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Jauría: teatro mirando al abismo

Jauría: teatro mirando al abismo

El 6 de julio de 2016 un grupo de cinco hombres agredieron sexualmente a una mujer de dieciocho años. Tras varios meses de debate social, fueron condenados por abuso sexual. Pasaron algunos meses en la cárcel. “La manada” fue liberada mientras que su víctima,de la que se difundieron vídeos y su identidad, continúa siendo juzgada.

Tras la publicación de las transcripciones del juicio a “la manada”, el dramaturgo Jordi Casanovas elaboró una propuesta dramática para su puesta en escena. Una obra de teatro de la que conocemos prácticamente todo el texto. Una obra (documental) en la que el arco dramático de sus actores es un vaivén que nos remueve las entrañas y que acercará este tema a los jóvenes por medio de un programa docente impulsado por la compañía.

Miguel del Arco levanta en el teatro Pavón una apuesta comprometida con la sociedad. En esta ficción documental en la que todas las declaraciones (de acusados y víctima) tienen igual peso, el autor buscó la imparcialidad, aunque en la puesta en escena la realidad y el horror nos inunden.

Primeros segundos y el hilo de voz de María Hervás (actriz que interpreta a la víctima) se oye entrecortado. Así será durante toda la función. Llora y habla mientras todos enmudecemos.

Jauría representa un doble juicio: el juicio por el que tuvo que pasar la víctima en su declaración y el juicio moral al que fue sometida: fue perseguida, espiada a través de las redes sociales. Sus datos personales ( y los elementos gráficos del delito que contra ella se cometió) fueron ampliamente difundidos. Este doble juicio aún continúa cada vez que le restamos valor a las palabras.

Durante hora y media el trabajo de Raúl Prieto, Fran Cantos, Álex García, María Hervás, Ignacio Mateos y Martiño Rivas nos agarra de las solapas con fuerza desmedida. La obra produce escalofríos. El texto corroe al público y los actores sostienen una carga dramática impensable.

No hay descanso. El juicio continúa. Tras las declaraciones (jocosas unas, desoladora otra) son los magistrados quienes cargan de intencionalidad sus preguntas. Cada palabra pesa, cada palabra cae como una gota gélida e inesperada. El público traga saliva, aplaude cuando termina la función, cuando los actores se abrazan después de esta inmersión en el horror. Y las palabras se quedan, sobrevolándonos e interpelándonos.

La obra sacude nuevamente a los espectadores, como ya sacudió este espeluznante hecho hace casi tres años. Cada vez que Jauría, esta obra documental, se representa en el escenario, una mujer agredida se remueve en su asiento, las lágrimas de parte del público caen, la herida vuelve a descoser sus cicatrices, a sangrar pidiendo justicia, a reavivar el debate, a recordarnos lo importante que es mirar de vez en cuando cara a cara al abismo. Sal sobre la herida.

Imágenes: Vanessa Rábade