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Jesús Terrés

En una tarde calurosa de julio, aprovechando un viaje para presentar su nuevo libro, pude retratar a Jesús en Madrid.

La sencillez que transmite su lenguaje corporal me invita a hacerle algunos retratos donde se vea el carácter que tiene este periodista y autor. Pasamos un buen rato conociéndonos, charlando sobre Valencia, el boxeo y las MMA.

Para saber más sobre Jesús:

Jesús Terrés (1977) escribe habitualmente sobre viajes, cultura y pecados veniales en Vanity Fair, Condé Nast Traveler y la revista GQ. Dio sus primeros pasos en el universo editorial a través de las paginas de El Mundo hace más de veinte años pero fue —quizá— la columna «Nada importa» la culpable de este desangrarse sobre el folio en blanco. Desde entonces ha combinado el periodismo con la creatividad y la vida con las letras; publica cada año un anuario gastronómico en torno al hedonismo en la ciudad donde nació, València. Vive frente al mar. Nada importa es su primer libro de crónicas.

 

“Sencillamente diría que soy un lector que escribe, pues lo primero siempre fue antes de lo segundo. Sin leer, sin vivir, no tendría sentido nada de esto».

Nos recomienda a los lectores de Zenda También esto pasará, de Milena Busquets, editado por Anagrama

Llega un momento en la vida (yo ya he llegado) en el que casi todas las conversaciones en torno a los tópicos del día a día y tantas urgencias que en realidad no lo son me resultan aburridísimas, inanes, yermas de calor. Y cada vez me importa menos tu (supuesto) éxito profesional, lo mucho que te leen o los países en los que has estado: me aburro. Y me quiero largar de esta comida que siempre se me hace larga hasta que el amor, el dolor o las cosas que de verdad importan se dejan caer sobre la mesa: ya solo me interesa la copla.

Me pasa con las personas y me pasa también con las obras de ficción: por eso y porque la publicación de También esto pasará, de Milena Busquets, editado por Anagrama, llegó en el preciso instante (qué importante es el momento vital en el que lees una novela, ¿verdad?) y porque cada párrafo duele y la novela es una sonda que llega hasta lo más profundo. Esos son los libros que quiero en mi vida: “Amamos como nos han amado en la infancia, y los amores posteriores suelen ser sólo una réplica del primer amor. Te debo, pues, todos mis amores, incluido el amor salvaje y ciego que siento por mis hijos. Ya no puedo abrir un libro sin desear ver tu cara de calma y de concentración, sin saber yo que no la veré más y, lo que tal vez sea incluso más grave, que no me verá más. Nunca volveré a ser mirada por tus ojos. Cuando el mundo empieza a despoblarse de la gente que nos quiere, nos convertimos, poco a poco, al ritmo de las muertes, en desconocidos. Mi lugar en el mundo estaba en tu mirada”. 

Nos habla sobre su libro Nada importa, editado por Circulo de Tiza

Nada importa, libro de relatos que cruzan casi una década y que edita Círculo de Tiza, es en realidad la historia de un viaje (todas lo son, ¿no?), el de alguien que está aprendiendo a mirar. A entender. Precisamente estos días leía un texto de Arturo Pérez-Reverte titulado Nuevas tardes con Teresa, a modo de homenaje a Juan Marsé y donde recordaba una conversación entre ambos: el maestro de esgrima le recordaba a Marsé que Últimas tardes con Teresa es en realidad una novela de aventuras, porque “la historia de la literatura se refiere, casi siempre, a la aventura del ser humano moviéndose por un territorio hostil, en pos de un deber, una pasión, una idea, un amor, una cita ineludible con el azar o el Destino”.

Pienso exactamente lo mismo: todas las novelas esconden una novela de aventuras, y añado: todos los viajes hablan del mismo viaje, porque solo hay uno. Así que si puedo añadir un pequeño texto del libro, que sea uno en el que relato un viaje que no pude hacer con mi padre, un día que nunca pasamos juntos en una ciudad que no conoció, Madrid: “Te gustaba andar, y la soledad. Así que andaríamos el paseo del Prado y te dejaría perderte entre Zurbarán, Velázquez y Ribera. Acabo de recordar (maldita sea la memoria) tu dedo señalando Las hilanderas en aquel libro de la escuela sobre historia del arte. Cómo te gustaría este museo. Te regalaría un libro en la cuesta de Moyano y dejaría que pagaras el almuerzo en Alabaster. Tu hijo escribe (esto ya lo intuías, creo) sobre viajes, emociones y restaurantes. También diseña —cómo insistías en que no dejase de lado el dibujo—, anda metido en cien proyectos y se deja en alma en esos bichos peludos con los que tanto tiempo pasaste. Recuerdo que cuando murió nuestro primer perro moriste un poco tú también. Cómo te entiendo ahora. Cada vez pienso más en ti, en lo que me dejaste. En esta maleta a medio hacer. En ese viaje que no hicimos. Tengo miles de dudas, y la certeza (esto me lo dicen mucho, vete tú a saber por qué) de que sería un buen padre. Un día, te prometo, haré este viaje con tu nieto. Le mentiré —perdóname— y le contaré cómo nos unió aquel viaje, y dejaré que se pierda entre cafés, libros y memoria. La nuestra, papá.”

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