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La cultura de las ciudades, de Lewis Mumford

La cultura de las ciudades, de Lewis Mumford

Escrito en 1938, La cultura de las ciudades es quizá la obra más personal de Lewis Mumford. En ella, y bajo la forma de tratado histórico, el autor realiza un repaso fascinante a las diversas formas de evolución de la ciudad desde el núcleo urbano organizado alrededor de los gremios de la Edad Media, hasta las nefastas megalópolis de nuestros días, pasando por la insensata ciudad barroca y la tenebrosa ciudad industrial. Ofrecemos un adelanto de este libro, que Pepitas de Calabaza edita por primera vez en España.

 

En 1915, y bajo el estímulo de Patrick Geddes, comencé a recoger los materiales que aparecen en este libro. Al igual que mis otros artículos y libros sobre arquitectura, planificación comunitaria, alojamiento y desarrollo regional publicados con anterioridad, el presente trabajo está basado en estudios de primera mano llevados a cabo en regiones muy diferentes, y comenzó por un análisis detallado de mi propia ciudad y su entorno, es decir: Nueva York y sus alrededores inmediatos. Así, el libro trata de explorar de un modo más unitario un campo ya estudiado desde diferentes puntos de vista parciales por especialistas, y asimismo busca establecer los principios básicos gracias a los cuales nuestro entorno humano —edificios, barrios, ciudades y regiones— puede ser renovado mediante una acción común. Otros aspectos de la vida generalmente tratados a la luz de la ética, la religión y la educación deberán esperar otro momento para ser analizados. Aun asumiendo el riesgo de incurrir en una repetición ocasional de ideas, me he visto obligado establecer un paralelismo con algunas partes de mi obra Técnica y civilización. 1 No obstante, es evidente que ambos trabajos, aun siendo independientes, se complementan: cada uno de ellos trata de explorar lo que el mundo moderno podrá ofrecer a la humanidad una vez que los hombres de buena voluntad hayan aprendido a dominar los mecanismos bárbaros y la barbarie mecanizada que ahora mismo ponen en peligro la propia existencia de la civilización.

L. M.

Prefacio a la edición de 1970

Cuando La cultura de las ciudades apareció hace más de treinta años, la literatura sobre de la ciudad era aún extremadamente escasa. A pesar de los trabajos de Marcel Pöete y Pierre Lavedan, los de los historiadores urbanos, Max Weber, los sociólogos y los de mi propio maestro, Patrick Geddes, la mayoría del pensamiento de la época acerca de las ciudades se llevaba a cabo sin el suficiente conocimiento de su propia naturaleza, su función, sus objetivos, su papel histórico o su futuro potencial. La breve «Introducción» que abría La cultura de las ciudades situó todo el proceso del desarrollo urbano bajo una nueva perspectiva; y los capítulos que la siguieron estaban tan alejados del pensamiento de la época que no dudé en reimprimirlo sin cambiarle una coma, a pesar de que algunas observaciones y experiencias me habían sugerido ciertas revisiones menores que incluí en trabajos posteriores.

Desde su salida, La cultura de las ciudades fue recibida como un buen complemento y un digno sucesor de su compañero y predecesor Técnica y civilización. Pero a pesar de obtener cierto éxito popular, el libro ejerció poca influencia en los Estados Unidos. Para muchos planificadores urbanos, administradores y especialistas académicos sus propuestas constructivas estaban demasiado alejadas de los requerimientos «prácticos» —financieros y políticos— para ser aceptables; e incluso alguno de mis antiguos colegas y amigos consideraron oscuro y deliberadamente pesimista mi retrato de la creciente desmoralización y desintegración de la Megalópolis.

Pero aparte de esto, y como se demostró más tarde, La cultura de las ciudades significó una contribución alentadora y adaptada a su tiempo; y durante las dos décadas posteriores, mientras la esperanza seguía siendo «demasiado parecida a la desesperación como para ser sofocada», ejerció una marcada influencia. Las mismas partes del libro que ofendieron a los especialistas en planificación norteamericanos tuvieron sentido para los lectores en Gran Bretaña y los países ocupados de Europa, cuyas ciudades, desde Varsovia a Londres, estaban siendo reducidas a escombros. Estos hombres y mujeres no tenían dificultad alguna para enfrentarse a la Necrópolis, o Ciudad de los Muertos, ya que la tenían delante de sus ojos. Sabían demasiado bien que algo había salido mal en la civilización, y la suma de desastres acaecidos desde 1914 había preparado sus mentes para los cambios constructivos que sería necesario afrontar a la hora reconstruir su mundo sobre bases humanas más adecuadas.

En algunos países, especialmente en Gran Bretaña, La cultura de las ciudades sirvió de guía para las tareas de reconstrucción y renovación. A pesar de su elevado precio, la primera edición inglesa se agotó rápidamente, y hace poco menos de quince años fue escogido casi unánimemente como el libro esencial para la educación de los planificadores en una votación de trabajadores municipales británicos. Igualmente, sirvió para reafirmar la política de control del crecimiento urbano no ya a través de interminables extensiones suburbanas, sino mediante la creación de nuevas ciudades según el método planteado y confirmado por Sir Ebenezer Howard y sus colegas en la exitosa construcción de dos ciudades jardín. Estas propuestas, durante mucho tiempo rechazadas por «románticas» o «pasadas de moda» —e incluso hoy en día denunciadas por Jane Jacobs como intentos de destruir la ciudad— no solo no estaban superadas, sino que en 1898, cuando Howard publicó su trabajo Garden cities of tomorrow, iban cincuenta años por delante de su tiempo.

Introducción

La ciudad, tal y como la encontramos en la historia, es el punto de máxima concentración del poder y la cultura de una comunidad. Es el lugar donde los rayos difusos de muchas y diferentes luces de la vida se unen en un solo haz, ganando así tanto en eficacia como en importancia social. La ciudad es la forma y el símbolo de una relación social integrada: es el lugar donde se sitúan el templo, el mercado, el tribunal y la academia. Aquí, en la ciudad, los beneficios de la civilización son multiplicados y acrecentados. Es aquí donde el ser humano transforma su experiencia en signos visibles, símbolos, patrones de conducta y sistemas de orden. Es aquí donde se concentran los esfuerzos de la civilización y donde en ocasiones el ritual se transforma en el drama activo de una sociedad totalmente diferenciada y consciente de sí misma.

Las ciudades son producto de la tierra. Reflejan el ingenio del campesino para dominarla, prolongan técnicamente su habilidad para dar al suelo un uso productivo, proporcionan un sitio seguro para su ganado y regulan las aguas que riegan sus campos y le suministran silos y graneros donde guardar sus cosechas. Las ciudades son los emblemas de esa vida estable que comenzó con la agricultura permanente: una vida que se desarrolla con la ayuda de lugares de cobijo permanentes, estructuras permanentes como huertas, viñedos y obras de irrigación, y edificios permanentes para la protección y el almacenamiento. Cada una de las fases de la vida en el campo contribuye a la existencia de las ciudades. Los conocimientos del pastor, el leñador y el minero son transformados y «eterializados» en la ciudad en elementos duraderos de la herencia humana: los textiles y la mantequilla de uno, los fosos, diques y toneles de otro, y los metales y las joyas de un tercero se convierten finalmente en herramientas para la vida urbana que fortalecen la existencia económica de la ciudad y aportan arte y conocimientos a su rutina diaria. Dentro de la ciudad se concentra la esencia de cada tipo de suelo, trabajo y objetivo económico, y de este modo surgen mayores posibilidades para el intercambio y las nuevas combinaciones que no se producían en la soledad de sus hábitats originales. Las ciudades son producto del tiempo, son los moldes en los cuales las vidas de los hombres se han enfriado y congelado dando lugar, por medio del arte, a formas duraderas, a momentos que de otro modo se desvanecerían al morir y no dejarían tras de sí posibilidades de renovación o de mayor participación. En la ciudad el tiempo se hace visible. Los edificios, los monumentos y las vías públicas —más accesibles que los registros escritos, y más a la vista de grandes cantidades de hombres que las construcciones dispersas del campo— dejan una huella profunda incluso en la mente de los ignorantes o los indiferentes. Mediante el fenómeno material de la conservación, el tiempo desafía al tiempo, choca contra el tiempo mismo: las costumbres y los valores pasan a través de los vivos, marcando el carácter propio de cada generación según los diferentes estratos de tiempo. Capa sobre capa, los tiempos pasados se conservan en la ciudad hasta que la vida misma parece finalmente amenazada de asfixia. Entonces, como acto de autodefensa, el hombre moderno inventa el museo.

Debido a la diversidad de sus estructuras temporales, la ciudad escapa en parte a la tiranía de un único presente y a la monotonía de un futuro que consiste en repetir un mismo latido ya escuchado en el pasado. Mediante su compleja orquestación del tiempo y del espacio, así como gracias a la división social del trabajo, la vida en la ciudad adquiere el carácter de una sinfonía: las aptitudes humanas especializadas, y los instrumentos especializados, producen resultados sonoros cuyo volumen y calidad no podrían obtenerse nunca empleando exclusivamente uno de ellos.

Las ciudades surgen de las necesidades sociales del hombre y multiplican sus modos y sus métodos de expresión. En la ciudad, las fuerzas e influencias externas se mezclan con las locales: sus conflictos no son menos significativos que sus armonías. Y aquí, a través de la concentración de los medios de intercambio en el mercado y los lugares de encuentro, aparecen espontáneamente modos de vida alternativos: los caminos trillados de la aldea dejan de ser obligatorios y las metas ancestrales dejan de bastarse a sí mismas; hombres y mujeres desconocidos entre sí, intereses nuevos y dioses extranjeros, aflojan los tradicionales lazos de sangre y de vecindad. Un buque mercante o una caravana, al detenerse en la ciudad, pueden traer un nuevo tinte para la lana, un nuevo esmalte para el plato del alfarero, un nuevo sistema de signos para las comunicaciones a larga distancia o un nuevo pensamiento acerca del destino humano.

En el entorno urbano los choques fortuitos tienen consecuencias sociales, y las necesidades sociales pueden promover la aparición de inventos que conducirán a industrias y gobiernos a través de nuevas vías de experimentación. A veces la necesidad de un punto defensivo para protegerse del ataque de los depredadores hace que los habitantes de una aldea pasen a ocupar una colina fortificada, y del ineludible contacto que exige esta defensa surge la oportunidad de realizar intercambios más regulares y una cooperación más amplia. Este hecho ayuda a transformar un nido de aldeas en una ciudad unificada, con su mayor capacidad de logros y sus más amplios horizontes. En otras ocasiones la experiencia colectiva compartida y el estímulo de la crítica racional transforman los ritos de las fiestas aldeanas en las más poderosas formas imaginativas del drama trágico: mediante este proceso se profundiza en la experiencia y esta circula más extensamente. O también.

Capítulo I La protección y la ciudad medieval 

I. Desvelando el mito medieval

Antes de realizar un acercamiento a la ciudad medieval es necesario retirar los falsos velos con los que las sucesivas generaciones han cubierto esta parte del pasado de Europa. Durante el primer Renacimiento, la Edad Media fue difamada por vicios que en realidad correspondían a sus difamadores. La historia ofrece muchos ejemplos de estos «reproches transferidos». Así, los primeros habitantes de las ciudades históricas fueron vilipendiados por demoler monumentos romanos preciosos que en realidad no fueron destruidos hasta la misma época que afirmaba valorarlos: la época de los nuevos humanistas.

Para comenzar, dejaremos de lado la idea de que el periodo comprendido entre los siglos X y XVI era una síntesis de ignorancia, suciedad, brutalidad y superstición. Esta descripción no se corresponde con la totalidad de la vida en Europa, ni siquiera durante los peores años de las edades oscuras en las que se continuaban percibiendo las influencias civilizatorias del ascetismo celta y el férreo orden y la economía impuestos por Carlomagno. Esta visión de la Edad Media es en parte producto de las «novelas góticas» del siglo xviii, con sus espeluznantes cuadros de cámaras de tortura, telarañas, misterio y locura. Sin duda estos elementos existieron; pero no caracterizaban completamente a aquella civilización de la misma forma que los gánsteres armados, las pan- 30 dillas organizadas y los piratas fascistas no caracterizan la época actual. No se deben magnificar los puntos negros del pasado ni minimizar los de nuestros días.

Desde luego, también debemos descartar la interpretación complaciente de la Edad Media creada por Pugin, Ruskin, Morris y otros escritores similares. Estos, con frecuencia, tomaban las intenciones como si fueran hechos y los ideales como si fueran realizaciones. Pero por encima de todo, esta versión olvida de que si bien la Edad Media fue gobernada por sangrientos guerreros y tranquilos artesanos, también fue un periodo de gestación de la empresa capitalista y de audaces mejoras técnicas, lleno de mercaderes decididos, hombres de empresa aventureros e inventores astutos; un periodo en el que se inventó el reloj mecánico, se introdujeron mejoras radicales en la minería, la navegación y la guerra, se aprendió a fundir el hierro, a fabricar lentes de vidrio y a utilizar la energía física en un grado nunca alcanzado por ninguna otra civilización anterior.

Nuestra Edad Media es mucho más rica en detalles que sus primeras descripciones, y en lo que respecta a la gestión de la industria y la construcción de ciudades, nos mostramos más inclinados al elogio de lo que lo estaban incluso los primeros y más ardientes partidarios de la piedad católica. Entre nuestra época y la de los gremios existe un parentesco social paralelo a la relación que ya señalé en mi obra Técnica y civilización entre los complejos eotécnicos y neotécnicos. Así, en lo que se refiere a las ciudades, solo ahora hemos comenzado a darnos cuenta de que nuestros arduos descubrimientos en el arte de realizar planos de ciudades, especialmente en el sentido higiénico, son solo una recapitulación, en términos de nuestras propias necesidades sociales, de las buenas prácticas de uso común en la Edad Media. ¿Es esto un disparate? Al contrario; lo que carecía de base era el mito.

Sinopsis de La cultura de las ciudades, de Lewis Mumford

La cultura de las ciudades es quizá la obra más personal de Lewis Mumford. En ella, y bajo la forma de tratado histórico, el autor realiza un repaso fascinante a las diversas formas de evolución de la ciudad desde la núcleo urbano organizado alrededor de los gremios de la Edad Media, hasta las nefastas megalópolis de nuestros días, pasando por la insensata ciudad barroca y la tenebrosa ciudad industrial. Pero Mumford no se detiene ahí, y en los capítulos finales propondrá una forma de estructuración social alternativa basada en el propio territorio entendido como unidad viva, delimitando un proyecto de ciudad «a escala humana» vinculado de forma natural a su entorno, es decir: la región.

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Autor: Lewis Mumford. Título: La cultura de las ciudades. Editorial: Pepitas de calabaza. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro