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La bestia en Puerta del Ángel

La bestia en Puerta del Ángel

Se programaron dos funciones de El niño y la bestia en el Espacio Mistral, el teatrito que ha montado Andrea Stefanoni —cuánto me gustó en su momento La abuela civil española— en los aledaños del Paseo de Extremadura, y asistí a la primera porque en estos trances prefiero los estrenos a las despedidas y porque era un viernes por la tarde, seguramente el momento de la semana más propicio a la alegría. Me cuesta encontrar una palabra que defina con exactitud lo que ocurrió sobre el escenario. No fue un concierto, no fue una representación teatral, no fue una lectura, pero tuvo algo de todo eso y resultó ser mucho más. Durante una hora y cuarto, arropada por un cuarteto de cámara que subrayaba sus palabras y acentuaba sus silencios, Elvira Lindo se demoró en el que quizá fue el episodio más relevante de la infancia de su padre, el viaje que hizo con apenas nueve años desde su pueblo de Albacete hasta Madrid para instalarse en casa de una tía que no le dio precisamente el cariño ni el calor que un niño de su edad necesitaba. Nos llevaron las palabras y la música tras los pasos de aquel niño pobre de provincias por un Madrid, el de 1939, que celebraba la victoria en sus latitudes opulentas y confinaba la miseria en los barrios menestrales que caían hacia el Manzanares. Al ritmo apresurado e indeciso de sus pequeños pies hicimos y deshicimos los trayectos que iban del Campillo del Mundo Nuevo al Hospital de Maudes, de la Glorieta de Embajadores a la Casa de Fieras del Retiro, cartografiando los claroscuros de aquella capital del dolor y de la gloria, una ciudad que era a la vez inhóspita y acogedora, colorida y blanquinegra, infierno y paraíso. Yo conocía la historia porque la había leído en A corazón abierto —conforma el último tramo de su libro, que quizá sea mi preferido de todos los de su autora, lo cual es decir mucho porque me gustan todos bastante—, pero aun así no dejaron de conmoverme —diría que me emocionaron aún más— los desencuentros del pequeño Manuel Lindo con una realidad que no acababa de entender. Nunca pierden su eco las palabras bien escritas, y menos aún si además están bien dichas, y Elvira Lindo, que es una de nuestras mejores escritoras, tiene un enorme talento para la narración oral, y en ese don radica parte del secreto de la magia, o sería mejor hablar de alquimia, que se desplegó en el auditorio excavado al oeste de la M-30.

"Creo que nunca le pregunté cómo habían pasado aquellos años en que la bestia de la guerra apareció para triturar sus candores infantiles"

«Es la historia de mi padre, pero es también la historia de todos los niños de la guerra», dijo la autora al agradecer la ovación, y puede ser que todos los presentes vinculásemos aquella peripecia ajena a alguna remembranza propia. La mía tenía mucho que ver con el lugar en el que nos encontrábamos, porque en ese barrio de Puerta del Ángel en el que se encuentra el Espacio Mistral vivieron durante la mayor parte de sus vidas el tío Alberto y la tía Ana, y hubo un tiempo en el que yo iba allí a comer de vez en cuando con ellos y con Javi, el marido de mi prima Cuca. De hecho, para llegar al teatrito me bajé en la misma estación de metro en la que me bajaba entonces, y aunque en esta ocasión no me metí por Francisco Brizuela ni giré después en Domingo de Silva, me gustó reconocer en los edificios y en la pequeña plaza ese aire familiar que queda impreso en los lugares que alguna vez formaron parte de nuestra biografía. La tía Ana era una de las hermanas de mi abuelo Juan, y conocieron juntos la preocupación y el miedo cuando las autoridades franquistas se hicieron con el control de Asturias en la Guerra Civil y prendieron a su padre. Pasaron penurias —ausente el cabeza de familia, dejó de entrar dinero en casa—, soportaron humillaciones —había una vecina que no tenía reparos en burlarse de ellos a diario— y experimentaron el terror y la congoja que anidan en cualquier premonición de fatalidad —mi abuelo, cuando tendría una edad similar a la del niño Manuel Lindo, se acercaba cada día hasta un edificio en el que se hacinaban los presos abocados a la suerte infausta del paseo, por ver si discernía a través de las ventanas el rostro de su padre—, y aunque la cosa acabó medio bien —se salvó mi bisabuelo, a quien yo no conocí, pero llevó para siempre la cruz de la derrota impresa en sus credenciales—, la huella del oprobio no se les difuminó nunca en la memoria. Mi abuelo Juan se quedó en Mieres y la tía Anita acabó viniéndose a Madrid no mucho después. Como esta historia me ha ido llegando a retales y por diferentes voces, no recuerdo si al tío Alberto, que también era asturiano —en la familia se ha contado siempre que su cuerpo sirvió de modelo para tallar el Cristo que preside el altar de la iglesia de Ribadesella—, lo conoció tras emigrar o si ya se habían hecho novios en la tierra natal de ambos. El caso es que aquí los traté a menudo cuando yo tenía veinte años y empecé a dejarme caer por la ciudad, y jamás me faltaron en su piso de Puerta del Ángel ni un plato de comida ni unas palabras afectuosas. Mi abuelo había muerto hacía poco y no era raro que terminase hablando de él con la tía. Creo que nunca le pregunté cómo habían pasado aquellos años en que la bestia de la guerra apareció para triturar sus candores infantiles. Tal vez no me atreví, o quizá fue que ni siquiera conocía en aquella época todos los pormenores del asunto. Tampoco importa. La cuestión es que todo esto me vino a la memoria mientras presenciaba el espectáculo con el que Elvira Lindo y su sobrina María, que lidera el cuarteto con su oboe, recrean el primer viaje iniciático de quien fue padre de la primera y tío de la segunda. Salí de allí tan removido que sólo acerté a plantarle dos besos a la autora, felicitarla y despedirme. Por eso escribo ahora todo esto que no dije.

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El niño y la bestia se representará el 22 de marzo en el Oxford Literary Festival

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