Inicio > Creación > Adelantos editoriales > Johnny Hallyday, a toda tralla, de Felipe Cabrerizo

Johnny Hallyday, a toda tralla, de Felipe Cabrerizo

Johnny Hallyday, a toda tralla, de Felipe Cabrerizo

Desde que en 1960 apareciera en la televisión francesa y descubriera el rock a un país que no estaba preparado para ello han pasado sesenta años. Sesenta años de vida en la carretera, de excesos, de discos memorables, de fracasos monumentales, de drogas, de mujeres, de peleas, de coches destrozados, de soledad, de un éxito pagado duramente. Sesenta años de rock’n’roll a toda tralla. Eso es esta biografía de Johnny Hallyday, escrita por Felipe Cabrerizo y publicada por Ediciones Polares.

Zenda publica el preludio y el primer capítulo de este libro que cuenta la vida de un rocker único.

PRELUDIO

Un nublado lunes del otoño de 1989 Johnny Hallyday acude a Bruselas para enterrar a su padre. La ceremonia religiosa ha tenido lugar en la más estricta intimidad y la comitiva avanza silenciosa entre los cuadrantes del cementerio. Largo abrigo oscuro, cabeza baja, manos en los bolsillos, Johnny sigue de cerca el féretro. A cierta distancia avanza un reducido grupo de cuatro guardaespaldas. Es una compañía sorprendentemente escasa para alguien poco habituado a moverse sin un séquito de varias decenas de personas, pero nadie más sigue el cortejo. Los pocos conocidos de Léon y el equipo de periodistas que sigue permanentemente a la estrella se han visto obligados a quedarse tras los muros del camposanto, pues la policía quiere evitar cualquier escena de histeria provocada por la presencia del cantante.

No hay lujo ni solemnidades. Johnny ha asumido los gastos del entierro para evitar la fosa común, la muerte completamente anónima de ese padre al que no conoce. El sepelio ni tan siquiera tiene lugar entre los memoriales y monumentos del cementerio central de Bruselas al que están abocadas las grandes personalidades del país, sino en el mucho más modesto Saint-Josse-tenNode, reservado a los vecinos de Schaerbeek, barrio obrero del nordeste de la capital en el que sesenta años atrás ha visto la luz Jacques Brel.

Léon Smet ha muerto doce días antes. Unos peatones han llamado a urgencias al ver cómo un anciano, borracho, se desplomaba al salir de un bar. Para cuando llega la ambulancia éste ya ha dejado de respirar. Allí, frente a la tumba 33, cuadrante 16, parcela 10, en el espacio reservado para los indigentes, unas lágrimas resbalan bajo las gafas oscuras tras las que se escuda Johnny, pero nadie sabe si están provocadas por la lástima que le provoca la muerte de un hombre olvidado por todos o si las derrama por él mismo, por ese niño abandonado que se vio condenado a vivir sin una figura paterna que tanto echó a faltar y en la que no puede sino verse reflejado. Su amor por el escenario, su dedicación a la vida nocturna, sus impulsos suicidas, su rechazo al compromiso, su deseo de aventura, su incapacidad para hacer frente a cualquier responsabilidad familiar… son todos rasgos en los que se reconoce y de los que no se siente orgulloso. Esa mañana de otoño Johnny cree entender muchas claves que se le habían escapado hasta entonces. “No tenía a nadie, ni amigos ni familia, sólo a mí. Fue entonces cuando comprendí su sufrimiento y lo perdoné”.

Johnny no se detiene más de un par de minutos delante de la tumba. Al darse la vuelta para regresar al coche que lo ha llevado hasta allí parece perder el equilibrio y sus acompañantes tienen que sujetarlo por un brazo. Veinte años más tarde, cuando se encuentre al borde de la muerte en un hospital de Los Ángeles, se despertará por las noches empapado en sudor llamando a ese hombre al que nunca había conocido. Aquella mañana gris supone el último acto para una persona tan ausente y al mismo tiempo tan presente, una persona cuya falta había marcado a fuego a su hijo. “La infancia de Johnny quedó quebrada. Cuando se vive algo así la mirada sobre la propia vida irremediablemente cambia. Siempre ha albergado una pulsión de infelicidad. Y esta parte de sí mismo que lo empuja con frecuencia a refugiarse en el disfrute extremo no es más que la expresión de esta lucha contra la tristeza”.

Es cierto que Léon Smet no había tenido una vida sencilla. Nacido en 1908 de Marie-Barbe, una bailarina marcada por el doble estigma de su oficio y de ser hija de madre soltera, ha quedado huérfano de padre con apenas un mes de vida, cuando Clément, ferroviario, es arrollado por una locomotora al cruzar las vías en una noche de niebla. Empujada por el hambre y la miseria, Marie-Barbe se traslada con el niño a Inglaterra, 15 donde busca refugio tras el estallido de la contienda mundial. Sus otros dos hijos varones perderán la vida en las trincheras: Arthur a causa del estallido de un obús, Joseph asfixiado por el gas mostaza. Son golpes demasiado duros para Marie-Barbe, que se hunde en un pozo de enfermedad y depresión. A su regreso a Bruselas su situación es tan desesperada como para dejar a Léon a cargo de su hija Hélène, que veinte años mayor que el niño busca desesperadamente abrirse carrera en el cine mudo bajo el nombre de Ellen Dosset.

Hélène no tarda en volcar en el niño su vocación artística. Consigue hacerlo entrar en el conservatorio, donde estudia danza, interpretación, mimo y acrobacia. Hará carrera en el teatro de la Monnaie, el mismo donde su hermano Arthur había trabajado como flautista antes de la guerra, y abrirá un cabaret, Le Trou Vert, que se convertirá en cenáculo del surrealismo belga. Con el tiempo interpretará a Fantômas en una película dirigida por uno de sus precursores, Ernst Moerman, que Paul Éluard calificará de obra maestra.

Pero el estallido de la II Guerra Mundial interrumpe bruscamente este recorrido. Cuando los nazis detengan a dos de los integrantes de su troupe, Léon entiende que tiene que salir de la ciudad y marcha a París. Se instala en rue Mont Cenis, a la sombra de la basílica de Sacré-Coeur, y encuentra un trabajo como recitador de poemas en el cabaret Capricorne, donde comparte escenario con compañeros como Serge Reggiani y entabla amistad con habituales como Jean Cocteau. Pero con la toma de la capital francesa por las tropas alemanas las leyes antihebreas se recrudecen y la propietaria del local, descendiente de judíos rusos emigrados tras la Revolución, se ve obligada a huir. Léon se queda en la calle y no pierde la ocasión de aprovechar su arrolladora simpatía para sacar partido de las aguas revueltas que lo rodean. No tardamos en encontrarlo en la Fernsehsender Paris, la cadena televisiva que por iniciativa personal de Hitler acaban de poner en marcha los ocupantes para entretener a los soldados alemanes heridos que pasan su convalecencia en los hospitales franceses. El 29 de septiembre de 1943 será el encargado de presentar el programa que da pistoletazo de salida a las emisiones, convirtiéndose
automáticamente en uno de los rostros más reconocibles del colaboracionismo.

Con una cierta popularidad, muy bien conectado con las más altas instancias de París y con el bolsillo lleno por los generosos pagos del gobierno de Ocupación, Léon, mujeriego irredento, se dedica a dejarse ver. En uno de sus habituales paseos por Montmartre conoce a la dependienta de una lechería. Se llama Huguette Clerc y tiene diecinueve años, doce menos que él. Muy guapa, dulce, un tanto ingenua, con poca fuerza de voluntad, es hija natural de una francesa embarazada de un soldado americano durante la I Guerra Mundial y está habituada a las dificultades e incluso a la miseria. La aparición en su vida de un hombre alto, guapo, ingenioso, de amplia cultura, buen conversador y aparentemente rico, que en sus salidas le presenta a la aristocracia del mundo artístico parisino, le hace creerse en un cuento de hadas y le ayuda a olvidar los problemas que intuye tras el elevado consumo de alcohol y la fama de mujeriego que lo rodean.

El 15 de junio de 1943 Huguette se despierta entre terribles dolores. Son las cinco de la mañana y la hora del parto parece haber llegado. La oscuridad es total: las consignas de seguridad han eliminado la iluminación callejera y los parisinos tienen obligación de mantener las luces apagadas a partir de las diez y media para ocultar la ciudad a los bombarderos. Un coche de policía la acerca a la clínica Marie-Louise —“La mejor del barrio. En aquellos años éramos ricos”, se jactaría Léon—. No hay camas disponibles y las enfermeras la acomodan en una camilla instalada apresuradamente en el pasillo. Allí será donde, a la una del mediodía, Huguette dará a luz a un niño rubio, grande, de tres kilos y medio, Géminis con ascendente Virgo, que ha heredado los ojos azules rasgados de su padre. No hay duda con el apellido que recibirá: tendrá que ser Clerc, el de su madre, pues pese a tantas promesas Léon sigue sin haber solicitado el divorcio de su segunda esposa. Pero sí las hay con el nombre. Léon quiere a toda costa llamarlo Arthur, en homenaje a su hermano fallecido en la guerra. Pero Huguette prefiere Jean-Philippe. Jean como Jeanne, su madre; Philippe por ser un nombre muy frecuente en aquellos años en los que Philippe Pétain ejerce de presidente de la república de Vichy. Huguette utiliza una pequeña argucia para convencerlo: añadirle como coletilla un Léon para que lleve así también la marca del padre. Éste termina aceptando, aunque en realidad poco importará la elección: poco años más tarde ni el propio Jean-Philippe Léon responderá a ese nombre, devorado por el Johnny que ha decidido utilizar para lanzarse a los escenarios.

CAPÍTULO I

NACÍ EN LA CALLE (1943-1959)

El nacimiento de Jean-Philippe llena de felicidad a Huguette, pero Léon se muestra reticente ante la llegada del niño. Alcohólico de segundo grado y anhelante de bohemia, la vida familiar no está entre sus intereses. Todavía en el hospital, Huguette se entera de que su hombre se ha entrampado con una periodista con la que fantasea huir a España. Una noche de invierno la joven regresa al modesto atelier de pintor de 23 rue Clauzel donde viven y lo encuentra vacío. No hay nada: ni dinero, ni muebles, ni tan siquiera la cuna ni la leche del niño, que llora desnudo sobre una manta. Nerviosa, espera la llegada de Léon para ir a denunciar el robo a comisaría. Pero cuando pasan las horas y éste no regresa entiende que ha sido él quien ha saqueado la casa para darse a la fuga con su amante. Desesperada, no sabe qué hacer. En una ciudad como París, consumida por las dificultades creadas por la Ocupación, un sueldo no basta para mantener a un niño. No ve otra opción que alejarse de allí. Marcha a Normandía, donde alquila una habitación en una casa de campo a una pareja de campesinos. Lejos del frente, en un ambiente idílico, Huguette cree encontrar la paz y la estabilidad perdidas. Pero en un mundo tan frágil esta sensación no puede durar mucho tiempo. Al poco de su llegada comienza a escuchar rumores de un próximo desembarco de las tropas aliadas y, aterrorizada, decide regresar inmediatamente a París. Deja al niño a cargo de sus caseros mientras busca un medio para llegar a la capital. Pero cuando vuelve a por él descubre con horror que la vigilancia de la pareja no ha sido estrecha. Jugando, Jean-Philippe se ha llevado a la boca unos cristales de soda cáustica que los campesinos usan para elaborar jabón. El niño presenta quemaduras de gravedad en esófago y boca y la cura, en un momento de tanta escasez, será tortuosa. Es la primera vez, que no la última, que Johnny escapa de la muerte, aunque el accidente le dejará como herencia un leve ceceo que aparecerá durante toda su vida en momentos de particular tensión.

La sorpresa es que una vez regresada a un París sumido en el caos que se prepara para la inminente batalla recibe noticias de Léon. No lo ha hecho por voluntad propia, sino por insistencia de su hermana Hélène, que, también hija natural, se ha negado a facilitarle dinero si no se hace responsable legal del niño y le da su apellido. Huguette no quiere nada de él y si acepta es con la condición de que se limite a cumplir los trámites burocráticos necesarios y desaparezca definitivamente de su vida. La pareja firma un contrato de matrimonio en el ayuntamiento y al salir de las dependencias municipales se despide para siempre. Pero la sorpresa es doble: allí mismo, Hélène propone a Huguette tomar el niño a su cargo.

Habíamos dejado unas páginas —y unos años— atrás a Hélène en Bruselas buscando su camino como actriz. En el tránsito ha conocido a Jacob Mar, hijo de un misionero protestante alemán y de una aristócrata etíope entroncada con Haile Selassie que ostenta el título de príncipe de Abisinia. Ejerce de cónsul honorario en Bélgica y dirige una empresa de importación de productos africanos. Pero la compañía quiebra con la invasión del país por las tropas de Mussolini y la pareja, que cuenta ya con dos hijas, Desta y Menen, marcha a París buscando una nueva vida. No será un paso sencillo: al estallar la guerra los orígenes alemanes de Jacob lo condenan a un campo de concentración, del que será liberado cuando los nazis ocupen la ciudad. A cambio, el Reich lo coloca en Radio París, la cadena de sus servicios de propaganda en la Francia ocupada, donde le encarga un programa llamado Le quart d’heure colonial que debe glosar la importancia del expansionismo del III Reich. Nuevo estigma familiar: Jacob será el segundo padre colaboracionista del pequeño Jean-Philippe.

A Huguette la propuesta de Hélène no le gusta, pero sabe que tiene pocas opciones. Sola en una ciudad inmersa en el caos, sin la más mínima seguridad económica, sin el más mínimo respaldo familiar, asume que es la única manera de que el niño conozca una cierta estabilidad. Y Hélène es una mujer inteligente, segura de sí misma, con gran autoridad sobre ella y de la que además depende económicamente. ¿Cómo decirle que no? Tres días más tarde el pequeño Jean-Philippe es bautizado en la iglesia de la Trinité. Desta y Menen ejercen de madrinas. Hélène mide la situación con precisión matemática. Es la oportunidad soñada para imbuir al niño su vocación por el mundo del espectáculo. Como había hecho con Léon, como había hecho con sus propias hijas, ya pareja estable en el mundo de las varietés. Pero Hélène guarda además un secreto: tiempo atrás, una gitana ha visto en las rayas de su mano que su familia vería nacer un gran artista. En un primer momento ha pensado que el elegido era Léon, pero el tiempo se lo ha desmentido. Tiene que ser Jean-Philippe. Ella será la impulsora de su futuro salto al estrellato. Más temprano que tarde, Huguette emprenderá una nueva vida y le resultará difícil encajar en ella al niño. Y en cuanto a Léon… no tiene interés en su hijo y su futuro se presenta cuanto menos complicado.

El avance de los aliados hace que la Fernsehsender Paris interrumpa bruscamente sus emisiones. Léon huye de la ciudad por miedo a las represalias. Su hijo no volverá a saber de él hasta dos décadas después, cuando, cheque mediante, aparezca repentinamente en la puerta del cuartel donde realiza el servicio militar rodeado por una nube de fotógrafos. Pero no será ésta la única consecuencia que trae a los Mar la llegada de los aliados. La policía irrumpe en el apartamento de rue Tour des Dames y Jacob es detenido. Lo han delatado sus propios vecinos. Sobre él pesa la certeza de la emisión de La France coloniel, pero también una oscura sospecha de colaboración con la Gestapo. Tras dieciocho meses a la espera de juicio en diversos campos de concentración es condenado a cinco años de prisión. La fotografía de Jacob aparece en la portada de Combat5 sobre un crudo pie de texto posiblemente redactado por Albert Camus, redactor jefe del diario. Los Mar quedan señalados y Hélène vive bajo una continua inquietud, pues corre por la ciudad el rumor de que las familias de los collabos no tardarán en ser arrestadas. París parece haberse convertido en tierra quemada. Gracias a sus contactos, consigue un contrato en el International Ballet de Mona Inglesby, con sede en Londres. Sus hijas como bailarinas, ella como encargada de vestuario. Es la oportunidad idónea para salir de la ciudad, pero no piensa hacerlo sin el niño y propone a Huguette que lo deje marchar con ellas. Es lo mejor para él, insiste, no será una estancia larga, apenas unas semanas. A cambio, ella puede quedarse en el piso cuidándolo y atendiendo las necesidades de Jacob en prisión. Huguette disfruta de unas últimas vacaciones con el bebé en la localidad costera de Dinard antes de despedirse. El momento en el que Jean-Philippe se embarca con Hélène y sus hijas en dirección a Inglaterra marca el final de una relación que nunca se interrumpirá completamente, pero que no será más que ocasional durante el resto de sus vidas. Su ausencia supondrá una nueva huella en la infancia de Jean-Philippe, una infancia “con profundos agujeros, con vacíos en mi memoria, y con imágenes, sensaciones como de grandes manchas sobre un gris opaco” .

La familia llega a Victoria Station el otoño de 1945. Huguette escribe insistentemente preguntando por su regreso, pero con el curso de los acontecimientos va perdiendo las esperanzas de recuperar a su hijo algún día. Desta y Menen se han integrado perfectamente en la compañía y sus actuaciones en Londres se prolongan con varias giras por el país. El pequeño Jean-Philippe está bien, dicen a Huguette, le hablan continuamente de su madre. Pero no es verdad: las tres mujeres han explicado al niño que lo ha abandonado y le prohíben hablar de ella. En Navidad Huguette viaja a Londres. Hace quince meses que no ve a su hijo. El niño no sabe quién es y la llama madame: el maman ha pasado a ser propiedad de Hélène. Huguette piensa en llevárselo consigo, pero el respeto que le impone Hélène la acobarda y regresa a París devorada por el cargo de conciencia. Pasarán los meses, pasarán los años. Un día, la troupe Mar hace escala en Francia. Huguette va a su encuentro con intención de no volver 23 a separarse nunca más de su hijo. Pero Hélène le insiste en que no debe frenar su progresión artística. Y entonces sucede algo inesperado. “Jean-Philippe tenía nueve años. Me dijo: «Date la vuelta, no mires, voy a cantarte algo». Cuando terminó me giré y estaba rojo como un tomate, muy emocionado. Y me derrumbé. Me dije que si se lo quitaba a Hélène me arriesgaba a echar a perder su vida” . Huguette abandona. A fin de cuentas, el niño se encuentra bien y, como tanto tiempo atrás había previsto Hélène, el cauce que ha tomado su vida le dificulta encargarse de él. Tras entrar como modelo en una escuela de diseño parisina está trabajando como maniquí para los Grandes Magasines du Louvre y para modistos de alta costura como Rochas o Dior. Acaba de conseguir el divorcio de Léon, que sigue en paradero desconocido —está en España, donde ha iniciado una vida delictiva que lo ha llevado a prisión—, y quiere trasladarse a Grenoble con el director de una agencia de publicidad del que espera un hijo. Ambos han acordado ocultar a su familia la existencia de un niño de un matrimonio anterior por miedo al rechazo que pudiera provocar la noticia. La figura materna desaparece definitivamente de la vida de Jean-Philippe. Nunca sabrá lo que es una madre. Los lazos con su tía son sólidos, pero a un niño tan pequeño le resulta difícil encontrar un referente en una mujer que supera los sesenta años. “Madame Mar sólo expresaba el afecto que sentía por él a través del sacrificio. Existía una gran complicidad entre ella y su sobrino, pero no ternura. Había una gran cercanía entre ambos, siempre estaban juntos, pero no era algo que pudiera reemplazar a una madre” .

La vida en Londres no resulta sencilla. Las condiciones de trabajo son duras y el regreso de los soldados una vez concluida la guerra hace que el gobierno ponga innumerables trabas laborales a los residentes extranjeros. Desta y Menen pierden el contrato con el International Ballet y la familia se coloca en lo que buenamente puede: encargos de costura, de baby sitter, papeles de figurantes en obras de teatro, números de cancán en oscuros garitos del Soho, trabajos como modelos para pintores y escultores en los que ocasionalmente enrolan también al niño —Jean-Philippe quedará inmortalizado como querubín en un cuadro de Roland Penrose—. La ciudad está sometida a los rigores de las cartillas de racionamiento y los permisos de estancia son casi imposibles de conseguir. Desta y Menen se ven obligadas a apañar un matrimonio “blanco” con dos bailarines homosexuales para solventar una expatriación que las llevaría a Etiopía, pues viajan con pasaporte africano. La familia vive en una modestísima habitación en una pensión del Soho. El ambiente es espartano. Las dos camas están llenas de chinches. En una duermen las chicas. En la otra, Hélène y el niño. En invierno las juntan para dormir apelotonados e intentar mitigar el crudo frío londinense.

Por esas fechas aparece por la pensión un americano. Su presencia no pasa desapercibida: alto y rubio, viste como un granjero del Medio Oeste, con camisa a cuadros, botas de punta y sombrero Stetson. Ha llegado a Londres para trabajar como bailarín en Oklahoma!, el exitoso musical de Rodgers y Hammerstein que lleva cuatro años de representaciones en la ciudad, y aunque se llama Lee Lemoine Ketcham el pequeño Jean-Philippe no tarda en apodarlo “el cowboy”. El vaquero no parece muy habituado a los avances de la vida moderna: un día enciende una cerilla intentando poner en marcha el calentador de su habitación y éste explota. La onda expansiva lo hace salir disparado contra la puerta del apartamento, que se parte en dos. Alarmadas por el estruendo, las Mar salen de su habitación y encuentran a Lee tirado en el suelo del descansillo cubierto de polvo. Las chicas lo meten en la habitación para intentar reanimarlo.

A partir de ese día de la primavera de 1949 Lee se convierte en el referente masculino de Jean-Philippe. Simpático, bonachón, eterno bromista, capaz de afrontar con optimismo cualquier reto por inalcanzable que parezca, no tarda en encariñarse del niño. Tiene una moto, una Royal Enfield de gran cilindrada, con la que de vez en cuando lo lleva a dar una vuelta. A Jean-Philippe, que ya ha comenzado a ir al cine y vive envuelto por la mitología del western, tener cerca a un auténtico cowboy nacido en Tulsa, una ciudad atravesada por la mítica Ruta 66, le abre las puertas a otro 25 mundo. Las chicas lo animan a unirse a ellas y formar un trío artístico aprovechando sus habilidades como bailarín y sobre todo sus recursos acrobáticos, siempre tan útiles en los números de variedades. Rápidamente organizan un pequeño espectáculo que aprovecha el potencial de los miembros del terceto: una apertura en la que los tres bailan La danza del sable de Khachaturian, una continuación en la que Lee muestra sus habilidades como contorsionista a ritmo de una danza rusa y una apoteosis final en la que las chicas bailan un cancán. La relación sentimental entre Lee y Desta no tarda en llegar y la mente infantil de Jean-Philippe hace la asociación inevitable: “Había sustituido a mi padre”.

Lee acompaña al grupo en su regreso a Francia. Jacob ha sido liberado y la familia se siente en la obligación de volver a su lado. Hélène confía en que el paso de los años haya hecho olvidar a los vecinos la lacra del colaboracionismo y, a fin de cuentas, en París tienen un piso en propiedad, lo que les permitirá ahorrarse el alquiler. No parece una opción arriesgada y en verano cruzan el canal. Pero al llegar a rue Tour des Dames se encuentran con que la familia sigue señalada por el pasado de Jacob. De una manera tan inclemente que ni siquiera se atreven a llevar a Jean-Philippe a la escuela, donde saben que será tratado con crueldad. Y además hay una sorpresa inesperada: Jacob ha sido excarcelado, pero no es ni la sombra de sí mismo. Sin dinero, enfermo, prácticamente inválido y comido por el dolor, se ha visto obligado a solicitar el cuidado de una vecina pagando sus atenciones con un cambio de piso. El antiguo apartamento, amplio, con cuatro habitaciones exteriores, ha sido sustituido por otro minúsculo, interior, con dos únicos espacios, sin agua caliente ni baño. Agriado tras tantos años de problemas y sufrimiento, el carácter de Jacob se ha vuelto extremadamente irritable y la relación es tortuosa: Johnny, que vive aterrorizado ante ese hombre al que no conoce, recuerda cómo sus únicos contactos con él se producían a base de los bastonazos que le lanzaba cuando se negaba a acercarle el alcohol y los dulces que los médicos le habían prohibido terminantemente.

El único alivio es que la situación económica de la familia no tarda en estabilizarse. Las grandes estrellas no actúan más de cuarenta y cinco minutos sobre el escenario y esta mecánica hace necesario el añadido de varios números que extiendan el espectá- culo hasta las dos o tres horas de duración. Desta, Menen y Lee entran en la órbita de una agencia artística para la que trabajan sin descanso. El pequeño queda marcado por las noches en las que la troupe familiar actúa en el famoso teatro de l’Étoile, el más lujoso de la posguerra parisina, donde asiste arrebatado al número de la gran estrella, Yves Montand, y aprende de memoria una canción de su repertorio que le apasiona, Dans les plaines du FarWest [En las praderas del Far West]. Afectado ya por una insondable melancolía, sólo sentirá una fascinación similar cuando años después presencie un concierto de Amália Rodrigues en Estoril. El grupo viaja con frecuencia por toda Francia y recorre una Europa devastada por la guerra. Dinamarca, Alemania, Bélgica, Holanda, Portugal. Johnny recuerda su fascinación por las calles de Nápoles y el horror que le provocó el grado de miseria que descubrió en España. El pequeño aprende a vivir entre cajas y bambalinas: ayuda a la familia vendiendo programas y fotos del espectáculo, se habitúa a la vida en la carretera, absorbe la atracción por las luces del escenario. Su destino parece marcado. “Para mí crecer era llegar allí, bajo los focos. La vida era eso. Es lo que me enseñaron. No conocía la vida de otras personas”. Lee recordaba cómo “Johnny estaba en la carretera desde que tenía poco más de un año. Cuando conocí a Desta, Johnny tenía seis años. Salimos de gira por Europa. Durante doce años. Después fue él quien salió de gira con su propio nombre. Y no ha parado nunca. Es incapaz de quedarse quieto en un sitio. Lo había visto todo, lo había asimilado todo. Cómo actuar delante del público. Cómo dar cada noche la impresión de poner en juego su existencia, de vivir un momento único”.

Hélène, preocupada por la educación del niño, lo apunta a la escuela por correspondencia para hijos de artistas intentando que aprenda nociones básicas de francés y cálculo. Los cursos tendrán poco efecto y no cubrirán unas notables lagunas que lo acomplejarán toda su vida. Pero su empeño real es enseñarle solfeo y conseguir que se maneje con un violín, su primer instrumento. A su paso por Holanda, Lee lo lleva a ver el Gran Premio de Fórmula 1 de Zandvoort y el niño fantasea con llegar a ser campeón de automovilismo. Arrebatado por la velocidad, un día en el que la familia viaja por una carretera secundaria no puede evitar disparar su nivel de adrenalina. “Cuando el coche iba a toda marcha abrí la puerta y me caí. Fui rebotando hasta que llegué a una zanja. Recuerdo el dolor y el miedo, la sensación que precede a la muerte. Pero salí de aquello. Tengo buena estrella. No tardé en tener la sensación de que no podría morir nunca, salvo de tristeza”

—————————————

Autor: Felipe Cabrerizo. Título: Johnny Hallyday. A toda tralla. Editorial: Expediciones Polares. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro