quiere salvar de la hoguera. El templario tiene que pelear para que envíen a la hoguera a la chica que él ama. Este subtexto es más interesante. Igual sucede en La flecha negra, de Stevenson: ahí está la Guerra de las Dos Rosas, pero por debajo hay una historia de fidelidades y amistades. Por eso nos gustan las historias de aventuras tradicionales, porque tienen más cosas. Patrick O’Brian te explica la vida de la marina británica y lo maravillosos que son los marinos ingleses, pero también la historia de infidelidad de Aubrey, cómo le tortura pensar que tiene un hijo fuera del matrimonio o las imposibilidades de amar de Maturin. Sandokán es un tío que lucha contra los colonialistas. En los poemas de Kipling están los soldados que aguantan hasta el último momento. Parece que ha habido gente que ha entendido mejor la vida. Por eso es tan divertido el mundo de la valentía y el honor, porque te dice cosas muy diferentes. Quizá lo que se puede valorar más de las historias de aventuras, imaginadas o reales, es que el destino personal se encarama sobre el colectivo, y eso es lo que nos atrae. Pensar que puedes escapar a las vicisitudes históricas y elevarte de alguna manera, darle un sentido a la vida, a la existencia, que es lo que todo el mundo busca. Y eso es lo que está en la buena novela de aventuras.

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Continuará:

  • La tercera entrega, sobre el periodismo, se publicará el domingo 13 de enero.

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