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Manuel Rivas: “Hoy se desvanecen las escuelas de democracia”

Manuel Rivas: “Hoy se desvanecen las escuelas de democracia”

Manuel Rivas llega veinte minutos tarde, y eso que está alojado en el hotel donde la entrevista ha de celebrarse y una diligente persona de prensa procura no malgastar ni un minuto. Acaso porque Manuel Rivas vive en otro mundo, le toma tiempo aterrizar en este. El periodista y escritor llega vestido del hombre que fue hace años. Luce una juventud perpetua que él riega con el vasito de agua tibia que descubre todas las mañanas. De temperamento amable y cándido, Manuel Rivas se ha montado un jardín a lo Voltaire. En él vive desde hace años, aunque las canas le plateen las sienes y las gafas redondeadas corrijan la vejez de sus ojos azules.

"Quien lo escucha elaborar sus buenas intenciones se da cuenta de que el gallego vive aún en el aire cálido de El periodismo es un cuento"

El asunto es que Rivas anda revuelto, otra vez. Ha publicado libro: Contra todo esto (Alfaguara), en cuyas páginas recupera el tono del alegato. Plantea una paradoja inicial —un mundo vergonzoso y al mismo tiempo esperanzador— al que él procura dar respuesta en el desarrollo de sus reflexiones y textos ensayísticos: desde el poder omnímodo que devora el mundo hasta la imposibilidad de los escritores de aislarse en una torre de Marfil. Lo dice, citando a Flaubert: una ola de boñiga vendrá a sacudir la calma de quien intenta aislarse en una tormenta moral. Así que Rivas, que no le cuesta demasiado, se trepa al lomo de un ensayo para afearle al mundo sus injusticias y, de paso, pelear con la ley de gravedad.

Nacido en La Coruña, en agosto de 1957 —unos meses antes de que el Sputnik arrancara la carrera espacial—, Manuel Rivas tiene cintura para encajar las preguntas antipáticas, acaso demasiadas a estas alturas del calendario. Se afana para que sus respuestas inviten a pensar que el mundo, ahora sí, se nos echa encima, pero que estamos a tiempo de salvarlo. Quien lo escucha elaborar sus buenas intenciones se da cuenta de que el gallego vive aún en el aire cálido de El periodismo es un cuento (Alfaguara, 1997 y 2015), que conserva el rocío del césped donde pastaron aquel millón de vacas que en 1990 le valieron el premio de la Crítica española, que es el mismo que lleva en un maletín de piel el sacapuntas para afilar El lápiz del carpintero (Alfaguara, 1998).

"Todo en Manuel Rivas está espolvoreado por el vigor de los eternos entusiastas"

Todo en Manuel Rivas está espolvoreado por el vigor de los eternos entusiastas. Escucharlo es como someterse a un lifting, esa rara operación que —según Fernando Iwasaki— experimentan quienes, ya de mayores, regresan a los libros de Julio Cortázar. Rivas, eso sí, erre que erre. Tiene la energía de los que no claudican dando vueltas alrededor de su rotonda, de los que sorben el chupito del agua tibia cada día y creen, aún, que el mundo era aquello que venía envuelto en una manta, colgado del pico de una cigüeña. Atrincherado en las escuelas de la democracia —el espacio público, la recuperación del buen hacer colectivo— Manuel Rivas escribe contra todo esto y todo aquello. Lo hace, eso sí, con la letra pulcra de los poetas y los anfibios.

—En seis meses Eduardo Mendoza, Fernando Savater, Jordi Amat, y ahora usted, recuperan el género del panfleto y el alegato. ¿Qué urgencia es ésa?

—Este libro no es propiamente un panfleto. Sobre ese fenómeno en particular, no creo que sea una particularidad de España. Ocurre en muchos otros países. Estamos en una época en la que se ha dejado de mirar para otro lado y ha ocurrido de lo que habla Flaubert: no puedes estar encerrado en la torre de marfil. Puedes intentarlo, claro, hasta que llegue una avalancha de mierda a golpear la torre.

"Hay una palabra que me gusta: el activismo. Yo creo, además, que el periodismo es una forma de activismo"

—No me va a negar que usted siempre ha tenido una predisposición natural a fijar posición pública.   

—Hay una palabra que me gusta: el activismo. Yo creo, además, que el periodismo es una forma de activismo. Sé que hay gente que se molesta ante este tipo de afirmaciones, porque se confunde el activismo con una toma de posición partidaria o relacionada con siglas. Y no es así. Cuando hablo de activismo me refiero a un activismo de la libertad, a un activismo de las palabras.

—Ya. Pero ir Contra todo eso, como en este libro, es como voluntarioso, ¿no cree?

—En este libro, aparte de la condición que tiene de alegato, de panfleto, de pasquín, propone una cierta ironía y paradoja para luego asumir una forma esférica.

—Las tres partes del libro contestan a una paradoja inicial: vivimos en tiempos de vergüenza y esperanza, de retroceso y rearme. ¿Y entonces?

—Creo que el libro tiene su propia metamorfosis. El alegato suele ser muy apodíctico. Se vale de las afirmaciones. El punto de partida en este caso es diferente. No busca tanto afirmar como sembrar dudas y detectar esas zonas de oscuridad de las que nace una melancolía de la luz.

—¿Añorar la arcadia?

—Me refiero a una melancolía de que las cosas pueden ser distintas. El sentimiento de arranque y la palabra que se posa en mí para expresarlo es “vergüenza”. Sentir vergüenza ante cosas que nos hacen pensar que vivimos en un país hundido en el bochorno. No sólo un país, sino un momento, un tiempo, una época en el mundo donde hemos pasado a tener de referencia en la línea del horizonte a las utopías…

—No me diga…  ¿Distopías, a que sí?

—Sí, incluso diría la retrotopía. Esa sensación de que incluso lo que llamamos modernidad se manifiesta de forma reaccionaria.

—Suele ocurrir en los fines de ciclo. Pero crepúsculo y demolición no son necesariamente lo mismo.

—Las crisis tienen esas dos caras: supondrían el fin de época, al mismo tiempo que pueden alumbrar algo diferente. El problema es que creo que estamos viviendo algo más que un cambio de ciclo. Los cambios de ciclo dejan movimientos que permiten alumbrar la esperanza…

"Se está hablando, como no se hacía desde hace tiempo, de rearme, de armamentismo. Cada día aumentan las brechas de desigualdad"

—Tampoco se ponga catastrofista.

—Por supuesto que hay depósitos de esperanza. Podemos hablar de movimientos recientes como la nueva fuerza del feminismo y la revolución de los pensionistas. Es ahí donde detectas que la sociedad no está viviendo un tiempo muerto, como decían los Situacionistas. Sin embargo, hay una máquina pesada de deshumanización, de descivilización. Se está hablando, como no se hacía desde hace tiempo, de rearme, de armamentismo. Cada día aumentan las brechas de desigualdad.

—Así como existe un rearme 2.0, un populismo 2.0, un feminismo 2.0, también hay un buenismo 2.0.

—Hay una acomodación en lo que llamamos el mundo intelectual y de la cultura. Sobre eso que llamas buenismo habría que pensar algo. Palabras como ésa habría que…

—¿Ponerlas en remojo?

—Sí, eso… ponerlas en remojo —el gallego ríe, en realidad nunca ha fruncido el entrecejo, ni cargado las tintas—. Está el buenismo, pero también otra expresión que se usa mucho: “políticamente incorrecto”. Muchas personas, cuando comienzan un artículo, te advierten que son políticamente incorrectos. Es una utilización equívoca…

—Seré más clara: estar descubriendo permanentemente el agua tibia delata cierto reblandecimiento. ¿Le pasa eso a su libro?

—Evidentemente, hay resistencias. Un sistema mundial de retroceso. Pero, sobre todo, más que buenismos, veo suspensión de las conciencias. En aquellos mundos que deberían ser más sensibles y en que, como decía Primo Levi, no deberían mandar la conciencia de vacaciones, creo que hay indiferencia y cinismo.

—¿Y por qué, pues?

—Una de las causas de este estado de cosas y de esta sensación de lento hundimiento, y de cómo con el tiempo se ha pasado de una brisa de esperanza, con personajes como Gorbachov o procesos de entendimiento de paz para un desarme nuclear, o el fin del apartheid en Sudáfrica, a momentos como un vendaval de descivilización. ¿Quiénes están sentados a la mesa del concierto mundial? El señor Putin, el emperador de China, Donald Trump…

"Thatcher era el gusano metido en la manzana de la Unión Europea, entonces el símbolo del Estado del bienestar, de acogida para refugiados, un espacio de libertad y autocrítica"

—A ver, que Margaret Thatcher y Reagan no ocurrieron hace tanto tiempo.

—¡Es que esto, lo que estamos viviendo, es la consecuencia de aquello! Incluso podemos remitirnos a algún otro antecedente como el Macartismo, pero cuando se empezó a hablar de Neo-Conservadurismo, las tareas de Thatcher y Reagan colocaron las bases para una apisonadora que ha avanzado. Fíjese: criterios como cambio climático, que es un bio-indicador de la actitud de regresión y una política negacionista. Eso es un producto de Thatcher y Reagan. Ellos activaron este proceso que ahora vive un momento exacerbado. Uno de los objetivos principales en arrasar con Europa. Thatcher era el gusano metido en la manzana de la Unión Europea, entonces el símbolo del Estado del bienestar, de acogida para refugiados, un espacio de libertad y autocrítica. En sus mejores momentos, Europa ha generado alternativas. Era una tarea de ese neo-conservadurismo, e incluso de la nueva derecha alternativa, acabar con ese modelo de Europa, porque era un mal ejemplo para el mundo. Ahora se impone un modelo de globalización injusto, supremacista, que abarata al ser humano…

 

—Lo único que falta es que saque una pancarta.

—(Risas) A veces hay que hacer de grafitero y escribir en las paredes. El libro, como sabes, es reflexivo. Pero hay momentos en los que las palabras están para decir. Los silencios son más comprometidos. Eso sí que es sacar una pancarta. Estamos llenos de pancartas que no dicen nada. La boca es para hablar y el periodismo y la literatura están para decir. Yo soy escritor y sé que las palabras están cansadas de pesticidas, de herbicidas, de estar hibernadas. Quieren decir.

"Los problemas en democracia exigen más democracia"

—En su ensayo no desdeña la Transición, incluso rechaza la idea de ajusticiarla o demonizarla. Pero dice que acaba en “canallocracia”.

—No la idealizo, es verdad. Pero hubo un momento en que la Transición quedó disecada. Fue entonces cuando se produce una acomodación, un conformismo. La Transición tiene que estar asociada al inconformismo. Es un proceso incesante de metamorfosis. Los problemas en democracia exigen más democracia. A finales de los noventa se produjo un punto de inflexión: se pierde la vergüenza y con ella la memoria. Muchos decían: “¿Para qué remover la memoria histórica?”. Pero, al mismo tiempo, generaron una contra-memoria. Estaban encantados de que se hablara de los Reyes Católicos, de cantar El Novio de la Muerte. Hay una gran exposición en Toledo sobre la re-coronación de los Reyes Católicos, ¡el mejor periodo de la historia de España!, dicen.

—“Vivimos en un país destartalado, el mejor lugar para vivir era el futuro”, escribe. El futuro llegó. ¿Qué pasó? ¿Se asustó y salió corriendo? Porque llegó con respecto a los años previos a la Transición, llegó.

—Y lo digo: teníamos depósitos de esperanza. Yo no soy un profesional del Apocalipsis. Creo que este es un libro vivo, está lleno de chispas de esperanza.

—Ya que se pone con esperanzas y chispas, me obliga a preguntarle sobre el mayo francés, que cumple 50 años. ¿Ha envejecido mal?

—El mayo francés fue un mayo planetario. Más que mayo del 68, prefiero hablar de la Revolución del 68. Es el gran momento de los derechos civiles en Estados Unidos o en la India, en cada lugar en el mundo. Hay luchas por la democracia al mismo tiempo en Praga, que es un régimen totalitario comunista, y en España en un régimen totalitario y fascista. Al mismo tiempo, los mismos días, la gente estaba pidiendo libertad. Cuando la sociedad está viva y se rebela contra la injusticia, nunca hay un fracaso. Hay una herencia de intelectuales cascarrabias que miran el mayo francés como el origen de todas las perversiones, pero fue de los movimientos del siglo XX que dejó mejor herencia.

"Las cosas que se apellidan como nacionalismos expresan de forma equivocada la necesidad de lo comunitario. De compartir algo"

—Deme una razón.

—Está latiendo. A diferencia de otros inventos utópicos, no se quedó como un depósito de chatarra. La libertad individual es indisociable de la solidaridad. Ante los regímenes totalitarios, el mayo francés colocó en primer plano la libertad de la persona, al mismo tiempo que rescató los espacios comunitarios, el bien común. Una ciudad sin zonas verdes, sin librerías, sin transportes públicos no es una ciudad. Es otra cosa. Eso es lo que se está corroyendo. Se presiona a la gente para que se aísle, para que compita, mientras hoy se desvanecen esas escuelas de democracia: las asociaciones, los movimientos cívicos. Ese envenenamiento es un problema tanto ecológico como humano y una de las causas de profundo malestar. Las cosas que se apellidan como nacionalismos expresan de forma equivocada la necesidad de lo comunitario. De compartir algo.

—Ya para terminar, dígame una cosa. “Los poetas mueren en la orilla”, dice usted. ¿Entonces dejan de nadar?

—Se hacen anfibios.