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José Saramago: un olivo en tierra volcánica

José Saramago: un olivo en tierra volcánica

Llegamos tarde, como las novias a sus bodas. Y nos recibieron como los novios, con esas sonrisas que prometen una vida. Nos sentamos en el jardín de la biblioteca y nos ofrecieron un café al estilo de Saramago, frente a un olivo que había crecido a pesar de las dificultades climáticas de Lanzarote. De fondo, sobre una pared blanca, una fotografía de José Saramago nos enseña entre sus manos un puñado de tierra volcánica. Llegó a la isla huyendo de la censura de su país, a los setenta años, y allí escribió una parte fundamental de su obra. Quiso construir una casa con libros y los libros necesitaron otra casa: la biblioteca en la que ahora estábamos, que también es la recepción de los visitantes.

Comenzamos la visita cruzando la calle, donde se encuentra la casa familiar, A Casa-Museo, en la que vivieron José y Pilar. En el recibidor, una alfombra de piedra volcánica incrustada en el suelo incorpora el paisaje en la casa. La isla no termina en la puerta, entra con nosotros.

"Cuando la visita terminó, no queríamos marcharnos. Quizá Juanjo lo intuyó y, de regreso a la biblioteca, nos leyó algunos pasajes y nos mostró La intuición de la isla: Los días de José Saramago en Lanzarote"

El guía, Juanjo, nos explicó con amoroso detalle los objetos que vestían la casa, convertidos aquí en un cruce de caminos entre la vida y la obra del escritor. Entramos en su despacho, donde escribió, entre otras obras, Ensayo sobre la ceguera. Un racimo de claveles frescos sobre el escritorio insinúa primaveras y libertades. En las paredes florecen los libros, los discos de música clásica, los retratos de Pessoa, Proust, Tolstoi, Joyce y Lorca, junto a obras de arte. Desde la ventana se ve el mar, como un recordatorio: aunque todos habitamos alguna forma de isla, las palabras pueden construir puentes y anudar voluntades.

Juanjo nos reveló las rutinas del escritor, la cocina donde se acumularon sobremesas con amigos, políticos y artistas. Algunas fotografías de familia sobre la nevera. En medio del jardín, una roca frente a la que Saramago se sentaba para cultivar las ideas. Porque tan importante como obligarse a escribir es detenerse y mirar allí donde, aparentemente, no puede crecer nada. No estábamos en un museo, asistimos a un hogar donde en cualquier momento Saramago abriría una puerta.

Cuando la visita terminó, no queríamos marcharnos. Quizá Juanjo lo intuyó y, de regreso a la biblioteca, nos leyó algunos pasajes y nos mostró La intuición de la isla: Los días de José Saramago en Lanzarote, el libro de su mujer, Pilar del Río. No pude evitarlo, me lo llevé, porque no quería salir de aquella isla. En la biblioteca estaba su autora, que nos dedicó el libro y prolongó la visita más allá de lo esperado.

"Así es, la escritura y el compromiso político de Saramago se nutrieron de una extraordinaria vitalidad. Algo parecido ocurre con la tierra que encontró en Lanzarote durante los diecisiete años que allí vivió"

Leerlo ha sido una forma de continuar en la casa, de sentirme compañero de piso de Saramago y vivir instalado sobre una alfombra telúrica. La voz de Pilar del Río posee el tono confesional de alguien que recuerda un pasado feliz que nutre el presente. El libro tiene la atmósfera del hogar. Los capítulos son breves, como pequeñas estancias acogedoras, que traen la humildad soleada del propio Saramago. Narrado desde una fidelidad que supera la ausencia, en sus páginas encontramos el día a día del escritor, el crecimiento de sus obras, las visitas que recibió, sus viajes y proyectos, la fiel compañía de sus mascotas, los sueños mezclados con lo doméstico. Un Nobel que compra el pan y mientras pasea, se detiene para charlar con sus vecinos.

Juan Pinilla, en su libro Saramago: El Nobel de lo imposible, escribió que la vida de Saramago fue la de un niño humilde que no estaba llamado para hacer lo que hizo, sin embargo, fue un escritor tardío que encontró la popularidad cuando la mayor parte de los seres humanos se jubilan.

"Lanzarote y Saramago se nutren de una misma obstinación, la de hacer crecer la vida, aunque el entorno parece negársela"

Así es, la escritura y el compromiso político de Saramago se nutrieron de una extraordinaria vitalidad. Algo parecido ocurre con la tierra que encontró en Lanzarote durante los diecisiete años que allí vivió. La isla, hija del desierto y de la Luna, tiene alrededor de trescientos conos volcánicos y apenas ofrece sombra. Tampoco conoce la lluvia. A simple vista, pareciera imposible que algo pudiera crecer allí. Sin embargo, crece.

Como crece el olivo frente a la biblioteca que Saramago llevó desde el Alentejo en una maceta entre sus piernas durante el viaje en avión. Un árbol pequeño que llegó a Lanzarote como una memoria viva de sus orígenes rurales y que, con el tiempo, echó raíces en otra tierra. Crecen también los viñedos de la isla, plantados en hoyos excavados en la ceniza volcánica, protegidos del viento por pequeños muros de piedra. Bajo el rofe, esas piedrecitas negras que conservan la humedad de la noche, las raíces buscan el agua que no se ve. Lanzarote y Saramago se nutren de una misma obstinación, la de hacer crecer la vida, aunque el entorno parece negársela. La distancia entre los sueños y la realidad no siempre es tan grande, a veces basta un gesto, una raíz, una voluntad que encuentra otras voluntades y deja, por un momento, de ser una isla yerma.

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