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Nadie se acordará de ellos

Nadie se acordará de ellos

Han pasado varias semanas desde el eclipse y aún siguen ahí. La policía ha acordonado la zona con cinta negra y amarilla y algunos sanitarios van de vez en cuando para comprobar las constantes vitales. Los voluntarios se turnan a diario para humedecerles los labios y echarles colirio. No se han sentado desde entonces. Permanecen de pie frente al gran ventanal del centro comercial. Nadie avisó de algo así. Hay como medio centenar. Y se han reportado casos en otros lugares, pero no de esta manera. Al principio, algunos llevaban un cartucho de palomitas en las manos o sujetaban el móvil frente a la cara; está claro que pretendían inmortalizar el momento y había quienes acababan de salir del cine. Durante más de una semana estuvieron advirtiendo de los peligros de mirar fijamente la conjunción de astros en ese instante, lo de la ceguera y los daños permanentes en la retina si no se usaban las gafas adecuadas. Llegaron a retirar algunas del mercado. Los que estaban allí no habían usado protección alguna contra los rayos del sol que se colaron por la delgada línea que no ocultaba la Luna.

Han perdido peso. Las ropas les quedan holgadas a la mayoría. Aún quedan algunas cámaras de televisión para dar reporte de los avances en la investigación o presentar novedades del suceso. No las hay. Lo único que ha cambiado desde que se quedaron así, estáticos como cadáveres vivientes, es que los brazos ahora descansan a los costados y sus rostros mantienen un rictus lánguido e indiferente. Sus ojos están vacíos de vida. Una de las hipótesis es que el eclipse se la arrebató a todos ellos. Sin importar que fueran adultos, ancianos o niños. Junto a los «estáticos» están los soportes con el gotero de suero salino que los voluntarios cambian cada vez que se acaba. Intentaron tumbarlos y llevárselos de allí en camilla. No pudieron. Sus pies parecían anclados al suelo de mármol, como si estuvieran unidos a él por un poderoso imán.

"Lo próximo será aislarlos con un muro de pladur y clausurar de forma permanente la terraza. Supongo que, al final, les retirarán el suelo y esperarán a ver qué sucede"

Yo los vi justo cuando estaban a punto de sufrir esa estasis que ha ralentizado sus organismos. Emocionados y orgullosos de poder observar un evento que ocurría cada cien años o que, al menos, hacía cien años que no ocurría. Un padre le decía a su hija que podía mirar, que todo eso de las noticias no eran más que bulos, que ya se la habían colado a toda la población con las mascarillas durante la pandemia y que lo de las gafas de cartón no era menos. Ahora estaban allí, la una cogiendo la mano del otro mientras la madre, en la retaguardia, sujetaba las bolsas de la compra. Las bolsas ya no estaban, claro. Ninguno de ellos, quizá, estuviera ya. ¿Dónde estaban? Nadie lo sabía. Las hipótesis eran de lo más variadas. Seguro que ninguna se ajusta a la verdad. Lo próximo será aislarlos con un muro de pladur y clausurar de forma permanente la terraza. Supongo que, al final, les retirarán el suelo y esperarán a ver qué sucede. Todos saben qué sucederá una vez dejen de alimentarlos. Solo hay que ver sus cuerpos menguados.

Una de las cajeras del supermercado del piso inferior me dijo que ella pasaba todos los días por delante y que le parecía que se movían. «Eso es como decir que lo hacen los árboles», le dije yo. A lo que ella me rebatió muy seria que no era desacertado afirmar que los árboles podían migrar grandes distancias en periodos de tiempo inabarcables para la corta existencia del ser humano. No dije nada más. Puede que tuviera razón. No hace mucho leí que algunas plantas podían comunicarse entre sí, que había algún tipo de hongo que facilitaba una red sináptica mediante la cual podían advertirse de ciertas amenazas y también de cambios repentinos en la climatología. Que no entendamos cómo funcionan ciertos procesos no nos da autoridad para negarlos. En este caso, no podría afirmar ni desmentir lo que me había dicho Mayte (era lo que ponía en la plaquita de su solapa). Lo que sí puedo decir es que había sembrado la duda en mí y ahora me parecía ver a los afectados en una posición ligeramente distinta a la original cada vez que me acercaba al corrillo de gente de alrededor.

"Un voluntario se ha evaporado con él, mientras le cambiaba la botella. Una de las cámaras lo ha captado todo"

La cosa es que en algunas partes donde también ha sucedido esto, han empezado a desaparecer. Nadie sabe cómo. Los voluntarios no les dejan ni a sol ni a sombra. No obstante, ahora están y, de repente, ya no. En lo que dura un parpadeo. No queda nada de ellos, salvo el vial del gotero colgando, aún oscilando en el aire antes de detenerse por completo. Por eso han empezado a monitorizarlos durante las veinticuatro horas. Nadie sabe por qué no lo habían hecho hasta ahora y, como suele ser habitual con todo últimamente, culpan al gobierno. Y el gobierno culpa a la oposición. Y así un día tras otro, centrándose en desacreditar al otro en lugar de buscar soluciones. Aporta o aparta debería ser un lema para la política. Yo no me meto.

Sé que la mayoría ha dejado de buscar una explicación al fenómeno. No es algo masivo. No afecta a la mayoría de la población, solo a una escasa minoría. Y todos sabemos lo que importan las minorías a nuestra sociedad. Algunos grupúsculos de poco más de dos docenas de personas se manifiestan aquí y allá. Sus voces no son silenciadas, porque nadie les escucha. Las cadenas de televisión no les dan bombo a no ser que haya algún altercado violento. Acaban por desistir. Y, cuando todos los afectados por el eclipse acaben por desaparecer, nadie se acordará de ellos. Porque dejarán de ser noticia. Mientras escribo esto me acaba de enviar un WhatsApp un colega, Ángel, del instituto. Me ha dicho que ya ha desaparecido el primero «de los nuestros». Se lo ha chivado Germán, nuestro tutor de entonces y profesor de educación física recién jubilado. Él estaba allí cuando ha sucedido. Dice que, esta vez, no lo ha hecho solo. Un voluntario se ha evaporado con él, mientras le cambiaba la botella. Una de las cámaras lo ha captado todo. Y, al mismo tiempo, no ha capturado un solo fotograma válido. No hubo alteración del entorno. Durante un segundo, estaba y no estaba. Una transición imposible. Antes de que conteste, me envía otro mensaje diciéndome que se han esfumado dos más y «se han llevado con ellos» a una pareja que estaba comiendo en una de las mesas cercanas. En YouTube y TikTok empiezan a circular los videos. No son los mismos. De otra gente en otras partes. Me ha recordado a esa serie, la de The Leftovers, esa en la que desaparece un tercio de la población. Sin más. Se me ponen los pelos de punta. Aquí, al igual que en la ficción, la vida sigue. Y no nos importa lo que suceda mientras que no sea noticia o no nos afecte de cerca. Cuando se hayan ido todos los eclipsados del centro comercial, pasarán la mopa, retirarán los goteros y la gente ocupará ese espacio vacío como si nunca hubiera estado ocupado.

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