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Los que mataron a Robert Kennedy son los mismos que asesinaron a JFK

Los que mataron a Robert Kennedy son los mismos que asesinaron a JFK

Ángel Montero publica Bobby Kennedy, un héroe entre fantasmas en el 50º aniversario de su muerte.

 

Enamorado de la investigación desde siempre, pero ejerciendo durante los últimos años su verdadera pasión, Ángel Montero acaba de publicar Bobby Kennedy, un héroe entre fantasmas, con motivo del 50º aniversario de su muerte, el 6 de junio de 1968. Se trata de un verdadero y exhaustivo análisis de todo lo que rodeó el asesinato de uno de los políticos con más futuro de Estados Unidos, país que no le dejaron mejorar los mismos que campaban a sus anchas, tanto dentro como fuera de la legalidad y que también cercenaron la vida de su hermano John Fitzgerald Kennedy. La siguiente conversación con el autor del libro sobre Robert Kennedy aclara muchos puntos negros de una historia apasionante.

 

—En su anterior libro sobre los Kennedy (JFK, 50 años de mentiras, editorial Poe Books) usted marca perfectamente el camino para entender el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y derribar los falsos mitos sobre el mismo. ¿Hasta qué punto se pueden esclarecer los motivos del también asesinado Robert Kennedy? ¿Le ha sido muy ardua la fase de documentación?

Grosso modo, los motivos que acabaron con la vida de Robert Kennedy y del presidente fueron los mismos. De hecho, una parte importante de los colaboradores de JFK se hubieran incorporado al ejecutivo de Bobby si hubiera llegado a la Casa Blanca. Los mismos que acabaron con uno terminaron con el otro y, entre medias, con Martin Luther King. Son los que no estaban dispuestos a consentir una América diferente. La fase de documentación ha sido ardua, pero menos dispersa que con el caso de JFK. La leyenda del presidente Kennedy y su muerte llevó a la publicación de más de seis mil libros, muchos de ellos basados en auténtica desinformación. En este caso nos encontramos con un culpable que todavía vive y una destrucción masiva de pruebas. Para que se haga una idea, de las 3.470 entrevistas policiales sólo se salvaron de la quema 301. Las 29 entrevistas de testigos que hablaban de la famosa muchacha del vestido de lunares negros desaparecieron. Y cuatro mil fotografías fueron igualmente incineradas en el Hospital General de Los Angeles. Sirhan Sirhan, por su parte, sigue sin “acordarse” de nada.

"El arma de Sirhan quedó inutilizada por negligencia policial. Y si Sirhan sigue con su actitud de no querer decir nada, hay muy poco que descubrir"

—¿Hay todavía información reservada?

—Un juzgado obligó a la fiscalía de Los Angeles y al Departamento de Policía a entregar todos los archivos del caso en los años noventa, por petición de unos investigadores que trabajaban para la Universidad de Massachussets. La fiscalía lo hizo, pero el LAPD ya había llevado a la incineradora de un hospital buena parte de la documentación. Apenas unos días después del asesinato se destruyó el marco de una puerta donde había alojadas dos balas y las plaquetas del techo que igualmente tenían agujeros. Las balas, marcadas por los doctores con sus iniciales, poco tiempo después tenían otros signos distintos. El arma de Sirhan quedó inutilizada por negligencia policial. Y si Sirhan sigue con su actitud de no querer decir nada, hay muy poco que descubrir.

—¿Cuáles eran los grandes enigmas que quedaban por resolver en este caso?

—Los interrogantes básicos de este caso son diversos. Primero hay que dar por probado que Sirhan disparó a Kennedy. Segundo, no se sabe por qué ni quién decidió que Robert, tras pronunciar su discurso, tomara el camino de la despensa que tomó. ¿Cómo era posible que Sirhan lo estuviera esperando allí si no se sabía que iba a pasar por ese lugar? Después está el tema de los disparos, las trayectorias y las distancias. Sirhan estaba situado de frente al senador cuando apretó el gatillo; sin embargo, los disparos aparecen en la espalda y en el mastoides detrás del oído derecho de Kennedy. Según el forense, todos realizados a quemarropa (entre 1 y 5 centímetros). Sirhan nunca estuvo tan cerca del senador. Además, hubo otros cinco heridos de bala, se encontraron dos proyectiles más en el poste central de las puertas batientes por las que entró a la despensa Robert, y otros tres agujeros en el techo. El revólver de Sirhan solo tenía ocho disparos. No salen las cuentas, teniendo en cuenta que Bobby recibió cuatro.

—¿Quiénes fueron sus asesinos, aunque el ejecutor fuera Sirhan Bishara Sirhan?

—Por las razones antes indicadas es difícil saber ahora quién más estuvo implicado, pero sus enemigos eran los que se creó siendo fiscal general del Estado, los mismos que no estaban dispuestos a repetir la experiencia JFK nunca más. Como se dice en términos mafiosos, “había un contrato por” Robert Kennedy y alguien tomó la iniciativa. Hubo muchos candidatos. Al final, disparó Sirhan, pero si no hubiese sido él lo hubiera hecho cualquier otro. Cuando preguntaron al periodista John J. Lindsay, unos días antes del asesinato, si Kennedy tenía chance para ser presidente respondió: «Por supuesto que sí, pero no va a llegar hasta el final. Y la razón no es otra que alguien le disparará. Lo sé yo y lo saben ustedes, tan seguro como que estamos aquí. Le están esperando ahí fuera». Siempre hay cabezas de turco disponibles. Las amenazas contra la vida del senador durante su última campaña fueron constantes.

"Hay muchos indicios que llevan a pensar que Sirhan fue manipulado mentalmente en la línea de los experimentos MK Ultra"

—¿Quién era Sirhan Bishara Sirhan y por qué le tocó ser cabeza de turco, como lo fue Lee Harvey Oswald en el asesinato de JFK?

Sirhan Sirhan era un joven palestino de 24 años enamorado del mundo de los caballos, pero sin rumbo fijo en la vida. Llevaba una vida como muchos jóvenes de su edad, con sus amigos, su coche y sus trabajos eventuales. Siempre fue un refugiado, incluso hoy sólo tiene la nacionalidad jordana. En lo que se refiere a Oswald, estamos ante dos perfiles muy distintos, pero en ambos hay aspectos de sus vidas que se desconocen y que fueron manipulados. En el caso de Lee Harvey estamos ante un semiprofesional de Inteligencia al que en un momento determinado le hacen pasar por comunista. Y en el caso de Sirhan, manipulándole y presentándole ante la opinión pública como un antisemita peligroso, cuando en realidad era una persona integrada en su entorno y tan antisemita como cualquier otro palestino. Hay muchos indicios que llevan a pensar que Sirhan fue manipulado mentalmente en la línea de los experimentos MK Ultra, que realizara en los años cincuenta y sesenta la CIA. Quizás sin llegar a ser tan flagrante el caso como en la película El mensajero del miedo, programándolo para matar, pero sí inducido a través de la hipnosis a participar en lo que luego se convirtió en el magnicidio del hotel Ambassador.

—¿Le mataron porque pretendía seguir los pasos de su hermano?

—Indudablemente. Pero yo diría más. Creo que Robert era más peligroso que JFK. El reconoció los errores de la Administración de su hermano, especialmente ante la guerra de Vietnam, pero también estaba decidido a acabar con las desigualdades. Quería acortar las distancias entre viejos y jóvenes, entre blancos y negros y entre ricos y pobres. Su lema llegó a ser tan “revolucionario” como para decir: “Ningún niño sin escuela, ningún hombre sin trabajo y ninguna familia sin un hogar digno”.

—¿Qué pasó en el juicio que declaró culpable de asesinato en primer grado a Sirhan Sirhan?

—Se puede resumir en pocas palabras diciendo que, durante las quince semanas que duró el juicio, los abogados de Sirhan intentaron huir de la palabra “premeditación” y presentar a su cliente como un enajenado, alguien con una patología que le había impedido ser consciente de lo que hacía. Por eso quisieron pactar previamente la culpabilidad del palestino a cambio de que la pena quedara en cadena perpetua, porque todo parecía indicar que estaban ante un asesinato en primer grado y por lo tanto, pena de muerte. Como se haría meses después con James Earl Ray, asesino confeso de Martin Luther King, que salvó la vida declarándose culpable —se evitó un juicio que hubiera descubierto muchas cosas— y tres días después, cuando se dio cuenta de que lo habían engañado, se retractó. Años después se demostraría que este sujeto nada tuvo que ver con la muerte de King. Por eso los abogados del palestino renunciaron a insistir en la línea de investigación que hablaba de cómplices y huyeron de los detalles de la autopsia, que indicaban que Sirhan no pudo realizar todos los disparos. Esto arruinaría una defensa basada en presentar a su cliente como un loco, para mayor deleite de la fiscalía, que veía cómo se le facilitaba el trabajo de mandar a Sirhan a la cámara de gas. Los tres abogados del joven palestino tampoco tenían desperdicio. ¿Por qué ellos y no otros? ¿Quién los puso allí? Uno era el abogado del mafioso Mickey Cohen y su grupo. Otro acaba de defender a otro mafioso, el afamado Johnny Roselli, implicado con el asesinato de JFK, y el tercero, un judío que se pasaba el día discutiendo con Sirhan.

—¿Para cuándo el salto, por así decir, a la literatura de ficción?

—Proviniendo del mundo del periodismo, tengo que reconocer que la literatura de ficción siempre me ha causado un gran respeto. La buena narrativa incluye talento, buenas lecturas y conocimiento de la técnica. Por eso con cincuenta y nueve años me gradué en Literatura y Lengua española. Si algo no funciona en el futuro, que sea por mi falta de talento.

"Balzac, Zola, los realistas de la posguerra, Galdós y Baroja están siempre entre mis lecturas"

—¿Sus escritores de cabecera?

—Soy un devoto del realismo e incluso del naturalismo. Los grandes escritores franceses del siglo XIX, desde Balzac a Zola, hasta los realistas españoles de la posguerra, pasando por los Pérez Galdós o Baroja de primeros del XX, están siempre presentes en mis lecturas. Me gusta aprender leyendo. Me gusta ver reflejado el mundo y el compromiso. Pero huyo de leer complejos, prejuicios y chaladuras individuales.

—¿Cuál es el libro de ficción que acaba de leer y cuál le gustaría leer después?

—He leído hace unos días un librito de poco más de cien páginas de Mark Twain, El forastero misterioso. Es una obra póstuma, una especie de cuento alegórico. Lo leo cada década y cada vez me parece distinto. Debe de ser que el que cambia soy yo. Ahora estoy releyendo Crónica de una muerte anunciada, para intentar dilucidar una discrepancia de opiniones, con un amigo, sobre la calificación de la obra.

"La literatura de ficción siempre me ha causado un gran respeto"

—¿Con cuál de los dos libros sobre los Kennedy se ha apasionado más al escribirlo? ¿O lo suyo es un “continuum”?

—Hay mucho de continuum. No se entiende la vida de Robert Kennedy sin la apabullante presencia de su hermano John, pero cuando te vas adentrando en los personajes te das cuenta de que el presidente no hubiera llegado ni siquiera a serlo sin la constante compañía de Bobby. Eran, como indico en el ensayo, un número 1 y un número 2, ambos verdaderos. Con las características propias de sus perfiles. Uno, un intelectual brillante, que necesitaba que alguien bajara a las sentinas de la nave y se las manchara de brea, y el otro un luchador infatigable y valiente, que gozaba de la confianza, el respeto y el respaldo del número 1. Decididamente, si tuviera que quedarme con uno de los dos elegiría a Robert. Uno era el glamour y otro el abrazo; John la teoría y Robert la práctica. Uno era el discurso y el otro el trabajo. En resumen, la vida de Robert Kennedy fue la vida de un luchador, que supo desde muy joven que, aunque era rico, no era ni brillante ni culto, pero siempre peleó para dar la talla. Si me permite, hay una anécdota que cuenta que una vez Robert Kennedy salió de su despacho en el Departamento de Justicia de madrugada y, camino de su casa, pasó por el edificio de los sindicatos Teamsters y vio la luz encendida del despacho de su enemigo Jimmy Hoffa ¿Qué hizo? Se dio media vuelta y siguió trabajando en su despacho hasta enlazar con la jornada siguiente.

—¿Para cuándo su próximo libro? ¿Será de ficción o no?

—Estoy empezando a coquetear con la no ficción, pero me es imposible alejarme de las ataduras de lo real. A veces me pregunto qué hago buscando datos y más datos, cuando en realidad lo que quiero es contar una historia. Decididamente el próximo libro será una novela, pero también es posible que solo lo sepa yo.

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Ángel Montero Lama es coautor de una biografía del baloncestista Fernando Martín Una vida con acento (Editorial Espasa Calpe) y autor de los siguientes libros:

JFK, 50 años de mentiras (Editorial Poe Books).

Los Manolos, paso a paso (para editorial Planeta).

Alcatraz, la prisión perfecta (Editorial Poe Books).

Bobby Kennedy, un héroe entre fantasmas (Editorial Universo de Libros).

En los noventa publicó, como coautor, para Editorial Altea, diversos libros infantiles sobre el mundo del deporte. También participó en el libro colectivo William & Miguel de Poe Books. Profesional del mundo editorial y periodístico, trabajó durante veintitrés años en Marca y más tarde en el Área de Revistas de El Mundo. En la actualidad lleva más de cuatro años dando clases de español en la Cruz Roja a menores inmigrantes no acompañados.