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La boda

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, IX: LA BODA

En realidad, nadie podía recordar qué había causado la rivalidad entre ambas familias. No había día que no se comentara en los corrillos de la plaza, a la fresca sombra del tejo, en los bancos de la iglesia. Unos decían que todo se debía a una disputa de lindes. Otros, a una riña de borrachos. Los más estaban convencidos de que aquella animadversión enfermiza se debía a un amor no correspondido. La verdad del asunto solo la conocían ya los más ancianos. Y estos callaban.

Joaquín Braña, casi octogenario, era duro y seco como el cuero, tenía las manos grandes, la voz ronca, ojos de fuego fatuo y el corazón como una piedra. Había heredado el mal genio de su abuelo, su falta absoluta de piedad y su incapacidad para olvidar una afrenta. Sin embargo, por debajo de aquella corteza imponente, latía la vergüenza de ser hijo del pecado. Dolores Láncara tenía el aspecto de una dragona, opulenta y resollante. Asfixiada por el asma y el luto, desgranaba rosarios interminables por el descanso de un marido al que nunca quiso. Joaquín jamás perdonó el rechazo de los Láncara por su condición de bastardo. Dolores, en la soledad de su cuarto, nunca olvidó la cobardía de Joaquín, que debió haberla raptado en lugar de esperar que ella desobedeciera a su padre. La inquina mutua de ambos clanes se alimentó a través de generaciones, hasta el punto de que llegó a parecer impresa en los genes de cada recién nacido. Nadie habría sido capaz de imaginar que Esteban Braña osaría desafiar aquella cadena de odios. Y, sin embargo, el destino de las dos familias quedó sellado la mañana de octubre en que el nieto de Joaquín, a la salida de misa, se paró bajo el tejo, encendió un cigarro y, al levantar la vista, cruzó sus ojos con los de Celia Láncara.

—Antes te mato que dejar que te cases con ella —advirtió Joaquín, descargando su puño de hierro sobre la mesa.

—O me da su permiso o habrá un bastardo mío en este pueblo —zanjó Esteban.

El patriarca acusó el golpe y asintió, derrotado. Habría aceptado bajar a los infiernos antes que dejar nacer a una criatura que tuviera que pasar por lo mismo que él había sufrido. Dolores no claudicó. Cuando su nieta le comunicó quién era el elegido, la formidable mujer gritó hasta quedarse sin voz, clamó a Dios y a todos los Santos y echó a su nieta a la calle bajo una lluvia de lamentos y pedazos de loza.

La parranda de la boda reunió a todos los Braña en los dominios de Joaquín. Hijos, nueras, nietos y bisnietos olvidaron rencillas que ya no eran las suyas y recibieron a la novia con los brazos abiertos. Al amanecer, cuando todos dormían, entre agotados y borrachos, Celia deshojaba las horquillas de su melena bajo la ardiente mirada de su marido, recostado sobre la cama.

—Ven aquí —ordenó el joven, con impaciencia.

Dolores Láncara se retorció aquella noche presa de las pesadillas. En medio de la madeja de sus sueños, creyó ver a su nieta, radiante en su vestido prestado, con la mirada perdida y cubierta de sangre.

—Ya está, abuela —le decía Celia, sonriendo—. He hecho lo que usted quería.

Despertó con el griterío y, rabiosa, dio media vuelta creyendo que continuaba el jolgorio. Poco después, varias comadres daban aldabonazos en su puerta, chillando frenéticas. Cuando al fin salió a la calle, quedó petrificada de horror. El gentío ignoró sus gritos de culpa y la dejaron sola, de rodillas en el suelo, arañándose la cara y arrancándose mechones de pelo como una enajenada. El pueblo entero se quedó en silencio, fascinado, mirando cómo la casa de los Braña, con todos sus moradores, ardía hasta los cimientos.