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José María Nunes, el proscrito de la Escuela de Barcelona

José María Nunes, el proscrito de la Escuela de Barcelona

Mi entrega al cine es absoluta. Por eso, si tengo en la más alta estima la programación de Netflix, no es por su ristra de series: hace mucho tiempo que no me interesa ninguna. Si no cancelé mi suscripción entonces, cuando decidí no perder ni un minuto más frente a estas producciones, fue por su espléndido catálogo de películas europeas antiguas. Más concretamente las inglesas. Siendo la cartelera del Reino Unido la que más ha sufrido las imposiciones de los distribuidores estadounidenses —ni el idioma las ha frenado, como ha ocurrido en los países donde está prohibido el doblaje y las cintas extranjeras se subtitulan—, hay un cine británico pretérito, apenas visto en España, que ahora saludo en Netflix con entusiasmo. Valgan como ejemplo los títulos de la Ealing, los estudios fundados por Michael Balcon que fueron el orgullo de la producción británica de los años 40.

En Netflix también he visto mucho cine sueco, el nuevo cine sueco de los años 60, que me faltaba —Bo Widerberg, Jan Troell—, algo del nuevo cine alemán de los años 70, el Volker Schlöndorff de más difícil acceso, como La repentina riqueza de los pobres de Kombach (1971) o Fuego de paja (1972).

"Noche de vino tinto por momentos recuerda a Hiroshima mon amour, de Alain Resnais. En otras secuencias, Serena Vergano, que luce aquí mejor que nunca, nos recuerda a las chicas de Godard"

Pero de todo ese nuevo cine de antaño —hoy ya antiguo— sobre el que ya había leído, aunque lo visiono ahora por primera vez en Netflix, pocas películas me han emocionado tanto como lo ha hecho Noche de vino tinto (1966), la obra maestra de Jose María Nunes, el proscrito de la Escuela de Barcelona. Anarquista como Jean Vigo, llevaba el estigma de los ácratas en la masa de la sangre. Portugués de nacimiento (Faro, 1930), su primera residencia en Cataluña, donde llegó tras haber emigrado con anterioridad a Sevilla en 1942, fueron las barracas de Montjuic. De modo que cuesta imaginarle entre los realizadores de la gauche divine barcelonesa en sus alegres veladas de Bocaccio.

Nunes era más afecto a la compañía de libertarios históricos. Abel Paz —el Max Nettlau español— y Luis Andrés Edo —un veterano cenetista— fueron algunos de sus amigos. Dadas sus afinidades, sorprende que su musa fuera Serena Vergano, junto con Teresa Gimpera, la actriz por excelencia de aquella pantalla barcelonesa. Serena es la chica que inicia un viaje por las tabernas del Barrio Chino de la Ciudad Condal, un viaje que se quiere sin regreso, sin preguntas ni relojes, sin nada que trascienda, sin que afloren los recuerdos de ninguno. “Viajera” la llama el chico (Enrique Irazoqui). Nunca llegan a decirse sus nombres. Les han unido sus respectivos desengaños sentimentales, cuyos recuerdos temen en soledad. Noche de vino tinto por momentos recuerda a Hiroshima mon amour (1959), de Alain Resnais. En otras secuencias, Serena Vergano, que luce aquí mejor que nunca, nos recuerda a las chicas de Godard. Godard y Resnais fueron las principales referencias de la Escuela de Barcelona y uno y otro recibieron, con el entusiasmo que despierta en cualquier amante del cine de autor, Noche de vino tinto. Lástima que su título resulte algo carpetovetónico. Pero, con los cubalibres aún por democratizar, los jóvenes bebían tintorro y fumaban Celtas cortos.

Recordando al proscrito, al marginado de aquellos cineastas barceloneses, Esteve Riambau —director de la Filmoteca de Cataluña—, comenta: “Nunes siempre se mantuvo fiel a las ideas sobre el cine de la Escuela de Barcelona. Fue la excepción que confirma la regla porque su origen era muy diferente al de otros integrantes del movimiento. Sin embargo, su cine enmarca y refleja a la perfección aquella época”.

"Al margen de su letalidad para la exhibición a la antigua usanza, la televisión también ha sido una filmoteca sin parangón"

La televisión, qué duda cabe, ha sido letal para el cine desde sus emisiones iniciales. La pequeña pantalla propiamente dicha, y todos los procedimientos que sucesivamente ha ido incorporando —el vídeo, el DVD, el HD, ahora el streaming— han ido reduciendo la exhibición cinematográfica hasta dejarla en esa poca cosa que son las salas comerciales hoy en día. Quién lo hubiera dicho cuando el cine era la maravilla de los sábados y un lujo entresemana. Cómo imaginarlo cuando la gente se apretaba a diario en los patios de butacas, frente a esas grandes pantallas que, entre sesión y sesión, se cubrían con cortinones.

Ahora bien, al margen de su letalidad para la exhibición a la antigua usanza, la televisión también ha sido una filmoteca sin parangón, al igual que así, en su conjunto, grosso modo, las empresas televisivas se han convertido en las principales productoras cinematográficas. Siempre más afecto al cine antiguo que al actual —el de ahora me interesa en la misma medida que a un arqueólogo, como tal, pueda interesarle el arte contemporáneo—, desde mis primeros títulos en la pasión cinéfila —con anterioridad a mi entrega no soportaba la textura de las películas antiguas— no dejo de encomiar la filmoteca televisiva.

Antes de ese hito en la antena catódica española, que supuso la llegada de las privadas en 1989, en La 2 había descubierto al Abel Gance de Napoleón (1927). En la Antena 3 de los primeros 90, sumamente cinéfila, di cuenta de mi Mankiewicz favorito, que es el de Carol for Another Christmas (1964). Adaptación del célebre Cuento de Navidad (1843), de Dickens, se trata de un telefilme. Pero debe su libreto al gran Rod Serling, maestro indiscutible de la televisión fantástica.

Más recientemente, ya con la TDT, en una cadena a la que tener sus emisiones limitadas a Madrid no le impide su infatigable difusión de buen cine a diario, 8 Madrid, he descubierto los mejores títulos del spanish noir Apartado de correos 1.001 (Julio Salvador, 1950), Brigada criminal (Ignacio F. Iquino, 1950), Los atracadores (Francisco Rovira Beleta, 1962)—, que es como algunos de sus amantes llamamos a ese cine policiaco español producido en la Barcelona de los años 50 y primeros 60.

"Antes de estrenarse en la realización él mismo con Mañana, ha colaborado con cineastas como Enrique Gómez, Carlos Serrano de Osma o el ya citado Iquino, toda una institución en el cine catalán"

En ese paquete del spanish noir precisamente descubrí a José María Nunes, el proscrito de la Escuela de Barcelona. Esteve Riambau y Casimiro Torreiro, en el exhaustivo trabajo que dedican a estos realizadores —La Escuela de Barcelona: el cine de la “gauche divine” (Anagrama, 1999)— sitúan el comienzo de aquella pantalla en una cinta de Nunes, Mañana (1957). Pero lo más normal es que se olvide a Nunes en los catálogos habituales de aquellos cineastas. De hecho, en el prólogo de ese mismo texto, Enrique Vila-Matas —uno de los grandes cinéfilos del panorama literario español— nos propone una nómina de las “máximas estrellas” de la Escuela. Se los encontró “fingiendo naturalidad” para un fotógrafo, en la terraza del bar Tuset, en uno de esos días idénticos a nubes —que titula la introducción al texto, evocando un emotivo verso de Luis Cernuda—, en los que el futuro escritor quería ser cineasta. “Carlos Durán, Joaquín Jordá, Jacinto Esteva, Ricardo Bofill, Vicente Aranda, Jorge Grau y Gonzalo Suárez”, son los nombres que el escritor nos refiere.

Aunque en aquella ocasión en que Vila-Matas los vio por primera vez, Nunes no estuviera entre ellos, José María Nunes llegó a aquella pantalla barcelonesa tras haberse empleado como técnico en distintos rodajes de Ignacio F. Iquino, en los que desempeñó todos los oficios del equipo de dirección —meritorio, auxiliar, script, ayudante—. En efecto, antes de estrenarse en la realización él mismo con Mañana, ha colaborado con cineastas como Enrique Gómez, Carlos Serrano de Osma o el ya citado Iquino, toda una institución en el cine catalán, el principal impulsor de ese spanish noir al que me refiero. “Nunca he entrado en un plató por costumbre. Siempre lo hice conscientemente”, recordaba el cineasta.

"Como cantaba Léo Ferré, siempre afecto a los anarquistas españoles, los tiempos seguían siendo difíciles para José María Nunes"

Descubierta por mí en la programación de 8 Madrid hace apenas unos años, Mañana fue un filme de episodios en el que el cuatro desdichados, cuatro perdedores natos —un mendigo, un payaso, un escritor inédito y un vigilante nocturno que quiso ser músico— siguen convencidos de que la suerte les va a sonreír el día siguiente, sin darse cuenta de que su tiempo ya ha pasado. Nunes no concibió Mañana en cuatro partes. El fragmento del payaso, protagonizado por José Sazatornil, nació como un cortometraje independiente. Pero gustó tanto a sus productores que decidieron financiar tres cortos más y unirlos, a la manera de tantas películas italianas, y en menor medida francesas, de la época. Eso sí, sin ese tono de comedieta de aquellas producciones. Todo lo contrario. Mañana fue una exaltación de la marginalidad “condenada a convertirse en producto maldito” (Riambau y Torreiro).

Como cantaba Léo Ferré, siempre afecto a los anarquistas españoles, los tiempos seguían siendo difíciles para José María Nunes. De modo que cuando en 1961 el productor Enrique Esteban le propuso hacer una película “a lo Nouvelle Vague”, a nuestro cineasta le faltó tiempo para aceptar el encargo. Nació así No dispares contra mí, en la estela de Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1960), que, además, forma parte del repertorio ideal de ese spanish noir al que me refiero.

Pero menudeaban los problemas económicos y el cineasta tenía que sacar a su familia adelante. Tribulaciones que tampoco mermaron con Noche de vino tinto. Aunque el título suene más mesetario, esta de Nunes, junto con Fata Morgana (Vicente Aranda , 1966) y Dante no es únicamente severo (Jacinto Esteva y Joaquim Jordà, 1967), fueron la cima de la modernidad de la Escuela de Barcelona.

Mucho menos rupturista, frente a ellos trabajaban los mesetarios. “Mesetarios” llamaban los barceloneses a los realizadores que operaban en Madrid —Miguel Picazo, Francisco Regueiro, Basilio Martín Patino…—, con quienes ni formal ni argumentalmente tenían nada en común. Ambas fueron las dos nuevas pantallas surgidas en España tras la exitosa irrupción de la Nouvelle Vague en la cartelera internacional. Pero a José María Nunes todo aquello se le empezó a quedar lejano. Biotaxia (1968), su siguiente película, ya tuvo serios problemas con la censura.

Al principio sólo eran los productores, ordenándole que se dejase de experimentalismos e hiciese cosas normales. Pero los anarquistas no acatan orden alguna. Mientras tuvo fuerzas, siguió haciendo cine marginal, sin distribución apenas. Para sobrevivir se empleaba como técnico de antiguos compañeros en la Escuela, Jacinto Esteva fue uno de ellos. José María Nunes murió en 2010. El tiempo ha obrado en su favor: en las plataformas de streaming se descubre con entusiasmo su filmografía.

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