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José María Merino: «Podemos ser menos devastadores y más solidarios. Es cuestión de planteárnoslo»

José María Merino: «Podemos ser menos devastadores y más solidarios. Es cuestión de planteárnoslo»

La Premio Nadal de novela 2020, por El mapa de los afectos, entrevista para Zenda a un miembro de la RAE, el escritor José María Merino, que acaba de publica Noticias del Antropoceno (Alfaguara).

Noticias del Antropoceno es un libro de cuentos híbridos impregnado de un profundo compromiso con la realidad. El cuento, por otro lado, es un género flexible, es un tipo de escritura que tiene por su condensación la fuerza de la inmediatez. Explica cómo has llegado a esta tipología de cuento de investigación, unos textos literarios que contienen la fuerza del cuento y a la vez desarrollan interesantísimos ensayos.

—La literatura es sobre todo una forma de preocupación por descifrar la realidad. A mí, el ominoso proceso al que parece destinado el planeta, y del que somos culpables principalmente los seres humanos, me lleva desasosegando desde que me enteré, hace veinte años, de nuestra responsabilidad en el “cambio climático”. Ya he publicado cuentos sobre el asunto, el libro de “ciencia ficción” Las puertas de lo posible, en 2008, y la antología que preparó Natalia Álvarez Méndez en 2018 Cuentos de la Naturaleza. Lo que pasa es que, en este caso, quise que la ficción llevase consigo un mensaje claro, una enseñanza, ser más explícito sobre el asunto, e incluso dar a conocer temas que están bastante oscurecidos en el mundo de la comunicación.

En el libro hay una mirada poliédrica que ahonda en muchas de las complejas preocupaciones de este presente.

"Desde la literatura se puede por lo menos ayudar a reflexionar a ciertas gentes sobre que esto no es una fantasía, como aseguran los negacionistas"

—Precisamente esa es una de las gracias del género cuentístico: en un tema como este, que trata de cambios en tantas cosas, de lo telúrico a lo familiar, de la comunicación a la medicina, de la naturaleza a la personalidad, del ámbito espacial al mundo submarino, el separar las facetas en textos autónomos creo que ayuda bastante a seguir el discurso. Incluirlo todo en una novela hubiera construido un discurso prolijo, difícil, pretencioso, a  mi juicio.

¿Qué es para ti el Antropoceno literario y cómo genera un diálogo con la realidad? ¿Estamos a tiempo para salir de esta? ¿Qué soluciones se plantean desde la literatura?

—Ya dicen los expertos que, aunque tomásemos las medidas más drásticas contra el cambio climático, llevamos demasiados años con modelos de producción de energía —carbón, petróleo, gas, nuclear, bombas atómicas…—–, y de consumo —masivo empleo de los plásticos, ganadería intensiva, deforestación, uso de insecticidas…— y lo único que lograríamos sería ralentizar el proceso. Pero hay que hacerlo, a pesar de todo. Como hay que plantearse un control mundial de la natalidad… Como es lógico, la literatura no puede intervenir directamente, pues se trata de un asunto de la más alta relevancia y urgencia política. Pero desde la literatura se puede por lo menos ayudar a reflexionar a ciertas gentes sobre que esto no es una fantasía, como aseguran —cada vez menos, claro— los “negacionistas” como Donald Trump y demás interesados en mantener el capitalismo salvaje, sea como sea.

Tocas muchas temáticas inquietantes que se entroncan con la nueva vertiente de la llamada “Ecocrítica”. Háblanos de cómo la basura o la fragilidad de las abejas se puede transformar en materia prima literaria, en potentes tramas que despierten curiosidad e inquietud en el lector.

"Si estimula provechosamente la imaginación del autor, no hay ningún tema banal ni desdeñable"

—Tú lo sabes bien: en tu obra dramática La redención el escenario es una planta de tratamiento de residuos, junto a un mar “extremadamente contaminado”, como apuntas allí. Yo señalo en mi libro que precisamente esa obra tuya me dio la idea del cuento que transcurre en el “continente de la basura”. Y es que, si estimula provechosamente la imaginación del autor, no hay ningún tema banal ni desdeñable. Y desde luego, la desaparición de las abejas y la catástrofe que ello puede suponer, las toneladas de “basura espacial” que se dispersan sobre nosotros, esa masa de basura doméstica que tuvieron que desatascar en Londres en 2013… pueden dar mucho juego dramático.

¿Cómo afecta el mundo de las comunicaciones y de la tecnología a nuestro presente? ¿De qué forma utilizas esas temáticas para elaborar tus reflexiones literarias?

—Por un lado, esas comunicaciones “instantáneas” pueden resultar muy útiles, y seguro que continuamente están salvando vidas. Pero por otro lado, su abundancia sin pausa y sin restricciones, aparte de generar en la gente dependencias adictivas que considero dañinas, sobre todo para los más jóvenes, al fomentar una comunicación muy escasa en léxico está empobreciendo el  hondo contacto  humano, con lo que la gente pierde cultura y defensas vitales. Además, no paramos de hablar de la inteligencia artificial, pero si esa inteligencia llega a cuajar a un nivel alto, puede ser nuestra mayor enemiga. No en vano Isaac Asimov imaginó las “leyes de la robótica”. De todas formas, todos esos temas son francamente sugerentes a la hora de imaginar historias, como yo he hecho: desde los emoticonos a las redes sociales perversas o amores intensos vividos mediante el guasap…

¿Cuáles son los posibles interlocutores, protagonistas que hay en tu libro?

"Me parecía oportuno diseñar un panorama sentimental y vivencial en el que se reflejase lo más posible el mundo en el que vivimos"

—En lo humano, he querido presentar un panorama muy amplio de edades, oficios y circunstancias: niños, adolescentes, jóvenes, gente madura, jubilados… Y de vacaciones en algún lugar montañés, o de viaje en algún extraño entorno, o participando en programas televisivos, o trabajando en universidades dispersas, o en naves espaciales, o buceando  en alguna costa peculiar. En lo no humano, he incorporado abejas, jabalíes, zorros, pulpos… y hasta virus y robots. Me parecía oportuno diseñar un panorama sentimental y vivencial en el que se reflejase lo más posible el mundo en el que vivimos.

¿Cómo trabajas la idea de lo individual y lo colectivo y le vas dando significado?

—Aunque a veces he escrito libros con el propósito de reflejar un panorama social —pienso en mis novelas El caldero de oro o El heredero, por ejemplo— nunca antes, salvo en aquel libro de ciencia-ficción al que antes me referí —Las puertas de lo posible—, me había planteado de un modo tan concreto la dimensión colectiva, telúrica, de mi modo de organizar la ficción. Pero es muy difícil darle significado social. Ese sentido, ese aspecto, solo puede resultar de la lectura que se haga de ella.

¿Cómo se argumentan emociones tan complejas desde la imaginación?

"¿Podemos ser menos egoístas, menos avariciosos, menos devastadores, más solidarios? ¡naturalmente!"

—Sorprendentemente, las emociones del homo sapiens siguen siendo prácticamente las mismas desde que, por causa del imprevisible “pensamiento simbólico”, se separó del resto de los primates. La gracia de la ficción, como tú bien sabes, es reconstruir esas emociones y materializarlas mediante palabras. El problema está en conseguirlo. Pero las emociones no han cambiado a estas alturas del siglo XXI, y mi papel como escritor de ficciones está en ser convincente al intentar reconstruirlas.

¿Crees que tu libro deja espacio para la esperanza frente al egoísmo y la ambición que generan las dinámicas del Antropoceno? 

—Creo que el humor sirve de paliativo. Es la primera vez que utilizo el humor con bastante abundancia, porque el humor es un tranquilizante seguro. No he querido ser catastrofista. ¿Podemos ser menos egoístas, menos avariciosos, menos devastadores, más solidarios? ¡Naturalmente! Todo es cuestión de planteárnoslo, pero ya no puede ser sino globalmente, planetariamente, y cuanto antes mejor, ya que, como explico en uno de los cuentos, según el Boletín de los Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago, el llamado Doomsday Clock, Reloj del Apocalipsis, nos da todavía 2 minutos. En 1947 nos daba 7. ¡Dos minutos, nada menos! ¡Tenemos tiempo de sobra!

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