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Teatro para no olvidar: sal sobre la herida

Teatro para no olvidar: sal sobre la herida

Hace unos días la escena madrileña acogió la (segunda) puesta en escena de El pan y la sal, una poderosa obra de Teatro del Barrio (en esta ocasión en colaboración con el Teatro Español de Madrid, el Teatro Lliure de Barcelona y el Teatro Central de Sevilla).

La obra, alumbrada hace tres años en el popular teatro de Lavapiés, vuelve ahora convertida en una pieza esencial de la temporada gracias a estos cuatro días en los que hemos visto sobre las tablas esta recuperación de la memoria histórica.

Escrita por Raúl Quirós (padre de Flores de España), El pan y la sal reivindica la necesidad de no olvidar, de no pasar página tras los crímenes de nuestra historia reciente. Para ello se sirve de un hecho real, el juicio al juez Baltasar Garzón, que funciona como hilo conductor para rescatar la historia de las víctimas abandonadas (recordemos que España es el segundo país del mundo en número de desaparecidos, tras Camboya).

En escena un jurado popular, un juez (Andrés Lima), acusación (Alberto San Juan), defensa (Ginés García Millán), el acusado (Mario Gas) y una serie de testigos (José Sacristán, Natalia Díaz, Nuria Espert, Emilio Gutiérrez Caba, Ramón Barea, Gloria Muñoz…) que explicarán su vinculación con diversas asociaciones de la Memoria y cómo la desgracia les ha golpeado en el pasado. Estos testigos son, en su mayoría, hijos y nietos de desaparecidos, personas que se aferran a preguntas sin respuesta, al silencio que recibieron por parte de nuestras instituciones, a que en esta España cainita se les señalara con el dedo.

“Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacerla. Más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos. Ella, desde el aire, nos respira. Es contradictoria, como nosotros. Nunca está quieta. Con nosotros, cambia. A medida que van pasando los años, y los años nos van cambiando, va cambiando también nuestro recuerdo de lo vivido, lo visto y lo escuchado. Y a menudo ocurre que ponemos en la memoria lo que en ella queremos encontrar, como suele hacer la policía con los allanamientos. La nostalgia, por ejemplo, que tan gustosa es, y que tan generosamente nos brinda el calorcito de su refugio, es también tramposa. ¿Cuantas veces preferimos el pasado que inventamos al presente que nos desafía y al futuro que nos da miedo? La memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia, pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”. —Eduardo Galeano

Baltasar Garzón y su juicio son sólo la excusa que Lima pone sobre las tablas para colocar al espectador en un terreno incómodo, el de recordar todo lo que hemos olvidado: el dolor, el sufrimiento de las víctimas de la guerra y de la dictadura. Un dolor que parecía agotado (por olvidado).

Lima coloca al espectador frente a la herida abierta que aún supura. El teatro es sal sobre la herida. España es una gran herida —parece decirnos el director— y aún no hemos encontrado para ella los necesarios puntos de sutura.

El teatro documental surgió en la segunda mitad del siglo XX como una respuesta al hambre de realidad. Erwin Piscator (uno de sus primeros referentes) influyó de manera decisiva en la narrativa dramática “épica” de Brecht.

“El Teatro-Documento no se sitúa en el centro del acontecer, sino que adopta la posición del que observa y analiza. Con su técnica de montaje, hace resaltar detalles claros entre el caótico material de la realidad exterior. Mediante la confrontación de detalles contradictorios, llama la atención sobre un conflicto existente.” —Peter Weiss

Posteriormente hubo una serie de fenómenos (como la aparición de internet) que vapulearon al teatro, alejándolo de esa vehiculación de la realidad. Pero el teatro cogió de nuevo las riendas uniendo poesía e investigación. El teatro documental es una delicada partitura que se desliza sobre la realidad sin ficcionarla.

En esta misma línea de teatro documental que recoge textos literales (testimonios o documentos) de la realidad (en este caso de El pan y la sal fueron transcripciones literales del juicio) encontramos en nuestra escena otros ejemplos que asientan el género, teatro para no olvidar.

No nos separamos de Teatro del Barrio para recordar algunas de sus últimas producciones como Flores de España y Ruz-Bárcenas (de Jordi Casanovas). Resaltamos el ambicioso trabajo Proyecto 43-2 (una trilogía de María San Miguel sobre el conflicto vasco). Continuamos mencionando otras producciones como In memoriam: La quinta del biberó de Lluis Pascual (reclutamiento de jóvenes para la batalla del Ebro) o los textos de próxima puesta en escena: Port Arthur (de Jordi Casanovas, basado en el interrogatorio a un acusado de una matanza en Australia) y Jauría (basado en las transcripciones del juicio a “la manada“), también escrito por Casanovas, para una obra que sacudirá la pólvora de la escena patria.

“El gran incendio de 1914 a 1918 y los tiros en enero de 1919 en Berlín derrumbaron para siempre, en el sentido aristotélico, la cuarta pared del teatro y del drama.” —Piscator, “Die Dramatisierung von Romanen”,1956.

Anoten en su carné de baile:

El pan y la sal podrá verse el 29 y 30 de septiembre en el Teatro Lliure de Barcelona y el 20 de octubre en el Teatro Central de Sevilla.

Jauría y Port Arthur podrán verse en el Teatro Pavón Kamikaze a partir del 6 de marzo de 2019.

Proyecto 43-2 se podrá ver en el Teatro de la Abadía a partir del 12 de marzo de 2019.