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Jorge Edwards: “La lectura es lo más peligroso que existe para una dictadura”

Jorge Edwards: “La lectura es lo más peligroso que existe para una dictadura”

Uno acude al encuentro con el libro leído y la curiosidad alerta. O sea, más con el interés del que desea saber que con las precauciones del periodista que va a hacer una entrevista, que esta profesión, aunque muchos lo nieguen, también se mueve por la cinética de las pulsiones personales. Jorge Edwards, que ha circunvalado las aguas del boom, va entregándonos periódicamente unas apuntaciones biográficas que son la consignación por escrito de lo visto/vivido, porque uno empieza siendo protagonista y siempre acaba siendo testigo y notario de su época.

En Esclavos de la consigna (Lumen) va dando fiel relación de lo que leyó, esa catenaria de escritores que dieron pistón a su prosa, y de los arrepentimientos y cuentas que han quedado pendientes. Pero también trae el relato amargo de unas ilusiones políticas y de la resaca que dejó la embriaguez de tanta utopía truncada.

El novelista, que fue diplomático, mantiene formas de diplomático, porte de diplomático y humor diplomático, que es un humor británico, aunque él sea muy francófono. En la distancia corta, se revela como un conversador multidireccional, de imprevisibles bifurcaciones, que vive inmerso en un cataclismo de lecturas diversas —Thomas Mann, Chéjov, Gabriela Mistral, Sainte-Beuve (pour la critique)— y que, de vez en cuando, intercala alguna nota de sus saberes en la conversación, donde cabe de todo: whisky, literatura y política.

—Entonces, ¿qué hizo las ideologías a los escritores?

"La inteligencia es contradicción, ritmo, respuesta, duda y distancia. Sin distancia no existe inteligencia"

—En general, daño. Si los autores son inteligentes pueden superarlo, pero eso no es seguro. Por ejemplo, Neruda, un hombre que era esclavo de la ideología, que tenía terror de lo que yo pudiera decir de Fidel Castro, me aseguraba que si decía algo políticamente incorrecto tendría graves consecuencias para mí. Y él calculaba cuáles podían ser. Pero claro, por esa época yo era más inconsciente, menos fijado en esos temas. La ideología tiende a cristalizar, a rigidizar el movimiento intelectual. Y la inteligencia es movimiento. Esto significa que la inteligencia es contradicción, ritmo, respuesta, duda y distancia. Sin distancia no existe inteligencia.

—El compromiso político afectó a muchos amigos suyos.

—Ahora me preguntan a menudo por Julio Cortázar. Él estaba deslumbrado por la Revolución de Cuba, porque él era un intelectual francés de izquierdas y eso significaba deslumbramiento. El descubrió América con la Revolución cubana y no por ser argentino, sino porque viajó a Cuba como intelectual francés de izquierdas.

—Pero, ¿qué ocurrió con la Revolución cubana? ¿Por qué influyó en tantos hombres inteligentes?

—Era una revolución joven, moderna y no era prosoviética en sus orígenes. Y había algo que estaba aceptado en Occidente: no se podía ser prosoviético, porque esa era una revolución que ya había realizado sus cometidos, y se sabía que el estalinismo había sido una dictadura. Fidel fue hábil para dar una impresión de una revolución joven, de un mundo nuevo, que era el mundo de América, y que no era prosoviética. Por ese motivo las relaciones con Neruda fueron tan malas desde el comienzo. Y yo conocí eso.

Jorge Edwards, arrellanado en el sofá, bajo un lienzo, más que un hombre, es el ventrílocuo exacto de su tiempo. Él va ofreciéndonos la nómina de actores que condujeron la política y la literatura con una emoción desinteresada, animando la charla con comentarios: “Esta pregunta ya está, a otra, vamos, que la cosa va bien”. Él hace realidad el dicho de que el hombre comienza haciendo memoria y acaba viviendo de la memoria, que es una regla no particular, sino más bien universal. En uno de los pasajes de este segundo volumen de sus memorias (el primero era Los círculos morados) menciona la fecha en que Fidel Castro y sus barbudos visitaron Estados Unidos. Mientras él sonríe, uno lee despacio el párrafo: “La revolución había triunfado en Cuba a comienzos de ese año y la organización nacional de la prensa norteamericana invitó a Fidel Castro, al comandante en jefe, a una gira por los Estados Unidos. El comandante fue invitado por los responsables de Ciencias Políticas de la Universidad de Princeton y aceptó la invitación”.

—¿Qué les pasó a esos guerrilleros cuando se convirtieron en políticos?

—La idea prioritaria que sostienen todos es la defensa de su sistema político. Pero esa no puede ser la idea principal. La idea principal es hacer el bien, pensar bien y hacer las cosas con el sentido de un progreso real para las personas.

—¿Y al boom qué le pasó?

"Julio Cortázar fue la concentración y la expresión máxima del boom"

—Un caso, ya citado, era el de Julio Cortázar, que era la concentración y la expresión máxima del boom. Los otros eran Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Todos formaban parte de ese movimiento literario. Todos ellos se dieron cuenta de que en Cuba había campos que se llamaban UMAP, Unidades Militares de Ayuda a la Producción, y nadie se atrevió a decir nada. Ahí se creó una culpabilidad entre la gente del boom que no tuvo una resolución buena. Cuando hablábamos de Padilla y los poetas de allá y llegaba Cortázar cambiábamos de tema. Le teníamos miedo, porque si hacíamos una crítica de lo que ocurría, sabíamos que Cortázar iba a contárselo a un jefazo. Él no podía soportar, ni anímicamente ni emocionalmente, que alguien que fuera de izquierda criticara, por ejemplo, al Che Guevara. Es muy triste.

—¿Qué le sucedió?

—Hace unos años me encontré en París con Aurora Bernárdez, su primera mujer. Me comentó que por entonces yo era la persona que mejor pensaba en política en América Latina. Le respondí preguntándole qué diría Julio de eso. Y me respondió que lo que pasó es que Julio, al final, estaba sometido a malas influencias. Recuerdo que había una directora de Gallimard que era una castrista fanática. Octavio Paz me dijo que esa mujer era del G2 cubano. Así eran las cosas. Estábamos penetrados por policías, infiltrados, soplones y gentes indiscretas sin criterio político ninguno. Neruda tenía miedo. Me dijo que le pasara Persona non grata y me confesó que me iba a subrayar las partes que no se podían poner.

—¿Se miraba mucho al boom?

"Los intelectuales somos las gentes más ingenuas de nuestras sociedades"

—Muchos personajes estaban observados desde las editoriales, la prensa y hasta la diplomacia. La libertad existe en política, pero es muy difícil. Hay personas que han vivido del fanatismo y la disciplina política en mi generación. Conozco gente en la universidad que dice sólo lo que les dicen que tienen que decir. Los intelectuales somos las gentes más ingenuas de nuestras sociedades respectivas. Nunca hay que ser confiado y siempre hay que examinarlo todo.

—Neruda es un caso aparte…

—Neruda tiene dos libros de memorias, Confieso que he vivido y Memorial de Isla Negra. Este es el mejor de los dos. En él habla del realismo y del idealismo. El realismo socialista y el idealismo condenado por la doctrina. ¿Y qué dice? “Os amo, realismo e idealismo”, y después se declara decididamente triangular, algo que no puede ser. ¿Qué pretende insinuar con eso? Que es de izquierdas, de derechas y de centro. También afirma que tiene un jardín con flores que no existen, y eso es lo que le gusta en realidad, y también que ha escrito tantos poemas sobre el primero de mayo que a partir de ahora solo va a escribir del día dos de ese mes. Ya está aburrido de la consigna y la rutina ideológica. En Moscú, de hecho, le censuraron un alto porcentaje de Confieso que he vivido.

—Otros, como Mario Vargas Llosa y Octavio Paz, tuvieron derivas diferentes.

—Octavio había sido comunista, pero se había alejado. Estaba en México, sabe todo lo que ocurre, que tratan de asesinar a Trotski. Conoce la actuación de Neruda y se pelea con él: una pelea que dura toda la vida. Octavio le había enviado sus poemas de juventud. Él viajó con un grupo de poetas a un congreso, no me acuerdo ya del año. Cuando Neruda llegó y bajó del tren lo rodearon los poetas. Entonces Neruda preguntó: “¿Quién de ustedes es Octavio Paz?”. Lo hizo porque le habían gustado los poemas de ese joven. Octavio tiene una relación curiosa con Neruda. Octavio desconfía de Neruda, porque lo considera estalinista, y Neruda desconfía por su parte de los poetas y escritores que considera librescos. No se fía del saber libresco. De hecho, tiene un texto que se publica en Madrid sobre una poesía sin pureza. Es un texto sobre la absorción física y de conocimiento físico del mundo que debe tener un poeta. Para él, Octavio era demasiado intelectual y Borges muy libresco.

—En su obra también aparece el nombre de Vargas Llosa.

"Vargas Llosa era sensible a la persecución política. Había mucho sectarismo político en la izquierda francesa y Mario se alejó"

—Había militado en la izquierda y tenía las obras de Lenin al completo, que nadie leía. Él fue bastante cercano a los movimientos guerrilleros de Perú y esas cosas. Esta gente lo visitaba. Mario comenzó a ver casos como el de Heberto Padilla y los poetas que eran torturados únicamente por ser homosexuales. Mario era sensible a la persecución política. Había mucho sectarismo político en la izquierda francesa y Mario se alejó. Vi el proceso. Yo estaba en cuba y sabía que todo allí era política y control. Recuerdo que una vez invité a Mario en Cuba. Como diplomático chileno podía llevarlo a comer a un restaurante. Comimos con Lezama Lima. De repente, Lezama agarró un florero que había en medio de la mesa y lo alejó, porque, dijo, “los micros están ahí”. Todos hablaban de los micros. El embajador de la Yugoslavia de Tito, que me visitaba, lo primero que hacía era señalarme al balcón. Mirábamos los barcos desde ahí, y él me hablaba en voz baja. Me dijo que cuando Tito se alejaba de Stalin no permitía que sus barcos se quedaran en los puertos yugoslavos ni para renovar la pintura, porque él sabía bien lo que era el estalinismo…

—No sé si mencionarle a Gabriel García Márquez.

—Yo creo que sabía todo. Le fascinaba el poder político. Neruda pasó una vez por Lima cuando yo era consejero de la embajada y me pidió ver al general Velasco Alvarado, que era un dictador. Estuvo una hora y media comiendo y conversando con él. Se lo conté a García Márquez y me contestó: “¿Ves tú como le atraía el poder?”. Pero a él también. Habría mucho que hablar, habría que escribir un libro entero… En el siguiente tomo de las memorias puede que hable de estas cosas.

Un hombre no es solo lo vivido, también es la intersección de sus lecturas, de sus gustos estéticos. Al Edwards estudiante, los jesuitas le prohibían leer ciertos libros peligrosos para la doctrina, o sea, para la moral. Y se lo hicieron a él, que décadas después escribiría Persona non grata, una obra que se prohibió en Cuba y que incordió a bastantes. Quizá lo hizo a propósito, porque, sostiene, la misión de un autor es precisamente esa, convertirse en una molestia, alguien incómodo. 

—¿Qué enseña la literatura censurada?

"La lectura es lo más peligroso que existe para una dictadura"

—La lectura es lo más peligroso que existe para una dictadura. En Chile, un cronista recomendó a los políticos que leyeran filosofía. Yo repliqué escribiendo un artículo recomendando a los políticos que leyeran poesía, porque en la poesía existe un ordenamiento interno, emocional, verbal, que tiene que ver con la música de las palabras. Eso es muy importante que los políticos lo entiendan, porque si no sólo leen estadística y economía. En la poesía y la gran novela existe una distancia respeto a esos temas.

—Camus y Sartre fueron lecturas de su juventud. La política también los separó.

—Acabé tomando la línea de Camus. Tengo mucho Camus. Tengo los Carnets. Son fenomenales. Me interesa la literatura de confesión. Se dicen cosas inconvenientes.

—¿Y un escritor debe decir lo inconveniente?

—La literatura está repleta de inconvenientes. Al menos la que es grande: Balzac, Shakespeare, Goethe… La literatura rompe. Vargas Llosa es muy flaubertiano, pero yo prefiero la correspondencia de Flaubert, porque en esas páginas va más allá. Cuenta cosas inconvenientes. Es lo fantástico del género confesional. En Francia tienen a Rousseau y en España a Baltasar Gracián. Por esas líneas me voy. Aquí hay memorias fenomenales, como La otra vuelta del camino, de Pío Baroja, y La rosa, de Cela, que es un gran libro. Es fenomenal.

—Se olvida de Montaigne… ¿Qué hubiera dicho él de lo que ocurre hoy en día?

—Él ha superado las dualidades actuales. ¿Qué diría Montaigne, por ejemplo, de Podemos y el PP? Habría pensado cuáles son las razones de ambos. Las habría examinado para ver las ventajas de uno y otro. Montaigne le dice Enrique IV, que todavía era un joven rey, que no se comprometiera del todo con los protestantes, porque la fe católica representaba la tradición. Montaigne es la distancia. Es capaz de ver las posiciones contrarias. De reconocer la contradicción.

—¿Cómo ve esta Europa del populismo?

—La construcción de Europa me entusiasmó, pero el populismo es una desviación evidente, porque es la valoración del simplismo político. Eso es el populismo.

—Es casi inevitable que le pregunte por Venezuela.

"Habría preferido que la renovación venezolana hubiera venido desde el interior y que el país entendiera que la democracia es mejor que una dictadura como la de Maduro"

—Habría preferido que la renovación venezolana hubiera venido desde el interior y que el país entendiera que la democracia es mejor que una dictadura como la de Maduro. Toda Europa apoya a Guaidó, pero es parecido a cuando Europa decidió hacer justicia contra Pinochet. Ahí dije una cosa que luego me criticaron mucho: lo interesante es que Chile hiciera justicia y que comprenda desde dentro por qué no se puede dejar en libertad a un asesino como Pinochet. Me habría gustado, insisto, en que Guaidó hubiera desarrollado su poder con Venezuela, porque hubiera sido una toma de conciencia, y eso es el espíritu de una nación moderna.

—Prepara un libro sobre Neruda, pero no sé si tiene algún proyecto más.

—Quería escribir una novela sobre muertes de poetas. Conocí el caso de Vicente Huidobro, un hombre rico, de una familia con tierras. Él viajaba de Santiago a Cartagena en tren. En vez de subir desde allí en taxi a su casa, lo hizo andando con una maleta pesada. Yo la imagino llena de papeles y libros. Al final le dio un ataque y murió. Entonces pensé que Cartagena está al lado de Isla Negra. Ahí es donde fallece Neruda. Hay una pesadumbre en la muerte de Neruda, que son los amores de su juventud, que él considera que no se han realizado. Sobre todo con una birmana, y yo ahora he escrito una novela sobre eso, que se llama ¡Oh, maligna!. Es un vero de un poema de despedida que Neruda escribió para ella en un barco viejo, en Rangún, en el mar… Una vez fui con Neruda a Isla Negra. Igual que aquí existe el rastro, a la salida de Santiago hay un mercado persa. Hay galpones, y vimos en las mesas cosas horribles que se vendían: dentaduras postizas, gafas con los vidrios rotos y medallas, billetes antiguos… Neruda quedó fascinado con una cosa negra, mohosa, con eslabones, que era una cadena de barco. Contrató unos camioneros y la pusieron en su jardín de Isla Negra. Él murió en la cama, con el ojo izquierdo mirando hacia esa cadena. Para mí, ¿qué significaba eso? Pues eso es Birmania, el Oriente, esa mujer. También me he dado cuenta de que Nicanor Parra muere cerca de los dos… Creo que también voy a escribir una fantasía de muertes de poetas.