¿Qué tienen en común los Wilkinson, los Sosland, los Paso, el doctor D’Alessandro, el príncipe Olenski y los otros protagonistas de este libro?: que viven en el mismo insólito edificio, el Kavanagh, un rascacielos que atrae la mirada de paseantes y turistas, además de fascinar a publicistas, cineastas y a sus propios residentes.
En Zenda ofrecemos un extracto de Kavanagh (Minúscula), de Esther Cross.
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Anteojos negros
El día más importante de mi vida fue el martes en que me mudé aquí. Entre sogas, papeles y canastos, ejercía un comando relativo en el cambio de nuestra casa a este departamento. Sentada en el piso, fumando un cigarrillo, trataba de entenderme con los hombres de la mudadora que entraban y salían a mil revoluciones para moverse después como astronautas demorados por el peso de los muebles. Comí un sándwich y me dolía la cabeza, y me dolía la cabeza y no había aspirina que alcanzara. Estoy segura de que había tenido un disgusto aunque no recuerdo cuál.
Además de la cabeza, me dolía la verdad, que se ubica en todos lados: al comprar este departamento nos habíamos equivocado. Eso pensé, así en plural, mientras hojeaba la liquidación de las expensas. En el bolsillo tenía la propina para los peones de la mudadora y ya había separado también lo que iba a darle al portero. Pero a mi hermana estos detalles no le preocupaban. Mientras yo me preguntaba por espacios y funciones, ella hacía su inspección.
—Mirá. —Y señalaba un detalle que no habíamos visto al cerrar la operación de compra.
Abría puertas de cuartos, placards, baños y alacenas y las dejaba abiertas en perspectiva, con esa displicencia típica de ella. Aunque me molestaba ser la única responsable de las dos, la verdad es que también agradecía su presencia leve y veloz entre las cosas. La valoré en profundidad a destiempo, muchos años después, cuando me dijo que se iba. Igual, tuvo su lado positivo. Iba a quedarme aquí. Lo compensaba todo.
—Es hora de que cada una siga su camino —me dijo al pasar, antes de tomar el suyo.
Yo estaba leyendo, me hundí en el sillón y le dije que quería quedarme. No opuso resistencia. Una vez claro mi lugar en la vida, me levanté y nos miramos sin decir una palabra.
Como hacen todos cuando están cerca de una ven tana en un momento crucial, yo me asomé a la mía. Vi la plaza. Y deduje por la ropa de la gente que ese día hacía frío. Había una pareja que miraba hacia arriba. El hombre señalaba las ventanas del edificio. Mi hermana le hablaba a mi perro, le decía «va a estar todo bien, voy a venir seguido a visitarte». Me ofrecí a ayudarla con el lío de la mudanza. Aceptó de inmediato. Días después, cuando se iba —y ya estaba deseando que se fuera porque embalar sus cosas me dejó de cama—, un chiste, por lo menos uno, tenía que hacer, así que antes de cerrar la puerta, me miró y dijo:
—Voy a extrañar el búnker.
Cuando nos mudamos al búnker, un túnel llevaba directo al Grill del Plaza. Nos gustaba cruzarlo, pisar la alfombra mullida del hotel —una patria blanda y buena—, pasar entre las mesas con comensales importantes y apurar el paso hasta ganar la calle. Después lo clausuraron y franquearon la entrada con una maqueta del edificio.
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Autora: Esther Cross. Título: Kavanagh. Editorial: Minúscula. Venta: Todos tus libros.


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