Se llamaba don José. Don José Castaño para más señas. Fue uno de los Maestros de la República, aquella generación gloriosa de enseñantes comprometida con lo público que intentó sacar a España de las tinieblas morales y culturales a las que la habían abocado unas élites caciquiles y atrabiliarias y un clero reaccionario y cavernoso. Por aquel entonces aún tenían vigencia los postulados de la Institución Libre de Enseñanza, pergeñada, entre otros, por Francisco Giner de los Ríos. Se salía de las Escuelas de Magisterio con la convicción de que la única manera de arrancar a esta nación de su atraso secular era educar al pueblo, hasta entonces vergonzosa y abrumadoramente analfabeto. Felizmente analfabeto, incluso, para solaz de señoritos y terratenientes a los que interesaba una población malformada y sumisa a la que explotar sin remordimientos.
Al acabar la contienda don José fue encarcelado e inhabilitado como maestro. Aun así no consiguieron domeñarlo: continuó enseñando a leer y a escribir, primero a sus compañeros de presidio, luego a los hijos de las familias de pocos recursos.
Hubo de aguardar a la muerte de Franco para volver a ser rehabilitado como instructor, la profesión para la que había nacido y todo lo dio. Tenía 58 años. Se entregó en alma y cuerpo a su sagrada misión hasta que lo forzaron a jubilarse, pero, ni de esta forma, lograron apagar su vocación de servicio público. Siguió yendo a diario a su escuela a ayudar a sus compañeros en tareas administrativas y haciéndose cargo de los alumnos que más atención precisaban. Cuando lo conocí tenía 90 años. Coincidimos en Il Baretto de Melchiorre: al igual que yo, era adicto al café y el siciliano, el mejor barista del contorno. Allí desayunaba antes de incorporarse a su colegio, al que, en un acto de justicia, habían puesto su nombre.
Un día le pregunté por qué el Franquismo había tratado con tanta saña a los maestros afines a la República (miles fueron ajusticiados, torturados e inhabilitados). Don José me contó que todos los enseñantes sentían que al fin uno de los suyos había impulsado las leyes educativas, reales y ambiciosas. Parece ser que tras la legislación educativa republicana había maestros que trabajaban a pie de obra y no catedráticos universitarios que no habían pisado un aula de primaria o secundaria en su vida. Por eso los maestros tomaron la misión que les encomendó la República como algo sagrado, la hicieron suya y se implicaron hasta extremos que muchos pagaron con su vida.
Don José siguió acudiendo diariamente a la escuela hasta que una caída lo recluyó en una silla de ruedas.
Llevo 36 cursos bregando en aulas de institutos públicos. Comencé enseñando a zagales que cursaban B.U.P. y C.O.U. dentro de la Ley General de Educación (o ley Villar Palasín), redactada en 1970 y vigente hasta 1990. Desde entonces 8 o 9 leyes educativas más han desguazado la enseñanza española hasta dejarla hundida en el albañal de la mediocridad, la estulticia, la desidia y la insulsez. Han convertido a generaciones enteras de españoles en seres acríticos, abúlicos, casi analfabetos, incapaces de comprender lo que leen, hostiles al esfuerzo, la cultura y la ciencia, rebuznadores de los bulos que dirigentes perversos rebuznan desde sus hígados metastatizados de bilis putrefacta.
Personajes como Maravall, Solana, Pilar del Castillo, José Ignacio Wert o Isabel Celáa, unos del PSOE, otros del PP (a la hora de devastar España hozan juntos como gorrinos) deberían ser reos lesae humanitatis por haber arruinado tanto la educación como la sociedad españolas con sus nefastas LOGSE, LOCE, LOMCE o LOMLOE.
En la antigua Roma el pedagogo (del lat. paedagōgus, y éste del gr. παιδαγωγός paidagōgós) era el esclavo encargado de llevar los útiles escolares de los hijos de su amo hacia el ludus o la schola. Los verdaderos responsables de la enseñanza eran los maestros: el ludi magister los instruía desde los 7 a los 12 años; el grammaticus, de los 12 a los 16 y, por último, el rhetor se hacía cargo de la enseñanza superior. Éstos eran los que sabían enseñar, los que se batían el cobre a diario con sus alumni (de alere, con el significado de nutrir, misma raíz que alma) o discipuli (de disco, que significa enseñar). Los paedagogi, aparte de llevar los bártulos, como mucho atendían a las lecciones de los magistri desde un rincón, sin osar cuestionarlos.
Ya lo dejó dicho Marco Terencio Varrón (frag. Non, p 447) en tiempos de Julio César: educit obstetrix, educat nutrix, instituit paedagogus, docet magister. “La comadrona hace salir, la nodriza nutre, el pedagogo prepara y el maestro enseña”.
Todas las reformas educativas que he sufrido, desde la nefanda LOGSE hasta la execrable LOMLOE, han estado diseñadas por pedagogos y otros próceres universitarios, alejados del lodo de las aulas públicas de primaria o secundaria, cuando no por desertores de la tiza, que abominan de la labor a pie de alumno y se parapetan en asesorías u otras canonjías. El nivel de exigencia ha caído a niveles abisales. La figura del profesor ha sido desprestigiada hasta el esperpento: nadie lo respeta. Todos se creen expertos en educación y se atreven a cuestionar su labor y decirle cómo ha de enseñar.
Pedagogos, asesores y politicuchos de saldo han convertido la enseñanza en un circo, con la complicidad de millones de votantes elección tras elección. La han infantilizado tanto con la gilipollez de la ludificación que se le regalan títulos a los niños haciéndoles creer que todo el monte es orégano. A la mínima que les exiges, se deprimen o te azuzan a los padres para que vengan a cantarte las cuarenta, sin importarles que su hijo sea un zote o más vago que el suelo.
El resultado: generaciones y generaciones hispanas con escasa comprensión lectora y nula capacidad de sacrificio y perseverancia. Una epidemia de abulia, desidia y apatía que a modo de sarna se pega a los espíritus de nuestros jóvenes, que no se queda sólo en las aulas sino que los sigue en su vida adulta. Críos a los que se les ha consentido todo sin exigirles ni negarles nada, no vaya a ser que se frustren. A los que se les ha pasado de curso con 9 asignaturas suspensas. Zagales a los que se les ha hecho creer que pueden tener lo que sea sin el más mínimo esfuerzo, que, si algo no les gusta o le resulta un rollazo, pueden esquivarlo, trampearlo copiando o, en último caso, mandar a los padres a que atosiguen a los docentes y obtengan con coacciones lo que sus hijos no han querido obtener con su esfuerzo. De ahí, hordas de tiranos consentidos, sin ninguna empatía ni espíritu de sacrificio, sin respeto ninguno a cualquier autoridad, que acabarán por revolverse también contra sus progenitores.
Toda esta amalgama cala en el profesorado que aún resiste a pie de tiza. La desmotivación, el acoso y el desprestigio al que los someten la sociedad y la administración, el hastío campan a sus anchas, haciendo que los que, aun sufriendo estas plagas, resisten e intentan cumplir con dignidad y profesionalidad su tarea sean verdaderos héroes.
En uno de los muchos centros en los que he servido la madre de un estudiante de la ESO al que había suspendido el curso me pidió una entrevista. A la “criatura” le habían quedado cuatro materias, lo que la abocaba a repetir curso. Como es de lógica. Le expuse a la presunta señora todo el historial académico del fruto de su vientre: mediocre cuando no desastroso. Le mostré el examen final, en el que se había dejado un tercio de las preguntas en blanco y respondido mal a las otras. Le expliqué que las restantes notas no bastaban para conseguir el aprobado. La susodicha paró con un gesto imperioso mis explicaciones. Me dijo que el pobre había tenido un curso muy malo: al principio había perdido a su abuelo, después había muerto su perro. Yo le di mi pésame por ambas pérdidas (que no eran recientes), le dije que críos con problemas igual de serios o más se habían esforzado y habían conseguido aprobar. La mujer empezó a ponerse nerviosa y a contagiarme su histerismo. Me lanzó que algo se podía hacer para aprobar a su zagal: le dije que eso era ilegal, que hacerlo sin apoyarme en pruebas físicas (exámenes, notas de clase, trabajos, …) podía ser prevaricación por mi parte y no estaba dispuesto a jugarme el puesto de trabajo. Le expliqué que podía haberme equivocado: para ello tenía la posibilidad de reclamar en Jefatura de Estudios. Otros profesores del centro revisarían todo el expediente y, si había errado, le darían la razón. Si esta segunda resolución le parecía también injusta, tenía la posibilidad de recurrir a Inspección Educativa: expediente, exámenes, fichas del profesor, programación y demás serían enviadas a un experto en la materia ajeno al centro y él redactaría un informe imparcial. Me ofrecí a acompañarla ante Jefatura para que rellenara el formulario.
La doña movió las manos como si estuviera espantando moscas. Se levantó y me acorraló en un rincón. Nada de jefe de estudios: eso tenía que solucionarse allí, aulló. Sus gritos, su actitud agresiva me hicieron perder la compostura. Llevaba el manojo de las llaves en la mano. Con ellas di un golpe en la mesa, me levanté, me zafé de su atosigamiento y salí gritando al pasillo que nos íbamos a Jefatura. Madre e hijo me siguieron graznando como furias. Un espectáculo que me abochorna. En Jefatura explicamos la situación. Ya calmados, ambos nos pedimos disculpas por haber perdido los papeles. La dejé rellenando la reclamación. Después ella se dirigió a hablar con otro de mis compañeros a reclamarle la nota: recuerdo que a su vástago le habían quedado cuatro.
A la mañana siguiente me quedé de una pieza: la presión sobre mi colega había funcionado y éste había cambiado la nota. Eso rozaba, presuntamente, la prevaricación. Modificar la nota requiere un informe muy razonado de todo el Departamento y la convocatoria por parte del Equipo Directivo de todos los profesores de la Junta de Evaluación, cosa que no había ocurrido o, si lo había hecho, a mí no se me había convocado. No quise meterme en problemas. Una de las pestes que las leyes educativas han arrojado sobre los centros de enseñanza es que es la Administración quien nombra los directores. Los elige con frecuencia entre los que son más dóciles y afines, entre los que sirven a sus amos y no dudan en arrojar al albañal a sus profesores si algún padre se pone farruco. Ya había tenido algún roce con ellos y no quería complicarme más la existencia. Maldije a mi compañero entre dientes, más cuando éste vino a felicitarme por haberme mantenido firme. Aún le quedan tres al nenico, me dije.
La mañana transcurrió sin más sobresaltos. Pero, ya en mi hogar, el jefe de estudios me llamó: la madre acababa de presentar una reclamación con registro de entrada acusándome de “haber recibido de mí golpes con objetos”. Me quedé ojiplático: ¡me estaba imputando un delito que podía tener consecuencias penales! Acudí a las oficinas del centro para recoger una copia de la acusación. Angustiado, pedí amparo a mi directiva: conocían de sobra mi trayectoria (más de 10 años de servicio allí), habían sido testigos del desenlace de la entrevista, la madre no dijo nada de la presunta agresión,… Se desentendieron: ellos tenían que admitir la denuncia. Me sentí desvalido. Fui a la policía para denunciar a la “dama” por infamias. Un amable agente me dijo que eso no se podía hacer allí: tenía que ser en un juzgado por lo civil. Lo que me dejó k.o. es que también me explicó que, si la madre acudía allí acusándome de “haberla golpeado con objetos”, yo dormía esa noche en el calabozo. Me aconsejó que marchara a un centro de salud y que certificaran el ataque de ansiedad que sufría.
Hube de pagar un abogado para que me asesorara. Me dijo que había cometido un error entrevistándome a puerta cerrada con una madre: me podría haber acusado de acoso sexual. Me recomendaba entrevistarme a partir de ahora, tanto con niños o con padres, bien con las puertas abiertas bien con testigos delante. Después redactó un burofax en el que instaba a la progenitora a retirar la falsa denuncia de que había sido agredida por mí o a ser denunciada ella por infamias. La tal no tuvo otra que volver a secretaría a modificar su reclamación y borrar de ella toda alusión a mis presuntos golpes con objetos. Pero la primera calumnia quedaba registrada en los archivos. A mí me crecieron en una familia de condición muy humilde pero de valores muy recios: el honor, el buen nombre era uno de ellos. Tuve claro que aquel centro no era digno de mi compromiso. Otra vez la maldición del Cid: ¡qué buen vasallo si oviesse buen señor!
Inspección me pidió hasta mi partida de bautismo cuando le llegó la reclamación de la madre: profesionalmente, les entregué todo lo que tenía sobre la criaturica. A pesar de quedarle dos más, lo pasaron de curso mientras se resolvía la reclamación. Me lo volví a encontrar en la primera evaluación de bachillerato (no como estudiante mío, a los dioses gracias). No le fue mal, hay que decir. Pero en febrero desapareció del listado. Quise saber por qué: no me dijeron nada. Exigí una copia del informe de inspección sobre la reclamación: me daban la razón. Al quedarle tres, el pobre muchacho, aun habiendo aprobado la primera evaluación, debía volver a la ESO. A pesar de que había vencido moralmente, me sentí fatal: una madre desquiciada en su ciega y agresiva protección, un niño que quería que ésta le consiguiera lo que él no había querido conseguir con su esfuerzo, un colega calzonazos y timorato que no dudó en prevaricar para quitarse el marrón, un equipo directivo cobarde al que no le importa que se mancille el nombre de uno de sus trabajadores más implicados…


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