Inicio > Blogs > Ruritania > John Muir persigue ovejas
John Muir persigue ovejas

Hay que leer a John Muir. Obligatorio. Si no lo hiciéramos, estaríamos perdiendo el legado de uno de los más líricos padres de la literatura ecologista. Un hombre que ha dado su nombre a un pequeño planeta, que fue inventor antes que naturalista, que estuvo a punto de quedarse ciego cuando contaba veintinueve años y quizá por eso dedicó su vida a alabar la belleza del entorno, convirtiéndose en un maestro de la mirada dirigida al espectáculo sereno de la naturaleza. Leer este naturalismo de 1911 puede aclararnos mucho las ideas en esta época nuestra de ecología de postureo y aluvión, con políticos y aún activistas ofreciéndonos diariamente mensajes miopes, interesados e incompletos, cuando no directamente falsos. Nos queda demasiado camino por recorrer para encontrar la relación perfecta entre desarrollo y respeto a la naturaleza, y estos textos fundamentales a veces son más iluminadores que el último libro catastrofista que inunda el panorama literario. Tenemos, por tanto, que agradecer al buen trabajo de Hermida Editores que se encuentre en librerías Mi primer verano en la sierra, un bellísimo diario de los días de pastoreo del autor en Yosemite.

Son muchos los ingredientes que hacen de Mi primer verano en la sierra una delicia para los lectores que disfrutan de esa fina literatura que se interna en la naturaleza. Lo que encontramos en sus páginas es un diario completo y profuso de los días en los que el naturalista se incrusta en un grupo de pastores que suben en verano a las montañas del parque de Yosemite. Durante este tiempo vivirá como ellos, dormirá donde éstos lo hagan y perseguirá ovejas por la sierra como cualquier pastor trashumante. Vivirá una experiencia profundamente pedestre y primitiva, convencido de que en ese trabajo rudo en la sierra agreste e inclemente —pero bellísima— el humano puede volver a sentirse en perfecta comunión con la naturaleza. Ese es el primer mensaje de John Muir en su diario: que solamente sintiendo las penalidades y azares de la naturaleza verdadera (las inclemencias, el péndulo constante entre abundancia y escasez, los peligros de las bestias) podemos apreciar la verdadera hermosura de lo natural. Este pensamiento de compartir las maravillas del medio respetando sus reglas no es solamente el gran sentido de la aventura de John Muir en este libro, sino una vacuna perfecta contra el naturalismo Decathlon y el camping de nevera y televisión.

"Bien traducido por José Luis Piquero, el texto en español consigue atrapar la suave lírica del original que John Muir derrama sobre esa sierra que aprende a amar en el verano de 1869"

John Muir es un fino observador de los animales de la sierra. Los lectores interesados en la botánica y la zoología disfrutarán mucho. No en vano hay un número nada despreciable de animales y plantas que llevan su nombre. Desde la simpática ardilla Douglas al terrible oso (no se pierdan la entrada del 21 de julio, en la que Muir se encuentra cara a cara con un oso y casi acaba siendo su almuerzo), todos los animales que salen a su paso en la sierra encuentran alabanza en el diario. No puede sentir la misma admiración, sin embargo, ante las ovejas que pastorean en la sierra, contra las que dirige todo tipo de dardos y a las que siente como un animal al que no se ha dotado de la más mínima inteligencia. Estúpido es el adjetivo más habitual empleado por Muir para referirse a ellas, cuando no las llama langostas con patas por su incontrolable apetito. Resultan oscuramente cómicos algunos de los pasajes dedicados a escarnecer a estas indefensas ovejas hambrientas: “El cerebro de la oveja ha de ser de un material muy pobre. (…) A una oveja apenas puede llamársela animal: hace falta un rebaño entero para hacer un individuo poco menos que estúpido.” También tienen mucho interés, y resultan curiosos desde la perspectiva contemporánea, los apuntes del diario dedicados a la población india que habitaba de manera aún libre el parque de Yosemite. Uno de mis favoritos es aquel en el que describe la capacidad de los indios para moverse en mágico silencio por el bosque: “Todos los indios parecen haber aprendido ese arte maravilloso de caminar sin ser vistos: se hacen invisibles igual que ciertas arañas que he estado observando (…). Es probable que el poder del indio salvaje para escapar a la observación, incluso cuando hay poco o ningún refugio para esconderse, lo adquiere lentamente en duras lecciones de caza y lucha, mientras trataba de aproximarse a la presa, tomar al enemigo por sorpresa o escapar sano y salvo cuando se veía obligado a retirarse.”

Bien traducido por José Luis Piquero, el texto en español consigue atrapar la suave lírica del original que John Muir derrama sobre esa sierra que aprende a amar en el verano de 1869. Hay frases que son poesía en prosa en Mi primer verano en la sierra, que acabarán de convencerles de las bondades del libro que esta semana recomiendo en mi Objetivo Thoreau. Reproduzco algunas de mis favoritas: “¡Cómo se parece a la muerte el sueño bajo este aire de la montaña!”. “Los árboles de los alrededores tienen pocas cosas que contar acerca del viento”. “Me alegro de no ser lo bastante importante como para que me echen de menos en el apresurado mundo”.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)