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La cosecha de desamor

La cosecha de desamor

No hay color. A quien se le ocurra comparar una lista de Spotify con la creación de una cinta de cassette ya sabe que debe tenerle miedo a una excursión que incluya un acantilado y un par de amigos con caras excesivamente sonrientes. La ocurrencia podría acabar en sorpresa indeseada. Max Aub seguro que, de seguir vivo, habría incluido el accidente en una edición ampliada de sus memorables Crímenes ejemplares. No sería para menos.

Como le ocurrió a Francis Scott Fitzgerald con Todos los jóvenes tristes (1926), también Todas las canciones tristes ocupa un lugar de privilegio en los desencuentros de sus autores con la vida, a pesar de que ambos supieron exorcizar sus demonios a través del arte y trasmutarlos en experiencias enriquecedoras que han acabado convertidas en la materia que ha alimentado sus obras. El arte sirve también para eso, el ajeno y el propio: cura por sublimación.

"A partir de la idea de que la música nos define en cada una de las etapas de la vida, Pierre resigue la consigna desde su adolescencia hasta el momento en que cierra el relato"

Las creaciones de Summer Pierre siempre se han movido en el ámbito de la autoficción. Conocida por su serie Paper Pencil Life, no sorprendió que presentara Todas las canciones tristes con ese mismo aire de memorial en torno a la importancia de la música en el devenir emocional y anecdótico de la novelista gráfica, hasta ahora inédita en castellano. Libros Walden le rinde honores al editar con lujo y cuidado el volumen, a cargo del traductor y diseñador Manuel Moreno. A partir de la idea de que la música nos define en cada una de las etapas de la vida, Pierre resigue la consigna desde su adolescencia hasta el momento en que cierra el relato, o lo que es lo mismo, desde 1991 hasta 2017, puesto que la obra la editó originalmente Retrofic Comics en 2018. Dividida en seis apartados, la historia cuenta con una estructura básica de descubrimiento, caída y redención propia de la tragicomedia clásica. Como en los cuentos infantiles, el fin es sólo una fase de un nuevo comienzo del ciclo. Con el tiempo y un poco de suerte uno gana perspectiva y no se deja engañar por las trampas de la felicidad inmediata y persigue placeres en los que no se advierta la fecha de caducidad con demasiada evidencia. Uno cae, siempre, pero cae mejor, es decir, se levanta mejor. Ampararse en Tom Waits siempre es buena idea, así que Todas las canciones tristes se abre con un epígrafe del genio excéntrico de Pomona que reza: “Quería vivir en una canción y no volver nunca”. Quién no. Poco a poco, lo que descubrimos es que más que no regresar, lo que la Summer del relato deseaba era degustar la vida que tenía por delante: “Yo quería vivir. Simplemente no sabía cómo”, confiesa la protagonista. Con el recurso de la metaficción, la autora consigue darle la vuelta a lo que pretende contar. Una bajada al sótano —también en el plano metafórico, donde anida su melancolía— le hace rescatar aquellas cintas olvidadas en las que progresaban sus querencias, en las que vislumbraba su destino, en las que, desde luego, retrataba su alma y trataba de apresar el alma ajena de momentos y personas: antiguos novios, fragmentos de adolescencia desnortada, vida universitaria, pérdidas y viajes, encuentros y destinos brumosos… Todo ello con una economía de medios en expresivo blanco y negro con los que logra captar lo que creyó que fue su vida y la de quienes la frecuentaban.

"Las canciones, sí, las canciones. Pocas veces se documenta con tanta fidelidad un momento de la historia musical reciente como lo hace Summer Pierre"

Las canciones, sí, las canciones. Pocas veces se documenta con tanta fidelidad un momento de la historia musical reciente como lo hace Summer Pierre. Con altas dosis de composiciones de mujeres combativas, con temas en los que la música incide dramáticamente en la vida para rellenar los huecos que la memoria olvidó. Listas de canciones que son verdaderos autorretratos, casi daguerrotipos de tiempos pretéritos que, gracias al poder evocador de las notas, regresan intactos, es decir, plenos de verdad, con un poder semejante a la capacidad evocativa de los aromas de la infancia. Mediante saltos en el tiempo, la historia relata aquellas vivencias, desde los momentos en los que interviene a «micrófono abierto» en el circuito bostoniano de folk, hasta el ahora en el que trata de ordenar lo acontecido para armar el cómic que el lector tiene en sus manos. Como las sensaciones son comunes a cualquier mortal sensible, la música que ordena los días de la protagonista sirve como eco de toda una época, al tiempo que ofrece una sabiduría pop que vale más que cien visitas al terapeuta. “Sentí que esa canción me conocía a mí”. Ese podría ser el resumen de algunos momentos clave: la llave que abre el cofre del tesoro. Un conocerse a sí mismo délfico a través de listas de canciones, en una receta efectiva de música y perspectiva histórica. “Quería vivir. Simplemente no sabía cómo”. Al cerrar el tomo uno ya deja de preguntárselo, puesto que la respuesta le ha sido desvelada con total clarividencia. Y el mensaje es esperanzador, como se queda uno tras escuchar un blues honesto.

"Sí, lo sabemos, el pasado es para aprender, no para vivir. Pero se puede hacer una excursión a él de vez en cuando"

Con precedentes como Vives en las cintas que me grabaste, de Rob Sheffield (BlackieBooks, 2018), Cassette from My Ex: Stories and Soundtracks of Lost Loves, editado por Jason Bitner (Griffin, 2009) y, claro, Alta fidelidad, de Nick Hornby (Anagrama, 1995), la obra de Summer Pierre no necesita recurrir al reclamo del dibujo preciso y dotado, del mismo modo que Bob Dylan no necesita una gran voz para exponer su visión del mundo, ni los Ramones pasar un concurso de belleza. La elocuencia va en estos casos por otros caminos, directos y efectivos como una canción pop encapsulada en tres minutos (a los Ramones, de esos tres minutos les sobrarían dos). “A veces el arte sirve como libro de instrucciones [para la vida]”. En esta ocasión, Todas las canciones tristes (nominado al Premio Eisner a mejor cómic basado en la realidad) funciona como una de esas canciones. Y es que si la cinta la monta Summer Pierre, uno no olvida accionar el autoreverse, para que tenga ocasión de contar una y otra vez los amores que contienen las cintas de desamor. Sí, lo sabemos, el pasado es para aprender, no para vivir. Pero se puede hacer una excursión a él de vez en cuando y dejar que se nos dibuje una sonrisa nostálgica en honor de quienes fuimos. Es simplemente un brindis. Ni más ni menos.

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Autor: Summer Pierre. Título: Todas las canciones tristes. Traducción: Manuel Moreno. Editorial: Libros Walden. Venta: Todostuslibros

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