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John Banville: “Como soy un arrogante, quería medirme con una gran novela como la de James”

John Banville: “Como soy un arrogante, quería medirme con una gran novela como la de James”

Son las diez de la mañana y el escritor se abre paso a través del salón de un hotel de la Gran Vía. No lleva el traje gris que luce cuando acude a los sitios vestido de John Banville. Tampoco el sombrero que cubre su cabeza cuando se presenta a las entrevistas como Benjamin Black, el alter ego de novela negra que se inventó hace ya más de diez años con El secreto de Christine (2006).

"Ser otros envejece, o al menos eso constata quien advierte en John Banville una repentina senectud. Un aire exhausto que se apodera de su perfil y sus gestos"

Esta mañana, el premio Princesa de Asturias de las Letras viste una americana con cuello de corte Mao, una prenda de paño estampado que lo emborrona y envejece. John Banville (Irlanda, 1945) parece deshilachado entre los dos hombres que ha sido hasta ahora: el autor que ganó el Man Booker Prize en 2005 con El Mar, ese lento preciosista que todo lo ilumina, y el carpintero Black, ese del que tanto le gusta reírse, y por el que muchos —dice él— lo miraron de arriba abajo: ¡un esteticista en territorio detectivesco!

Ser otros envejece, o al menos eso constata quien advierte en John Banville una repentina senectud. Un aire exhausto que se apodera de su perfil y sus gestos, y no porque haya aterrizado hace apenas unas horas en Barajas; no. Hay algo definitivo en el cansancio de Banville. Una fatiga incubada durante años y que estalla en su rostro como una noticia de vejez, ese tiempo en el que las cosas se licúan en el solo placer de su acontecimiento. Algo de eso tiene el libro que lo ha traído de nuevo a España: La señora Osmond (Alfaguara), una secuela de El retrato de una dama, de Henry James, que Banville ha escrito, reincidente en el arte de su propia fuga. Ser otro.

Hace cuatro años, a la escisión Banville/Black, el novelista añadió un tercer compartimento de sí mismo al asumir la voz de Raymond Chandler para resucitar a Philip Marlowe en La rubia de ojos negros (Alfaguara). Ahora hace algo parecido con Henry James, un autor —como Banville— esteticista, que afila la pluma para llegar al centro de sus personajes y con el que irlandés comparte, acaso, la tendencia a repartirse a ambos lados de una línea: en el caso de James entre el Nuevo Mundo, América, y el Viejo Mundo, y Europa; en el de Banville, ese espacio que cabe entre un tiempo siempre remoto y el que él experimenta mientras escribe.

Se da el lujo Banville —así lo ha dicho Rodrigo Fresán— de atreverse con la que se considera una de las grandes novelas norteamericanas, publicada en entregas entre 1880-81 en las revistas The Atlantic Monthly y Macmillan’s y luego como libro, en 1908. Una novela retomada por autores como el irlandés Colm Tóibín y en la que Banville ha encontrado una alternativa a ese mundo, acaso ya demasiado crepuscular, de la Irlanda de los años cincuenta de sus últimos libros. Y aunque retomar a Miller sea una forma de pasado, este lo divierte, lo libera. Se distrae Banville jugando a estas cosas.

"No aburre ni se aburre. Da traguitos a su brebaje, como si saboreara cada chiste antes de pronunciarlo. Así es el señor Banville: un astuto fabulador"

En La señora Osmond Banville comienza en el punto en el que Henry James dejó a su Isabel Ascher: la ingenua joven americana que se descubre a sí misma engañada por Gilbert Osmond. ¿Irá a su encuentro? Sí, irá a Roma a resolver lo que ha quedado pendiente. Ese viaje permite a Banville e Isabel desprenderse de la piel de candidez que la recubría en la novela de James, al mismo tiempo que atraviesa una Inglaterra donde el movimiento sufragista resuena con fuerza, llega al París cosmopolita y cierra en Italia su larga metamorfosis. Banville retoma la galería de personajes originales: el marido traidor, Gilbert Osmond; Madame Merle; Mrs. Touchett; Lord Warburton; Caspar Oswoo;  la hijastra Pansy; la condesa Gemini y Henrietta Stackpole. A estos añade solo uno de su propia cosecha: la criada Staines.

Ante un vaso mínimo de té, el irlandés comparece, educado y paciente, para contestar a las mismas preguntas de siempre: que si John Banville, que si Benjamin Black, que si la prosa y la frase, que si la novela y su más allá. No aburre ni se aburre. Da traguitos a su brebaje, como si saboreara cada chiste antes de pronunciarlo. Así es el señor Banville: un astuto fabulador a la hora de despistar a quien insiste en preguntar lo mismo, una y otra vez. Antes de que acabe la media hora concedida para esta entrevista, él ya habrá sacado a pasear a los hombres que aún lleva dentro. Lo hará, claro, para distraer. Se saldrá una vez más con la suya y lo dejará todo en la coquetería de la penumbra. La erótica de la ocultación. El arte de ser otro.

Es un gusto volver a leerlo como Banville.

—Gracias —dice el escritor con esa cortesía que en otros sería anacrónica y en él es pura elegancia—.

—¿Aunque… es usted realmente Banville en este libro? ¿Qué afición ventrílocua alimenta en sus últimos experimentos?

—Quién sabe. No me veo a mí mismo como un ventrílocuo. Son gente muy extraña —dice, impostando un gesto tremebundo—. Un sujeto que sostiene un muñeco y te mira, sentado detrás, mientras el muñeco habla.

—No me malinterprete. Ha sido usted Benjamin Black. Fue Raymond Chandler hace poco. Ahora Henry James. ¿Huye de su voz?

—Oh, no me molesta lo de ventrílocuo, sólo intento hacerme entender. Mire, se lo explicaré de la siguiente forma: siempre me gustó Henry James. Como novelista puro, considero que él es el mejor. Escribió cinco o seis obras maestras. Es cierto que resulta imponente hacer una secuela de una de ellas, El retrato de una dama en este caso, pero… ¿sabe algo? A estas alturas le tengo miedo a muy pocas cosas.

—James es un estilista, como usted.

—De alguna forma, sí… Lo que en realidad es Henry James es el primer gran modernista. Pero nadie siguió su dirección, ni James Joyce ni Ezra Pound, porque la vanguardia resultaba siempre más emocionante. Henry James era capaz de llegar de forma cada vez más profunda al interior de los personajes. Cuando lees sus últimas novelas te sientes confundido, intentas avanzar a través de una niebla. Y eso es lo que te hace consciente. Yo creo que James ha sido uno de los seres más conscientes en el mundo. Y lo propicia en sus libros. Nunca sabemos exactamente qué empuja a sus personajes, si dicen la verdad o si se trata de una representación. Eso es lo que me fascina de Henry James.

"Cuando terminé mi libro, pensé en finalizarlo en un momento en el que ella conociera a un hombre amable e interesante y regresara a América"

—Retrato de una dama no culmina, se detiene en seco. ¿Cómo echar a andar y cómo finalizar una novela así?

—Cuando terminé mi libro, pensé en finalizarlo en un momento en el que ella conociera a un hombre amable e interesante y regresara a América. Pero dije: no puedo hacer eso. Tengo que retomar la pregunta: ¿qué va a hacer? Así que espero que venga una mujer y escriba una secuela, de forma que esta historia esté escribiéndose continuamente, para siempre.

—Su Isabel Ascher no regresa para vengarse, sino para confrontarse. ¿Con quién? ¿Con Osmond? ¿Consigo misma?

—Ella quiere un ajuste de cuentas. Eso implica un balance. La venganza habría implicado destruirlo, lo cual habría hecho la vida de ambos mucho más difícil.

—En el encuentro que tienen ambos, él le reprocha haber sido su oponente en el matrimonio. ¿Qué significa eso?

—La primera vez que leí Retrato de una dama tenía 20 años. Isabel se convirtió en una heroína. Ella iba a confrontarse con el mundo y bebérselo. Es valiente, es honorable, es decente. Luego la leí, a mi mediana edad, y me di cuenta de que ella no es lo que pretendía ser. No está del todo claro quién es ella ni la clase de persona que cree ser. Volví a leer la novela, ya mayor, y encontré en ella un ego monstruoso, exactamente igual que Osmond.

—Por eso titula con el apellido de él.

—Ella, como él, es profundamente egoísta. Pero ocurre una cosa: en la novela de James nunca llegamos a conocer o escuchar la versión de Osmond. Nunca sabemos lo que él está pensando. Sí, es un monstruo y es malvado, e incuso débil, pero no porque él nos los cuente. Las cosas no son blancas o negras y eso es lo que me gusta de este libro. Intento plantear eso.

—Todo nos llevaría pensar que el gran egoísta es él, Osmond.

-No del todo. Incluso cuando Isabel se confronta con Madame Mearl vemos algo de eso. Te das cuenta de que Mearl, Isabel y Osmond dibujan tres enormes egos. Y en el fondo ella, Isabel, gana. En lugar de vengarse de Madame Mearl, muestra generosidad, porque siente pena por ella. Madame Mearl ha sido también muy cruel. Quizá en mi novela ella quede retratada de manera más infeliz. E insisto: es un ajuste de cuentas, no una venganza. Eso habría hecho sus vidas más complicadas. Es una forma de justicia. Y la justicia siempre es dura.

—Hay justicia, pero no del todo conclusiva. Aún queda una puerta abierta…

—Por eso digo: quien debe completar esta historia ha de ser una mujer.

"Si lees la epopeya de Gilgamesh llega un punto donde vemos que, en nuestra evolución, nos detuvimos"

—Ese egoísmo que usted señala en Isabel tiene algo de la insatisfacción de Bovary, algo que las hace contemporáneas.

—Porque en el fondo los seres humanos no cambiamos demasiado con el tiempo. Si lees la epopeya de Gilgamesh llega un punto donde vemos que, en nuestra evolución, nos detuvimos. Platón es contemporáneo. Jesucristo es contemporáneo. Aristóteles es contemporáneo. Heráclito también. Pero hay una cosa, en ocasión a su mención a Madame Bovary.

—¿Cuál será?

—Flaubert era un tremendo misógino y lo que intenta es mostraros a una mujer frívola, estúpida. Henry James no. Él, que además era homosexual, adora a las mujeres. A mí me ocurre lo mismo. Sus personajes mujeres son más interesantes. Todo lo importante que he aprendido en mi vida lo he aprendido de mujeres. No he aprendido nada de los hombres. Mi idea del infierno es una cena interminable llena solo de hombres.

—Su Isabel Ascher crece, regresa libre de las culpas que la aguijonan…

—Retrato de una dama es una de las novelas más feministas, aunque yo no pretendí que la mía lo fuera. Aunque es cierto que los hombres en mis novelas no cuentan. Ni siquiera Osmond lo hace y en esa conversación a la que te refieres ves cómo aunque ella parezca ingenua, se revela mucho más consiente de sí misma.

"Una vez que se da cuenta de que ha sido utilizada por Osmond, encuentra cierta conveniencia, que inglés significa lavatorio también"

—Virginia Woolf lo señaló con la propia escritura. A estos personajes como Isabel el dinero las redime, las independiza.

—El dinero es como esa expresión: cochino dinero. Le ocurre especialmente a la sociedad victoriana, cuyos miembros se veían a sí mismos como seres por encima de algo tan prosaico como el dinero. Pero tenías que tenerlo. Las mujeres de clase media tenían muy claro que necesitaban un marido, y un marido con dinero. Isabel no tiene esa experiencia, porque tiene dinero, pero siente que sentirse tocada emocionalmente es mucho más fuerte. Una vez que se da cuenta de que ha sido utilizada por Osmond, encuentra cierta conveniencia, que inglés significa lavatorio también.

—¿Algo con lo que debe lidiar?

—Algo que debe asumir por costumbre. Cuando te plantas frente a eso y ves lo que Henry James ha diseñado dices, ¿pero cómo…?

—Sobre el lenguaje, otro de sus grandes temas. Dice usted que no avanza si la frase no está cerrada. ¿Cómo enfrentó ese proceso con James?

—Fue una experiencia muy extraña. Mientras escribía la novela, estaba enseñando en la Universidad de Chicago. No tenía nada que hacer, así que me dediqué a escribir. Mientras apuntaba las notas, miraba mi mano y sentí, en un momento, que no era yo. Que mi mano no era del todo mía. Los psicólogos dicen que cuando tienes una tarea que completar, no te comportas del modo en que acostumbras. Eres capaz de hipnotizarte. Creo que yo escribí este libro hipnotizado o en un cierto estado de hipnosis.

—¿Qué le pasa a John Banville que necesita ser alguien más para escribir?

—Necesitaba un descanso.

"Necesitaba escribir sobre mujeres. Los hombres son organismos más simples. Siempre sabes qué quieren. Las mujeres en cambio siempre serán un misterio para mí"

—¿De sí mismo?

—Necesitaba un descanso. Necesitaba escribir sobre mujeres. Los hombres son organismos más simples. Siempre sabes qué quieren. Las mujeres en cambio siempre serán un misterio para mí. Y quería escribir sobre Isabel. En algún momento llegué a pensar que estaba enamorado de ella, pero no. Es demasiado fría.

—No hablo de Isabel. Hablo de Banville, Black, Chandler, James ¿Por qué necesita ser otro para escribir?

—No puedo explicarlo. Cundo escribí el libro de Chandler lo hice en un verano y no recuerdo cómo lo hice. No puedo. Insisto, fue un estado hipnótico.

—Le preguntaría por Black, pero… la verdad. No me malinterprete, pero …

—Sé lo que vas a decir y estoy completamente de acuerdo contigo.

—Entienda una cosa: quizá algunos lectores suyos se entretengan con Black, pero muchos otros prefieren a Banville. ¿Adónde se fue?

—Trabajé en periodismo durante 35 años, porque conozco mis límites. Y cuando dejé atrás el periodismo, me dediqué a llenar mi tiempo. En un momento, me inventé a Black, él me entretiene, él llena también el tiempo.

—Se supone que él merodea alrededor de su escritorio, ¿no?  

—Se supone que él debía hacer dinero -risas-.

—Por lo que dice, asumo que eso no ha ocurrido.

—(Risas)…

—Leer un clásico varias veces a lo largo de la vida da perspectiva sobre el libro, pero cuando decide reescribirlo, lo que debería cambiar es la impresión acerca del género literario. ¿Le ocurrió?

—En muchas ocasiones, el género novela me disgusta, pero no se puede negar que es tremendamente fuerte. Es una de las grandes formas del arte. Tiene prosa, tiene poesía, tiene pintura, tiene música. Las contiene a todas. Creo que Henry James contribuyó a ese mecanismo. Hay novelas que son hermosas y otras que no. Y yo, como soy arrogante, quería medirme con una de las novelas  más grandes. Ya ves, soy un pretencioso.